Prólogo
Cuando se encendió la luz, no pudo evitar cerrar los ojos. Tenía el párpado tan hinchado que igualmente no podía abrirlo.
Le dolía todo el cuerpo, en especial sus muñecas, las cuales soportaban todo su peso y estaban heridas con hilos de sangre bajando por sus brazos, además de amoratadas. El líquido carmesí bañaba otras heridas de su cuerpo de las que ya no sentía nada.
Sintió pasos acercándose con rapidez y por un momento pensó en luchar, pero se encontraba tan débil… Era imposible seguir peleando. Había tenido tiempo para asumir que iba a morir. Estaba seguro que ese iba a ser el golpe de gracia.
Sus pensamientos se dirigieron a él.
Maldecía el haberse cruzado en su vida. Todo su mundo, lo que conocía se había transformado en un infierno por su culpa. Todavía podía notar el vértigo de ver como todo saltaba por la borda. Pero… lo que sentía por él era algo que no podía arrancarse del corazón por más que quisiera.
Porque sí. Se había enamorado aun sabiendo lo peligroso que era y lo que significaba estar a su lado.
Unas manos frías se posaron en sus mejillas y trató de huir, pero ya no tenía fuerzas para ello.
—Al fin te encuentro.
Esa voz… intentó hablar, pero le dolía demasiado la garganta debido a todos los gritos que profirió mientras lo torturaban.
Un dedo se posó sobre sus labios, silenciándolo y con dificultad abrió el ojo que tenía sano para verlo ante él, con la preocupación reflejada en su rostro, pero en sus ojos fríos se podía ver la rabia y el ansia de sangre. Esa mirada que muchas veces le provocaba miedo.
—Voy a matarlo por lo que te ha hecho. Va a desear la muerte. Nadie debía tocarte.
El encadenado comenzó a llorar pensando que ya no le quedaban más lágrimas que soltar. Sintió los dedos fríos soltando los grilletes que lo sujetaban al techo y las fuerzas le fallaron, pero él lo atrapó antes de que cayera al suelo.
Le pesaban los brazos y no era capaz de mantenerse en pie.
—Tranquilo, vamos a casa a que te curen.
Sintió que lo cogían en brazos y por primera vez en tres días se sintió liberado, dejándose llevar hacia la oscuridad.
Mientras tanto, quien lo cargaba, salía de aquel nauseabundo lugar jurando la venganza más dolorosa para quien había osado a tocar a su ángel.