La Neblina Blanca: Espíritu Territorial.

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Summary

En el final de su tumba, donde el mundo la había enterrado con sus reglas y suspiros, ella despertó. No fue un milagro. Fue una sentencia. La joven que una vez se arrastró por promesas vacías, ya no existía. La muerte la había despojado de todo: nombre, familia, fe, miedo. Y en ese vacío absoluto le entregó lo único que siempre había ansiado: permiso. La moral quebraba como cristal fino. Las leyes que la atan a la obediencia, ardían en brasas. Los lazos de sangre se disolvieron como humo; ya no era hija, ni hermana, ni nada que no eligiera ser. La religión, esa jaula dorada, yacía a sus pies hecha trizas. Ella sonrió. Una sonrisa lenta, afilada, que sabía a libertad y a venganza dulce. Su ego, por fin desnudo y soberano, se levantó como una reina recién coronada en las ruinas de su antigua vida. Ya no buscaba un cambio. Era el cambio. Que el mundo había creado sin saberlo, y que ahora regresaba para devorarlo. Que tiemblen los que aún creen en cadenas. Ella ya no tiene ningúna.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1, parte 1: El Bosque.

Las carreteras selváticas de Brasil presentan una imagen de una joven, sucia pero no cansada. Su mirada, apagada, es la misma de siempre, como en su infancia. Ella camina con determinación por el pavimento, hasta que decide cambiar de ruta para encontrar un río, confiando en sí misma.

Apartando las hojas, apartando los brazos de los árboles y evitando toda vida venenosa, una lección aprendida por las malas, la joven se abre paso entre la espesa vegetación. Aunque no pueda envenenarse, no desangrarse hasta quedar fría, no ahogarse ni con bebidas alcohólicas, sentir todo el dolor que lleva a la muerte y no hacerlo. No morir.

Finalmente, la joven llega al río y se lava las manos. Para su sorpresa, sus manos siguen siendo suaves, sin signos de trabajo, a pesar de los desafíos de su viaje. Resoplando, se da cuenta de que no tiene cicatrices que delaten sus aventuras.

Vio a la lejanía, de la amplia extensión del caudaloso río Paraná, la anhelada frontera del país que buscaba. El país que en su nombre hace referencia a la plata. Ella lo mira con desesperación, preguntándose cómo logrará cruzar esa barrera acuática que la separa de su destino.

Resopla, imaginando lo absurdo y peligroso que sería intentar atravesar a nado esa imponente corriente. Decidida a encontrar una solución, hurga en su mochila y saca un hacha pequeña, cuatro cintas adhesivas y una soga. Con determinación, comienza a preparar su cerebro para idear una alternativa: una balsa improvisada.

Sus ojos escudriñan el entorno en busca de los elementos necesarios para construir esa improvisada embarcación que le permita cruzar al otro lado. Su mente trabaja a toda velocidad, imaginando la estructura que deberá ensamblar para sortear ese obstáculo acuático que se interpone entre ella y la frontera de su nuevo hogar

Tras arduos esfuerzos, la joven consigue construir una frágil balsa improvisada con las ramas y las cintas adhesivas que llevaba consigo. Tomando una profunda respiración, se embarca en la peligrosa travesía a través del caudaloso río.

Las aguas turbulentas se ciernen sobre ella, sacudiendo con violencia la precaria embarcación. Debe aferrarse con todas sus fuerzas a los troncos y ramas que la sostienen, luchando contra la fuerza de la poderosa corriente que amenaza con arrastrarla. A cada momento, teme que la estructura se desmorone y la arroje al torrente, condenándola a un final trágico.

Sin embargo, la joven no se rinde y continúa remando con desesperación, utilizando la soga para impulsarse y mantener la balsa a flote. Sus músculos se tensan por el esfuerzo y su corazón late desbocado, pero ella sigue avanzando, determinada a alcanzar la otra orilla.

Después de lo que parece una eternidad luchando contra la furia del río, finalmente, con un suspiro de alivio, redoblando sus esfuerzos, logra llegar hasta el embarcadero y dejar su destruida balsa. Agotada pero triunfante, ha conseguido cruzar y alcanzar el país que le servirá como nuevo hogar.

Tras la agotadora travesía a través del peligroso río Paraná, la joven por fin divisa a lo lejos un pequeño muelle con embarcaciones turísticas. Un insulto brota de sus labios al ver los llamativos carteles publicitarios que ofrecen descuentos por paseos en motos de agua y lanchas.

Murmura con amargura, apretando los puños con frustración. Mientras contempla las cómodas y seguras embarcaciones, con desaliento cómo su frágil balsa improvisada casi se destroza por completo en medio de la turbulenta corriente. Casi pierde la vida en un esfuerzo que, ahora se da cuenta, pudo haber sido evitado.

Agotada tanto física como mentalmente, la joven se deja caer de rodillas sobre la arena de la orilla. Kilómetros y kilómetros de sufrimiento, soportando el calor abrasador, el hambre y la suciedad, solo para llegar a un lugar donde podría haber cruzado el río de manera mucho más sencilla y segura. Una amarga sensación de haber desperdiciado tanto esfuerzo la invade, mientras lucha por recuperar el aliento.

Con un suspiro de resignación, se pregunta si acaso todo este viaje infructuoso habrá valido la pena. Tal vez si hubiera prestado más atención a los detalles, habría encontrado una alternativa mucho más eficiente para llegar al otro lado. Ahora, solo le queda levantarse y enfrentar su nuevo comienzo.

Decidida a refrescarse y quitarse la mugre acumulada durante su arduo viaje, la joven se sumerge en las aguas del río. Pero justo cuando se dispone a salir, una traicionera brisa hace volar la arena, que se pega a su ropa mojada.

Un gesto de profundo enojo se dibuja en su rostro, pero hace un esfuerzo por contenerse. Con un resoplido de frustración, se deja caer de nuevo sobre la arena, maldiciendo su mala suerte. Parecía que nada le salía bien, ni siquiera el simple hecho de llegar a su destino.

"¿Acaso es mucho pedir que pueda disfrutar de un poco de tranquilidad?", se pregunta con amargura, observando con rencor la orilla opuesta. A pesar de todo, no puede evitar sentir una leve chispa de esperanza, pues estar allí significa que está un paso más cerca de su nueva vida.

—No olvidaré esto, Argentina. —murmura con sarcasmo, mientras se pone de pie con un esfuerzo sobrehumano— No olvidaré que me has traído nada más que mala suerte. —suspira, resignada, y comienza a caminar hacia la ciudad, envuelta en una nube de arena y frustración.

Todo el día se dedicó a armar su carpa, lejos de la ciudad para evitar las autoridades. Si hacía esfuerzos en sus ojos, podía ver las luces de las farolas públicas. Chasqueo su boca, en frustración de que no consigue prender su fogata.

La luz de la luna llena brillaba con intensidad, bañando con su resplandor cálido y acogedor el pequeño claro en medio del bosque. Lejos del caos y el ruido de la ciudad, había logrado levantar su humilde carpa, un refugio rústico y sencillo que la envolvía con su tranquilidad.

Al mirar a su alrededor, pudo ver las altas y majestuosas siluetas de los árboles, cuyas hojas susurraban una melodía suave al ser acariciadas por la brisa. Las palmeras se erguían como guardianes tropicales. A lo lejos, el canto de los gorriones llenaba el aire con una dulce sinfonía, creando un ambiente sereno y reconfortante. Encendió lentamente la pequeña fogata, observando cómo las llamas danzaban y crepitaban, arrojando sombras cambiantes sobre la tela de la carpa.

Se acurrucó en el interior de la carpa, dejando que la luz de la luna bañara su rostro con calidez. Por fin, después de tanto esfuerzo, pudo disfrutar de la paz que tanto anhelaba. Ya no había luces de farolas públicas, ni el ruido atronador de la urbe. Aquí, en medio de la naturaleza, encontró el refugio perfecto, un espacio en el que poder relajarse y dejar atrás todas sus preocupaciones.

El calor acogedor y el aroma a madera quemada la envolvieron, haciéndola sentir segura y en armonía con su entorno. Aquí, lejos de todo, pudo por fin encontrar la paz que tanto anhelaba.

La leña crepitaba suavemente en la fogata, lanzando destellos anaranjados que bailaban sobre la silueta de su figura. Recostada en la comodidad de su carpa, ella se dejaba envolver por la tranquilidad del bosque a su alrededor.

Una sensación se le cruzó a su mente, y la obedece.

Sus dedos trazaron un camino sinuoso por su piel, explorando con delicadeza sus pechos. Una corriente de placer la recorrió, arrancando un suspiro tembloroso de sus labios entreabiertos. La danza de las sombras proyectadas por el fuego parecía acompañar el ritmo de sus caricias.

Abandonándose a las sensaciones, ella se entregó al calor que la consumía por dentro. Cada caricia, cada estremecimiento, la sumergía más profundamente en un mar de éxtasis. Los latidos de su corazón resonaban en sus oídos, acelerándose mientras se entregaba al placer.

Un gemido ronco, casi reverente, brotó de su garganta. El fuego del placer lo invadió como una marea violenta y avasalladora. Con dedos que temblaban de anticipación, se liberó de los pantalones y dejó caer los calzoncillos, desnudando su anhelo al aire fresco de la naturaleza. Su mano se cerró alrededor de su sexo con una firmeza devota, un ritmo fuerte y preciso que imitaba, con devoción exacta, el vaivén de aquel encuentro grabado en su cuerpo.

Sus dedos recorrieron la piel expuesta, sintiendo cada suave curva y cada lugar sensible. Un estremecimiento la recorrió, avivando el fuego que ardía en su interior. Cerró los ojos, dejándose llevar por las sensaciones. Cada caricia envió oleadas de placer que la sumergían en un mar de éxtasis. Sus agarré danzaban con ritmo, arrancando suspiros temblorosos de sus labios entreabiertos. 

Esa pasión inagotable despertaba una vez más. No era un fuego que se consumiera; era un sol eterno, siempre dispuesto a fluir hacia la orilla de su deseo, a saciarse en la memoria de una mujer que lo había marcado para siempre.

Su imaginación se deslizaba, suave y febril, por los recuerdos de pieles que se fundían como seda bajo la luna. Revivía el peso dulce y generoso de aquellos pechos grandes, que se mecían contra su pecho como olas cálidas en un mar de entrega. Sentía, con una nitidez que cortaba el aliento, el vasto y voluptuoso contorno de su trasero, presionando su pelvis en un abrazo profundo, posesivo, que lo hundía en un abismo de placer donde los límites del cuerpo se borraban. Y allí estaban los besos: húmedos, lentos, con esa saliva tibia que sabía a rendición, un néctar que aún le ardía en los labios.

Cada caricia era un eco fiel del pasado: el balanceo de caderas, el roce de carne contra carne, el susurro de suspiros entremezclados. El placer se elevaba, dorado y ardiente, como si el fuego que había sellado aquella noche en su memoria aún lamiera su piel desde dentro. No era solo carne; era amor hecho carne, deseo hecho eternidad, un ritual solitario donde ella seguía presente, viva, palpitante en cada latido acelerado de su corazón.

Pero los recuerdos se torcieron con un martillo contra el espejo agrietado de su mente, y la imagen de ella (aquella que aún ardía con el deseo) se desfiguró en un instante. 

La carne desnuda, antes tibia y entregada, yacía ahora profanada sobre un suelo rojo y húmedo. La sangre, negra como tinta de sepulcro, brotaba de múltiples perforaciones de bala que le atravesaban el torso, el vientre, los muslos. Cada herida era un ojo rojo y abierto, un estigma que palpitaba con vida propia. El charco se extendía alrededor de su cuerpo como un halo blasfemo, reflejando la silueta de ella congelada en el umbral de la memoria. 

Sus ojos se clavaban en él desde el borde mismo de la muerte. Pupilas dilatadas, vidriosas, pero aún cargadas de una ternura terrible. Los labios, pálidos y temblorosos, se entreabrieron por última vez. La voz llegó como un susurro que atravesaba el tiempo, como si las paredes mismas de su mente la repitieran en eco infinito:

—Es tu turno de vivir, Shula… Tu turno… de ser libre.

El sonido se hundió en su pecho como un puñal de hielo. La lujuria, aquella marea dorada y febril, se extinguió de golpe. No fue un apagón suave: fue un ahogo brutal. El placer se convirtió en ceniza en su lengua. 

Y entonces lo sintió de nuevo. 

El otro corazón. 

No latía dentro de su caja torácica. No era suyo. Estaba… fuera. En algún lugar entre las sombras de su cuerpo, o quizá dentro de su espíritu, o tal vez adherido a su propia espalda como un parásito invisible. Un segundo pulso, lento, profundo, ajeno. Un latido que no obedecía a su sangre. Lo sentía con una claridad nauseabunda: cada contracción ajena tiraba de sus venas como hilos de marioneta. Su propio corazón (el que aún le pertenecía, o eso creía) se contraía en respuesta, esclavo obediente, sincronizándose contra su voluntad. 

Era una sensación alienígena, viscosa, como si un ser sin forma hubiera anidado en el hueco entre sus costillas y ahora respirara a través de él. Su cuerpo, antes templo en formación, ya no era suyo. La piel se le erizaba con un frío que no provenía del aire, sino de dentro. Los músculos se tensaban por órdenes que no daba. Los dedos, aún cerrados alrededor de su sexo, se movieron solos un instante, como si la otra voluntad probara su control. 

Shula se miró las manos bajo la luz agonizante de la luna. Eran las mismas manos que habían acariciado aquella piel ahora destrozada… pero ya no eran humanas. Eran instrumentos. Carne prestada. Un recipiente que había perdido su derecho a la humanidad el día en que ella murió por ella misma. 

El otro corazón latió una vez más, más fuerte, más cerca. Casi podía oírlo susurrar en la oscuridad: Libre… 

Y Shula supo, con un terror que le heló la médula, que la libertad que había conseguido con su último aliento era, en realidad, la más cruel de las cadenas. Porque ya no vivía. 

Y el otro corazón… seguía latiendo. Siempre.

«Fui egoísta», pensó Shula, y la palabra se le clavó en la garganta como un anzuelo oxidado, tirando hacia abajo hasta que el nudo se hizo carne y hueso. 

El aire, ya cargado de sombras y del eco de aquel segundo corazón, se volvió más denso, casi líquido. Se ahogaba en él. Sus dedos, aún manchados por el recuerdo de la piel que había acariciado, se cerraron con tanta fuerza que las uñas se hundieron en las palmas, abriendo medias lunas rojas que no sintió. La sangre real, la suya, brotó tibia y lenta, pero no era suficiente. Nunca lo sería. 

“Tomé lo que necesitaba sin pensar en lo que eso significaba para ella”. 

La frase se repitió dentro de su cráneo como un latido ajeno, más fuerte que el suyo propio. Recordó cómo había suplicado por la libertad: de rodillas en la humillación, con la voz rota, ofreciendo todo lo que era y todo lo que sería. Había deseado escapar de las cadenas invisibles que lo ataban a su antigua vida, a su cuerpo, a su destino. Lo había deseado con cada fibra, con cada aliento, con cada gota de deseo que aún ardía en su memoria. Y fué escuchada. 

La libertad llegó. 

Pero llegó envuelta en el cuerpo desnudo de ella, perforado por balas que nunca deberían haber existido.

“Aunque sigo sin saber cómo arreglar el deseo…”. 

El deseo. Aquel monstruo que aún le palpitaba entre las piernas, traicionero, hambriento, indiferente al horror que sé había provocado. Shula se dobló hacia adelante, la frente contra las rodillas, y un sollozo seco le rasgó el pecho. No lloraba lágrimas; lloraba algo peor: pedazos de sí misma. Cada recuerdo de placer se convertía ahora en un cuchillo que se giraba contra sus entrañas. Había comprado su libertad con la vida de ella. Había firmado el contrato con su propia lujuria. 

Y el otro corazón lo sabía. 

Lo sentía latir más cerca, casi pegado a su columna vertebral, como una boca invisible que se alimentaba de su lujuria. Cada contracción ajena succionaba un poco más de su humanidad. Sus hombros se sacudieron. Las manos, aquellas que habían apretado el placer minutos antes, se alzaron solas y comenzaron a arañarse el pecho, dejando manchas rojas sobre la piel. No las detuvo. Quería que doliera. Quería que el dolor físico borrara, aunque fuera un segundo, el peso insoportable de saber que ella había muerto para que él pudiera seguir respirando. 

«El precio fue alto. Demasiado alto». 

Pero el latido ajeno solo se hizo más débil, más insatisfecho, como si su culpa fuera el repelente perfecto. 

Shula lo notó al instante: el pulso extraño, aquel parásito invisible que se nutría, comenzó a flaquear. Cada vez que la culpa lo inundaba (fría, espesa, conocida) el corazón ajeno se retraía, disgustado, como una boca que rechaza un alimento amargo. Y en ese rechazo, Shula encontró su único consuelo. 

Se hundió profundamente en su cama de la carpa, no como quien huye, sino como quien regresa a casa. Era cómoda, familiar, un abrazo de plomo que lo envolvía sin pedir nada a cambio. Se acurrucó en él como en una manta raída, dejando que el peso de la culpa lo aplastara suavemente, casi con ternura. Era mejor así. Era seguro. 

No quería sentir el otro corazón. No quería que volviera a hincharse, ávido, exigiendo más lujuria para latir con fuerza. Aquí, Shula podía fingir que aún era dueño de algo, aunque solo fuera de su propia ruina.   

Al menos en este abismo gris, el dolor era solo suyo. 

Al menos aquí, podía desaparecer sin que nadie (ni siquiera el monstruo dentro de él) lo notara.

Las llamas crepitaban bajas, rojizas, lamiendo la noche con lenguas perezosas que no conseguían calentar nada más que el aire inmediatamente alrededor del ambiente. El humo olía a resina húmeda y a culpa antigua. 

Era un pensamiento que no podía evitar, aunque supiera con la certeza fría de quien ha repetido la misma ecuación mil veces, que el pasado era una habitación cerrada con llave y sin ventanas. La prostituta, Naty, había pertenecido a un mundo de violencia barata y silenciosa: calles que olían a orina y a destrucción, un cuerpo que nunca le había pertenecido del todo. Y entonces llegó Shula, como una tormenta repentina y egoísta. Irrumpió en su vida exigiendo calor, exigiendo olvido, exigiendo que ella fuera el recipiente de su propia desesperación. Tomó lo que necesitaba (la carne, la entrega, la ilusión de libertad) y se marchó dejando un vacío que nadie, nunca, podría llenar. 

«¿Y si hubiera llegado antes?», se preguntó por enésima vez, y la pregunta se pudrió en su boca. «¿Y si hubiera hecho algo diferente? ¿Podría haberla salvado?». 

Las palabras giraban en círculo, absurdas, inútiles. Sabía que no servían para nada. El universo no negociaba con los “y si”. El universo solo observaba, indiferente, mientras los humanos se destrozaban intentando darle sentido a un guion escrito por un dios borracho. 

La ironía era tan negra, tan perfecta, que casi resultaba cómica. Una prostituta que había cumplido el egoísmo de otro ser humano, pagando con su vida el precio de un deseo ajeno. Una mujer atrapada en su propia carcel, que había soñado con liberarse y lo había conseguido… pero solo después de que el daño ya estuviera hecho. Solo después de que su cuerpo desnudo yaciera perforado en un charco de sangre, susurrando con su último aliento la libertad que Shula tanto había suplicado. 

Shula apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. El calor de la fogata comenzaba a sofocarlo, no por el fuego mismo, sino por lo que representaba: una luz inútil, un intento patético de calentar un alma ya congelada. El sudor le corría por la espalda, pero era frío. Todo era frío por dentro. 

«El mundo es una broma cruel», pensó con una amargura que le supo a ceniza. 

Y sin embargo, incluso en medio de esa desesperación que lo envolvía como una segunda piel, no podía negar la empatía que le nacía hacia Naty. Apenas la había conocido (unas cuantas noches de carne), y aun así su tragedia lo había marcado como un hierro al rojo. Sentía su dolor como propio: el peso de una vida que nunca eligió, la humillación cotidiana, la esperanza frágil que ella misma había pisoteado sin darse cuenta. Era absurdo sentir tanto por alguien que, en el gran teatro del universo, no era más que un personaje terciario. Pero ahí estaba el absurdo existencial, el verdadero horror: que en un cosmos sin sentido, donde nada importaba, el corazón humano siguiera empeñado en importarle todo. 

Shula soltó una risa seca, corta. Nada tenía sentido. Ni su deseo, ni su culpa, ni la muerte de ella, ni siquiera este fuego que ardía solo para recordarle que seguía vivo.   Y en esa inutilidad absoluta, en esa broma cósmica que lo obligaba a seguir respirando, Shula comprendió que la verdadera condena no era el otro corazón latiendo en su espalda. 

Shula salió de su carpa, apagó la fogata con un manotazo teatral, como si la arena que había acumulado con tanto cuidado fuera un enemigo personal. El chorro grisáceo cayó desordenado, medio sobre las brasas, medio sobre sus botas ya gastadas, y un siseo de vapor se elevó como un suspiro de derrota. 

—Perfecto. —masculló, sacudiéndose las manos con asco.

Shula entró en la carpa arrastrando los pies, cerró la cremallera con un tirón brusco (porque, claro, la cosa siempre se atascaba a la mitad) y se dejó caer sobre el delgado aislante que hacía las veces de cama. El cansancio mental pesaba más que cualquier mochila: era ese peso pegajoso de quien ha pasado la noche peleando con fantasmas que no tienen la decencia de quedarse muertos. 

Aun así, cerró los ojos. Y se fue a dormir. 

Despertó sobresaltada, con el corazón latiéndole en la garganta y el sudor perlando su frente como gotas de rocío indeseadas. Se incorporó de golpe, golpeándose la cabeza contra el techo bajo de la carpa. 

—¡Uf, solo fue una pesadilla! —suspiró, aliviada, mientras se frotaba el chichón naciente. 

Los rayos del sol se filtraban a través de la tela raída, pintando rayas doradas sobre su cara. Hermoso, sí, pero el incesante zumbido de los insectos (mosquitos, jejenes, lo que sea que hubiera decidido desayunarla a ella) le impedía disfrutar de la supuesta tranquilidad. Se tapó los oídos un segundo, gruñó y se levantó con la gracia de un gato mojado. 

Tomó su ración de pan del día anterior, duro como piedra, con esa textura que solo se consigue después de dos noches guardado en la mochila y le dio un mordisco resignado. 

—Delicioso. —dijo en voz alta, sarcástica— Pan de lujo para la reina de la carretera. Podría cobrar entrada por esta experiencia gourmet. 

Decidida a no empezar el día oliendo a fogata y a desesperación, agarró su jabón (lo que quedaba de él, un trocito patético) y la toalla raída, y se dirigió al río cercano. El agua estaba helada, como siempre. Shula se metió hasta las rodillas soltando gruñidos

—Odio esto. Odio esto con toda mi alma quisquillosa. —refunfuñó mientras se enjabonaba con movimientos rápidos y precisos, como si el jabón pudiera ofenderse si no lo hacía bien— Pero qué se le va a hacer. Una vagabunda no puede andar oliendo a perfume de boutique. Aunque, la verdad, un poquito de vainilla no me vendría mal… 

Salió del agua tiritando, se secó con la toalla y se quedó un momento bajo el sol, dejando que los rayos le calentaran la piel. 

—Al menos el sol cumple su parte. —murmuró, observándolo con ojo crítico— Cumple, pero no se esfuerza demasiado. Podría brillar un poco más fuerte, ¿no? Para compensar. 

Sin embargo, al tocar su ropa, la nariz se le arrugó. El olor a mar viejo, a sal y a noches de playa improvisada seguía impregnado en la tela como un invitado que no quiere irse. Y el jabón para lavarla… se había acabado hacía tres días. 

—¿Para qué me preocupo por el olor? —se lamentó, poniéndose la camiseta con un gesto de fastidio— De todas formas, no es como si fuera a conseguir trabajo aquí. ¿Quién contrata a una chica que huele a puerto abandonado y lleva arena en los bolsillos? Nadie. Absolutamente nadie. Pero bueno, al menos soy consistente. 

Ser una joven vagabunda tenía sus ventajas, siempre y cuando la policía de protección infantil no la pillara con las manos en la masa. Shula sabía moverse: era ligera, rápida y, sobre todo, tenía esa cara de “no me jodas que yo ya he visto más que tú”. Dobló la carpa con la precisión de quien ha repetido el ritual mil veces (aunque siempre maldecía el último gancho que se resistía), la metió en la mochila y se echó al hombro el bulto completo. 

—Listo. Otro día en el paraíso de los sin techo. —dijo, ajustándose las correas con un gruñido— Vamos a memorizar calles, a sonreírle a los tenderos y a mendigar con estilo. Mucho. 

Y así, con el sol calentándole la espalda y el zumbido de los insectos como banda sonora de fondo, Shula se adentró en la ciudad.

Recorrió las cuadras concurridas con el paso ligero de quien finge que todo está bajo control. Sonreía con una sinceridad tan exagerada que casi le dolían los músculos de la cara cada vez que alguien le lanzaba una moneda o un billete arrugado. 

—Gracias, señor, que Dios lo bendiga y le multiplique el sueldo. —decía, inclinando la cabeza como una actriz de telenovela barata— Y que nunca se le acabe el cambio, que es lo más importante. 

Los billetes tintineaban en su bolsillo como una orquesta de esperanza mínima. Pero pronto el laberinto urbano empezó a jugarle sucio. Las calles se parecían todas: el mismo gris sucio de las aceras, los mismos puestos de choripán que olían a cebolla quemada, los mismos carteles descoloridos de “Se alquila” que nadie leía. 

—¿Cómo mierda voy a encontrar el camino de vuelta a la carpa si no puedo recordar ni una sola calle? —se regañó en voz baja, deteniéndose en una esquina con los brazos en jarra.— Soy un desastre, un GPS con Alzheimer. 

Miró a su alrededor con esa desesperación que solo una vagabunda quisquillosa puede sentir: no era miedo todavía, era pura indignación. La ciudad se había convertido en un laberinto sin fin, y ella, la reina de las malas decisiones, estaba en el centro exacto del problema. 

—Bueno, supongo que tendré que improvisar. —murmuró, encogiéndose de hombros como si el destino le debiera una explicación.— Después de todo, ¿qué es la vida sin un poco de aventura? ¿Verdad? 

Con una sonrisa desafiante que era mitad valentía y mitad “a la mierda todo”, Shula se adentró aún más en las calles. Porque retroceder habría sido lo lógico. Lo sensato. Lo aburrido. Y ella, por supuesto, nunca elegía lo aburrido. 

Y salió mal. 

Muy mal. 

Las cuadras limpias y transitadas se fueron transformando poco a poco en un dédalo de sombras y olores peores. El asfalto se volvió más roto, los edificios más bajos y amenazantes, con rejas oxidadas y grafitis que parecían advertencias en un idioma que nadie quería traducir. La gente cambió también: ya no eran oficinistas apurados ni señoras con bolsas del supermercado. Ahora eran malandros con miradas que pesaban más que cualquier mochila, tipos con ojos vidriosos que se apoyaban en las paredes como si el mundo les debiera un trago, y grupos de adolescentes que la miraban como si fuera un billete de lotería con patas. 

Shula sintió cómo se le erizaba la piel, pero en lugar de dar media vuelta como cualquier persona con dos dedos de frente, aceleró el paso. 

—Genial. —susurró entre dientes, con mierda negra goteando de cada palabra.— Justo lo que necesitaba: un tour guiado por el barrio donde las estadísticas de desaparecidos se ponen interesantes. Porque claro, Shula, cuando te pierdes, lo lógico es ir más adentro del peligro. Brillante estrategia, campeona. 

Intentó retroceder por donde había venido, pero al doblar la esquina se topó de frente con un grupo de cuatro tipos que olían a alcohol barato y malas decisiones. Uno de ellos silbó. Otro sonrió de una forma que no tenía nada de amable. 

—Uy, no —dijo Shula en voz alta, como si estuviera conversando con una amiga invisible—. Ese camino está cerrado por obras de “posible apuñalamiento”. Cambio de ruta. 

Y, por supuesto, eligió la calle más estrecha, la más oscura, la que se hundía directamente en el corazón de los barrios marginales. Cada paso era peor: un perro flaco le ladró desde un portal, un olor a basura acumulada le golpeó la nariz, y el eco de risas lejanas sonaba demasiado cerca para su gusto. 

—Esto es absurdo. —pensó, riéndose por lo bajo a pesar del nudo que se le formaba en el estómago.— Estoy perdida en la versión mierda de una película de terror, y la protagonista soy yo. La que decide que “improvisar” es mejor que preguntar por direcciones como una persona normal. 

La tensión crecía en el aire como electricidad estática. El corazón le latía fuerte, pero su boca no dejaba de murmurar para sí misma, como si fuera el único escudo que le quedaba. 

Porque claro, ¿qué podría salir mal? 

Todo. 

Absolutamente todo. 

Fue entonces cuando los dos tipos la detectaron como si ella fuera el último choripán de la esquina. 

El flaco, un palo con patas envuelto en ropa deportiva roja que parecía haber sobrevivido a tres incendios, y el gordo, redondo y pulcro como un contador de barrio que se había perdido en el lado oscuro, empezaron a cuchichear con la misma discreción que un megáfono en una biblioteca. Sus voces rebotaban contra las paredes del callejón como si estuvieran discutiendo el precio de la carne en la carnicería. 

Shula sintió el corazón subírsele a la garganta, pero su boca, traicionera de costumbre, murmuró: 

—Genial. Justo lo que necesitaba: un dúo dinámico de la peor chusma. ¿Me van a robar o me van a invitar a un asado? Porque con esa confianza que se tienen, cualquiera diría que están ensayando para un matrimonio. 

Intentó zigzaguear. Corrió, dobló, se metió por un pasaje que olía a meado viejo y a fritanga rancia, buscando cualquier hueco donde desaparecer. Pero los dos idiotas parecían tener un GPS interno programado exclusivamente para perseguir chicas perdidas. Cada vez que ella creía haberlos despistado, aparecían de nuevo, caminando como si fueran dueños del barrio y del aire que respiraban. 

Y la acorralaron. 

El callejón sin salida era perfecto: paredes altas con grafitis que parecían insultos en clave, un contenedor rebosante de basura que olía a muerte dulce y un solo foco parpadeante que iluminaba la escena como un spot de teatro barato. 

—¡Dale, Gordo! Lo tenés sencillo, aprovechá —soltó el flaco, y le soltó una palmada sonora en el culo al compañero, tan fuerte que resonó como un cachetazo de telenovela. 

El gordo lo miró con un asco tan profundo que casi parecía cariño de pareja en crisis. 

—Che, flaco, no me toqués el culo que después te quejás de que te duele la mano —gruñó, acomodándose el peinado impecable como si el golpe hubiera sido una ofensa a su estética personal. 

Shula se preparó. Piernas abiertas, mochila al suelo, puños apretados. Sabía que no era Rocky, pero tampoco iba a morir. 

Agarró dos piedras del piso (una más grande que la otra, porque claro, hasta en la desesperación era quisquillosa) y las lanzó con toda la puntería que le daba el pánico. La primera dio en el hombro del flaco, que soltó un aullido ridículo, como si le hubiera picado una avispa. La segunda rozó la oreja del gordo, que se tocó el lóbulo con cara de ofendido. 

—Mirá vos, la pendeja tiene puntería —dijo el flaco, casi admirado. 

Y entonces vino la lluvia. 

El gordo se abalanzó como un camión cisterna. Sus puños eran martillazos lentos pero pesados, cada golpe cayendo con la misma elegancia que un saco de papas. Shula intentó cubrirse, pero el dolor la dobló. Se hizo un ovillo en el suelo sucio, protegiéndose la cabeza con los brazos, mientras las patadas llegaban una tras otra, rítmicas, casi musicales. 

—Esto es ridículo. —pensó entre dientes, con la boca llena de tierra.— Me están pateando como si fuera una pelota y encima el flaco está tarareando una cumbia. 

Cuando por fin pararon, jadeando como si hubieran corrido una maratón, Shula se levantó tambaleante. La sangre le corría por la comisura de la boca. Sacó el cuchillo pequeño que llevaba escondido en la bota, decidida a vender cara su piel. 

Pero antes de que pudiera usarlo, escupió directo a los ojos del gordo. Un escupitajo perfecto, con toda la rabia y la saliva acumulada de la mañana. 

El gordo retrocedió, cegado, manoteando el aire. 

—¡Hija de puta! —gritó el flaco, y le descargó un golpe demoledor en la sien. 

Shula vio estrellas. Literalmente. Pequeñas lucecitas bailando como en un dibujo animado viejo. 

Y entonces el gordo, todavía limpiándose el escupitajo con la manga de su camisa impecable, sacó su propia navaja. Tres veces. Rápido. Profundo. En los costados, justo donde duele más y donde menos se ve. 

El dolor fue un incendio. Shula abrió los ojos de par en par, aterrada, porque ya conocía esa sensación. Ya había muerto antes. Ya había sentido cómo el cuerpo se apagaba y algo la arrastraba de vuelta. 

“¿Voy a resucitar esta vez?”, pensó mientras caía de rodillas. La sangre caliente le empapaba la camiseta, pegándose a la piel como un secreto vergonzoso. “¿O esta es la definitiva? No estoy lista. No quiero ir al paraíso todavía. Acabo de ganar mi puta libertad y ahora me la van a quitar dos imbéciles que ni siquiera coordinan bien un asalto”. 

El callejón se volvió borroso. El zumbido en sus oídos era más fuerte que el de los insectos de la mañana. Y mientras se derrumbaba sobre el piso frío y sucio, con el sabor metálico en la boca y el corazón latiéndole cada vez más lento, Shula tuvo un último pensamiento quisquilloso, absurdo, casi tierno: 

—Al menos… al menos no me mataron oliendo a fogata. Eso sí que hubiera sido una humillación. 

Y todo se puso negro.

[Primera parte.]