CONFESIÓN
No hay pecado más placentero
Qué el que cometo
Al rogar por tus besos.
-MFS.
Jimin se persignó con manos temblorosas antes de hablar.
Del otro lado de la rejilla, Jungkook reconoció al instante la silueta del rubio. Era una voz joven, suave, que había escuchado muchas veces en ese mismo lugar, pero nunca con ese temblor.
—Bendígame, padre, porque he pecado —susurró Jimin.
La iglesia estaba casi vacía. El silencio era solo un murmullo lejano.
—El Señor esté en tu corazón y en tus labios —respondió el sacerdote—. Para que te arrepientas sinceramente de tus pecados. Dime, hijo... ¿hace cuánto fue tu última confesión?
—Dos semanas, padre.
Jungkook lo recordó. Dos semanas desde la última vez que lo escuchó hablar de sus inseguridades, de sus miedos. Dos semanas desde que lo vio acercarse al altar con la cabeza inclinada, el cabello rubio peinado con cuidado, la mirada baja.
—Te escucho —dijo.
Hubo una pausa larga. Jimin respiró hondo.
—He pecado... en pensamiento —dijo al fin—. He deseado cosas que no debería desear.
Jungkook sintió un leve nudo en el estómago.
—¿Qué tipo de cosas? —preguntó, con la voz lo más neutral posible.
—He deseado... a otro hombre.
Las palabras quedaron en el aire. Jungkook no se movió, pero su corazón dio un pequeño salto. Sabía que esos casos existían. Había escuchado historias, había leído, se había preparado para orientar. Pero nunca pensó que lo escucharía ese día de ese joven.
—¿Solo en pensamiento? —preguntó despacio—. ¿O también en actos?
—Solo en pensamiento —respondió Jimin—. Pero son pensamientos insistentes. No se van. Rezo, vengo a misa, intento distraerme, pero cuando lo veo... es peor.
Jungkook frunció el ceño.
—¿Lo conoces? —quiso saber—. ¿Es alguien cercano a ti?
—Sí.
—¿Está casado? ¿Tiene una familia?
Jimin dudó.
—No. No está casado.
—¿Trabaja contigo? —insistió Jungkook—. ¿Es alguien con autoridad sobre ti?
Jimin apretó las manos sobre sus rodillas, al otro lado de la rejilla.
—Es alguien que no debería mirar así, padre —dijo en voz baja—. Alguien que viste de una forma que debería inspirar respeto, calma, fe... y en cambio me hace sentir cosas que no entiendo.
Jungkook sintió cómo se le tensaban los hombros.
—¿Alguien que ves seguido? —preguntó, aunque ya intuía la respuesta.
—Lo veo todas las semanas —susurró Jimin—. A veces más. Escuchar su voz me tranquiliza y me destruye al mismo tiempo. Me dice que Dios me ama, pero yo solo pienso en sus manos tocando mi piel, en su boca...
Se detuvo. El silencio se volvió más pesado aún.
Jungkook tragó saliva, incómodo. Se obligó a respirar hondo.
—Lo que sientes te causa culpa —dijo, intentando concentrarse en su función—. Eso ya es un signo de que no quieres ofender a Dios. Los pensamientos pueden ser una tentación. Lo importante es qué haces con ellos.
—No hago nada —dijo Jimin—. Solo... pienso. Y luego vengo y se lo cuento a usted. Y entonces es peor.
Jungkook apretó las manos. Temía de la respuesta de la pregunta que deseaba formular.
—¿Por qué es peor? —preguntó.
—Porque escucharlo me hace sentir más cerca de él —respondió Jimin—. Como si... estuviera hablándole directo.
Jungkook quiso convencer a su mente de que estaba exagerando, de que ese "él" podría ser cualquiera. Pero la forma en que Jimin respiraba, la forma en que elegía las palabras, le hacían difícil ignorar la sospecha.
—Hijo —dijo, esforzándose por sonar sereno—. Los deseos no te definen. Puedes sentir algo y, aun así, elegir no actuar contra lo que crees correcto. Lo importante es ordenar tu corazón, pedir ayuda y no alimentar esos pensamientos.
Jimin guardó silencio unos segundos.
—¿Y si lo que siento no se va? —preguntó—. ¿Si cada vez que se acerca siento que Dios me está probando? ¿Si me gusta la prueba?
La confesión se clavó en Jungkook con fuerza.
Respiró profundo antes de responder.
—Te voy a pedir que reces un rosario esta noche —dijo—. Que le hables a Dios con sinceridad. Que le digas exactamente lo que me has dicho a mí. También quiero que ayudes esta semana con el grupo de caridad de la parroquia. A veces servir a otros ordena lo que sentimos por dentro.
—Está bien, padre —susurró Jimin.
—¿Algo más que quieras confesar?
—No... es todo.
—Entonces yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Jimin hizo la señal de la cruz.
—Amén —murmuró.
Antes de levantarse, añadió, en un tono casi inaudible:
—Gracias por escucharme... como siempre.
Jungkook quiso pensar que era una gratitud normal. Solo eso. Pero la forma en que lo dijo, suave, delicada, se le quedó dando vueltas cuando salió del confesionario.
La misa de la tarde comenzó puntual.
El padre Jeon avanzó hacia el altar con paso firme, su mirada recorría las bancas tratando de que nadie lo notara. Buscaba una cabellera rubia. Buscaba los ojos miel que evitaban mirarlo de frente cuando él ofrecía la hostia. Buscaba el rostro que acababa de escuchar al otro lado de una rejilla, confesando deseos prohibidos.
La banca de la familia Park estaba vacía. Ese banco vacío lo molestó más de lo que quiso admitir.
La misa terminó. Dio la bendición final, se retiró al sacristía y comenzó a quitarse las vestiduras litúrgicas en silencio.
—Padre —lo llamó una voz joven.
Era uno de sus monaguillos.
—¿Sí?
—Solo quería avisarle... —dijo el chico—. La señora Park me dijo, antes de la misa, que no podrían venir hoy. Que su hijo el más joven... está enfermo.
Jungkook se giró del todo.
—¿Jimin? —preguntó sin pensarlo.
—Sí, padre. Dijo que tuvo un desmayo por la mañana, por esos problemas que tiene a veces. Que se descompensa. Está descansando en su casa.
El corazón de Jungkook dio un pequeño salto inquieto.
—Ya veo —dijo—. Gracias por avisarme.
El monaguillo asintió y salió corriendo a guardar las cosas.
Jungkook se quedó quieto unos segundos, pensativo. Podía decirse a sí mismo que su reacción era puramente pastoral, fruto de la responsabilidad que tenía sobre sus feligreses. Podía repetir mentalmente que su interés por Jimin era el mismo que tendría por cualquier otra oveja de su comunidad.
Pero no se lo creía del todo.
Terminó de guardar las vestiduras, se puso su ropa clerical y tomó las llaves.
La casa de los Park era amplia, de fachada cuidada. Jungkook tocó el timbre y escuchó pasos del otro lado.
La señora Park abrió la puerta con una sonrisa amable.
—Padre Jeon —exclamó, algo sorprendida—. Qué alegría verlo. Pase, por favor.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—Buenas tardes, señora Park. Disculpe la visita inesperada. Solo vine a saber cómo estaban. Hoy noté que no asistieron a misa y uno de los monaguillos me comentó que Jimin no se sentía bien.
—Ay, sí —dijo ella, haciéndose a un lado para dejarlo entrar—. Este niño siempre me da sustos. Desde adolescente tiene problemas para mantener el peso. Cuando se estresa, come poco, se le baja la presión, el azúcar le juega en contra... Esta mañana se nos desmayó en la cocina. Todos nos asustamos, pero ya está más tranquilo. El médico dijo que necesita alimentarse mejor y descansar.
Jungkook sintió un apretón en el pecho.
—Lamento escuchar eso —respondió—. Me preocupa que su salud se vea afectada así. ¿Puedo verlo un momento? Solo para saludarlo y darle la bendición.
La señora Park sonrió con gratitud.
—Por supuesto, padre. Él lo aprecia mucho. Estoy segura de que se pondrá contento de verlo. Está en su habitación. Sígame.
Subieron por un pasillo alfombrado hasta una puerta al final. La señora Park tocó suavemente.
—Jimin, hijo. El padre Jeon vino a verte.
Jimin estaba recostado en la cama, con una manta ligera cubriéndolo hasta la cintura. El cabello rubio alborotado caía sobre su frente. Tenía el rostro más pálido de lo normal, pero sus ojos brillaban.
—Padre... —sonrió, sorprendiendo a Jungkook con la calidez de su voz—. Qué gusto verlo aquí.
Se incorporó un poco, apoyándose en las almohadas.
—Solo vine a saber cómo estabas —dijo Jungkook—. Me dijeron que tuviste un desmayo.
La señora Park miró a su hijo con cariño.
—Los dejo para que hablen un momento —dijo—. Voy a terminar de preparar la comida. No me lo anime mucho, padre, que si no el niño se me emociona y se olvida que tiene que guardar reposo.
Sonrió y salió, cerrando la puerta con suavidad.
Jimin miró a Jungkook sin disimulo.
—De verdad vino —dijo bajito—. Yo pensé que no le importaría tanto.
Jungkook frunció ligeramente el ceño.
—Claro que me importa —respondió—. Me preocupo por todos mis feligreses.
Jimin sonrió de lado.
—Pero ahora mismo solo está en mi habitación —dijo, sin apartar la mirada.
Antes de que Jungkook pudiera responder, Jimin alargó la mano, tomó la del sacerdote y la llevó a sus labios. Depositó un beso suave sobre los nudillos, con una devoción que se sentía distinta a la de una simple muestra de fe.
El contacto hizo que Jungkook se quedara quieto. Su mano estaba caliente dentro de la del muchacho.
—No es necesario que hagas eso —murmuró, aunque no retiró la mano de inmediato.
—¿Por qué no? —preguntó Jimin, con un tono entre inocente y provocador—. Besar la mano del padre no es pecado, ¿o sí?
Lo miró, y al hacerlo, pasó la lengua lentamente por sus propios labios, humedeciéndolos.
Jungkook sintió cómo algo en su interior se encogía y se agitaba al mismo tiempo.
Se sentó en el borde de la cama, intentando recuperar un poco de control.
—Me dijeron que no estás comiendo bien —dijo—. Que te desmayaste por no alimentarte correctamente. No puedes descuidar tu cuerpo, Jimin. Es un regalo que debes cuidar.
Jimin se encogió de hombros.
—No tenía hambre —respondió—. A veces... se me va. Me siento agobiado. Pero ahora que lo veo, me siento mejor.
La forma en que lo dijo no sonó a simple alivio espiritual, cosa que a Jungkook lo altero.
—Te lo digo como tu sacerdote —insistió —. Pero también como alguien que se preocupa por ti. No puedes exigirle tanto a tu cuerpo. Si sigues así, podrías hacerte daño de verdad.
—¿De verdad se preocupa tanto por mí, padre? —preguntó Jimin, bajando un poco la voz.
—Claro que sí.
—¿Qué tanto?
—Es difícil de explicar.
Jimin lo miró fijo.
—Pero puede tratar —dijo.
Se incorporó un poco más, quedando muy cerca de él. Sus rostros estaban a pocos centímetros. Jungkook notó cada detalle: las pestañas claras, la curva suave de las mejillas, sus pecas.
Sus manos temblaron. Mas sin embargo una de ellas se levantó casi por voluntad propia y se posó en la mejilla de Jimin. La piel se sentía tibia, suave.
Jimin cerró un poco los ojos, inclinándose apenas hacia el contacto.
—¿Sabe qué es lo único que me haría sentir realmente bien ahora mismo? —susurró—. Un beso suyo, padre.
Jungkook se quedó helado. Abrió la boca para decir que no, para recordar los votos, la norma, el pecado. Pero la cercanía, el calor, el recuerdo de sus palabras en el confesionario se mezclaron en una sola cosa difícil de detener.
No se dio cuenta de cuándo acortó la distancia.
Solo sintió el momento en que sus labios tocaron los de Jimin.
Fue un beso torpe. Jungkook no sabía cómo hacerlo, no tenía experiencia. Sus labios se movieron con inseguridad, sin ritmo claro, pero había un vasto deseo contenido por demasiado tiempo.
Jimin soltó un pequeño gemido, cortito, casi ahogado, pero contundente. Ese beso torpe, le supo a gloria, alivio y salvación. A algo que llevaba esperando desde hace mucho tiempo.
Ese sonido recorrió la medula del sacerdotecomo una descarga. Por un momento se permitió sentir. Solo eso.
Luego se separó, respirando agitado, confundido.
—Yo... —empezó a decir.
No tuvo tiempo de terminar.
Se escuchó un golpe en la puerta y esta se abrió.
La señora Park entró con una bandeja de comida.
—Aquí tienes, hijo —dijo con naturalidad—. Te hice sopa y un poco de arroz. Ay, padre, disculpe si lo interrumpo.
Jungkook se puso de pie al instante, alejándose de la cama.
—No se preocupe, señora —dijo, forzando una pequeña sonrisa—. Justo me iba a retirar. Solo quería asegurarme de que Jimin estuviera mejor.
Jimin lo miró desde la cama, con los labios aún sensibles y los ojos fijos en él. No dijo nada.
—Cuida tu salud, Jimin —añadió el padre Jeon, tratando de sonar sereno—. Es importante. No vuelvas a descuidarte así.
—Lo intentaré, padre —respondió Jimin, sin apartar la mirada de la suya.
Jungkook inclinó la cabeza, saludó a la señora Park y salió de la habitación. Bajó las escaleras con el corazón golpeándole el pecho. Se despidió en la puerta con educación y comenzó a caminar de vuelta hacia la parroquia.
Cada paso le pesaba.
La culpa le subía por la garganta, pero mezclada con una sensación que lo asustaba: el recuerdo del gemido de Jimin, del calor de sus labios, del brillo en sus ojos.
Sabía que había cruzado una línea que no debía cruzar.
Y aun así, parte de él no se arrepentía.
En la habitación, Jimin se quedó en silencio mientras su madre acomodaba la bandeja.
Cuando ella salió y lo dejó solo, llevó una mano a sus labios. Los tocó con cuidado, como si temiera borrar la sensación.
Sonrió, pequeño, algo ido.
Sabía que ese beso no había sido un error.
Sabía que, a partir de ese momento, ya no podía seguir fingiendo que solo veía a su confesor.
Había besado al hombre bajo el hábito. Y no pensaba olvidarlo.
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Gracias por leer.
Si este fic te ofende de alguna manera a ti o a tu religión abandona la lectura y evita dejar comentarios ofensivos, hay una lectura para cada gusto, solo deben buscarla.
Besitos en la pussy.