Capítulo 1. Mal presagio
Jassiel
Había pocas cosas en mi vida que lograran vaciarme por dentro de aquella manera. Pocas cosas que supieran tocar esa zona invisible entre el orgullo y la vergüenza y convertirla en una cavidad hueca. Pero si tuviera que nombrar una, una sola, sería esa, sentirme como una farsa.
No se trataba de una mentira evidente. No era un impostor descubierto ante el mundo.
Era más bien una farsa íntima, muy silenciosa y persistente. Era un farsante.
La palabra se deslizaba por mi mente con suavidad mientras permanecía recostado sobre la cama, observando el techo oscuro de mi habitación como si esperara que allí estuviera escrita alguna solución a mis problemas. Sobre mi mano derecha, suspendida apenas a unos centímetros de la palma, flotaba una taza de porcelana blanca. El líquido en su interior oscilaba levemente, aunque no había corriente alguna en el cuarto.
La sostenía sin tocarla, con un resplandor celeste que la envolvía con un fulgor hipnótico, una luz suave y pura, que delineaba su contorno como si la realidad misma hubiese decidido subrayarla.
Sentía las punzadas en las sienes como pequeños clavos rítmicos y constantes. El precio de forzar la mente más allá de lo que mi cuerpo toleraba. El hormigueo en la mano no era doloroso todavía, pero anunciaba algo más, una vibración interna, una resistencia en mi fisiología.
Con un leve movimiento mental, descendí la taza hasta la mesita de noche. No hubo ruido al posarse. El azul se desvaneció con lentitud, obediente, y el plasma celeste de mi mano se consumió bajo mi piel.
Mi mano cayó inerte sobre el colchón y me rendí al hecho de que el techo no respondería a mis preguntas. Me incorporé con lentitud y me senté en el borde de la cama. El suelo estaba frío bajo mis pies descalzos. Durante un momento permanecí inmóvil, sintiendo cómo la presión en mi cabeza se acomodaba en una zona volviéndose soportable. Luego levanté la mirada hacia la ventana.
La lluvia golpeaba el cristal con una furia constante. No era una tormenta caprichosa ni un fenómeno natural. Era una decisión y una estrategia.
Llevaba días así. Cortinas de agua cayendo sobre todo el país, cubriendo bosques, ciudades y rascacielos con una persistencia antinatural. Desde la distancia, el cielo parecía un organismo enfermo que se drenaba sin descanso. Desde aquí, desde mi habitación, era solo un sonido ininterrumpido, millones de impactos diminutos recordándome que el reino ardía en otros frentes.
La lluvia artificial era uno de los mecanismos de contención contra los incendios provocados por la guerra. Los ataques recientes habían obligado a activar los sistemas atmosféricos del distrito. Manipulación climática a gran escala, sostenida por nodos energéticos enterrados bajo la ciudad.
Una proeza de ingeniería, una proeza en la que yo no participaba.
Allá afuera, soldados, estrategas y héroes útiles movían piezas reales en un tablero tangible. Contenían llamas y protegían a personas. Yo, en cambio, permanecía ahí encerrado donde supuestamente estaría protegido.
La lluvia no era solo una defensa contra el fuego. Era algo más, cada gota que descendía por el vidrio era una forma sutil de recordarme mi inutilidad. A mí no me necesitaban en el frente, más bien, me necesitaban estable. Aunque eso fuera lo único que no podría ser nunca.
Mis dedos se cerraron levemente sobre el borde del colchón. Sentía aún el eco calor en mi sistema, esa vibración recorriendo mis nervios como un pulso doloroso. Podía imitarlo, podía fingir normalidad. Podía sostener una taza en el aire y convencer a cualquiera de que mis poderes me obedecían.
Pero la verdad era que mis poderes eran como un musculo que se atrofiaba cada vez más, un musculo que dolía flexionar. Un nervio que se auto devoraba. No había nada mal en mí, no se trataba de una enfermedad terrible, solo era un extraño descenso en mi capacidad de ser útil.
Encendí la televisión con la esperanza de saber algo más. El control remoto descansaba aún en la mesita de noche, lo atraje a mí sin tener que tocarlo y la pantalla se formó en un holograma con ese resplandor artificial que siempre lograba hacer que la habitación pareciera más pequeña. Buscaba cifras, mapas, cualquier cosa que me permitiera sentir que seguía conectado a la batalla a la que todos los demás habían corrido sin dudarlo. Necesitaba pruebas de que el mundo continuaba girando allá afuera y que todo estaba bien.
Las noticias ocupaban todos los canales. Una reportera, empapada bajo la lluvia persistente, hablaba con una seriedad preocupante mientras el cintillo inferior anunciaba que un misil había impactado contra un centro de refugiados en Yucatán. La imagen detrás de ella mostraba estructuras dañadas, humo diluido por el aguacero y equipos de emergencia desplazándose a toda velocidad. Hubo pocos heridos, decía, casi como si se tratara de un triunfo demasiado estadístico. Pocos heridos, repetí la frase en silencio, saboreando su ambigüedad. Pocos comparado con qué, cuántos deben sufrir para considerar que son "muchos heridos".
Cambié de canal.
El siguiente programa no era un noticiario formal, sino uno de esos espacios donde el dramatismo supera a la información. La pantalla mostraba una fotografía ampliada hasta que perdía nitidez y lucía más como una figura pixelada, con el cielo gris, una masa oscura suspendida en el aire, apenas definida contra la tormenta. El conductor hablaba con voz grave, asegurando que se trataba de la primera aparición de "ese infeliz" en semanas. No mencionó nombre alguno, bastaba la silueta para que todos supiéramos de quién hablaba.
La imagen era inquietante. La figura parecía levitar con una serenidad antinatural, desprendiendo algo más denso que sombra, como si la oscuridad no fuese ausencia de luz sino una sustancia propia que emanaba de su cuerpo. No había rasgos distinguibles, solo contornos afilados y una sensación de amenaza que la cámara, pese a su distancia, lograba transmitir. No parecía un hombre. No del todo. Más bien una entidad arrancada de un relato antiguo, suspendida sobre los cielos como un mal presagio.
El conductor añadió que cada vez que esa figura aparecía, algo terrible sucedía poco después. Una premonición, lo llamó. Una señal inequívoca de que la desgracia estaba a punto de descender con mayor fuerza.
Suspiré, intranquilo. No por lo que decía, sino por la manera en que lo decía. Apagué la televisión antes de que comenzaran las especulaciones. La habitación recuperó su penumbra y el sonido constante de la lluvia volvió a ocupar el espacio que la voz del presentador había invadido.
Me dejé caer hacia atrás sobre la cama con el peso acumulado en mis hombros, ese que finalmente venció a mi postura erguida. Busqué la almohada que descansaba del otro lado y la atraje hacia mí con un gesto casi desesperado. Hundí el rostro en la tela, inhalando con lentitud. El aroma que conservaba era tenue pero reconocible, limpio, familiar y tranquilizador. Se deslizaba por mis sentidos con la eficacia de un sedante discreto, calmando el pulso acelerado que las imágenes me habían dejado.
Cerré los ojos sin oponer resistencia. El cansancio no era físico, era algo más profundo, una fatiga que se alojaba detrás de los pensamientos y los volvía pesados. Sentí cómo mi respiración se volvía más regular, cómo el ruido de la lluvia se integraba a un fondo que ya no exigía atención. La vigilia cedió con suavidad, sin sobresaltos.
El sueño llegó de la nada. No fue una caída abrupta, sino un descenso lento hacia un territorio donde mi mente dejaba de obedecerme. Cuando alcancé la profundidad suficiente, el descanso se transformó en algo distinto. Un REM tan intenso que mis sueños comenzaron a desbordar los límites de lo imaginable, floreciendo con una nitidez que no pertenecía al terreno común de la fantasía del cerebro. Ya no eran simples construcciones del subconsciente, eran visiones, pequeñas caricias hacia el futuro que yo llevaba años intentando bloquear.
Siempre era lo mismo. Las mismas manos cubiertas de sangre, sosteniendo un corazón aún palpitante. Un atardecer infernal tiñendo el horizonte con un rojo imposible. El llanto desesperado de un bebé que parecía provenir de todas partes. Fragmentos sin conexión que regresaban una y otra vez, como si alguien hubiera grabado la misma secuencia en un vinilo defectuoso que no me permite avanzar más allá de su surco dañado. Desde hacía años, esas imágenes me visitaban con una constancia cruel, repitiéndose sin ofrecer contexto, pues mi mente se negaba a mostrarme el resto de la historia.
Aquel sueño fue más que descanso, fue tan intenso que tuve la impresión de haber dormido durante días. No era la primera vez que ocurría. Cuando mi cuerpo alcanzaba cierto nivel de agotamiento, mis poderes parecían aprovechar la grieta de mi consciencia para manifestarse sin desgastarme, como si eligieran el momento en que yo dejaba de oponer resistencia para expandirse con libertad. Y con eso, comprendí incluso antes de abrir los ojos, que era exactamente lo que había estado sucediendo.
Sentí primero una presión suave sobre el hombro, una mano cálida que me anclaba al mundo real. Después, los dedos apartando el cabello de mi frente con un gesto paciente y cuidadoso. El llanto del bebé que resonaba en mis visiones comenzó a deformarse, a perder su tono agudo hasta transformarse en una voz grave y conocida que pronunciaba mi nombre con dulzura.
—Jass, despierta.
Abrí los ojos de golpe.
El sobresalto fue inmediato, no por la voz, sino por el estruendo que la acompañó. Todos los muebles de la habitación cayeron al mismo tiempo con violencia, como si una fuerza invisible hubiera decidido soltarlos de repente. El armario vibró contra la pared, la silla chocó contra el suelo, los objetos sobre el escritorio se dispersaron en un caos ruidoso. El eco del impacto retumbó unos segundos antes de disolverse bajo el murmullo de la lluvia.
Sabía lo que había ocurrido incluso antes de incorporarme. Cuando dormía así, cuando las visiones me arrastraban a esa profundidad, mi telequinesis se intensificaba. Los objetos levitaban, el piso temblaba, la habitación entera se convertía en una extensión descontrolada de mi subconsciente. Y al despertar, todo volvía a caer.
Me senté bruscamente sobre la cama con el corazón aún acelerado, y entonces lo vi.
Markus estaba frente a mí, sentado en el borde de la cama.
Lo primero que noté fue el blanco de su traje, o lo que quedaba de él. El tejido claro estaba cubierto de polvo y manchas oscuras que no tardé en reconocer como sangre. Roja y fresca en algunos puntos, seca y café en otros. Su labio inferior estaba partido, un hilo rojo descendía por su barbilla. Tenía moretones extendiéndose por el pómulo y la mandíbula, sombras violáceas que contrastaban con la serenidad casi absurda de su expresión.
Me asusté. El aire se quedó atrapado en mi garganta por un segundo demasiado largo.
Y antes de que pudiera articular palabra alguna, él se inclinó hacia mí y me besó.
No fue un gesto tímido ni contenido, fue intenso y muy urgente, como si necesitara tomar aire y probar que seguía respirando. Su boca sabía a hierro y humedad. Instintivamente, llevé mi mano a su nuca y lo sostuve, aceptando el beso con la misma desesperación silenciosa. Durante ese instante, el mundo se redujo a la presión de sus labios contra los míos y al latido irregular que aún retumbaba en mis oídos.
Cuando nos separamos, apenas lo suficiente para respirar, me sostuvo la mirada con una suavidad que no concordaba con el estado de su cuerpo.
—¿Volviste a tener las pesadillas de siempre? —preguntó, en voz baja.
Ignoré la pregunta. No podía concentrarme en eso mientras su sangre aún estaba tibia sobre su piel.
—¿Qué pasó? —dije, y mi voz salió más tensa de lo que pretendía.
Me moví sin pensarlo. Me giré hacia el armario y extendí la mano con un impulso. Sentí el chispazo en el centro de la palma, un destello celeste que atravesó el aire en línea recta. El botiquín se desprendió de su lugar y cruzó la habitación hasta posarse en mis manos con un golpe seco.
Lo abrí con rapidez y tomé un paño de algodón. Con cuidado, llevé la tela hasta su labio partido y comencé a limpiar la sangre con movimientos suaves, concentrados, como si esa tarea mínima pudiera compensar la poca ayuda que ofrezco.
Él me observaba en silencio hasta que, con una sonrisa leve, tomó mi muñeca y detuvo el gesto.
—No es necesario —dijo, casi divertido—. Ya sabes que va a sanar.
Fruncí el ceño.
—Ya debió haber sanado.
Su sonrisa se volvió apenas más amplia, aunque el cansancio en sus ojos no desapareció.
—Está tardando más por la lluvia —respondió con naturalidad, como si aquello fuera explicación suficiente.
Y lo era, sus poderes dependían del sol, de esa energía limpia y directa que la tormenta artificial llevaba días bloqueando. Bajo aquel cielo perpetuamente cubierto, incluso él sangraba más tiempo del que debería.
Apreté el paño entre mis dedos sin apartar la mirada de su rostro.
—Deberíamos ir con la doctora —murmuré al fin, incapaz de apartar la vista del hilo de sangre que aún marcaba la curva de su boca—. Que te revisen bien.
Él negó con suavidad, como si la sola idea le resultara innecesaria.
—No, mi amor, estoy bien. Solo quiero descansar.
Sus palabras eran tranquilas, pero su respiración no lo era del todo. Acerqué la mano a su rostro y recorrí con la yema de los dedos los moretones que se extendían sobre sus pómulos. La piel estaba caliente, ligeramente inflamada. Apenas reaccionó al contacto, apenas un parpadeo lento que no llegó a convertirse en gesto de dolor. Sus ojos dorados, en cambio, permanecían fijos en mí con una intensidad que me desarmaba más que cualquier herida visible. Me miraba como si estuviera contemplando algo que lo dejara sin habla, como si el simple hecho de tenerme enfrente fuera motivo suficiente para olvidar el resto.
—Te estuve viendo dormir —confesó con una media sonrisa—. Antes de despertarte.
Bajé la mirada, incómodo bajo esa devoción que nunca supe recibir sin sentir que no la merecía. Él se inclinó un poco más hacia mí, reduciendo la distancia entre nuestros rostros.
—Te ves mucho más lindo que ayer —añadió, casi en un susurro.
No supe qué responder de inmediato. Terminé por ofrecerle una sonrisa breve, agradecida, y llevé la mano hasta su cabello. Sus hebras doradas estaban salpicadas de polvo y diminutos escombros, los retiré con cuidado, peinándolo hacia atrás con los dedos como si aquel gesto bastara para devolverle algo de orden.
—Voy a prepararte un baño —dije al fin.
—Puedo hacerlo yo —replicó con naturalidad.
—No. Lo haré yo. Tú acuéstate un rato mientras está listo.
No discutió. Se dejó caer nuevamente sobre la cama con un suspiro apenas audible, parecía que la idea de obedecerme era, por primera vez, un alivio. Lo observé unos segundos antes de levantarme y dirigirme al baño. Activé los mecanismos de la ducha automática, el sistema respondió con un zumbido bajo y constante mientras las tuberías comenzaban a llenarse.
Mientras esperaba, sentí el peso de una pregunta acumulándose en mi garganta. Tenía miedo de formularla. Pocas veces lo había visto así de lastimado, así de agotado. Él era el más fuerte de todos, el que se mantenía en pie cuando los demás flaqueaban. Verlo cubierto de sangre y polvo no era solo inquietante, era una señal terrible. Y yo no sabía si estaba preparado para escuchar la explicación.
Vertí sales de curación en la bañera, los cristales se disolvieron lentamente, tiñendo el agua con un tono blanquecino tenue. Ajusté la temperatura con un simple botón hasta que el vapor comenzó a elevarse con suavidad, empañando el espejo. Todo funcionaba mecánicamente. Ojalá mi mente tuviera la misma facilidad para regularse.
Regresé a la habitación.
—Ya está listo.
Se incorporó con cuidado, la rigidez del movimiento delatando el dolor que intentaba minimizar. Caminó hacia mí, y cuando estuvo a mi alcance, lo tomé del brazo para sostenerlo. No necesitaba ayuda, lo sabía, pero aun así permití que se apoyara en mí mientras lo guiaba hasta el baño.
Frente a la bañera, comenzó a desprenderse del uniforme. El tejido blanco cayó al suelo con un sonido pesado. Bajo la tela, su cuerpo reveló la verdadera magnitud de la batalla, hematomas extendiéndose por el torso y manchándole los abdominales, cortes superficiales y otros más profundos, la piel marcada por impactos recientes. Era fuerte, sí, su musculatura firme y definida hablaba de entrenamiento constante y de una resistencia poco común. Pero en ese momento también era vulnerable, más humano.
Entró en la bañera con un suspiro contenido cuando el agua tibia envolvió sus heridas. Yo me senté en el borde, lo suficientemente cerca para alcanzar su espalda. Tomé la esponja y la humedecí antes de pasarla con cuidado por su nuca, dejando que el agua mezclada con sales recorriera lentamente la piel golpeada.
Él soltó una risa baja.
—No tienes que bañarme. Puedo hacerlo yo.
—Quiero ayudarte —respondí sin mirarlo directamente.
Y era verdad. No se trataba solo de limpiar la sangre ni de aliviar la tensión en sus músculos. Necesitaba hacer algo. Cualquier cosa. Después de días sintiéndome inútil, relegado, incapaz de contribuir en lo que realmente importaba, ese gesto mínimo adquiría un peso desproporcionado. Si no podía estar en el frente, si no podía detener mis propias visiones, al menos podía aliviar el cansancio que veía reflejado en sus hombros.
Deslicé la esponja con movimientos lentos, cuidadosos, como si cada roce fuera una forma silenciosa de compensar aquello que no sabía cómo enfrentar.
—Sé que quieres preguntarme qué pasó —dijo de pronto, sin girarse, mientras el agua corría por sus hombros.
No respondí. Continué deslizando la esponja con movimientos medidos, como si el silencio pudiera protegernos de lo que estaba a punto de nombrarse. El vapor comenzaba a envolver el cuarto, difuminando los contornos, suavizando las heridas sin borrarlas.
Él exhaló despacio.
—Vimos cosas que jamás pensé posibles —continuó—. Ya no son solo soldados.
Sentí un leve endurecimiento en su espalda bajo mi mano, un recuerdo físico de lo que acababa de presenciar.
—Hay cosas muy horribles —añadió con una pausa breve, buscando la palabra exacta—. Asesinando personas. Cosas que no son humanas.
Tragué saliva. El sonido del agua pareció amplificarse en mis oídos.
—¿Qué cosas? —pregunté al fin.
Markus inclinó apenas la cabeza hacia un lado, como si la respuesta le pesara incluso más que los golpes que cubrían su piel.
—Nos dijeron que los llaman "Noctis" —la palabra cayó con una densidad distinta, como si arrastrara sombra propia—. Demonios, básicamente. Ya no están enviando a sus soldados. Están enviando eso en su lugar.
El vapor no logró ocultar el escalofrío que me recorrió la espalda.
—Y ahora estamos perdiendo —añadió con una franqueza que rara vez se permitía.
La esponja se detuvo un segundo en mi mano.
—¿Perdiendo? —repetí, más para mí que para él.
—Sí —su voz no tembló—. Así que tendremos que ir más seguido. Ayudar al ejército. Estar en primera línea cuando aparezcan.
La idea se asentó en mi pecho como una piedra.
—Si son tan peligrosos —comencé con cuidado—, quizá sería mejor no enfrentarlos directamente. Buscar otra estrategia. Algo menos frontal.
Markus dejó escapar una risa breve, sin humor.
—No podemos no hacerlo, Jassiel. Están matando gente.
Lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Las noticias, las cifras y los rostros mostrados en televisión. Pero saberlo no hacía que la imagen de su cuerpo golpeado frente a mí fuera menos real.
—Lo sé —murmuré—. Pero incluso tú eres vulnerable a cosas como esa.
No necesitaba decir la palabra. Ambos entendíamos a qué me refería. A la brujería, a energías que no obedecen la lógica ni la ciencia. A fuerzas que no se combaten con fuerza física.
Markus giró ligeramente el torso para mirarme por encima del hombro. Sus ojos dorados no mostraban miedo, mostraban decisión.
—Eso ya no importa —dijo con una serenidad que me resultó insoportable—. Es una guerra. Y no me molesta aguantar algo de dolor si con eso puedo salvar personas.
Apreté la esponja con más fuerza de la necesaria. El agua se deslizó por sus hombros, llevándose rastros de sangre diluida. Yo seguía sentado allí, intentando convencerme de que su valentía no era una sentencia.
Dejé de mover la esponja. Me levanté sin decir nada y rodeé la tina hasta sentarme del otro lado, frente a él. El vapor nos envolvía a ambos, desde ahí podía verlo completo, no solo sus heridas, no solo la sangre diluida que aún serpenteaba por su piel, sino la terquedad en sus ojos.
—Aun así me preocupa —dije finalmente.
Me incliné un poco hacia adelante y llevé el pulgar hasta su labio partido. Lo toqué con una delicadeza casi demasiado sutil, limpiando el rastro oscuro que se había quedado atrapado en la comisura.
—Sé cuánto te importa proteger a las personas —continué en voz baja—. Lo sé mejor que nadie. Pero también tienes que ser un poquito egoísta. Ser cuidadoso. No puedes simplemente lanzarte al fuego todo el tiempo.
Él sonrió. No fue una sonrisa amplia, fue esa curva suave que aparece cuando está convencido de algo y no piensa retroceder. Alzó la mano y atrapó la mía antes de que pudiera apartarla, entrelazando nuestros dedos húmedos.
—Nada malo me va a pasar —respondió con calma—. De eso puedes estar seguro.
Quise creerle.
—Solo quiero que seas más precavido —insistí, sosteniéndole la mirada—. Esas personas no tienen piedad y asumo que esos demonios menos.
El brillo en sus ojos se volvió más serio.
—Si no me hubiera lanzado al fuego hoy —dijo—, esas cosas se habrían llevado el alma de todo el pueblo.
Sentí que el aire se volvía más denso.
—¿A qué te refieres?
Markus bajó la voz, como si temiera que incluso las paredes pudieran escuchar.
—Chupan almas, o eso parecía. Dejaron a muchos soldados muertos después de absorberles la energía desde la boca. Era como si los vaciaran.
Me levanté de golpe, incapaz de permanecer sentado ante esa idea.
—Entonces tenemos que hablar con Luis —dije, casi sin pensar—. Debe protegerte de alguna manera.
Luis, el gran brujo verde. Nuestro mentor y e único que yo conocía que sabía demasiado sobre brujería como para tomarla a la ligera. Había sido quien nos enseñó todo sobre nuestros poderes, quien me explicó que la magia no es luz ni oscuridad, sino algo más complejo que solo eso. Si alguien podía entender qué eran los Noctis y cómo enfrentarlos sin que Markus terminara convertido en un cuerpo vacío, era él.
Markus apretó mi mano y tiró suavemente de mí antes de que pudiera dar otro paso.
—Yo hablaré con Luis —dijo con firmeza—. Te lo prometo, pero ahora no quiero estresarte más con esto.
Su tirón no fue brusco, fue insistente. Me obligó a sentarme otra vez en el borde de la tina, frente a él. El vapor volvió a envolvernos, como si el mundo exterior se hubiera reducido a ese pequeño espacio.
—Ahora —añadió, acercándose un poco más—, solo quiero que me des muchos besos.
No pude evitar sonreír. A veces su manera de cambiar el rumbo de la conversación era desesperante. Se inclinó hacia mí, cerrando la distancia con una determinación distinta a la de la batalla. Sus labios buscaron los míos con intensidad contenida, húmedos todavía por el agua y por la sal que no lograba borrar del todo el sabor metálico del día.
Lo besé de vuelta, sosteniendo su rostro entre mis manos con cuidado de no presionar las heridas.
Las sales comenzaron a hacer su trabajo casi de inmediato. Bajo mis manos, los moretones fueron perdiendo ese tono violáceo agresivo, difuminándose hasta quedar apenas como sombras pálidas. Las heridas cerraban con una lentitud elegante, la carne recomponiéndose como si el daño hubiese sido solo una mala ilusión.
Observé en silencio cómo su respiración se volvía más profunda, más estable. El cansancio seguía ahí, pero ya no era esa carga brutal que había traído consigo al cruzar la puerta.
Cuando salió de la bañera, la diferencia era abismal. El vapor se arremolinó a su alrededor mientras se secaba y se vestía, y por parecía que la escena estaba coreografiada. Terminó con una camisa blanca, desabotonada en la parte superior, dejando ver la línea firme de su pecho, el cabello dorado perfectamente acomodado hacia atrás, la postura erguida e impecable, como si jamás hubiera estado cubierto de sangre hacía menos de una hora. Había algo en él que siempre lograba ese efecto, es que podía atravesar el infierno y aún así salir con el porte intacto, como un caballero regresando de la guerra.
—¿Me acompañas al domo? —me pidió, ajustándose las mangas de la camisa.
Asentí sin preguntar demasiado. Si quería ir ahí después de lo que me había contado, entonces era importante.
El domo era básicamente el centro logístico de la Liga Luminis. La liga de superhéroes más poderosa del mundo, la nuestra. Desde lejos parecía una joya incrustada en medio del bosque: una estructura gigantesca en forma de cúpula, cristal y acero entrelazados en una arquitectura limpia y avanzada. Bajo su superficie transparente habían sistemas de defensa invisibles, un escudo tecnológico que lo volvía casi impenetrable. Allí se coordinaban misiones, había entrenamientos, se monitoreaban amenazas y se tomaban decisiones muy importantes.
Salimos de la mansión y el aire casi nocturno nos envolvió con ese olor húmedo a tierra y hojas. Antes de que pudiera dar un paso más, Markus me rodeó con un brazo y, sin esfuerzo, me alzó en brazos.
—Vamos despacio —murmuró.
El suelo se alejó con suavidad mientras ascendíamos. Sentí el viento golpearme el rostro, colándose entre mi cabello. Desde esa altura, el bosque se extendía como un océano oscuro bajo nosotros, las copas de los árboles se movían en sincronía.
Volar era uno de sus grandes dones. No era solo desplazarse por el aire, era hacerlo con gracia, con esa ligereza que recordaba a las representaciones antiguas de ángeles descendiendo del cielo. Sus brazos me sostenían con firmeza y su cuerpo irradiaba calor.
El domo apareció entre la espesura del paisaje, iluminado desde dentro, como un Sol azul encapsulado en cristal. Mientras nos acercábamos, el escudo invisible vibraba apenas con una frecuencia que yo podía sentir bajo la piel.
Aferré mis manos a su camisa blanca mientras descendíamos frente a la entrada principal. El viento se calmó cuando sus pies tocaron el suelo. Él me bajó con cuidado, como si temiera que pudiera romperme.
Markus tomó mi mano apenas cruzamos el umbral principal. Las puertas automáticas se abrieron después de que el escáner reconociera el patrón de su iris, una línea azul recorrió su pupila y el sistema emitió un sonido suave de aprobación.
Dentro, el ambiente era distinto al dramatismo que uno imaginaría. No había caos ni gritos. Había eficiencia, personas caminando con tabletas holográficas en las manos y conversaciones en voz baja. Oficinas elegantes separadas por paneles de cristal, pantallas gigantes mostrando mapas, gráficas, cámaras. Todos sabían lo que hacían.
Markus no soltó mi mano. Me guió por un pasillo largo, iluminado por líneas de luz blanca incrustadas en el suelo, hasta el ascensor. Descendimos en silencio hacia los niveles subterráneos. Cuando el ascensor se abrió, di un paso al frente y entonces sentí sus manos cubrirme los ojos desde atrás.
Solté una risa inmediata.
—¿Qué haces?
Su voz, cerca de mi oído, tenía ese tono divertido que rara vez usaba.
—Solo camina. Confía en mí.
Lo hice. Avancé despacio, guiado por la presión suave de sus manos y por su cuerpo detrás del mío. Podía sentir su respiración cerca de mi cuello. Dimos unos cuantos pasos más y luego se detuvo.
Sus manos se apartaron.
Parpadeé, adaptándome a la luz tenue.
Frente a mí había una mesa redonda cubierta con un mantel blanco. Velas altas y delgadas ardían con llamas pequeñas, proyectando sombras suaves contra las paredes de concreto pulido. Copas de cristal fino reflejaban destellos cálidos, la vajilla era elegante, discreta, perfectamente alineada. La iluminación era baja, casi coqueta, diseñada para envolverlo todo en una intimidad intensa.
El escenario era perfecto, ¿pero para qué? Fue entonces giré hacia él.
Markus estaba arrodillado.
Por un segundo, mi mente simplemente no procesó la imagen. Su postura era firme, pero su mirada, su mirada no era la del guerrero que enfrentaba demonios ni la del líder que daba órdenes. Era tierna, vulnerable, tan humana.
En su mano sostenía un anillo.
Dorado. Simple en su estructura, elegante sin exceso. Y en el centro, un zafiro brillante que capturaba la luz de las velas y la devolvía con un azul profundo, casi hipnótico. Exactamente el tipo de diseño que siempre me había gustado. Sin ornamentos innecesarios.
—Hemos estado juntos varios años —dijo, su voz más suave de lo que jamás la había escuchado—. Y conocerte fue de las pocas cosas realmente bonitas que me han pasado.
Tragué saliva.
—No imagino mi vida sin ti —continuó—. Y por eso ya no quiero esperar más. No quiero seguir siendo solo tu novio. Quiero más.
Mi corazón latía con una fuerza dolorosa.
—¿Quieres casarte conmigo?
La pregunta flotó entre nosotros como ninguna otra.
Diecinueve años. Mi edad apareció en mi mente con brutal claridad. Diecinueve. ¿Era demasiado joven? ¿Era precipitado? ¿Era irresponsable prometer algo eterno cuando aun no terminaba de crecer?
Pero también sabía otra cosa, que lo deseaba.
Lo había deseado en silencio, en los momentos en que lo veía entrenar bajo el sol. En las noches en que se quedaba despierto escuchándome hablar de mis visiones. En cada vez que volvía cubierto de polvo y aun así sonreía al verme.
El miedo existía, pero el amor también.
Asentí.
No fue un gesto exagerado, fue muy discreto.
Los segundos siguientes pasaron sin que me diera cuenta. El anillo atravesó mi dedo anular y se ajustó con una precisión perfecta, el zafiro brillando contra mi piel bajo la luz de las velas. Markus se puso de pie de inmediato y me sostuvo el rostro antes de besarme, esta vez sin urgencia, sin sangre, sin desesperación.
Cuando nos separamos, aún aturdido, solté una risa incrédula.
—Me engañaste para venir.
Él rió, esa risa clara que siempre lograba desarmarme.
—Quería que fuera una sorpresa. Aunque contigo eso es complicado.
Alcé una ceja.
—¿Por qué?
—Bueno, mi amor, lees mentes.
No pude evitar reírme.
—Jamás leería tu mente sin permiso.
Y era verdad. Entre nosotros, incluso con todos nuestros poderes, había límites que yo no cruzaba por moralidad.
Markus apoyó la frente contra la mía, todavía sonriendo.
—Qué bueno que no lees mi mente —murmuró—. Ya estarías cansado de escuchar cuánto te amo una y otra vez.
Solté una risa baja.
—No necesito leerte la mente. Te esfuerzas demasiado en hacérmelo notar.
Sus dedos se deslizaron hasta entrelazarse con los míos, jugando con el anillo recién puesto como si aún no pudiera creer que estuviera ahí.
—¿Me amas? —preguntó entonces, y aunque lo dijo con ligereza, había algo serio detrás de la pregunta.
Lo miré.
—Sí. ¿Cómo podría no amarte?
Sus labios se curvaron apenas, pero su mirada se volvió reflexiva.
—Hay muchas razones válidas para dudar de esto —dijo en voz baja.
Negué con suavidad.
—No siento dudas.
Era mentira. Una pequeña, discreta, casi imperceptible. Pero en ese instante necesitaba que fuera verdad.
Él sostuvo mi rostro entre sus manos.
—Yo tampoco dudo —respondió—. Y menos con cómo han estado las cosas. No quiero perder ni un día más.
La frase quedó suspendida entre nosotros, cargada de una urgencia que iba más allá del romanticismo.
Entonces añadió, casi como quien deja caer un dato trivial.
—Aproveché mi visita a Neo México para pedirles permiso a tus papás.
Parpadeé.
—¿Qué?
La sorpresa me atravesó más fuerte que la propuesta misma.
—Fui a verlos, me escapé y tal vez me castiguen —repitió con calma—, pero quería hacer esto bien.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Y qué dijeron?
Markus dudó apenas un segundo.
—No estaban muy seguros —admitió—. Pero aceptaron.
Exhalé lentamente.
—Sabían que somos jóvenes. Me lo dejaron mu claro, pero —me miró con una convicción que casi dolía—, nunca he estado tan seguro de algo en mi vida.
El anillo pesó un poco más en mi dedo.
—¿Cómo los viste? —pregunté de inmediato—. ¿Están bien?
La guerra siempre encontraba la forma de colarse en cualquier conversación.
—Están bien —aseguró—. Muy bien protegidos. Hay soldados, drones de vigilancia, sistemas de defensa nuevos en toda la casa. Nada malo les va a pasar.
Asentí, aunque la palabra "nada" en tiempos como esos sonaba siempre demasiado optimista.
Suspiré.
—Los extrañas, ¿verdad? —preguntó con suavidad.
Lo miré como si la respuesta fuera obvia.
—Claro que los extraño. Pero jamás los arriesgaría trayéndolos con nosotros, no es lugar para ellos. Al menos saber que están bien me tranquiliza.
Markus apretó mi mano.
—Haré lo posible para que puedan reunirse pronto. Cuando sea seguro, pero por ahora es mejor así.
Sonreí.
No respondí. No sabía cómo hacerlo y él lo notó. Siempre lo notaba, así que no insistió.
En cambio, inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Tienes hambre?
Asentí.
Con un gesto casi ceremonial, acomodó la silla frente a la mesa y la sostuvo para que me sentara. El gesto fue tierno, exageradamente correcto, como si estuviéramos en otro siglo y no en un búnker subterráneo bajo una cúpula reforzada contra un misil nuclear.
Me senté.
Las velas ya muy derretidas seguían ardiendo con calma.
Todo debería sentirse bien y, sin embargo, algo no encajaba.
Era una sensación mínima, tonta. Como el clavo diminuto sobresaliendo en el cojín de la silla. No lo suficiente para impedir que me sentara, pero sí lo suficiente para picar mi piel.
Un presentimiento, un mal presagio. Algo que ni un ejército entero, ni todos los drones del mundo, ni el escudo tecnológico del domo podrían aliviar. Algo malo estaba ahí.