Daughter of the Abyss // Borrador

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Summary

Una joven sin familia, sin infancia recordable, sin un lugar al que regresar cuando la noche cae. Meghan es una hoja en blanco que intenta escribirse a sí misma en una casa compartida con otros cuatro marginados: un refugio precario de lealtad universitaria levantado para escapar de un mundo que los desprecia antes de conocerlos. Juntos, buscan esa quimera llamada "normalidad" en los márgenes de una sociedad que juzga primero y pregunta después, si es que se digna a preguntar. Pero la paz es un espejismo que se desvanece al tocarlo. Un doble asesinato y una mancha de sangre que ningún jabón puede borrar arrastran al grupo hacia un abismo de criminalidad del que no hay retorno. Bajo el chantaje de un hombre cuyo "perfil impecable" es su arma más letal, los cinco amigos descubrirán que la respetabilidad es un escudo para los privilegiados y la pobreza una sentencia de culpabilidad anticipada. No hay borrón y cuenta nueva cuando el pasado ha dejado pruebas que ni el olvido ni el fuego pueden ocultar. Entre apariciones espectrales que imponen el silencio con palabras en latín y secretos que queman la piel como hierro candente, Meghan tendrá que decidir qué resulta más peligroso: seguir siendo nadie o descubrir la verdad de quién fue antes y quien es.

Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prologo:

— Por favor, no. Mis hijos no. Cualquier cosa menos eso. Déjame quedarme con los dos.

Lilith forcejeaba contra aquellas cuerdas marrones que aprisionaban sus muñecas a los barrotes de hierro de la cama, como si fuesen las cadenas de algún infortunio antiguo. El roce áspero de las fibras desgarraba su piel con cada movimiento desesperado, mas apenas lo advertía; el verdadero tormento era ese que oprimía su pecho, ese calor sofocante de la desesperación que ascendía por su garganta y le robaba el aliento cual ladrón en la noche. Su esposo la contemplaba desde el umbral con una frialdad que contrastaba de manera casi artística con el ardor que la consumía. Las paredes grisáceas de la habitación se hallaban agrietadas, ornamentadas con telarañas polvorientas que pendían como sudarios olvidados por algún enterrador negligente. El ambiente sombrío devoraba la escasa luz que se filtraba por la ventana, dejando todo envuelto en una penumbra que parecía poseer vida propia, respirar con malicia.

—Tendrán la mejor educación. Yo los educaré a ambos. Se portarán bien cuando crezcan. No nos molestarán. Pero déjame quedarme con mis hijos. Déjame cuidarlos.

Los lloriqueos de los bebés resonaban contra las paredes, un sonido agudo y desesperado que se clavaba en los oídos como alfileres envenenados. Cada gemido hacía que el corazón de Lilith se partiera un poco más; eran tan pequeños, tan indefensos, y su llanto llenaba la habitación como un reproche que ninguna alma parecía dispuesta a acallar.

El hombre de cabello castaño azabache y mirada oscura permanecía inmutable. Su aspecto revelaba cierto descuido: el cabello desordenado y grasiento, la piel sudorosa y brillante bajo aquella luz débil y mortuoria. No era ya el caballero atento que alguna vez la amó; o quizás nunca lo había sido del todo, y sólo ahora se revelaba en su verdadera naturaleza, despojado de toda máscara civilizada.

Lilith intentó forcejear de nuevo. Sus movimientos eran débiles por haber dado a luz hacía apenas unas horas, mas la desesperación les confería una fuerza ciega, primitiva. Se removió contra las sábanas blancas, ahora manchadas de un celeste brillante y extraño. Su vestido blanco también había adquirido ese tono luminoso, tan brillante que cualquier mortal que osara tocarlo se quemaría como si hubiese rozado el mismo sol. Era su sangre natural.

Antes de que pudiera intentar nada más, su esposo la abofeteó. El golpe resonó contra las paredes como un trueno seco y brutal. La mejilla de Lilith se tornó roja al instante, y el dolor le nubló la vista con lágrimas saladas que resbalaron lentas por la piel ultrajada. El llanto de los bebés se hizo más fuerte y agudo, como si sintiesen el impacto en su propia carne diminuta.

Él intentó entonces tener contacto con el niño, mas al tocarlo se quemó de inmediato. Ambos bebés se hallaban cubiertos con la sangre de la madre.

—¡Mierda! ¡Quema!

Soltó un grito de dolor. La quemadura ardía en su piel callosa, una marca roja y brillante que se extendía por la palma como una burla del destino. Contempló su mano un instante, con los ojos desorbitados por la furia y el desconcierto, antes de que la rabia lo impulsara. Salió de la habitación dando fuertes zancadas contra el piso de madera oscura. Sus pasos eran ruidosos, cada uno resonando como un martillo que anunciaba algo más terrible aún.

Descendió al sótano. El lugar estaba repleto de cajas, grandes y pequeñas, apiladas de manera caótica para cubrir las grietas de las paredes color ocre, como si pretendiesen ocultar la miseria del sitio con un velo de desorden. El aire era pesado, olía a humedad y madera vieja, y la luz de una lámpara solitaria apenas alcanzaba a iluminar el rincón donde reposaba una mesita de noche de color café claro. Tenía dos cajones con la cerradura rota, torcidos y oxidados por el tiempo y la negligencia. Abrió uno de ellos con un chirrido seco y lastimero. Dentro, en la penumbra marrón casi negra, había herramientas de carpintería y soldadura: piezas de metal resistente, martillos con mangos desgastados por el uso, destornilladores de puntas romas. Buscó con la mirada y tomó los guantes negros de cuero con bordes amarillos. Se los puso con lentitud , ajustándolos con cuidado, como quien se prepara para un trabajo que requiere distancia y absoluta frialdad de espíritu.

Regresó a la habitación con pasos firmes y apresurados. Cada zancada hacía crujir el piso de madera oscura bajo sus botas de cuero. Abrió la puerta de madera sólida y oscura con un empujón que la hizo golpear violentamente contra la pared.

Tomó a la niña —de piel blanca, delicada y pálida como porcelana antigua— con el brazo derecho. Al niño —que poseía los mismos rasgos que su hermana salvo por una mancha morada y oscura en el brazo derecho— lo sostuvo con el izquierdo. Les introdujo un trapo amarillo en el fondo de la boca a ambos, empujándolo con fuerza hasta que se atragantaron y el llanto se ahogó en un gorgoteo sordo y desesperado.

No soportaba el llanto de los bebés. Le parecían molestos, insoportables. Odiaba tener que encargarse de hijos que no eran suyos. Cada gemido le recordaba con crueldad que no eran suyos, que no los quería, que sólo eran un estorbo que había que silenciar como se silencia una verdad incómoda.

Los colocó en el suelo casi arrojándolos. El impacto contra la madera fue sordo y seco, como si los bebés fuesen meros objetos que ya no merecían cuidado alguno. Lilith sintió que el corazón se le detenía por un instante; el cuerpecito de su hija se sacudió ligeramente, y el niño dejó escapar un gemido ahogado que se perdió en el trapo.

—A ver, a ver, qué bastardo se queda y qué bastardo se va. Esto es para que aprendas que no debiste haberme sido infiel, maldita puta.

Miró a su esposa con una mirada casi cínica y sombría, esperando que respondiera. Lilith sólo negó con la cabeza, asustada, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada. El silencio que siguió fue pesado, quebrado únicamente por el llanto amortiguado de los bebés y el crujir ocasional de la madera bajo los pies del hombre.

Luego contempló cómo él soltaba una carcajada fuerte, una risa que comenzó baja y creció hasta llenar la habitación. Caminó en círculos alrededor de la cama sin cesar de reír, los pasos resonando contra el piso como si cada uno marcase el ritmo de su propia locura, como si todo aquello fuese un chiste macabro o una mala broma que sólo él comprendía en su demencia.Lilith lo observó, con el estómago revuelto por la náusea y el horror. Por un momento se preguntó si este hombre aún conservaba algo de cordura bajo la piel sudorosa y la mirada desquiciada.

—¿De qué te ríes, amor? ¿Dónde está lo divertido? ¿Por qué tratas así a mis hijos? Ellos no tienen la culpa de mis errores.

La de abundante cabello largo soltó aquellas preguntas con una inocencia fingida y perfectamente calculada. Actuar era una de las mejores artes que dominaba; cada palabra estaba medida, cada gesto calculado para ganar tiempo, para conseguir un segundo más de esperanza en medio de la desesperación.

Las carcajadas del hombre aumentaron en intensidad. Su voz se escuchaba por toda la casa descuidada, rebotando contra las paredes agrietadas como un eco que no encontraba salida ni redención. Por un instante, Lilith sintió que la risa se le metía bajo la piel, fría y afilada como una daga invisible.

Luego él, señalando a ambos bebés recién nacidos sin razón alguna que la lógica pudiera comprender, lanzó un pfennig al aire para decidir a cuál abandonar a su suerte en la calle. La moneda giró brillando bajo la luz mortecina de las velas, trazando un arco lento que pareció durar una eternidad, suspendida entre dos destinos crueles.

Cuando la moneda estaba a punto de caer, Lilith forcejeó para desatarse con una desesperación renovada y feroz. Logró mover los barrotes de hierro de la cama con sus movimientos; los barrotes crujieron bajo la presión. Sus muñecas se lastimaron por la fuerza que estaba ejerciendo, la piel se abrió en líneas rojas que ardían al contacto con el aire. Cuando logró desatar una mano, antes de que pudiera invocar uno de sus poderes sobrenaturales, su esposo la abofeteó nuevamente con las manos callosas. El golpe fue seco y resonante. Su mejilla iba adquiriendo un tono rojizo por el impacto, hinchándose lentamente. Sus ojos se nublaron con lágrimas saladas que se deslizaban por la mejilla ultrajada, dejando surcos húmedos sobre la piel enrojecida.

—Ni siquiera sé si estos bastardos son míos.

Gritó con ira incontenible. Su rostro estaba enrojecido, los ojos parecían desorbitarse por la furia que le ascendía desde el pecho como una ola ardiente e imparable. La voz le salió ronca, quebrada por el esfuerzo de contener la rabia que le oprimía la garganta.

Observó que la vela blanca y larga al costado de Lilith se había apagado de golpe, como si la luz misma huyera aterrorizada de lo que estaba por suceder. Luego el resto de las antorchas también se extinguieron una a una, con un siseo débil y resignado. La habitación quedó envuelta en una penumbra densa, casi tangible, donde sólo quedaban las sombras y el jadeo entrecortado de Lilith.

—Estuviste en un club de las mujeres de la iglesia, Lilith. Tú más que nadie debería entender sobre la fidelidad.

Ya no prestó atención alguna a la moneda que había caído en el suelo con un tintineo sordo y olvidado. Se dirigió hacia donde ella estaba con pasos lentos y pesados, cada uno resonando en el silencio como una sentencia pronunciada por un juez cruel. Sin delicadeza alguna, le sostuvo el mentón. Apretó los dedos contra su rostro pálido, hundiendo las yemas en la piel suave hasta que sintió los huesos debajo. Lilith intentó apartar la cara, mas el agarre era de hierro, inflexible. El dolor le recorrió la mandíbula como una corriente fría.

Propinó un golpe más.

El impacto fue seco y resonante, casi musical en su brutalidad. La cabeza de Lilith se ladeó con violencia, y un hilo de sangre brotó de la comisura de los labios. La mejilla se hinchó al instante, tomando un tono rojizo que pronto se transformaría en morado. Sus ojos se llenaron de lágrimas saladas que resbalaron lentas por la piel lastimada, dejando surcos húmedos que brillaban en la penumbra como pequeños ríos de dolor.

La piel delicada de Lilith lucía ahora múltiples manchas rojas y moradas. Cada marca ardía como un recordatorio vivo de los golpes recibidos, y la hinchazón comenzaba a tirar de la piel, haciendo que cada respiración le doliera en la mejilla y en la mandíbula. El sabor metálico de la sangre aún le llenaba la boca, y el labio partido palpitaba con cada latido de su corazón.

—Querido, por favor. Yo te amaré tanto como tú quieras. Eso es lo que quieres, ¿no? Que te ame. Te amaré. Pero deja a mis hijos. Deja que me quede con ellos. No pido más. Solo quiero a mis hijos. Ellos te llamarán papá. ¿No quieres que te vean como un padre?

La voz de Lilith era ronca, entrecortada y en tono bajo por hallarse exhausta y debilitada, tanto física como mentalmente. Cada palabra salía con esfuerzo, como si le costara extraer el aire mismo de los pulmones. Su mirada se desvió hacia sus hijos. Por un instante se tornó más ambiciosa que minutos atrás. Sabía que ambos niños le servirían, de una forma u otra, para su propia conveniencia. Los ojos se le endurecieron al pensar en ello, aunque el miedo seguía latiendo debajo de la piel como un animal enjaulado.

—No uses tus manipulaciones conmigo. Yo no quiero a esos mocosos.

Soltó el mentón de Lilith con un gesto brusco y despreciativo. Los dedos dejaron marcas blancas en la piel pálida que pronto se volverían rojas. Le ató nuevamente las muñecas, apretando las cuerdas con fuerza renovada hasta que la piel se abrió un poco más y la sangre comenzó a gotear lenta por los brazos. Lilith contuvo un gemido; el dolor era agudo, mas no quería concederle la satisfacción de oírla quejarse.

Recogió al varón del piso.

El niño se removió débilmente en sus brazos, el trapo amarillo aún hundido en la boca diminuta. Su ojo negro parecía absorber la poca luz que quedaba en la habitación, como un pozo sin fondo.

El niño abrió los ojos. Tenía el ojo derecho completamente negro, una cuenca oscura que parecía absorber la poca luz que quedaba en la habitación, como un abismo sin fondo. El otro era del mismo color que los de Lilith, un tono que en ese momento parecía inocente y vulnerable.

El hombre miró con desprecio manifiesto la apariencia del ojo del niño. La burla se le dibujó en el rostro, una mueca torcida que le arrugó la piel sudorosa alrededor de la boca.

—Son de Astaroth.

Se burló, con la voz baja y cargada de veneno. Las palabras salieron lentas, como si disfrutara cada sílaba pronunciada.

—Despídete de tu hijo.

Salió con el bebé en brazos. Las velas alumbraban la calle con una luz mortecina y temblorosa, proyectando sombras largas que bailaban sobre los adoquines húmedos como espectros en una danza macabra. Algunos carruajes pasaban cerca, el ruido de las ruedas y los cascos de los caballos resonando en la noche como un eco distante de vida civilizada. Caminó hasta un callejón oscuro, iluminado apenas por una antorcha solitaria que chisporroteaba contra la pared, lanzando chispas que morían antes de tocar el suelo.

Dejó al niño en una caja de cartón que reposaba cerca de un tacho de basura. El cartón estaba húmedo y arrugado, despidiendo un olor a podredumbre y lluvia vieja. El bebé se removió débilmente, un gemido ahogado escapando del trapo amarillo que aún le llenaba la boca.

Metió el trapo más hondo en la boca del bebé, empujándolo con los dedos callosos hasta que el pequeño dejó de moverse, hasta que el sonido se apagó por completo, como se apaga una vela al final de una velada.

Se marchó.