Costo de Confiar

All Rights Reserved ©

Summary

Heather Anderson vive bajo una regla de oro: No confíes en nadie. Tras una traición que la marcó de por vida, se ha convertido en la sombra de la Academia Saint Cloud. Pero cuando Bryan Morgan regresa, la invisibilidad de Heather desaparece. Bryan finge no recordar la tarde en que la destruyó frente a toda la escuela, pero sus ojos dicen otra cosa. Ella ya no es la chica frágil de hace cuatro años. Él nunca dejó de observarla. ¿Quién caerá primero?

Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
18+

PRÓLOGO

El eco de las risas aún se siente cálido en mi memoria, aunque ahora queme como el ácido.

Teníamos doce años. Estábamos sentadas en la alfombra persa de mi habitación, rodeadas de la opulencia silenciosa que mi padre siempre usaba para llenar los huecos de su ausencia. En ese entonces, el mundo parecía pequeño, manejable y, sobre todo, seguro. O eso creía yo.

—Hagamos el juego de las veinte verdades —propuso ella, con esa sonrisa que yo juraba que era sincera— Sin filtros, Heather. Promesa de sangre.

Yo asentí, ansiosa por encajar, por tener a alguien que me viera de verdad. Empezó de forma inocente: colores favoritos, miedos a la oscuridad, el sabor de helado que odiábamos. Pero, a medida que el contador avanzaba, el aire en la habitación cambió. Sus preguntas dejaron de ser curiosas para volverse afiladas, como un bisturí buscando el nervio.

—Pregunta número diecinueve — dijo ella, inclinándose hacia delante— ¿Por qué tu mamá nunca está en las fotos de la casa?

Tragué saliva. Era un terreno prohibido, un secreto guardado bajo llave en el sótano de mi pecho. Pero las reglas eran las reglas.

—Ella se fue — susurré, sintiendo un nudo en la garganta— Nos abandonó cuando yo tenia dos meses de nacida. Mi papá dice que... que no estaba hecha para esta vida.

Ella no me abrazó. Solo asintió, como si anotara mentalmente mi vulnerabilidad; mientras una chispa extraña brillaba en sus ojos.

—Vaya... qué fuerte. Bueno, última pregunta, la número veinte — añadió con una rapidez casi depredadora — No puedes mentir: ¿quién te gusta de la escuela?

Sentí que el calor me subía a las mejillas. Era un secreto ridículo, un enamoramiento infantil por uno de esos chicos que caminaban por los pasillos de nuestra exclusiva institución como si fueran dueños del aire. Pronuncié su nombre en un susurro, confiándole mi tesoro más frágil a la persona que llamaba "mejor amiga".

Ella se echó a reír. No fue una risa de complicidad, sino una carcajada aguda, casi burlona.

—¿Él? ¿En serio, Heather? Pero si ni siquiera sabe que existes. Eres como un fantasma en el salón.

En ese momento, una punzada de duda me recorrió la columna, pero la ignoré. Pensé que solo eran bromas entre amigas. No sabía que, para ella, mi vida era simplemente un guion que estaba ansiosa por editar.

No sabía que, a la mañana siguiente, mi nombre estaría en boca de todos, que mis secretos colgarían de las paredes de la escuela como trofeos de caza y que el silencio se convertiría en mi única armadura.

Ese día aprendí que en el mundo de los hijos de los poderosos, la confianza no es un regalo; es una debilidad que se paga muy cara.