Capítulo único
Desde que lo conocí lo primero que vi fueron sus tatuajes, mis ojos se posaron en estos porque seamos sinceras, daba curiosidad saber hasta dónde llegaban.
Cada vez que veía a Enjin siempre iba descubierto de los brazos, y quién era yo para no mirarlos. Pero hubo una ocasión en que me pidieron acompañarlo a una misión, no había nadie más que nos acompañara, ya que se encontraban ocupados en otras cosas y yo era la única libre en ese momento. No me negué, estaría sola con Enjin. Pero al estar solos nunca pensé que me diría lo que escuché.
—¿Te gustan mis tatuajes?
Pensé que era discreta pero se dio cuenta.
—No sé de qué hablas...
—No te hagas la loca, sé muy bien que me miras... Y no como un compañero ni un amigo.
—...
—¿Qué ocurre? ¿Te comió la lengua la rata? Mírame.
Me sentía avergonzada, no pensé que se daría cuenta y ahora yo...
—Tenemos que apurarnos e irnos.
—En realidad... Todo fue mentira.
—¿¡Qué!?
—Ahora sí me miras.
Se acercó tanto, casi nuestras bocas se tocaban.
Enjin se alejó y antes de parpadear se empezó a quitar su chaqueta y su playera. Sus manos grandes agarraban dichas prendas y las acomodaba en la parte de atrás de la camioneta, entonces se quedó quieto, mirándome.
—Ahora puedes mirar todo lo que quieras.
Mis ojos bajaron, miraban detalladamente cada figura, la tinta en su piel, y las formas de esta. Y en su vientre había otro, oh dios.
—La espada es mejor, pero aquí no podría mostrártela, sería incómodo con mi tamaño darme la vuelta. Qué tal si vamos a otro lado...
Silencio, estaba esperando mi afirmación a su invitación. Soy una mujer adulta y sé a qué se refería y sé también en qué acabaría esto.
¿Sería tonta si desaprovechara esta oportunidad?
—Enjin, no estoy para tus juegos —mencioné para así darme la vuelta.
—¿Juegos? —suspiró—. Yo no estoy jugando —dijo serio—. —Enjin volvió a acomodarse la playera, prendió la camioneta y avanzó por la carretera—. Te mostraré que voy en serio.
Me mantuve en silencio todo el trayecto, Enjin de vez en cuando me miraba de soslayo, me daba cuenta. Y entonces paró, se detuvo frente a un condominio de, creo, departamentos.
—¿Qué estamos haciendo aquí?
—¿No te lo dije? Voy en serio, así que vamos.
Enjin tomó mi mano y me empujó con él hacia el interior. Llegamos frente a un elevador, nos subió y esperamos a que llegara al piso correspondiente. En ningún momento soltó mi mano.
—Aquí es.
—¿Qué es este lugar? —lo miré intrigada y dudosa.
—Mi casa, o bueno, un lugar para mí solo, para cuando necesite un descanso de todo.
—Ya... ¿Pero por qué me trajiste aquí?
—Ya te lo dije, tonta, para terminar lo que empezamos en la camioneta —dijo mientras entrábamos al interior.
Era espacioso, amplio pero a la vez pequeño, se veía acogedor; con una buena mano se harían maravillas. Enjin continuó el paso y se detuvo en la cocina.
—¿Quieres algo de beber? La verdad no tengo nada para invitarte ya que no suelo venir seguido, pero la última vez que vine dejé un poco de soda, todavía está buena.
—No gracias, adelante si es que quieres beber.
Enjin solo alzó los hombros y bebió de la botella, lo demás lo desechó.
—Entonces... —dije, me sentía nerviosa, nunca pensé que algo así ocurriría. Enjin mencionó que iba en serio, pero ¿en qué manera? ¿Se refería a ir en serio en este juego de a ver qué pasa? ¿O en serio formalmente?
No lo sabía.
—Dime, ¿quieres tomar una ducha?
—Enjin, dime ¿yo te gusto? ¿O solo buscas un buen sexo?
Tenía que saber qué buscaba de mí. Si era la primera, bueno, estaría muy feliz, pero si era la segunda... Se lo daría y después me iría. No pertenezco a su misma facción, así que no lo vería más.
—Muñeca, ¿crees que te traería aquí solo por una cogida?
—Eso no lo sé, los hombres...
—No. Si fuera así te hubiera metido a mi habitación o hasta en la camioneta te hubiera cogido. Créeme, no soy de los que te lleva a mi lugar privado para eso.
—Así que...
—Muñeca —Enjin se acercó a mí a paso lento, con una sonrisa que decía que dejara de pensar en tonterías—. Me gustas —sus manos se posaron en mis caderas para atraerme hacia él—. Mierda, siempre lo has hecho. Eres una mujer hermosa, guapa, atractiva, inteligente, fuerte y, bueno, lo demás estás que ardes.
Metió su rostro entre mi hombro y mi cuello para besarlo, dejando una que otra mordida. Sus manos jugaron donde estaban posadas hasta que sintió estar hacia mi espalda y acarició. Sus besos caminaron hacia arriba, dejaba lamidas sobre mi mentón y mejilla, besaba mis orejas y mordía; y entonces me besó, un beso tierno, nada sucio.
—Abre la boca, quiero besarte bien.
Lo hice, y sus labios se juntaron con los míos para dar paso a su lengua que se enredaba con la mía.
—Sabes delicioso —susurró en el beso. Sus manos me apretaron más hacia él y el beso se volvió más salvaje. Su lengua jugaba dentro de mi boca, la saliva escurría de mi comisura, mis mejillas rojas y acaloradas, no podía respirar y Enjin no me soltaba.
Sentí como una de sus piernas se movía hacia delante, posándose entre mis piernas. Al ser más alto, mis pies quedaron colgando.
—Enjin, para un poco...
Enjin paró para mirarme y tomarme del rostro, acarició mi mejilla y la besó.
—Muñeca, hay que llevar esto a la habitación.
Los ojos de Enjin estaban oscuros, su voz más ronca y en sus mejillas se veía un leve rubor. Quitó su rodilla y me bajó. No mentiría que se sentía tan bien el cómo la movía entre mis piernas y hacia que yo la cabalgara.
Nos movimos a su habitación y Enjin volvió a atacar mi boca. Me atrajo haciendo lo mismo nuevamente y esta vez sus manos se posaron dentro de mi blusa, subiendo sus manos tocando mi piel desnuda. Se sentía caliente, su tacto ardía donde se posara. Siguió con mis pantalones, desabrochando para después bajarlos. Se separó del beso para mirarme.
Mi cuerpo no era lindo, lleno de cicatrices y tampoco era delgada, mi vientre abultado, y por inercia llevé mis manos hacia este.
—¿Por qué te cubres?
—¿Por qué? Enjin, no soy como las mujeres que frecuentas. No soy delgada, no tengo un cuerpo de infarto. Mi piel está llena de celulitis y tengo grasa donde no debería haber.
—Y así me gustas, y mucho.
Enjin se acercó para arrodillarse frente a mí, besó mis senos sobre el sostén para después bajar este y morder, pellizcar, lamer y chupar. Dejándolos rojos e hinchados, me dolía pero se sentía placentero. Sus manos fueron hacia el broche de este para así quitarlo de su mano, verme casi completamente desnuda.
—Enjin, soy la única que está sin ropa. Quítatela también, quiero verte.
—Eso puedo arreglarlo —se empezó a quitar los zapatos para después quitarse la playera y finalmente el pantalón.
—¿Te gusta lo que ves? —mentiría si le dijera que no, pero dios mío se veía tan atractivo, erótico. Mis manos se posaron en sus brazos tatuados, bajaron a su abdomen y cuando miré su espalda solté un quejido de sorpresa. Completamente tatuada. Pasé mis uñas por esta y escuché que soltó un suave gemido. Claramente le había gustado.
—Ven aquí, yo todavía no acabo de adorarte.
Y entonces prosiguió con lo que anteriormente estaba haciendo. Sus besos bajaron a mi abdomen y mordió.
—Me encanta que haya carne aquí —volvió a dejar más besos, y cuando intentó bajar más y con esta intención despojarme de la única ropa que me cubría, lo detuve. Recordé algo que no había previsto.
—¿Qué pasa?
No sabía cómo decirle.
—Si me vas a decir que está sucio, ya es demás tarde, ¿no crees?
—No es eso, es solo que —me puse roja, dios qué vergüenza— no me rasuré allá abajo...
Enjin se me quedó viendo como si le hubiera dicho un chiste malo, su mirada se posó en mi genital. No dijo nada, solo quitó esa prenda que le impedía ver más allá. Y entonces acercó su rostro y besó, dejó besos por la zona, mi pubis, mis piernas.
—Huele delicioso.
Sabía que había dicho que olía bien, pero al estar entre mis piernas se escuchó desfigurado el sonido de su voz. Sus labios se posaron sobre la protuberancia que se encontraba un poco hinchada de la anterior atención de su pierna. Movía su boca y yo solo veía a un Enjin arrodillado entre mis piernas, acalorado, adorándome, lamiendo, chupando y sorbiendo mi coño. Mis manos fueron hacia su cabello rubio, y sus raíces oscuras ya se empezaban a notar, deslizando mis dedos sobre estas doradas sedosas. Una de sus manos se posó sobre mi nalga izquierda y la empujó hacia delante, me miró mientras su lengua se encontraba dentro de mí, y con esta me pedía que me moviera.
—Muévete —escuché.
—Si lo hago puedo lastimarte, Enjin —mi mano seguía en su cabello.
—No importa —insistió.
Y entonces comencé a moverme sobre su boca. No sabía si lo hacía bien o si lo lastimaba, lo único que sabía es que su lengua estaba haciendo un buen trabajo entre mis piernas. Mi mano sobre su cabello la movía para acercarlo más y así poder finalmente liberarme. Pero Enjin introdujo uno de sus gruesos dedos y prosiguió moviéndolo. Mis sonidos que eran suaves y no tan fuertes se empezaron a escuchar más elevados. Mis caderas se movían al compás de los dedos de Enjin que todavía se encontraba debajo arrodillado. Pero entonces sentí unas ganas inmensas de orinar.
—¡Para! ¡Enjin! ¡No! Necesito ir... —pero él no paró.
—Tranquila, no es orina, así que adelante.
Sus dedos no se detuvieron y entonces volvió a acercar su boca succionando mi clítoris. Un fuerte espasmo me recorrió, mis manos las llevé hacia la cabeza de Enjin para separarlo y me dejé ir.
Cuando abrí los ojos, Enjin estaba empapado, sus labios brillaban llenos de mi esencia, su pecho subía y bajaba con la respiración agitada.
—Mierda... Míralo que hiciste...
—Enjin —gemí, me levantó en sus brazos para acomodarme en la cama.
—Sabes delicioso, querida —afirmó exitado.
Volvió a besarme y me probé a mí misma en este. Nuestras salivas se mezclaban y el calor del momento volvió. Mi mano bajó por el abdomen de Enjin hasta llegar a su miembro, sobre el bóxer, duro como una roca.
—Si sigues tocando no podré aguantar más.
Mis dedos se deslizaron sobre el elástico para bajarlo, liberando el miembro de Enjin de su cautiverio. Ayudándome con una de mis piernas deslicé la ropa hasta sus piernas para así finalmente él terminar de despojarse de la estorbosa ropa interior.
Lo miré detenidamente, rojo, con las venas salidas. Se veía apetecible, su olor me gustaba. Mis dedos recorrieron el tronco hasta su base y así hasta tocar la cabeza y mover la yema sobre esta. Enjin soltaba suspiros entrecortados mientras yo me ponía sobre mis piernas y me acercaba a su miembro, moviendo mi mano sobre este y pasando mi lengua sobre el tronco.
—Detente —Enjin me detuvo antes de lamerlo—. Gracias por querer darme placer, pero créeme no quiero venirme en tu boca.
Asentí, entonces me acomodé sobre las sábanas y me abrí para él.
—… entonces ven aquí.
Enjin soltó un gruñido. Se acomodó entre mis piernas e introdujo su miembro en mi entrada. Solté un suspiro ante su intromisión; sus caderas empujaban dentro de mí mientras ambos susurrábamos palabras ininteligibles.
Su cuerpo se fundía con el mío en una batalla donde el placer era el arma, un lugar donde nos perdíamos el uno en el otro. Yo hundía mis uñas en su espalda, dejando marcas, mientras él se aferraba a mis senos, reclamándolos. No había pensamientos, solo piel.
Y entonces, en el furor del momento, donde solo éramos nosotros dos en esa cama —con las sábanas convertidas en un mar revuelto de todos los fluidos— caímos rendidos. El agotamiento nos envolvió justo después del éxtasis.
Ambos sentimos la descarga que recorrió nuestros cuerpos. Estábamos al límite. Y nos dejamos caer.