Me Llamaban Yun by SoyRem at Inkitt
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Me Llamaban Yun

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Summary

Doyun nunca quiso ser famoso. Solo quería hacer canciones. Creció en un pueblo que no aparecía en los mapas, con un teclado comprado con el sudor de un verano y tres amigos que se convirtieron en su mundo. Juntos grabaron música en un cuarto forrado de cartones de huevo, sin saber que esas canciones iban a salir de ahí para llegar a millones de oídos. Cuando se vuelve viral, Doyun se convierte en YUN: un nombre, una imagen, un blanco. Porque la fama no llegó sola. Llegó con el odio organizado, con los ataques de cada semana, con la gente que decidió que destruirlo era un pasatiempo.

Genre
Drama
Author
SoyRem
Status
Complete
Chapters
19
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1- El club de los que no sabían nada

Doyun creció en un pueblo que no aparecía en los mapas si no apretabas los ojos y seguías la línea de la carretera hasta un punto donde el asfalto se volvía polvo. Se llamaba Sowon-ri, y lo único que tenía de notable era el campo de arroz que en octubre se volvía un espejo dorado y el tren que pasaba dos veces al día sin detenerse nunca. En Sowon-ri no pasaba nada, y quizás por eso todos los que nacían allí terminaban queriendo irse, aunque al mismo tiempo no supieran bien adónde.

Doyun tenía doce años cuando supo que la escuela exigía clubes extracurriculares. No era opcional. La directora había decidido que “el deporte y el arte forjan el carácter”, así que cada alumno debía inscribirse en uno antes de que terminara la primera semana de clases. Los mayores elegían fútbol o bádminton; los que querían verse interesantes iban al club de teatro. Doyun, que en ese entonces medía un metro cuarenta y tenía el pelo siempre un poco más largo de lo que la escuela permitía, recorrió la lista con el dedo hasta que encontró el que menos trabajo parecía: Club de Música.

—Ahí solo llevan una grabadora y escuchan cosas —le dijo Minjae en el recreo. Minjae era su compañero de banco, el único que le había ofrecido un chicle el primer día y con quien había descubierto que el silencio compartido también podía ser una forma de amistad.

—Mejor que correr bajo el sol —respondió Doyun, encogiéndose de hombros.

Así que firmaron juntos, sin imaginar que aquella decisión de puro trámite terminaría por cambiarles la vida.

El club se reunía los martes y jueves en un salón que olía a madera vieja y a los cuadernos que nadie abría. Lo dirigía el profesor Kang, un hombre de voz suave que en los recreos se sentaba solo a escuchar la radio con los ojos cerrados. Nadie sabía si era profesor de música o simplemente le habían asignado el club porque no tenía otro lugar donde estar. Tenía una colección de discos que guardaba en una caja de cartón, y un viejo reproductor de CD con una pata coja que había que sostener con un libro para que no saltara la canción.

Los primeros días, Doyun se sentaba en una silla al fondo y cumplía. Escuchaba sin escuchar. Miraba el polvo flotando en la luz de la tarde y pensaba en el helado de fresa que vendería la señora Park cuando volviera a casa. Pero el profesor Kang tenía una manera de poner la música que no era la de cualquier adulto. No decía “esto es clásico, esto es moderno”. Decía: “si cierran los ojos, ¿dónde los lleva esto?”.

Y Doyun, sin saber por qué, empezó a cerrarlos.

Una tarde sonó una canción que no podía olvidar. Era de un cantante que después reconocería como Kim Kwang-seok, un hombre que tenía la voz rota pero cantaba como si estuviera diciendo un secreto. La canción hablaba de un camino, de una espera, de algo que se perdía pero que seguía doliendo. Doyun sintió un nudo en la garganta y no supo explicarlo. Eso le pasaba a veces: las cosas se le metían adentro sin pedir permiso.

Cuando terminó, Minjae le susurró: “oye, ¿estás bien?”.

—Sí —mintió Doyun—. Es que me entró polvo en el ojo.

Al lado de ellos, una chica que llevaba un cuaderno azul no dejaba de escribir. Doyun se fijó en que no apuntaba fechas ni tareas, sino frases. Frases sueltas. “No es polvo lo que te entra, es algo que no sabes nombrar”, decía una. La chica levantó la vista y se rio cuando vio que Doyun estaba leyendo.

—Te llamas Doyun, ¿no? Yo soy Hana. Y lo que sentiste no fue polvo.

Él no supo qué responder. Pero esa tarde, cuando llegó a casa, buscó el nombre del cantante en el ordenador de la abuela y escuchó la canción tres veces más. Cada vez le temblaba algo por dentro.

Minjae se fue entusiasmando con el bádminton en los recreos, pero seguía yendo al club porque Doyun iba. Hana nunca faltaba. Y con el tiempo se sumó Sujin, la hermana pequeña de Doyun, que había escuchado a su hermano tararear en la cocina y quería saber de qué iba todo eso. El profesor Kang les prestaba discos, les explicaba quién era cada cantante, les enseñaba que la música no era solo ruido bonito sino una forma de decir lo que las palabras comunes no alcanzaban.

Doyun empezó a quedarse despierto hasta tarde escuchando música con auriculares viejos que se escuchaban peor cuando movías el cable. Descubrió a los cantautores coreanos de los noventa, a los poetas que se hacían canciones, a grupos que mezclaban guitarras con melodías que parecían llorar y reír al mismo tiempo. Algo en todo eso le decía: tú también podrías intentarlo.

Pero no tenía instrumento. Y en su casa, pedir algo que no fuera estrictamente necesario era pedirle demasiado a su madre, que trabajaba en la fábrica de envases y llegaba con las manos agrietadas.

Entonces llegó el verano.

La fábrica de calzado del pueblo aceptaba estudiantes para trabajos de medio turno. Doyun se levantaba a las cinco, caminaba cuarenta minutos hasta el almacén, y pasaba las horas acomodando cajas de zapatos de plástico blanco que salían para la ciudad. A sus espaldas, una radio del tamaño de una maleta sonaba todo el día con anuncios de productos de limpieza y baladas melosas. Él se imaginaba otra música. Se imaginaba los dedos sobre las teclas, el sonido saliendo de algo que fuera suyo.

Ahorró cada won del verano. Cuando volvió a la escuela, con el dinero justo en un sobre, entró a la tienda de instrumentos que quedaba en la parada del autobús. La señora que atendía lo miró con desconfianza hasta que Doyun puso el sobre sobre el mostrador.

—Quiero un teclado.

No era un piano de verdad. Era un Casio de segunda mano con las teclas ligeramente amarillentas, con altavoz incorporado y una función de ritmos automáticos que nadie usaba. Olía a plástico caliente y a polvo guardado. Doyun lo llevó a casa como si transportara un animal herido, con los brazos tensos para que no se cayera.

Esa noche, cuando su hermana Sujin y su madre ya dormían, conectó los auriculares viejos al teclado y apoyó los dedos en las teclas blancas. No sabía por dónde empezar. Así que hizo lo que el profesor Kang decía: cerró los ojos y dejó que los dedos encontraran algo.

Salieron notas torpes, saltadas, una melodía que se parecía a nada y a todo. Pero cuando las juntó en un orden que le sonó a algo que había escuchado dentro de sí, se quedó quieto, con los auriculares apretados contra las orejas, y sintió que el mundo se hacía más pequeño y más grande al mismo tiempo.

—¿Eso lo hiciste tú? —Sujin apareció en la puerta, con los ojos a medio abrir y un peluche bajo el brazo.

—No te escuché venir.

—Sonaba bonito. Parecía una canción.

Doyun se quedó mirando el teclado. Tenía trece años, las manos todavía pequeñas para algunos acordes, y un nudo en el pecho que ya no era solo el de escuchar música ajena.

—Voy a aprender a hacer canciones —dijo, sin saber que esa frase, dicha en voz baja a su hermana en la penumbra de un pueblo que no aparecía en los mapas, era el primer paso de un camino que nadie debería recorrer solo.

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