UMBRA: el ojo que mira en la oscuridad

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Summary

La reina ha sido asesinada. El culpable ha confesado. Pero la verdad… sigue oculta. Alden Darfil no busca justicia. Busca respuestas. Para encontrarlas, obligará a un trovador a registrar los recuerdos de un prisionero: Kaelos. Un joven sin memoria. Un poder que no comprende. Y un pasado que podría destruirlo todo. En un mundo donde la magia te puede conducir a la muerte… algunas verdades deberían permanecer enterradas.

Genre
Fantasy
Author
CCelorio_
Status
Ongoing
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo I - El hombre de ojos grises


"Esta historia no empieza donde crees. "


El taburete chirrió a mi izquierda.

Sonreí sin mirar, como si el mundo aún siguiera obedeciendo al orden natural de las cosas.

—Te ha llevado tiempo. Llevo un rato esperando. —dije, abriendo los ojos— Entiendo que seas un tipo popular, pero no hace falta que te pares a hablar con todo el mundo en la puerta. Date cuenta de que, cuanto más hablas, más oportunidades das a la gente para darse cuenta de que eres un imbécil.

Y entonces comprendí mi error.

El individuo sentado a mi lado no era Juhar.

Era el encapuchado.

Pelo gris.

Orejas puntiagudas.

El Venator.

Su mirada me atravesaba con una serenidad peligrosa, como si hubiese estado esperando exactamente ese momento. No había enojo en esos ojos grises como un cielo plagado de nubes; lo que había era algo peor: certeza. La clase de certeza que tienen los hombres cuando ya han decidido lo que va a ocurrir, y el resto del mundo solo es decoración.

Tragué saliva.

—Perdona... te he confundido con un amigo —murmuré, forzando una calma que no sentía.

La comisura de sus labios se elevó apenas, una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—No te preocupes —dijo—. Lo sé. Te he visto hablar con el calvo en la puerta. Parecía que habíais tenido una conversación... interesante.

La palabra interesante cayó como una gota helada por mi nuca.

—Sí, bueno... hablábamos de lo llena que está la taberna hoy y de cómo está el tiempo —respondí, intentando restarle tensión al momento, aunque mi voz no me obedeció del todo.

—Ajá —replicó—. ¿Y eso fue antes o después de hablar sobre mí?

La sonrisa desapareció. Una arruga se marcó en su frente, como una grieta en una máscara.

Me obligué a mantener el tipo.

—Mira, siento si te hemos incomodado antes. No era nuestra intención, ni de Juhar ni mía. Solo teníamos curiosidad por saber qué hacía un Venator en un sitio como este.

—Ya se lo he dicho a tu amigo. Estoy buscando a Ayton.

La forma en la que pronunció ese nombre me revolvió el estómago. Ayton era muchas cosas, pero “fácil de encontrar” no era una de ellas. Y si un Venator lo buscaba... o bien Ayton había hecho algo muy estúpido, o el reino entero estaba a punto de volverse aún más oscuro.

—¿Y podría saberse por qué motivo lo buscas? Si no es molestia, claro —pregunté, dejando que mi curiosidad —siempre más fuerte que mi instinto de supervivencia— tomara las riendas.

El Venator ladeó la cabeza.

—No es molestia, pero me temo que eso solo nos concierne a Ayton y a mí —su tono era sereno, pero en su voz se percibía una cadencia peligrosa, como la cuerda de un arco tensándose lentamente—. ¿Ahora puedo hacerte yo una pregunta?

Asentí despacio.

—Por supuesto.

Sus ojos, ocultos bajo la sombra de la capucha, parecieron brillar con un matiz extraño.

—¿Es cierto lo que cuentan de ti, Darían “La Lira”? ¿O debería decir Darían el de las mil canciones? En el Gremio dicen que has compuesto más de mil piezas... y que podrías tocarlas todas sin fallar una sola nota.

Durante un instante, mi ego se impuso a mi sentido común. Que mi nombre sonara en labios de un Venator era... inquietante, sí, pero también halagador. Y el halago es una droga sutil.

—Mil cinco, para ser exactos —respondí, inflando apenas el pecho—. Y estoy a punto de terminar otra. Entre tú y yo... tiene un tono algo picante. Puede que la toque esta noche.

El Venator esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible.

—Asombroso —murmuró—. Debió costarle una fortuna a Ayton convencerte de venir desde tan lejos para tocar aquí.

—Ayton tiene la tremenda suerte de contarme entre sus amigos más cercanos.

—Entiendo...

Su mirada me escrutaba con una calma que no parecía humana.

—También me han dicho que posees un don con la escritura, que dominas la pluma de sombras como nadie.

Dijo aquello sin pestañear, como si estuviera pronunciando el precio de mi cabeza.

Mi ego, al borde del colapso, se desintegró en un segundo.

Noté un presagio crecer dentro de mí, oscuro, insistente, como un animal despertando bajo la piel.

Y justo entonces, el bullicio de la taberna se apagó.

No porque la gente decidiera callar.

Sino porque el aire mismo se volvió pesado, y el silencio cayó sobre la Armonía del Acero como una losa.

Todas las miradas se giraron hacia la puerta.

Dos figuras acababan de entrar.

Vestían armaduras de placas de un morado oscuro que les cubrían el cuerpo entero, desde los pies hasta los hombros. Las piezas encajaban con una precisión orgánica, superpuestas y articuladas. No había tela ni piel expuesta, solo metal moldeado para seguir la anatomía con una frialdad implacable.

Pero lo que realmente helaba la sangre era el símbolo grabado en lo alto de sus cascos: una luna creciente invertida, tallada con detalles tan intrincados que parecían moverse en la penumbra.

El metal reflejaba la luz con un brillo opaco, casi líquido.

Un emblema que inspiraba respeto... y temor.

Los Inferi.

Sentí cómo el estómago se me hacía un nudo.

No hacía mucho, bajo una lluvia igual de cruel que esta, un calvo de bigote cano me había hablado de ellos frente a una tienda clausurada. Había dicho su nombre con la misma voz con la que se pronuncia una maldición.

Y ahora estaban allí.

En la taberna.

Los recién llegados se detuvieron un instante, evaluando la sala. Después comenzaron a avanzar hacia el centro del local. Cada paso resonaba sobre la madera con un crujido sordo que se amplificaba con el silencio.

Tardé apenas unos segundos en darme cuenta de que venían hacia mí.

A pesar de la corta distancia entre la puerta y la barra, cada zancada pareció alargarse como si el tiempo mismo se hubiera detenido.

Me preparé para lo peor.

Pero uno de ellos se detuvo frente al Venator.

Se inclinó ligeramente y le susurró algo que, a pesar del silencio absoluto, fui incapaz de oír.

El Venator no apartó la mirada de mí ni un segundo.

Como si yo fuera lo único real en aquel lugar.

Cuando el Inferi terminó de hablar, el Venator se incorporó con un gesto de desagrado, y murmuró:

—Parece que las cosas no van a ser tan sencillas como esperaba.

Luego se volvió hacia la sala y alzó la voz, llena de autoridad.

—Este hombre queda arrestado por orden de Alden Darfil, tercera Sombra de Darka.

La frase cayó como un martillo.

Noté el impulso de correr, de hacer algo, cualquier cosa... pero el miedo me ancló al suelo. El pulso me retumbaba en las sienes.

—Esposadlo —ordenó el Venator.

El Inferi más alto dio un paso al frente. En un solo movimiento me sujetó las muñecas y comenzó a atarme.

Yo seguía paralizado, observando cómo el metal me robaba la libertad... hasta que una voz rompió la tensión.

—¿De qué se le acusa? —dijo Juhar.

Su presencia fue como un muro colocándose entre el desastre y yo.

—Asuntos del reino que no te conciernen —respondió el Inferi que me sujetaba. Era una mujer; su voz era firme, metálica, implacable.

—Lo siento, pero este hombre es un buen amigo mío —replicó Juhar—. Y como ciudadano de Darka tengo derecho a saber de qué se le acusa.

El Venator se puso en pie.

Su mirada habría hecho callar a un ejército.

—Se le acusa de conspirar contra la seguridad del reino —dijo con calma—. Ahora te recomiendo que te apartes. Estás en nuestro camino.

El peso de esas palabras me devolvió al mundo.

—¡No he hecho absolutamente nada! —logré decir, buscando en el Venator algún atisbo de comprensión, sin encontrar nada más que piedra tras esos ojos.

Busqué ayuda entre los rostros del local. Incluso los tipos más duros evitaron mi mirada, bajando la cabeza, como si mi desgracia fuera contagiosa.

—No importa si no has hecho nada —dijo el otro Inferi, un hombre de voz grave, como surgida de una caverna—. Si Alden Darfil da una orden, se cumple.

—Correcto —añadió el Venator—. Vámonos. El tiempo apremia.

Y entonces, como si el destino hubiera decidido burlarse de mí por última vez aquella noche, el sonido del metal cambió.

Un martillo de guerra apareció en manos de Juhar.

Gris pulido. Perfecto.

Adipocita.

Un arma viva.

Los Inferi reaccionaron al unísono, tanteando el interior de sus armaduras... pero el Venator detuvo todo movimiento con una sola palabra.

—¡Deteneos ambos!

Obedecieron de inmediato.

El Venator alzó una ceja, intrigado.

—Interesante... —murmuró—. No detecté nada al entrar. Jamás habría imaginado que alguien como tú tendría un núcleo despierto.

Luego miró hacia la barra, como si ya supiera lo que iba a encontrar.

—Viendo tu arma... diría que eres tan impulsivo como ella.

Señaló con un leve gesto a la camarera de pelo cobrizo.

Ella lo miraba con furia contenida.

Una vibración recorrió el aire.

Y entonces, en su palma, un resplandor comenzó a crecer.

Una esfera de Adipocita, antes oculta a la vista, despertó latiendo con luz propia.

El material se derritió entre sus dedos, fluyendo como mercurio vivo hasta tomar la forma de un bastón liso, entre el rojo encendido y el morado profundo, como si el fuego y la sombra hubiesen pactado tregua por un instante.

El Venator los observó, inmóvil.

Y entonces sonrió.

Una sonrisa hueca, sin alegría.

Segundos después, su risa llenó la taberna, profunda y disonante, hasta helar la sangre de los presentes.

—Todo el mundo fuera —dijo al fin, sin necesidad de gritar.

Y la Armonía del Acero estalló en movimiento.