Prólogo
Siempre supe que Dios estaba ahí. Como se sabe que el cielo es azul o que el café quema si lo bebes rápido. Era una verdad guardada en un rincón de mi mente, pero nunca había sido un refugio. Durante años, caminé con un vacío que aprendí a ignorar, convenciéndome de que mi fe se medía por cuánto podía resistir sin quebrarme.
Yo sabía Su nombre, pero no conocía Su voz. Sabía Sus leyes, pero no Su abrazo.
No sabía que, para empezar a sentirlo, primero tenía que dejar de fingir que todo estaba bien. Que el proceso más real de mi vida no empezaría con una respuesta, sino con el valor de admitir que mi alma tenía hambre de algo que no podía nombrar.
Y entonces, en medio de ese silencio, apareció él.
No llegó para completarme ni para resolver mis dudas, sino para recordarme que el amor, el verdadero, no es otro peso que cargar ni otra expectativa que cumplir. A su lado, descubrí que Dios también habla a través de una presencia que no exige nada, de una mirada que te ve sin juzgar tus grietas y de unas manos que no vienen a salvarte, sino a sostener las tuyas mientras ambos aprendemos a caminar.
Entendí que el amor de Dios y el amor de una persona no compiten; se acompañan. Que a veces, Dios permite que alguien nos encuentre en el camino para enseñarnos que no tenemos que desaparecer para ser amados, y que bajar la guardia no es una derrota, sino el primer paso para, por fin, dejarse encontrar.
Porque durante mucho tiempo creí que amar era resistir, aguantar, quedarme incluso cuando ya no había espacio para mí. Creí que el amor dolía, que exigía, que pedía más de lo que yo podía dar.
Pero el amor que viene de Dios no empuja, no asfixia, no rompe. El amor que viene de Él acompaña. Espera. Sostiene sin exigir que me pierda en el intento.
Y tal vez eso fue lo más difícil de aprender: que no necesitaba ser más fuerte, ni más paciente, ni más perfecta… solo más honesta.
Honesta conmigo. Honesta con lo que dolía.
Honesta con lo que ya no podía seguir llamando amor.