Prólogo
La ira de Poseidón era implacable. Violentas olas y fuertes sacudidas azotaban la embarcación. No importaban los finos acabados, los resistentes materiales ni la eficiencia de la maquinaria; el barco se mecía bruscamente como un simple barquito de papel en medio de un enfadado mar que ni siquiera las historias de marinos más fantaciosas podrían haber imaginado.
El caos que se desarrollaba se trasladó al interior. Los muebles se deslizaban de un lado hacia el otro, las luces parpadeando en intervalos irregulares y lo peor de todo: el agua. Su incorporiedad tomando la forma de su nuevo recipiente.
En la cámara principal se encontraba un hombre luchando por mantener su propio equilibrio dentro del péndulo en el que se había convertido la embarcación. No hacía mucho que dio por perdida cualquier esperanza de retomar el control de la nave. Su atención ahora solo estaba fijada en dos personas: Su esposa y su hijo de 4 años.
Su esposa lo había dejado todo por él. Aún recordaba la severa mirada de su suegro, reprobante y severo. Nunca pudo caerle bien a su familia, eran mundos tan distintos e incompatibles, pero su amor pudo más, ambos decidieron casarse en secreto y se mudaron lejos de juicios, desaprovación y el caos que supondría este hecho.
El amor produjo su fruto, un pequeño niño que, irónicamente, se parecía mucho a la persona que tanto se oponía a la unión que le dio la vida. Alegre, cariñoso y amable, totalmente lo contrario a como cualquier persona describiría a su abuelo.
Los pensamientos sobre su familia se apagaron al mismo instante en que las luces no volvieron a encenderse. Alarmado sería una descripción incorrecta, estaba aterrorizado. La oscuridad no solo traía consigo la pérdida de orientación dentro de la nave sino que, también, le daba una devastadora certeza.
El barco se hundirá pronto.
Era cuestión de tiempo, si el barco había perdido la energía es porque la sala de máquinas ya había sucumbido al mar y pronto el peso del agua los arrastraría hacia las profundidades.
Rápidamente se movió a través del barco buscando a su familia entre las tinieblas. Buscó en las cámaras secundarias del barco, en la cocina y en el almacén sin éxito. En medio de la oscuridad y su desesperación, escuchó un llanto familiar. Él podría reconocer el llanto de su asustado hijo en cualquier lugar o situación.
Casi tan rápido como un rayo, trató de estabilizarse para poder llegar a la cámara de las literas de donde provenía el llanto. Estaba a punto de salir cuando el barco se sacudió bruscamente haciendo que un estante de metal del almacén donde se encontraba cayera encima de sus dos piernas, inmovilizándolo completamente.
Luchó lo más que pudo pero no pudo hacer nada para liberarse. Con la espalda recostada contra la fría pared, sus piernas atrapadas y el estante manteniéndolo fijado en el piso cada vez más inundado, cerró los ojos. En su cabeza ahora solo hay una imagen.
Su familia.
—Por favor… Que estén a salvo.—pensó mientras sentía el agua elevarse peligrosamente por encima de su cuello— Los amo tanto…
Ese pensamiento, al igual que el hombre, fue ahogado por el agua.
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Sabía que era una mala idea. Maldición, ella sabía que era una muy mala idea.
Tomar el barco que su padre le había regalado por sus quince años para dar un paseo le parecía una idea tonta. Ni ella ni su marido sabían navegar de manera experta y los pronósticos del tiempo, aunque nunca predijeron una catástrofe de esta magnitud, eran adversos. Pero su pequeño hijo estaba ilusionado, él siempre había tenido una fascinación por el mar y su padre ya le había plantado esa idea y, como era típico de él, nada se la quitaría de la cabeza.
En secreto, habían ido al antigüo puerto donde su padre guardaba las embarcaciones que no utilizaba. El viejo Herbert McDowell, trabajador de su padre desde mucho antes que ella naciera, accedió sin rechistar, a pesar de las órdenes directas del amo Fordham que ya había desheredado a su hija. Nunca pudo decirle que no a la señorita Fordham, y, ahora, mucho menos al pequeño que compartía su dulce sonrisa.
Esa sonrisa se esfumó mientras gritaba a todo pulmón para que su amado esposo viniera en su rescate. Abrazada junto al niño, hacía todo lo posible para mantenerse con la calma y serenidad suficiente para hacer que su hijo parara de llorar. No funcionó.
—Shh, mi vida. Papi está viniendo, te lo prometo. Estaremos bien, lo juro— le decía al pequeño mientras acariciaba su pelo para reconfortarlo de la forma en que solo una madre puede hacer, sin embargo, su propia voz resquebrajada delataba su propio temor— Tranquilo mi niño… tranquilo. Mami está aquí contigo.
Otra fuerte sacudida. El niño, tomando con fuerza la mano de su madre mientras esta trataba de calmarlo, lloraba sin cesar. La penumbra, los ensordecedores estruendos de los rayos, los fuertes azotes de las olas y el agua fría que estaba empezando a subirse a la cama donde ambos estaban, eran demasiado para el pobre pequeño.
—Mami, ¡Quiero ir a casa! ¡Ya no quiero estar aquí! — gritaba entre llantos.
—Pronto, querido. Papi nos va a sacar de esto, él siempre lo hace—dice mientras lo abraza aún más fuerte. El cuerpo de su hijo temblando descontroladamente de miedo.
—Tengo miedo. No me dejes, por favor, no me dejes mami—el pequeño ruega a su madre con la voz temblorosa.
Este nivel de miedo en su hijo, que ninguna persona, y menos un niño, debe tener, rompieron por completo el semblante fuerte que trataba con todo su ser de proyectar. Tomó su rostro entre sus manos y lo miró a los ojos.
—Damien…—empezó a decir con los ojos llenos de lágrimas— Mami siempre estará aquí junto ti.
En ese instante, una ola brutal envolvió el barco por completo. El pequeño Damien solo escuchó el sonido del metal rompiéndose, sintió el tacto de su madre esfumarse y después todo se tornó negro.
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Damien recuerda muy bien esos momentos que aún lo persiguen. La sensación de flotar sin rumbo, la desorientación y la desesperante sensación del pecho que le pide más oxígeno. Recuerda muy bien la heladez del cruel océano que le quitó todo. Pero, sobre todo, recuerda muy bien el rostro de su madre, lleno tanto de miedo como de ese amor que extraña todos los días.
La alarma suena y él se retuerce entre sus sábanas. Ahora recuerda muy bien que hoy es “el gran día”.
—...menuda mierda—dice entre dientes para si mismo mientras se levanta de la cama.
Se viste torpemente y sale de su gran habitación para dirigirse a la oficina que está al final del largo pasillo. Se para frente a la puerta por un instante, siempre debe de prepararse mentalmente cuando se trata de él.
—Como odio a este viejo—piensa al mismo tiempo en que abre la puerta.
Es momento de enfrentarse a su abuelo otra vez.
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De nuevo, gracias por leer.