El comienzo del Fin
-“Acércate viajero, descansa y toma asiento junto a la hoguera, mientras te cuento la historia que precede a esta era”-.
Antes de la existencia misma, en un planeta redondo de un sistema solar desconocido en una galaxia olvidada en el tiempo, existía un gran continente rodeado por agua a la que no se le veía fin.
En él, se mezclaban toda clase de paisajes, desde los picos nevados más altos, hasta los desiertos más calurosos pasando por valles frondosos y estepas extensas.
De entre todas las criaturas que convivían en el lugar, una se erigió sobre las demás para dominar ese vasto mundo. Empezó adquiriendo la destreza de erguirse sobre sus extremidades traseras de forma bípeda quedándole libres las extremidades delanteras, se le abrió un nuevo mundo ante sus ojos, muchos de sus congéneres le siguieron en esa ardua tarea de la evolución, y durante muchos tropiezos, avances y retrocesos, se consiguieron hacer un hueco entre las demás criaturas para gobernar sobre ellas, se dieron ellos mismos el nombre de samions, los caminantes en su lengua y así comenzó su primitiva sociedad.
Con el paso del tiempo, crecieron en número hasta llegar a expandirse por casi todo el continente, del sur hasta el norte del este al oeste y aunque juntos o separados a todos les unía las misma similitudes, su cultura, su lengua, pero sobre todo su devoción, devoción hacia su único Dios, el único y el que según cuentan las leyendas, fue él quien se apareció al primero de ellos, RoK, y le dio fuerza y sabiduría para dejar de ser un animal salvaje y sin raciocinio, para poder trascender a la raza civilizada que son hoy.
Llamaban a esa deidad con el nombre de Yhatra, y aunque no lo veían, podían sentirlo, pero lo más importante era las cosas que hacía por ellos a cambio de su devoción por él, todo lo que le pidieran se les concedía, desde una buena cosecha o que amainara un temporal, una buena pesca o incluso encontrar un objeto perdido.
Todo era paz y amor en el gran continente de Egea, hasta que una personalidad diferente a los samions se la cruzó al sabio de la tribu de las montañas en su matinal paseo de camino al templo. El sabio notó un inmenso poder dentro de aquella dama más alta que el, sentía algo parecido a lo que sentía en el templo cuando oraba a Yhatra, pero a la vez muy diferente, era evidente que a esta señora la podía ver y se podía tocar, no como a su deidad invisible. El sabio la notó desorientada, mareada, como si algo terrible le hubiera pasado hacía poco tiempo, así que decidió llevarla a su casa para darle cobijo y cuidados, ya iría el, al día siguiente al templo a seguir con sus deberes.
Su nombre era Yesha, piel azul clara, pelo verde hierba recogido en trenzas de diferentes medidas y grosores que le llegaban hasta la cintura, mirada gélida como el hielo, con sus 2 metros y medio de altura se hacía notar sobre los samios, el más alto de ellos apenas llegaba al metro ochenta, además del diminuto vestido de color rojo rubí que le tapaba escuetamente sus partes pudendas sin ni siquiera temblar por el clima gélido de esa región.
En poco tiempo vieron el porqué, pues Yesha dominaba el frío y el hielo a su antojo, no le hacía falta hoguera para entrar en calor, pues ella estaba a su temperatura preferida, la gélida.
A los días siguientes, en el gran templo de Yhatra erguido por la tribu de las estepas, el gran sacerdote presenció algo jamás visto antes, pues sobre el polvo del suelo del gran salón de oraciones, se empezó a ver como si alguien escribiera:
- “Tú, gran sacerdote, sabes quién es el que te habla…, parte raudo y veloz hacia las montañas y trae ante mí a esa de la que allí tanto hablan, Yesha, ellos la llaman.”-.
El sacerdote, incrédulo ante lo que acaba de presenciar, salió del templo corriendo buscando montura y provisiones para la tarea que su dios le acababa de mandar.
Cuando el sacerdote llegó a las montañas vió, que ya no se le rendía culto a Yhatra y el templo estaba vacío, buscando por todo el poblado con los nervios característicos de aquel que es temeroso de su Dios, al fin encontró a Yesha en el gran salón envuelta en un festejo con todo el pueblo, cuando deberían estar en el templo honrando a su Dios por las cosechas venideras.
El sacerdote entró en el gran salón, construido en el centro de la aldea, sin que nadie se percatara de su existencia, eso lo enfadó aun más y golpeó su báculo contra el suelo fuertemente tres veces para llamar la atención de todo aquel que allí se encontraba.
- “Vergüenza os debería de dar, aquí festejando cuando deberíais estar en el templo orando, que razón tenía Yhatra en hacerme venir hasta aquí para llevarme a la que os distrae.”- vociferó el sacerdote.
El jefe de la tribu sorprendido al percatarse quién era aquel sacerdote solo pudo responder:
- “¿Te ha mandado Yhatra?”-.
- “Si, y he de presentarme ante él con esta mujer en el templo de la estepa cuanto antes”-. Respondía firmemente el sacerdote cuando Yesha, sin dejar que terminara de hablar el sacerdote, gritó:
- “¿Quién es ese tal Yhatra y que quiere de mí, porque he de acompañarte a verle?”-
Se oyó en todo el salón una exclamación de sorpresa y de repente silencio.
- “Mire bella dama, nunca hemos conocido la ira del gran Yhatra, solo su bondad, pero hasta hace unos días tampoco habíamos conocido ninguna forma de comunicación con él hasta que de forma inexplicable me escribiera en el suelo del templo que viniera hasta aquí por usted, así que haga el favor de acompañarme a verle, porque algo de usted le ha enfadado y no queremos que se enfade más.”- terminó diciendo muy pausada y tranquilamente el sacerdote.
- “No estoy de acuerdo contigo, pues ni yo, ni estas amables gentes estamos haciendo nada malo para enfadar a tu dios”-. Le respondía en tono desafiante al sacerdote.
- “De acuerdo, si eso queréis, eso tendréis, solo espero que la ira del gran Yhatra no arrase esta aldea para hacerte cambiar de opinión”-Contestó amenazante ante la actitud seria y desafiante de aquella enorme mujer.
-“Señora Yesha”- .Se adelantó el jefe de la tribu a una posible respuesta de Yesha que pudiera traer peores castigos a su aldea. -“Señora por favor, acompañe al gran sacerdote, no se preocupe por nosotros, estaremos bien, seguiremos aquí esperándole tarde el tiempo que tarde en volver, de verdad, hágale caso y acompáñele, se lo ruego.”-
- “De acuerdo, está bien, te acompañaré a ver a tu dios, pero solo lo hago por las gentes de esta maravillosa aldea”-. Soltó Yesha algo más calmada y resignada.
Y así con montura nueva agenciada gracias a el jefe de la tribu, una criatura cuadrúpeda de gran tamaño, pelaje espeso, largo y negruzco que le cubría casi todo su cuerpo, desde sus enormes pezuñas hasta su vasta cabeza semicuadrada, dejando ver una cara rosada bastante amigable para la gran criatura que es, un gran yuk lanudo de las montañas, se aventuraron en la vuelta a la estepa.
El yuk era más lento que su fiel landro, una criatura esbelta con cabeza alargada y cuello aún más largo y musculoso, donde le crecía una gran melena lisa desde el inicio de su seria cara, hasta el inicio de su lomo donde fuertemente agarrada se encontraba la silla de montar, sus cuatro poderosas y musculosas patas delanteras, dos a cada lado de la veloz criatura, y sus dos patas traseras aún más poderosas y musculosas, pero Yesha era demasiado grande para él y hacerla ir andando sería más lento aún, así que se resignó y tuvieron que ir al ritmo del yuk.
Llegaron más tarde de lo que al sacerdote le hubiera gustado, pero ya estaban allí y pronto su tarea habría acabado.
Al entrar por la puerta, el suelo volvió a moverse y como si alguien escribiera, empezaba a verse.
- “Por fin nos conocemos, gélida dama, noto en ti un gran poder, ¿Cómo llegaste a este mundo? Nada en mi debes temer”-.
La gran dama de hielo al ver el polvo del suelo moverse, notó un inmenso poder.
Contestó al ente que allí ella sentía:
- “No lo sé mi señor, no recuerdo mucho, una luz blanca muy brillante y después solo nieve y viento frío en mi cara cuando vi al sabio de las montañas delante de mí”-.
Yhatra volvió a preguntar:
- “¿No tienes recuerdo alguno de tu pueblo natal, de donde procedes, tu mente no alberga imagen ninguna?”-.
- “Le digo la verdad, oh poderoso señor, no tengo imagen alguna en mi recuerdo más que la tribu de las montañas donde me encontré con el sabio.”-Contestó Yesha inocentemente y segura de que estaba diciendo la verdad.
- “De acuerdo, te creeré ¿Qué buscáis en estas tierras, cuál es vuestro propósito?”-.
Preguntó de nuevo Yhatra en el suelo del templo.
- “Solo vivir en paz entre vuestra gente, como estaba haciendo en las montañas, no pido más, mi señor”-. Respondió Yesha al aire nuevamente.
Tras un instante que le pareció a Yesha una eternidad, el suelo volvió a moverse y una fuerza invisible volvía a escribir ante su mirada.
- “Te concedo tu deseo, serás dueña de tu vida, espero que hagas sabias elecciones, pero la desempeñaras aquí, junto a mí en la estepa”-.
Viendo que de nuevo no tenía opción a debatir, solo le quedaba admitir ante ese poderoso ente, que pasaría el resto de sus días en las grandes estepas.
- “De acuerdo, mi señor, buscaré cobijo entre los tuyos y me instalaré en la aldea, como vos deseáis. Solo un favor os pido, que se avise a la tribu de las montañas que no podré volver, no quiero que esperen en vano mi vuelta”-.
No hubo respuesta alguna transcurridos varios minutos y ambos, Yesha y el sacerdote, asumieron que el encuentro había acabado. En su interior esperaba que le cumpliera ese favor.
Se le construyó una casa a su medida, casi en las afueras de la aldea, junto al rio que cruzaba aquellas tierras, con puertas, ventanas y techos más grandes de lo normal.
Pasaron los días y los meses y con ellos las estaciones, del frío al campo florecido y al calor agobiante que obligaba a buscar resguardo bajo la sombra de un árbol. Al principio de aquellas noches calurosas, comenzaba para los samions la festividad del amor, aunque no tenían épocas de apareamiento como las otras criaturas del reino animal, en ese periodo de tiempo afloraban más los sentimientos y las pruebas de valor para conseguir pareja, donde los machos jóvenes intentaban enamorar a las jóvenes hembras.
No pasaba un día en el que Yesha no paseara por el templo buscando respuestas, intentando volver a hablar con Yhatra, pues en el aprendizaje de su nueva vida, aún no llegaba a comprender lo que le rodeaba, veía por todos lados parejas, machos y hembras, dándose muestras de algo que ellos llamaban amor, familias engendrando descendencia, fruto de aquel desconocido amor para ella. Y no podía parar de preguntarse lo mismo una y otra vez. “¿Seré la única de mi especie? ¿No hay más semejantes a mí? ¿No tengo yo derecho a disfrutar de ese sentimiento desconocido llamado amor con alguien como yo?”.
Una y otra vez, se hacía las mismas preguntas y el no encontrar respuestas la hacía sentir cada vez más triste.
Los eruditos del templo, volvieron a sorprenderse otra vez más al notar el suelo moverse, desde la última vez parecía que habían pasado eones y así Yhatra volvió a hacerse notar.
- “Dime, bella dama, ¿Por qué estas triste, que os falta? -.
Se pudo volver a leer en aquel antiguo suelo.
-“Oh, mi señor, no es mi intención desperdiciar el regalo que me hicisteis de vivir aquí en las estepas, pero día a día veo entre sus habitantes una felicidad que no me es concedida a mí también, hablan de algo llamado amor, que profesan entre ellos casi con el mismo fervor que le profesan a usted, pero lo hacen de igual a igual, de hombre a mujer y yo soy única, no hay nadie como yo en estas tierras, no puedo conocer ese tal amor pues no tengo un igual a quién profesarlo”-.
Dijo ella mirando al suelo tristemente.
- “Intentaré ayudarte hija mía, pues no soporto ver tristeza en tu rostro, crearé para ti un ser que te acompañe hasta el fin de vuestro tiempo para no vagar sola por este mundo, pero te advierto, mi delicada flor de hielo, no podrás yacer jamás con él, pues no sabemos qué abominaciones engendrarías”-.
Leyó en el suelo entre emocionada y furiosa.
- “¿Por qué, poderoso señor, me negáis el don de la vida, de la maternidad? ¿No soy digna de traer descendencia a este mundo?”-Soltó Yesha más furiosa de lo que quería, apenas sin darse cuenta.
Y el suelo volvió a temblar.
- “Te he dicho que no puedes y te lo advierto, no lo hagas si no deseas enfurecerme, te ofrezco un compañero de vida no un padre para tus hijos, elige, sola y triste o acompañada y feliz”-.
Yesha volvía a sentir la resignación de tener que obedecer de nuevo y sin ningún tipo de objeción, dijo al aire mirando al suelo.
- “Acataré tus órdenes y agradezco este regalo”-.
Sin previo aviso, de una antorcha cercana que colgaba de una columna, comenzó a rebosar el fuego hacia el suelo como si fuera líquido, llegó hasta formarse un gran charco de fuego líquido delante de ella y la llama empezó a coger forma. Se distinguía un cuerpo como el de ella, un poco más alto, dos piernas, dos brazos, una cabeza, era como ella. Piel amarilla anaranjada como un caluroso atardecer, pelo rojizo llameante como si estuviera ardiendo cada hebra de su cabellera y una mirada cálida y ardiente que denotaba fuerza y valor, llevando puesto solo un pantalón corto de color tierra seca.
El suelo volvió a moverse.
- “Puedes llamarlo Efrén, él te acompañará y te protegerá en esta vida, quereros y respetaros, pero, sobre todo, recuerda mi advertencia”-.
Y el suelo volvió a la normalidad, dando por concluida la conversación.
Efrén miró a los ojos a Yesha y Yesha miró a los ojos a Efrén, y en aquel mismo instante, notó que no quedaba ningún atisbo de tristeza en su interior. Sin decir ni media palabra, ambos se cogieron de las manos con la ilusión de dos jóvenes enamorados bajo un cielo estrellado. Salieron del templo con las manos entrelazadas y ella comenzó a mostrarle la aldea de la estepa, su nuevo hogar.
En el transcurso de las semanas siguientes fueron conociéndose cada vez más, estrechando sus lazos de amor, intimando profundamente a nivel sentimental. Hasta que una noche, el deseo que Yesha encendía en lo más profundo de Efrén le pudo jugar una mala pasada, él quiso dar un paso más allá del que tenían permitido.
- “Yesha, mi amor, ¿Qué ocurre, por qué te alejas?”-.
Preguntó él extrañado.
- “No es por ti, amor mío, sabes que te quiero y te deseo, pero no podemos seguir, lo tenemos prohibido”-.
Le respondió Yesha apenada.
- “Sabes que no es justo, debería ser derecho nuestro decidir sobre nosotros mismos”-.
Respondió él un poco alterado.
- “¿Crees que a mí no me ocurre lo mismo, que mi deseo hacia ti no sobrepasa el miedo que tengo a Yhatra?”-.
Respondió ella algo enfadada al ver a su amado alterado por la situación.
- “Pues algo debemos hacer al respecto, porque esta situación no la soporto más, quiero unirme a ti al igual que lo hacen los demás a nuestro alrededor”-Respondió él más tranquilo.
- “Y que propones, amado mío, ¿Saltarnos la advertencia de Yhatra y desobedecer sus órdenes? ¿Dar rienda suelta a nuestros deseos sin importarnos consecuencia alguna?”-.
Le preguntaba alterada mientras notaba a él más relajado.
Efrén se acercó a ella y comenzó a acariciarla lentamente por sus costados para al final poder rodearla entre sus fornidos brazos y fundirse en un cálido abrazo. Aprovechó que el oído de ella quedó cerca de su boca, cuando ella descansó la cara sobre su pecho.
- “No te preocupes cariño, todo está bien, el mayor regalo que pudo hacerme Yhatra fue crearme para unirme a ti y con eso, soy completamente feliz”-Le dijo susurrándole al oído.
Y ella sin abrir los ojos mientras se abrazaban le dijo al mismo tono.
- “Oh, vida mía, cada día haces que me enamore más de ti y comprenda mejor el gran sentimiento que es el amor”-.
Y entre besos de ternura y caricias sin mediar palabra alguna, los dos se acostaron en su lecho y conciliaron el sueño aquella noche.
Siguieron pasando los días y todo era armonía, pero una noche la pasión esta vez le tocó a Yesha y Efrén no lo vio venir.
Estando él terminando de encender el fuego de la hoguera para hacer la cena con sus poderes lanzándole una pequeña bolita de fuego con su dedo índice, ella comenzó a verlo a cada momento más atractivo y no pudo contenerse más.
- “Cariño mío, deja por un momento esos quehaceres, que pueden esperar y acompáñame.”-Le dijo ella recostándose sensualmente en la cama.
Él descolocado y confundido respondió con prisas.
- “Claro que si mi amor, ¿Te ocurre algo?”-.
Pero cuando la vio con esa sonrisa entre picarona y dulce, comprendió rápidamente que la cena podía esperar. Se adentró en la cama y se dejó llevar por ella, mientras sus manos recorrían su fornida espalda y su boca rozaba apasionadamente su cuello. Viendo que al fin conseguiría lo que él más anhelaba, tomó las riendas y comenzó a deslizar su boca entre besos y pequeños mordiscos cuello abajo en dirección a sus pechos. Al escuchar los gemidos de su amada, entendió que iba por el camino correcto pues despertó una faceta que ni ella misma conocía. Sin esperarlo, le dio la vuelta y se montó encima de él, siendo ella quien dominaba ahora y comenzó fogosamente a desprenderse de su minúsculo vestido. Los besos y las caricias dieron paso a los gemidos y gritos de placer que duraron más allá de lo que pudo aguantar la hoguera de la cocina apagándose a altas horas de la madrugada.
Al cabo de un mes, Yesha comprendió que algo en su interior estaba cambiando, corriendo se lo contó a su amado.
- “Cariño mío, creo que hicimos mal en desobedecer las advertencias de Yhatra, algo en mi interior así me lo hace saber.”-Le dijo ella temblorosa.
- “No te preocupes, amada mía, me tienes siempre a tu lado, pase lo que pase, cuéntame que te ocurre.”-Le dijo él intentando consolarla.
- “Tengo náuseas, no me encuentro muy bien, algo se está moviendo en mi vientre”-.
Se lo comentaba asustada a su amado.
Y él, posando su mano sobre el vientre de ella, notó leves vibraciones.
- “No temas, mi vida, lo llevaremos en silencio, nos ocultaremos y cuando tengamos la oportunidad nos iremos de aquí para comenzar una nueva vida en otro lugar lejos del yugo de Yhatra para formar una familia”-.
Le decía él mientras la abrazaba y le besaba la frente a su amada.
En el mes siguiente, ya tenía ella el vientre más inflamado que cualquier hembra samions antes de parir.
A los pocos días, en una noche tormentosa, los dolores le podían a la poderosa mujer de hielo, no quería gritar, pero los dolores eran más fuertes de lo que ella podía aguantar. A pesar de la fuerte lluvia y los abundantes truenos y relámpagos, los gritos y alaridos de dolor de Yesha se escuchaban por casi toda la aldea.
Efrén desesperado le preguntaba a su amada que podía hacer para ayudarle, pues no tenía ni idea de que hacer para aliviarle los dolores, cuando de repente sonó unos golpes en la puerta, alguien llama.
Abrió la puerta y se encontró a una diminuta samions con la cara asustada.
- “Oh gran señor ¿Le ocurre algo a su divina esposa? ¿Puedo ayudarlos en algo?”-.
Pensó rápido que él no sabía nada de embarazos y aquella diminuta hembra sabría más que él.
- “Pasa, por favor, seguramente nos vendrá perfectamente tu ayuda”-.
Le decía mientras le ofrecía la entrada por la enorme puerta.
La pequeña samions corrió hacia Yesha que se encontraba recostada en la cama.
- “Mi señora, cuénteme que le ocurre”-.
Yesha sin querer gritar por el dolor, le respondió.
- “No aguanto más el dolor de mi vientre, me está rajando desde dentro”-.
La pequeña samions la observó rápidamente y le comentó.
- “Oh, mi gran señora, está usted de parto, debemos darnos prisa”-.
Efrén le preguntó rápido y nerviosamente.
- “¿Qué es lo que te hace falta, que necesitas para traer a mi descendencia a este mundo?”-.
- “Un cuenco grande con agua y muchas telas mi señor, pues tiene el vientre demasiado inflamado para venir solo una criatura”-.
Decía mientras se subía las mangas de su humilde vestido.
En pocos minutos estaba preparado todo lo necesario y la pequeña hembra se encontraba frente a la gran dama de hielo pidiéndole que empujara. Tras unos esfuerzos titánicos y unos instantes que a Efrén le pareció eterno, un llanto de bebé inundó la habitación y la pequeña hembra lo lavó y envolvió entre telas.
- “Parece que ya ha pasado todo, mi señora”-.
Le decía con cara sonriente.
Pero entre dolores le respondió:
- “¿Y por qué me sigue doliendo? Hay algo más dentro de mi”-.
La pequeña hembra le dio el recién nacido a su padre y se preparó para el siguiente.
Al cabo de unos instantes y más gritos de dolor, llegó el segundo y el sonido de llanto de bebé se incrementó.
Parecía que ya había acabado pero la gran dama gélida seguía con dolores, así que la pequeña hembra volvió a prepararse. Otro bebé más en la habitación, Efrén no tenía más manos, tuvo que poner la última criatura sobre la mesa.
Pero el dolor de Yesha no decreció y tras gritos y llantos de dolor consiguió dar luz a dos criaturas más, siendo cinco en total la descendencia que habían logrado engendrar. Cinco hermosos bebés, tres machos y dos hembras preciosas, todos iguales entre ellos, todos con el mismo tono de piel, verde turquesa y cabellera marrón clara.
Se encontraba Yesha exhausta en la cama, mientras Efrén ponía a los bebés en una cuna grande improvisada con tablas de madera, paja y telas con la ayuda de la pequeña matrona que les acababa de ayudar con el nacimiento de sus hijos.
- “Mi nombre es Trekka, mi señor, perdón por no presentarme antes pero mi señora me necesitaba”-.
Le decía mientras le pasaba un bebé.
- “No te preocupes, la situación lo requería y si no es por tu ayuda, no sé cómo lo hubiéramos conseguido”-.
Le respondía mientras miraba a su amada cansada en la cama.
- “Si os hiciera falta ayuda con los bebés, solo tenéis que decírmelo, vivo cerca y tengo todo el tiempo del mundo pues vivo sola, mi marido falleció hace tiempo y no tuvimos hijos”-.
- “Lamentamos tu pérdida Trekka, tuvo que ser duro. Referente al ofrecimiento, seguro que mi amada estará de acuerdo conmigo en que toda ayuda será bien recibida, no teníamos pensamientos de ser padres y mucho menos de cinco criaturas a la vez”-.
Le respondía sonriendo mientras acomodaba al último bebé en la cuna.
Y así fueron pasando los días, con la ayuda de la pequeña Trekka, criando a los cinco bebés, pasando más tiempo en casa de la pareja de dioses que en su casa propia.
Apok, Rumios y Chíreo fueron los nombres de los machos y Kaláfer y Sahet el de las hembras.
Los bebés crecían más rápido que los bebés de los samions, al primer mes de vida ya andaban y tenían la altura de un bebé samions de un año. Al tercer mes, ya hablaban y tenían cuerpos de niños de tres años.
Siguieron pasando los meses y cuando pasó un año desde el nacimiento de los bebés, ya tenían la altura de Trekka y la mentalidad de un adolescente.
Fue un duro año para los padres y su fiel cuidadora a tiempo completo, pues los niños habían heredado ciertos poderes y habilidades que los padres intentaban ocultar para que nadie supiera de la existencia de los pequeños.
La pequeña Kaláfer heredó por completo el poder de su madre, por lo cual siempre estaban descongelando a cualquiera de sus hermanos que la hiciera enfadar, al igual que con Sahet que nació con el mismo poder que su padre y siempre tenía a su madre detrás suya apagando cualquier fuego que encendiera.
Con los machos fue diferente pues Apok, por ejemplo, desarrolló la habilidad de hablar con los animales y plantas, y siempre que estuviera alguna ventana abierta, se colaban pequeñas aves y roedores para jugar con él.
En el caso de Chíreo, consiguió desarrollar una conexión mental y espiritual como nunca antes en la historia se conociera, a través de la meditación conseguía mover los utensilios de la casa, al principio una cuchara o un plato no era un problema mayor para los padres, pero cuando comenzó a mover mesas y camas, la tarea de la pareja de dioses se tornó algo más complicada.
Y por último Rumios, quizás el más problemático, pues nació con un instinto guerrero que siempre andaba buscando pelea con sus hermanos. Durante los primeros seis meses, los padres pensaban que daría menos guerra que los demás, pues todavía no había desarrollado habilidad sobrenatural alguna, hasta que una tarde, el pequeño se le perdió de vista a la señora de hielo mientras hacía la cena, el padre jugaba con los pequeños y la pobre Trekka no pudo venir porque cayó enferma a causa del frio en aquella época. Una ventana abierta fue la prueba de que el revoltoso Rumios salió del abrigo de su cálido hogar. El padre salió en su busca al percatarse de su ausencia y lo encontró en el bosque que había tras cruzar el pequeño rio que se encontraba a la espalda de la casa, allí se hallaba el pequeño golpeando con sus manos desnudas un árbol de roble que debería de tener un par de siglos de edad al menos, no tuvo problemas el padre en encontrarlo, solo debía ir al árbol que se zarandeaba como un abanico en las manos de una samions en un caluroso día. Al llegar a su encuentro vio como el revoltoso Rumios casi había talado el solo aquel árbol a base de golpes de puños y patadas, cuando el joven se percató que su padre lo había encontrado, soltó una poderosa patada a la base del árbol y con ese golpe de tibia terminó de derrumbar el árbol que cayó causando gran estruendo.
-“Rumios, hijo mío, vámonos antes que alguien de la aldea venga por la curiosidad del estruendo, no podemos dejar que te vean”-.
Volvieron deprisa al amparo y el anonimato de su hogar. Por el camino de vuelta, el señor del fuego se decía a sí mismo. –“Y decía Yesha que sería el que nos daría menos problemas…”-.
-“Padre, ¿Qué estáis haciendo?”- Le preguntaba la curiosa Sahet como todas las mañanas cada vez que veía a su padre manipulando el fuego de la chimenea.
-“Un regalo que os quiero hacer a ti y a tus hermanos, pequeña, ya lo verás cuando esté terminado, sigue jugando con tus hermanos”-. Le respondía el Dios del fuego a su hija mientras le acariciaba la cabeza. Y con los últimos retoques finales, el Señor de la Llama terminaba cinco cadenas, tres robustas y dos más finas, de las que colgaban el mismo símbolo. Una estrella de cuatro puntas con direcciones al norte, sur, este y oeste, cada punta terminaba en una pequeña llama y el interior de la estrella representaba la silueta de un copo de nieve.
-“Venid hijos míos, quiero daros un regalo”- y los cinco niños que ya eran adolescentes, dejaron lo que estaban haciendo y aparecieron en el salón todos juntos.
-“Os he hecho estos colgantes para que nunca olvidéis de donde venís ni quienes sois, hijos de la casualidad, la rebeldía y la pasión de dos seres que antepusieron el amor al miedo, y de ese mismo amor nacisteis y crecisteis fuertes y sanos. Si algún día pasara alguna desgracia y nos tuviéramos que separar, por muy lejos que estemos unos de otros ya sea en el norte, en el sur, en el este o el oeste, siempre estaremos cerca de vosotros, en cada llama de fuego estaré yo y en cada copo de nieve vuestra madre. Quiero que llevéis puesto estos colgantes para que siempre os recordéis unos a los otros y no os olvidéis nunca de vuestros padres.
Hasta Kaláfer que era quien tenía el carácter más seco y apenas se inmutaba por nada, fue junto con sus hermanos a abrazar a su padre con las lágrimas saltadas de la emoción por sus palabras.
-“Muchas gracias padre, nunca me lo quitaré pase lo que pase”-. Le decía con orgullo el combativo Rumios.
-“Chicos, ya esta lista la comida, a la mesa”-. Decía Yesha entrando al salón cuando vio la cariñosa estampa familiar.
-“Dejad que me una al abrazo, que vuestro padre también es mío”- Dijo la Señora del Hielo sonriendo felizmente mientras se unía al abrazo familiar.
Una mañana, mientras Trekka volvía del mercado a casa de los dioses con la compra hecha para el almuerzo, se tropezó con el sacerdote del templo al girar una esquina.
- “Perdóname Trekka, no te vi al girar ¿Dónde vas con tanta prisa?”-. Le preguntaba mientras se acomodaba la túnica
Ella sabía que no podía decirle que se dirigía a casa de los dioses pues ningún samions tenía más que una relación cordial con ellos y decirle que se dirigía a la casa de ellos a llevarle lo que había comprado en el mercado sería demasiado sospechoso.
-“Pues verá sabio, como bien sabéis desde que mi amado falleció no me está yendo la vida fácil y con lo poco que gano, no me llega para comprar en el mercado nada más que las piezas de carne que ya nadie quiere, así que me dirijo a mi casa para pasarlas ya por el fuego”-. Se aventuró Trekka a mentirle al sacerdote, cosa que nunca antes había hecho.
Pero el sacerdote se percató que llevaba demasiada carne además de frutas, verduras y un gran pescado al que aún no le habían quitado ni las escamas ni la cabeza. –“Vaya, pues parece que te han hecho precio especial, pues llevas mucha carne para ti nada más, Trekka”-. Le decía mirándole el petate donde traía sus mandaos mientras la pobre samions intentaba esconderlo detrás suya.
-“Si sabio, es que Golbe, el dueño del puesto de carne sabe de mi situación y me ha regalado un poco más de carne”- Le volvió a mentir al sacerdote percatándose ella misma que si seguía la conversación terminaría descubriéndola. –“Siento ser tan maleducada sabio, pero temo que se me eche a perder la carne y no me gustaría tener que tirarla….
-“No te preocupes Trekka, sigue tu camino, Yhatra me salve de ser el culpable de que no tuvieras comida que llevarte a la boca”- le decía el sacerdote sin dejarla terminar la frase.
- “Gracias, gran sabio, me pasaré más a menudo por el templo”-.
-“Allí estamos siempre que nos necesites, Trekka”-. Le decía mientras veía como la pequeña samions aligeraba el paso.
Pero el sacerdote sospechaba por los nervios de Trekka que ocultaba un secreto y eso entre ellos está mal visto. Pues no deben ocultar nada si nada temen, es parte de su credo.
El sacerdote siguió a Trekka sin que ésta se diera cuenta, se sorprendió mucho al ver cómo dejaba su humilde casa atrás y seguía su camino hasta que golpeó la gran puerta de la casa de los dioses y la Dama Gélida le abrió la puerta invitándola a que pasara. -“Por el santo Yhatra, ¿qué hará en la casa de los dioses con ellos? ¡Me ha mentido!”-Se decía para él enfadado, al darse cuenta de la mentira, y como la curiosidad le pesaba en la conciencia más de lo que él quería, se subió a unas cajas que había apiladas para poder mirar por una ventana. Lo que vio le dejó sin palabras. ¿Quiénes eran esas cinco criaturas que allí se encontraban junto a la pareja de dioses y que hacia Trekka con ellos? ¿No serían descendencia de los dioses?
Sin pensarlo corrió hacia el templo como si le fuera la vida en ello. Abrió las puertas de par en par y se dirigió al gran salón de oraciones. Al llegar comenzó a llamar a su Dios esperando con toda su fe a que le respondiera.
- “Oh mi señor, poderoso y misericordioso Yhatra, debo contarle algo que sé que no le agradará, pero no enfoque su ira hacia mí, pues soy el simple mensajero”-. Decía el temeroso sacerdote arrodillado con la cabeza agachada.
El suelo tembló y comenzó a leerse en él:
- “¿Qué te atormenta, sabio? ¿Cuál es ese maligno mensaje?”-.
- “Señor, temo decirle que los dioses le han traicionado, los he visto en su hogar con cinco criaturas iguales a ellos, son dos hembras y tres machos fuertes y sanos. Siento decirle que todo indica que han tenido descendencia ignorando su advertencia, mi todopoderoso Dios, y para agravar la traición, lo han llevado todo en secreto, desde el embarazo hasta la crianza de las criaturas, pues ya parecen adolescentes”-.
Le contaba el sabio a su Dios como quien le cuenta un rumor a otro.
Al cabo de pocos segundos, el suelo volvió a temblar, pero las palabras en él escritas aparecían más violentamente escritas, como si las escribieran con ira.
- “Sabía que llegaría este día y estoy preparado para ello, tráelos ante mí y no les digas el motivo, corre, ¡Ve rápido!”-.
En cuanto terminó de leer la última palabra, el sabio se puso en marcha hacia la gran casa de los dioses con toda la energía que le permitían sus débiles piernas.
En casa de los dioses, se disponían a almorzar cuando sonó varios golpes en la puerta enérgicamente, quien llamaba tenía prisa.
- “Trekka, coge a los niños y ocultaos en la habitación del fondo, tengo un mal presentimiento. Te haré una señal si tenéis que escapar por la ventana y en el lago donde acaba el bosque nos encontraremos”-Le dijo Efrén rápidamente mientras se levantaba de la mesa.
Abrió la puerta junto a su amada para impedir la visión del interior de la casa.
- “¿Si sabio, que urgencia os requiere para llamar con esas prisas?”-.
Le preguntó la dama de hielo al pequeño sacerdote.
- “Siento molestaros, mi señora, pero Yhatra os requiere, si sois tan amables de acompañarme, por favor”-.
Efrén sospechaba que el dios invisible, su creador, tenía noticias de su descendencia y no les aguardaba nada bueno, así que entró en la habitación con la excusa de coger abrigo, aunque él no lo necesitara, y le hizo una sutil señal a Trekka, que estaba escondida junto a los niños detrás de un armario.
Cuando escucharon la puerta cerrarse y volver el silencio en la casa, abrieron la ventana y uno a uno salieron, yendo Trekka en cabeza para divisar posibles problemas.
De camino al templo, Efrén que ya intuía los problemas que se le avecinaban, empezó a preguntarle al pequeño sacerdote el porqué el todopoderoso Yhatra requería la presencia suya y de su señora.
-“Sabio, ¿No os ha comentado Yhatra porque quiere vernos? Podría haberte dado el mensaje a ti para dárnoslo si tan gran sacerdote sois.”- Le soltó en forma burlona esperando que le contara el porqué los llamaba el poderoso dios como reacción.
-“Pues no, Señor Efrén, nada tiene que ver mi rango, ni mis habilidades como sacerdote para que Yhatra quiera o no darme mensaje alguno. Además si me dio un mensaje para ustedes, que fuerais a verle rápido”- Le respondió el sacerdote cortando toda réplica a cualquier posible futura pregunta.
Llegaron al gran salón del templo y en el suelo se escribió.
- “Sabio, déjanos solos”-.
En cuanto lo leyó, dio media vuelta y a paso ligero salió por la puerta.
- “¿Qué asuntos son aquellos por los que requiere nuestra presencia, mi señor?”-.
Preguntó Efrén con voz valiente y segura.
-“Tenía puestas esperanzas en vosotros, un futuro digno y divino, liderando a esta raza de criaturas hacia un futuro esperanzador y vanaglorioso. Pero también sabía que os torceríais por el camino y no consentiríais que nadie estuviera por encima vuestra, aunque ese fuera tu mismo creador, Efrén”-. Aparecía en el suelo cada palabra más rápida que la anterior
- “Sabía que me traicionaríais, os puse una sola condición y habéis escupido encima de ella, ¡Qué gran error fue crearte!”-.
Las palabras aparecían cada vez más rápidas, demostrando la ira del todopoderoso dios.
- “No es culpa suya, mi señor, es toda mía. Yo lo embauqué aquella noche, él solo se dejó llevar por mí.”- Gritó la gran dama de hielo para defender a su amado.
Pero empezó a notar que le faltaba el aire al respirar, como si algo le agarrara y oprimiera el cuello.
- “¡Tú! Sabía desde el primer día que noté tu presencia en este mundo que traerías problemas”-.
Se leía en el suelo.
- “Mi señor, le ruego misericordia, si tiene que tomar alguna vida que sea la mía por favor, no me arrebate a mi amada”-.
Le pedía Efrén asustado viendo como su amada respiraba con dificultad.
- “¿Misericordia? Haré algo que tendría que haber hecho hace mucho tiempo, el primer día que llegaste a este templo”-.
Y de repente la diosa del hielo se elevaba del suelo como si un ser invisible la estuviera levantando del cuello, y entre los gemidos de asfixia, un ruido seco retumbó en el gran salón, los gritos de la diosa cesaron. El delicado cuerpo de la diosa del hielo, al suelo cayó sin vida.
Efrén en estado de incredulidad, no podía creerse lo que estaba presenciando, el dios que le dio la vida, se la acababa de quitar a su amada ante sus ojos.
- “¿Pero que acabas de hacer? ¡Maldito!”-.
Gritaba mientras corría hacia el cuerpo sin vida de su amada. Lleno de ira y dolor, no se percató que Yhatra había vuelto a escribir en el suelo. Él solo podía sentir el dolor de tener entre sus brazos el cuerpo de su amada y a cada segundo iban en aumento esos sentimientos que estaba conociendo por primera vez, dolor por la pérdida del ser que él amaba, ira por quién le había quitado la vida.
Sin él saberlo, mientras lloraba de dolor, el color de su piel fue tornándose más rojizo, como los hornos de una forja a grandes temperaturas. El aire se fue calentando y al alrededor de la figura de los dioses, él arrodillado en el suelo abrazando el cuerpo de ella, comenzó a crujir y resquebrajarse el suelo, en un instante el tiempo se paró y Efrén presintiendo su final, dándole un beso en la frente a Yesha, se despidió.
- “Adiós, amada mía”-.
Una luz cegadora inundó todo el templo.
Sin saberlo, Efrén, llevado por el dolor y la ira, explosionó liberando tanta energía para llevarse por delante toda la aldea, el estruendo fue ensordecedor y se hizo notar en todo el continente. Lo que antaño era la aldea de las estepas se volvió en cuestión de segundos en un inmenso cráter de lava y fuego.
Trekka junto a los niños estaban llegando al bosque cuando Sahet, la más curiosa de los cinco, vio el resplandor cegador salir por las ventanas del templo.
- “Corred, daos prisa, algo no va bien”-.
No le dio tiempo de terminar de alertar a los demás cuando sonó el inmenso estruendo y el suelo empezó a temblar dando paso al derrumbamiento bajo sus pies, dejando ríos de lava a la vista. En pocos minutos el continente se fragmentaría, por lo que deberían buscar refugio para mantenerse a salvo.
Intentaron mantenerse unidos, pero les fue imposible por culpa de los fuertes terremotos.
El primero en caer fue Apok, que iba el último en la carrera, tropezó con una piedra y cayó a la derecha del grupo, una grieta que se abría paso por el suelo siguiendo al grupo le impidió seguir a sus hermanos.
La segunda fue Kaláfer, en su huida se cruzó en su camino un landro asustado y le hizo caer a izquierda del grupo, impidiéndole la brecha seguir su camino.
A Rumios, que fue el siguiente, un árbol le cortó el paso, derrumbándose delante de él, cuando fue a saltarlo, un desprendimiento de tierra se lo impidió.
Sahet, que iba la primera, quiso volverse a rescatar a sus hermanos, pero pisó en falso y la tierra se la tragó, tuvo la suerte de caer en una caverna recién creada con una salida al otro lado del túnel.
Y al pobre de Chíreo, que era el más atlético de los cinco, no vio venir un gran tronco que se cruzó en su camino por culpa de los movimientos de tierra, chocó contra él y cayó en un longevo sueño.
De la desdichada Trekka nunca se supo más de ella.
Pasaron muchos siglos hasta que el cráter que antaño fue la aldea de las estepas se enfriara al fin, el agua logró colarse por las grietas y ahora se encontraba todo bajo agua. Con el paso de los años fueron cogiendo forma las partes de lo que fue el gigantesco continente anteriormente conocido como egea, estaban relativamente cerca entre ellas, pero lo suficientemente lejos para que cada civilización que en ellas habitaban tuvieran una identidad propia.
El norte fue la zona donde pudo resguardarse Kaláfer hasta que los últimos terremotos y maremotos cesaron. Pronto comenzó a construir una primitiva sociedad con los supervivientes que encontraba en sus frecuentes salidas de exploración sobre la nueva región que se había formado. Desde los primeros momentos la tomaron como su salvadora y protectora, invierno tras invierno la pequeña aldea de tejados nevados en la que Kaláfer gobernaba, crecía y crecía donde ella veía pasar generaciones de samions ante sus ojos nacer y fallecer una tras otra. Apenas se recordaban ya las historias de los primeros pobladores de la aldea que en ese momento ya parecía una gran ciudad a la que llamaron Rashnok como capital del helado reino que se conocería como Vikaria. Fue cuando Kaláfer ya en su plena madurez comprendió que no encontraría a nadie más como ella para poder tener descendencia, por lo que tuvo que plantearse la idea del mestizaje si algún día querría tener un hijo suyo entre sus manos. Así fue como en un festival del invierno se cruzó con un joven samions que llamó su atención tanto que fue ella directa a conocerlo. El joven samions de nombre Krago, estupefacto por lo directa que fue la diosa con él, accedió a una primera cita con ella sin poner ninguna objeción. Se fue fraguando tan rápidamente aquel romance que para el siguiente festival del invierno la diosa dio a luz al primer híbrido, el primer semidiós, Káler, en honor a su madre, quien heredó el rápido crecimiento de su madre, además de sus poderes y color de piel. Para la diosa la vida de su esposo y padre de su hijo le supo un pequeño instante y antes de darse cuenta lo estaban enterrando con honores. Veía con pena y alegría al mismo tiempo como su hijo, adulto ya, coqueteaba con las pequeñas samions de la ciudad. Le hacía sentir vieja pero también le recordaba su don divino de la inmortalidad y se decía a si misma que debía traer más hijos al mundo, no podía dejar solo a Káler como única descendencia, pues serían solo ella y él en la eternidad con el polvo de lo que algún día fueron los samions bajo sus pies. Con tal tarea en mente buscó pretendiente para que la acompañara en el trono y le gestara más descendencia, marido tras marido, siglo tras siglo el numero de reyes enterrados con honores aumentaba y su prole de semidioses cada vez era más grande, sus hijos siguieron los pasos de su madre y se mestizaron con los samions pero de esa unión de especies el gen divino de la diosa del frio ya no era tan puro y aunque superiores a los samions ya no nacían semidioses. Con el paso del tiempo, los hijos de la diosa veían a sus hijos nacer y morir y comprendieron que la longevidad terminaba con ellos, aunque eso no les frenó a seguir engendrando. Ello derivó en tal mestizaje que toda la población quería mezclar sus líneas de sangre con los hijos de la diosa para dar paso a una nueva raza, más fuerte, más rápida, más ágil, y sobre todo más longeva. Al cabo de unas generaciones pocos samions originales quedaban en el reino de hielo, ahora era el tiempo de Kaláfer, sus hijos semidioses y la nueva raza llamada Vikáreos se extendía por aquel reino helado donde sus cumbres heladas gobernaban aquel paraje y sus grandes ciudades de casas de madera y paja de tejados cubiertos de nieve se camuflan con el paisaje.
En el arenoso y desértico sur fue donde Sahet desarrolló su reino de proporciones gigantescas, desde que terminaran los desastres derivados de la muerte de sus padres, la joven no paro ni un momento para organizar pronto una pequeña colonia de supervivientes y hacerla próspera cuanto antes. Y así, a la orilla de un rio que se formó tras los terremotos, construyó Magara, el bastión y la capital del próspero reino de Efrigia, donde día tras día y siglo tras siglo, cayó en la misma meditación que su hermana sin ella saberlo, debía traer descendencia al mundo, si no se vería sola en el fin de los tiempos, así fue como trajo al mundo a su primer hijo, Hémet, fruto de su primer matrimonio con Sálfidas el primero de la larga lista de reyes consorte en la historia de Efrigia, al igual que ocurriera en el norte con su hermana y descendencia, el mestizaje fue inevitable y en unos cientos de años casi todo habitante del reino no guardaba ningún atisbo anatómico de lo que fue en su día la raza dominante del planeta. Su paisaje monótono del desierto, sus grandes ciudades junto a los escasos ríos de la región o los limitados oasis que aparecen y desaparecen entre la arena ardiente, albergan ciudades hechas de piedra y mármol blanco, con grandes templos, palacios y pirámides donde Sahet es la divinidad reinante junto a su prole y la nueva raza llamada Efrigios.
Al este fue donde Chireo despertó y los samions que habitaban esas tierras lo veneraron como el dios que es. Junto a los primeros supervivientes que lo encontraron en el suelo durmiendo, comenzaron a construir un refugio gracias a los poderes telepáticos del dios. Con el paso del tiempo se terminaría conociendo como la ciudad estado de Seiyo, y poco a poco las aldeas que fueron apareciendo por aquella región se fueron uniendo bajo el manto y la protección de Chireo como gobernante y deidad. La región terminó por unificarse en el reino de Jachiránea y prosperó gracias al comercio, la transcendencia del alma y el espiritismo que la deidad les enseñó a sus habitantes. Casi sin quererlo cayó prendido del encanto de una bella samions que tenía por asesora en su corte, de nombre Átsuna. De aquella unión nacerían las primeras semidiosas del reino, Auni y Ouni. Como ocurrió con sus hermanas, aquella pequeña samions fue la primera de una larga lista de reinas consortes y poco a poco fueron apareciendo más semidioses y con ellos, el mestizaje que dio lugar a la nueva raza de los Jachiráneos quienes impulsarían a una edad dorada a aquella región de ciudades llenas de casas de tejados de cuatro lados mezcladas con frondosos bosques, monumentos y templos dedicados a la transcendencia del alma y el espiritismo.
En el oeste, Apok gracias a sus poderes para comunicarse con los animales, comenzó a rescatar muy pronto a todo superviviente que necesitara ayuda. Al igual que a sus hermanos, el sentimiento de supervivencia que les inculcó su padre lo llevó a construir refugio y en unas cuevas cercanas comenzó la construcción de una pequeña aldea que más adelante la llamarían Sikuóia, capital del reino Azmiria. No le fue fácil resistirse a los encantos de las bellas samions que habitaban el lugar pues en su mente solo tenia cabida la seguridad y prosperidad de su gente, pero una tranquila noche mientras todos dormían, una horda de bestias salvajes irrumpió en la pacifica ciudad arrasando con todo a su paso. En la llamada a las armas, cada samions que pudiera portar una se unió a la defensa de la ciudad. Y allí estaba aquella guerrera samions de nombre Tarona. Apok quedó prendido de su habilidad con la espada atravesando, cortando y degollando a aquellas feroces bestias. El dios animal no perdió tiempo, cuando se encontraba matando la ultima de ellas, se le acercó y le pidió que se uniera a él como su reina. De aquella unión nacerían tres varones, de nombre, Krull, Trull y Grull. Los primeros de una larga lista de semidioses y como ocurriera en los demás reinos, surgió el mestizaje y el nacimiento de la raza de los Azmiráneos. Desde su nacimiento siempre estaban peleando entre ellos, pero con el tiempo fue a peor. Siendo ya adultos, cada uno tenía ya sus seguidores lo que ocasionaba que las batallas cada vez fueran más sangrientas. Con el tiempo aquel desgaste en la población derivó en una guerra civil, hasta que el mismísimo Apok tuvo que zanjar el asunto para evitar más muertes. Desterró a Grull al sur junto a sus seguidores, donde construirían la ciudad de Lepano, llena de casas de piedras cuadradas en una gran planicie. A Trull lo desterró al igual que a su hermano pero a la zona norte de la región, donde formarían la ciudad de Quetker, una megalópolis de piedra y arcilla construida en una alta meseta. Y al pequeño de todos, Krull, le impuso como castigo nunca perderlo de vista ni poder abandonar nunca la ciudad de Sikuóia, la gigantesca capital del centro del reino, con casas de tela, madera y paja como paisaje dominante mezclado con monumentos a la naturaleza y al reino animal. Aunque las tres ciudades cogieron caminos distintos, todas ellas bajo el manto de protección y orden de gobierno del poderoso Apok, orientando a la raza de los Azmiráneos y a su linaje de semidioses en el respeto por la naturaleza y la vida animal.
Y en el centro del enorme globo de Preterra, se encuentra una gran isla donde Rumios el más fuerte de los hermanos, formó el bélico y revolucionario reino de Rogrenia, con Prunais como capital, casas de piedras y mármol dan forma a la urbe con templos de enormes columnas, culminadas en techos elevados que se mezclan en el paisaje junto a grandes forjas y numerosos campos de entrenamiento. En cual, en unos de ellos se enamoró de una atlética samions de nombre Hípole, el fruto de ese amor se llamó Tezio, el primer semidiós de la isla donde poco a poco las líneas de sangre irían cambiando hasta convertirse en la nueva raza de aquella majestuosa isla, los Rogrenios, isla donde Rumios y su divina familia enseñan a los Rogrenios el noble arte de la lucha. .