aquel viejo motel ━ jensoo one shot.

Summary

Kim Jisoo recibió el golpe más devastador de su vida en la forma más fría posible: un correo anónimo. Tres minutos de video bastaron para desmoronar diez años de matrimonio. Jennie; su esposa, su hogar, su todo, en brazos de alguien más, en un escenario vulgar que contrastaba cruelmente con la vida que habían construido. Las imágenes no necesitaban repetirse; su mente se encargó de hacerlo. Cada gesto, cada palabra que nunca había escuchado de esos labios, se clavaban en su corazón cada vez más profundo dejándola sin aliento. Porque el amor no siempre desaparece cuando se traiciona. A veces se transforma. Y cuando se convierte en resentimiento, deja cicatrices más profundas que cualquier traición. ───Jisoo Top, G!P. Jennie Bottom. ───Contenido y lenguaje explicito. ───Violencia y comportamientos irracionales. © szaelle en wattpad, jensoour aquí| 2026.

Genre
Erotica
Author
danielle
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

capítulo único.

Kim Jisoo recibió el golpe más devastador de su vida en la forma más fría posible: un correo anónimo.

Tres minutos de video bastaron para desmoronar diez años de matrimonio. Jennie; su esposa, su hogar, su todo, en brazos de alguien más, en un escenario vulgar que contrastaba cruelmente con la vida que habían construido.

Las imágenes no necesitaban repetirse; su mente se encargó de hacerlo. Cada gesto, cada palabra que nunca había escuchado de esos labios, se clavaban en su corazón cada vez más profundo dejándola sin aliento.

Porque el amor no siempre desaparece cuando se traiciona. A veces se transforma. Y cuando se convierte en resentimiento, deja cicatrices más profundas que cualquier traición.

───Jisoo Top, G!P. Jennie Bottom.

───Contenido y lenguaje explícito.+18.

───Violencia, comportamientos irracionales y toxicidad.

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Si el contenido no es de tu agrado, te invito a que abandones la lectura y no denuncies. Todo esto es ficticio y no tienen nada que ver con las vida de las idols.


Kim Jisoo, la exitosa CEO de una de las firmas de moda más influyentes de Seúl, había construido su imperio con uñas y dientes, sacrificando noches enteras de sueño, fines de semana y hasta su propia salud mental por el bien de su carrera y, sobre todo, por el de su matrimonio.

Llevaba diez años casada con Jennie Kim, la deslumbrante modelo e influencer que había capturado su corazón en una caótica pasarela hacía más de una década, y Jisoo nunca había dudado de su lealtad. Jennie era su todo: la mujer que la complementaba, la que conseguía arrancarle una sonrisa en los momentos de mayor estrés. La mujer que aparecía con una taza de té cuando las jornadas se volvían insoportables. La que susurraba un “tranquila, ya estoy yo aquí” en medio de las crisis. La cómplice de sus sueños más ambiciosos.

Hasta que un día, todo se desmoronó.

El correo llegó a su bandeja personal mientras peleaba con inversores japoneses en una reunión interminable. El asunto era anodino, de esos que normalmente habría mandado a la papelera sin mirar. Pero el remitente, una dirección extraña de un servidor que no reconoció, despertó algo en ella. Un mal presentimiento.

Abrió el archivo adjunto en el móvil, ocultándolo bajo la mesa.

Lo que vio la dejó helada. El video, grabado con una cámara oculta en lo que parecía un motel barato en las afueras de la ciudad, mostraba a Jennie, su Jennie, desnuda y jadeante, montando a un hombre mucho más joven, un tipo con tatuajes baratos y una sonrisa arrogante que gritaba “oportunista”. Jennie gemía como una gata en celo, sus pechos rebotando con cada embestida, mientras el cabrón la agarraba por las caderas y la follaba con fuerza, derramando sudor y fluidos por todo el colchón sucio. “Sí, papi, dame más”, balbuceaba Jennie en el video, su voz distorsionada por el placer, y Jisoo sintió que el mundo se le caía encima.

La hora sobre la grabación de pantalla indicaba que era de esa misma mañana, mientras ella estaba en la oficina lidiando con contratos millonarios para seguir fortaleciendo el futuro de ambas.

No sintió ira al principio. Sintió frío. Un frío que le subió desde los pies hasta el pecho y le heló la sangre. Empezó a temblar sin poder controlarlo, y tuvo que agarrar el borde de la mesa con una mano para no venirse abajo allí mismo.

Después vinieron las imágenes. Las salidas nocturnas que Jennie justificaba con amigas que nunca aparecían en las fotos. Los mensajes borrados. Ese perfume masculino que flotaba a veces en el dormitorio y que ella, confiada, había atribuido a cualquier cosa menos a lo que era. Diez años. Diez años pagando facturas, regalando viajes, aguantando horas extra para que a Jennie no le faltara de nada. El penthouse de los sueños de Jennie que construyó día a día para hacerla feliz. Las vacaciones de ensueño, los viajes de sus amigas, prendas de lujo, autos, todo. ¿Y esto era lo que recibía a cambio? Traición. Pura y jodida traición.

Se quedó mirando la pantalla del móvil hasta que esta se apagó por inactividad, y entonces se vio reflejada en el cristal negro. Tenía los ojos secos. Demasiado secos. Como si el cuerpo se negara a llorar para no desmoronarse del todo.

Se excusó de la reunión con una mentira. Emergencia familiar, dijo. Las palabras le supieron a veneno y rio amargamente mientras bajaba en el ascensor.

El tráfico de Seúl era un infierno, pero Jisoo conducía como una loca, esquivando autos y maldiciendo en voz alta a su esposa. “Zorra traidora”, murmuraba para sí misma. Cuando llegó al penthouse, la casa que habían decorado juntas con tanto cuidado, se dejó caer en el sofá de cuero italiano. No encendió las luces, prefirió la penumbra. Buscó una botella de whisky escocés de treinta años, aquella que compraron para celebrar un aniversario, y bebió directamente del cuello. El alcohol abrasó su garganta, pero no consiguió calentar el vacío que llevaba dentro. Bebió trago tras trago, hasta que el alcohol quemó su garganta y entumeció sus sentidos.

Se quedó allí, sentada en la oscuridad, escuchando el silencio y esperó.

Esperaría a que Jennie volviera. Necesitaba mirarla a los ojos, necesitaba entender cómo diez años de su vida, de sus sacrificios, de su amor, podían reducirse a ese vídeo de mierda que le estaba quemando el cerebro. Necesitaba que ella viera el dolor en sus ojos antes de que las palabras, las que aún no sabía si podría pronunciar, rompieran el silencio para siempre, mientras el mundo seguía girando como si nada.

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Jisoo reproducía el video una y otra vez en su teléfono sin poder asimilarlo. Cada gemido, cada embestida, cada gota de sudor en el cuerpo de Jennie, su esposa, le hacía pedazos el corazón, avivando una ira mezclada con un dolor que le apretaba el pecho. Ignoraba el calor traicionero que subía por su cuerpo, enfocada solo en la venganza que bullía en su interior. Al fin, el clic de la llave en la puerta cortó el silencio como un latigazo.

Eran las diez de la noche. Jennie entró con sigilo, el bolso colgando flojo de su hombro y una tensión palpable en su postura encorvada. Llevaba puesto el vestido negro ajustado que acentuaba sus curvas hipnóticas, el mismo que Jisoo le había regalado en Milán el mes anterior, un gesto de amor que ahora se sentía como una burla cruel hacia su persona. La castaña escaneó la oscuridad del salón con ojos nerviosos y se dirigió directamente al baño principal, como si anhelara borrar las huellas de su traición bajo el agua.

—¿A dónde crees que vas, amor? —preguntó Jisoo desde las sombras, su voz ronca por el alcohol y un odio que le atenazaba la garganta, haciendo que Jennie se congelara en el sitio.

La morena giró sobre sus talones, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos, completamente nerviosa.

Se acercó al sofá con pasos vacilantes, inclinándose para plantar un beso en los labios de Jisoo, pero esta se apartó con brusquedad y asco.

—¿Qué pasa, amor? No sabía que estabas aquí. ¿Estás bien? —dijo Jennie, con la voz temblorosa, intentando sonar despreocupada

Jisoo no contestó al instante. Se levantó de golpe, tambaleándose un poco por el whisky, y la agarró por el cuello con fuerza con una mano, no para ahogarla, pero sí para clavarla en el sitio y evitar que huyera. Acercó la nariz a su piel, inhalando hondo. Bajo el perfume, olía a sudor ajeno, a sexo crudo y a traición. Jennie se puso rígida, y un espasmo la recorrió.

—¿Q-Qué te pasa, Jisoo? Suéltame, me estás asustando... —tartamudeó Jennie, sus ojos negros dilatándose con un miedo genuino que solo avivaba la ira de Jisoo.

Jisoo soltó una risa amarga, y agarró su cabello con la otra mano y tiró fuerte, obligándola a mirarla. Por un segundo, dudó: “¿Qué carajo estoy haciendo?“, pensó, con la mente nublada por el alcohol. Pero el dolor de la traición, el recuerdo de Jennie con otro, lo eclipsó todo, como una ola que arrasa con la razón.

En ese instante, Jisoo sintió otra grieta más grande en su corazón, un destello de fragilidad, el recuerdo de noches interminables en que había adorado ese mismo cabello, ese rostro, con una devoción absoluta.

—¿Quién es el hombre con el que estabas follando hoy, mhm? ¿El niñato que te metió la polla en ese motel de mierda mientras yo me mataba trabajando?

Jennie palideció, fingiendo desconcierto.

—¿De qué hablas? No sé de qué estás hablando, amor. Suéltame, por favor...

Jisoo la jaló con más fuerza y le propinó una bofetada sonora con la mano abierta, el impacto resonando en el salón silencioso como un eco de su corazón roto. La mejilla de Jennie se enrojeció al instante, y lágrimas brotaron de sus ojos mientras se llevaba una mano al rostro adolorido. Jisoo, por un segundo, vio su propia mano temblar; el alcohol no podía ocultar la fragilidad que la invadía, el terror de perderlo todo por una traición que no podía comprender. Sintió un pinchazo de culpa. “Dios, ¿por qué la golpeé?“, pero el whisky y el dolor la empujaron adelante, superando cualquier remordimiento.

—¡Dime con quién carajos estabas! ¡Quiero la verdad, o te juro Jennie, por lo más sagrado que tengo que te rompo la cara a bofetadas! —gritó, con la voz rota por el desgarro en su pecho.

Jennie sollozó, las lágrimas rodando por sus mejillas como ríos de remordimiento fingido.

—Con... con un amigo. Solo un amigo, Jisoo. ¿Por qué me pegaste? Nunca lo habías hecho en todos estos años...

Jisoo rio con frialdad, un sonido que no llegaba a sus ojos llenos de lágrimas. La fragilidad la golpeó de nuevo: diez años de matrimonio, de fidelidad absoluta, de adorar a esa mujer como a nadie más.¿Cómo podía esa mujer, a la que había entregado su alma, traicionarla así?

—En diez años casadas, ¿Te engañé alguna vez, Jennie? ¿Miré a otra mujer como te miro a ti? —Jennie negó, llorando más—. No, nunca. Pero hay primeras veces para todo, ¿no? Tú te revuelcas como una perra con cualquiera, así que te daré lo que mereces por traidora. Aprenderás lo que es el castigo de verdad.

Sin darle tiempo a reaccionar, Jisoo la agarró por el brazo y la arrastró por el pasillo hasta el baño principal, sus uñas clavándose en la piel suave de Jennie como garras de desesperación. La castaña tropezaba, suplicando entre lágrimas, pero Jisoo estaba sorda a sus ruegos, cegada por un dolor que la hacía sentir vulnerable, expuesta, como si su mundo entero se desmoronara con cada paso que daba. De un empujón, la tiró dentro de la ducha amplia de mármol, haciendo que Jennie se golpeara la cadera contra el suelo resbaladizo. Un grito de dolor escapó de sus labios, y se acurrucó en el piso temblando.

—Por favor, Jisoo, déjame explicarte... No es lo que piensas... —intentó conciliar Jennie dudosa.

Jisoo se acercó, su silueta imponente bajo la luz tenue del baño, y le dio otra bofetada, silenciándola con un golpe que reverberaba en su propio pecho herido. “¿Estoy yendo demasiado lejos?“, se preguntó sin poder reconocer lo que hacía.

—No tienes que explicarme una mierda, Jennie. Desnúdate ahora.

Abrió la llave del agua fría a máxima potencia, el chorro helado cayendo sobre Jennie como una cascada punzante que reflejaba el frío que se había instalado en el corazón de Jisoo. La castaña chilló ante el frío que le calaba los huesos, sus dientes castañeteando mientras, llorando y temblando, empezaba a quitarse la ropa. El vestido empapado, la lencería roja, un detalle que desencajó a Jisoo, “¿para quién se puso eso?“, el sostén, las bragas. Jisoo la recorrió con la mirada sintiendo sus manos temblar hasta verle los muslos enrojecidos por roces recientes. Golpeó la pared con el puño, el eco retumbando como su corazón hecho trizas.

—¿Por qué mierda lo hiciste, eh? ¿Por qué con un maldito hombre, si te lo di todo? ¡Todo por ti, y me pagas así! Eres una cualquiera, Jennie.

Jennie, desnuda y empapada, levantó las manos en súplica.

—Cálmate, por favor. Hablemos, estás ebria... El alcohol te está nublando la mente.

Pero Jisoo la ignoró por completo. Se acercó como un depredador herido, agarrándola de nuevo por el cabello mojado y estampándole la cara contra la pared fría de la ducha. Jennie gimió de dolor, el impacto dejando un moretón en su mejilla, mientras Jisoo luchaba contra las lágrimas que amenazaban con revelar su propia vulnerabilidad en medio de la tormenta. “Para, esto no eres tú“, pero el amor traicionado la impulsaba, el dolor ganando la partida una vez más.

—¿Ese asqueroso hombre siquiera sabe cuáles son tus puntos favoritos, Jennie? ¿Sabe cómo hacerte gritar de placer como yo lo hago? ¿Sabe que te encanta que te follen el culo hasta que no puedas caminar?

Jennie sollozó, el agua fría mezclándose con sus lágrimas en un torrente helado que le empapaba la piel.

—Por favor, suéltame... Me estás lastimando... —suplicó, su voz era un hilo quebrado por el miedo y el frío.

Jisoo soltó una risa maniaca, un sonido que rebotaba en las paredes del baño como un eco de su propia locura. —¿Yo te lastimo? ¿Y tú no estás haciendo lo mismo conmigo, infiel? Contéstame: ¿lo sabe o no?

—No... Él no lo sabe. Solo fue un error, Jisoo... —admitió Jennie, las palabras saliendo entre hipos, su cuerpo temblando incontrolablemente.

Satisfecha con esa confesión que solo avivaba su furia, Jisoo la sacó de la ducha de un tirón violento, arrastrándola por el piso mojado hasta el dormitorio principal que habían compartido en tantos momentos de intimidad. Ahora, la habitación se sentía como una cárcel de lujo: la cama king size con sábanas de seda arrugadas, las vistas panorámicas de la ciudad iluminada parpadeando como testigos mudos de su desmoronamiento. Arrojó a Jennie sobre el colchón, su cuerpo desnudo y tembloroso rebotando con un gemido ahogado. Jennie intentó cubrirse con las sábanas, un gesto instintivo de vulnerabilidad, pero Jisoo se las arrebató con un grito ronco, tirándolas al suelo como si fueran basura.

—¡No te cubras, maldita sea! Quiero verte tal como estabas con ese cabrón, expuesta y sucia.

Jennie temblaba, no solo por el frío que le calaba los huesos, sino por el miedo puro que le atenazaba el pecho al ver por primera vez en su vida a Jisoo romperse ante ella. Por primera vez esa noche, lágrimas de rabia rodaban por las mejillas de su esposa, su rostro enrojecido como un incendio que no podía apagarse, los ojos rojos y llorosos por el alcohol y un odio que enmascaraba un dolor abismal.

Jisoo se quitó el cinturón de los pantalones con movimientos deliberados, el cuero crujiendo en su mano como una amenaza viva. Jennie se encogió en la cama, sus ojos clavados en el objeto con un terror palpable, sin atreverse a moverse al principio, solo mirándola con súplica muda.

—Por favor, Jisoo... No... —suplicó Jennie, intentando gatear hacia atrás en el colchón, sus manos alzadas en un gesto defensivo.

Pero cuando Jennie trató de acercarse, quizás en un intento desesperado por calmarla, Jisoo levantó el brazo y azotó el cinturón contra sus muslos con un chasquido seco que cortó el aire. El cuero impactó dejando una marca roja inmediata, y Jennie gritó, retorciéndose de dolor mientras sus piernas se cerraban instintivamente. Jisoo vaciló por un segundo, la mente nublada por el whisky gritando en su interior: “¿Qué demonios estoy haciendo? Esta no soy yo”. Pero el dolor de la traición, ese puñal clavado en el corazón por la mujer que amaba más que a nada, se impuso como una marea imparable, ahogando cualquier atisbo de razón.

Otro latigazo siguió, esta vez en el otro muslo, el sonido reverberando en la habitación como un eco de su ira. Jennie chilló de nuevo, lágrimas frescas brotando mientras se acurrucaba, su cuerpo marcado por franjas rojas que ardían como fuego. Jisoo sintió un nudo en la garganta. “Para, Jisoo, esto es una locura”, pero el alcohol y el recuerdo del video, de Jennie gimiendo bajo otro cuerpo, lo eclipsaron todo. Un tercer azote cayó, más débil esta vez, contra su cadera, y Jisoo jadeó, las lágrimas nublándole la vista.

—¡Eres la mujer más repugnante que pude conocer, Jennie! Me maté años trabajando, construyendo todo esto; el penthouse, la empresa, nuestra vida, y tú decides pagarme de la manera más cruel, engañándome con un niñato que probablemente ni siquiera te hace correrte como yo. ¿Valió la pena, puta? ¿Valió la pena destrozar diez años por una follada barata?

Jennie sollozó más fuerte, su cuerpo temblando bajo los golpes, pero en sus ojos brillaba un remordimiento genuino mezclado con terror.

—Jisoo, por favor... Te amo, fue un error estúpido. No lo hagas más, me duele tanto... —balbuceó, intentando alcanzar su mano, pero Jisoo retrocedió un paso, el cinturón aún en alto, luchando contra la borrachera que la impulsaba y el amor roto que la hacía cuestionar cada golpe. —Lo siento... —volvió a hablar cuando notó que Jisoo solo la miraba sin expresión alguno —Déjame explicarme, por favor. Fue un error, estaba estresada con el modelaje, con las sesiones interminables, las críticas, todo... y él... él me hizo sentir deseada de nuevo. Pero te amo, Jisoo... te amo tanto... Por favor, perdóname...

Jisoo sintió que lo último que quedaba de su corazón hecho pedazos se terminaba de deshacer dentro de ella, un último hilo de contención que se deshacía. Tiró el cinturón al suelo con un golpe seco y abrió de un tirón el cajón de la mesita de noche. Sus dedos temblorosos encontraron las esposas de metal; el mismo par que habían usado en noches de juegos consensuados, risas cómplices y promesas susurradas llenas de amor, pero esta vez no había nada juguetón en el aire.

—¿D-Deseada? —repitió Jisoo con la voz ahogada—. ¡Yo te deseo cada jodido día de mi vida, Jennie! Te miro cuando duermes, cuando te despiertas, cuando te bañas, te deseo siempre, así sea lo más mínimo... Te follo como si fueras una diosa porque para mí lo eres, no, te hago el amor porque te amo, maldita sea, y aun así vas y buscas polla barata en un motel de mierda. Pues bien, te voy a enseñar lo que es deseo de verdad. Te voy a borrar a ese hijo de puta de tu cuerpo.

Borracha, con la mente girando en espirales de alcohol y dolor, volteó a Jennie boca abajo sobre la cama de un movimiento brusco. La castaña intentó resistirse débilmente, pero Jisoo le atrapó las muñecas y las esposó a su espalda con clics metálicos. Jennie quedó expuesta, con el culo en alto, las piernas temblando, la piel todavía marcada por los latigazos anteriores. Sollozaba sin control, con la cara hundida en la almohada.

Jisoo se quedó un segundo inmóvil detrás de ella, respirando agitadamente, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido una maratón. Se bajó los pantalones con manos torpes, dejando al descubierto su polla dura, venosa, palpitante, más gruesa y larga que la del tipo del video —un detalle que ahora le ardía como una victoria amarga—. La acarició con rabia, casi con violencia, mientras en su cabeza resonaba una voz pequeña y lúcida: “Para, Jisoo. Esto no es amor, las estás lastimando y te estás haciendo daño”. Pero el recuerdo de Jennie gimiendo bajo otro cuerpo, de su traición grabada, ahogaba esa voz. Quería borrarlo todo. Quería que el único rastro en el cuerpo de Jennie fuera el suyo.

—Te voy a enseñar una lección que nunca olvidarás —dijo con la voz ronca, casi un gruñido—. Vas a suplicar por misericordia, pero no te la voy a dar. Vas a sentir lo que es ser follada por alguien que te posee de verdad, no por una mierda cualquiera que te usó y se fue.

Jennie giró la cabeza lo que las esposas le permitían, con los ojos hinchados y brillantes de lágrimas, buscando los de Jisoo con desesperación.

—Jisoo... Por favor, no así. Hablemos... Podemos arreglarlo, te lo juro. No quiero que me odies...

Esas palabras solo avivaron el fuego. Jisoo se posicionó detrás, escupió en su mano y lubricó su polla con movimientos bruscos, aunque no era estrictamente necesario; la excitación retorcida que le provocaba la traición ya la había dejado resbaladiza. Por un instante dudó de nuevo, la mano temblándole sobre la cadera de Jennie: “¿Qué carajo estoy haciendo? ¿Por qué deseo hacer esto?“. Pero el dolor ganó, como siempre esa noche. De un empujón brutal penetró su coño, ignorando el grito agudo de sorpresa y dolor que escapó de Jennie.

Jennie se arqueó, las esposas tintineando en un inútil intento de safarse, el cuerpo tenso mientras intentaba ajustarse al tamaño familiar y a la fuerza invasora.

—¡Jisoo, duele! Por favor... más despacio... —suplicó entre sollozos.

—No —gruñó Jisoo, embistiéndola con más fuerza, cada movimiento deliberado, casi punitivo—. No voy a ir despacio. Ese cabrón no fue despacio contigo, ¿verdad? Pues yo tampoco. Quiero que sientas cada centímetro mío, que tu cuerpo recuerde solo esto, solo a mí. Que cuando cierres los ojos veas mi cara, no la de él.

Las embestidas eran duras, profundas, sin piedad. Jennie lloraba y gemía al mismo tiempo, el dolor físico entrelazándose con una respuesta involuntaria del cuerpo que la avergonzaba. Jisoo se inclinó sobre su espalda, una mano enredada en su cabello mojado, tirando para obligarla a arquearse más.

—Dime que me amas —exigió entre jadeos, con la voz quebrándose al pronunciar esas palabras—. Dime que solo me quieres a mí. Dilo, Jennie.

—Te amo... te amo, Jisoo... solo a ti... —sollozó Jennie, las palabras entrecortadas por los golpes de su cuerpo contra el colchón—. Perdóname, por favor... no quería hacerte daño...

Jisoo sintió un sollozo subirle por la garganta, pero lo ahogó con otra embestida más fuerte. Lágrimas calientes le rodaban por las mejillas mientras seguía moviéndose, el placer y el odio peleando dentro de ella.

—No te perdono...todavía no...—murmuró lo último casi para sí misma—. Pero voy a hacer que te olvides de él. Voy a marcarte tan profundo que no quede ni un pedazo de ese hijo de puta en ti.

Y siguió, implacable, mientras en su mente la voz lúcida seguía susurrando: “Estás destruyendo lo único que amas de verdad”. Pero esa noche, el dolor de la traición era más fuerte que cualquier arrepentimiento.

Jennie se tensó bajo ella, el cuerpo temblando por el impacto de las embestidas mientras Jisoo seguía moviéndose con una intensidad inigualable.

—Esto... esto es mío —jadeó Jisoo contra su oído, con la voz ronca y entrecortada, casi suplicante—. Solo mío. ¿Lo sientes? ¿Sientes cómo te abro, cómo te lleno? Nadie más te ha tenido así... nadie más va a tenerte nunca.

Jennie soltó un gemido ahogado, las lágrimas resbalando sin control por sus mejillas mientras su cuerpo respondía a pesar del dolor: los músculos internos se contraían alrededor de Jisoo, reconociéndola instintivamente, como si su carne supiera exactamente quién la tocaba de verdad.

—Jisoo... duele... —susurró entre sollozos, con la voz quebrada y honesta—. Pero siempre has sido tú... siempre has sido la única que me hace sentir así...

Jisoo tiró de su cabello con más fuerza, obligándola a arquear la espalda hasta el límite, exponiéndola por completo.

—No hables de placer ahora —gruñó, aunque su propia voz se quebraba—. No lo mereces. Voy a marcar cada parte de ti hasta que no quede ni un recuerdo de él. Hasta que tu cuerpo solo sepa responder al mío.

Retiró su polla del coño empapado con un movimiento brusco y la presionó contra el anillo apretado de Jennie. Empujó sin preparación, sin pausa, ignorando el grito agudo que escapó de la garganta de su esposa. La castaña se retorció contra las esposas, las muñecas enrojecidas y doloridas por el metal, pero Jisoo no cedió: embistió hasta el fondo, follándola con una saña que nacía del dolor más que de la lujuria.

—Cada vez que pienses en él... cada vez que cierres los ojos... vas a sentir esto —dijo entre embestidas profundas con la voz temblando—. Vas a sentirme a mí dentro de ti... solo a mí, como siempre lo ha sido.

El sudor cubría sus cuerpos, los fluidos goteaban por los muslos temblorosos de Jennie, mezclándose con lágrimas y el eco de sus sollozos. Jisoo lloraba abiertamente ahora, las lágrimas cayendo sobre la espalda de Jennie mientras seguía moviéndose. En su mente destellaban flashes de lo que habían sido: las risas en aquel ascensor después de una fiesta, los besos robados en camerinos, las noches en que Jennie le susurraba “eres mi todo” contra su cuello después de un día largo. Todo destrozado por una decisión estúpida.

—¿P-Por qué lo hiciste? —preguntó de pronto, con la voz rota, casi en un lamento—. ¿P-Por qué me rompiste así? Te di mi vida entera, Jennie... te di todo lo que tenía... ¿Por qué con un hombre? ¿P-Por qué?

Jennie gemía, el dolor inicial transformándose en una mezcla confusa de éxtasis forzado y agotamiento. Su cuerpo, adolorido y exhausto, aún se arqueaba hacia atrás, buscando el toque de Jisoo como si fuera lo único que la mantenía anclada.

—L-Lo siento... —sollozó, las palabras entrecortadas por los golpes rítmicos—. F-Fue un error... un error horrible... pero por favor... no puedo más... te necesito... te necesito a ti...

Jisoo aceleró, ignorando la súplica, su polla palpitando dentro del culo apretado de Jennie hasta que el orgasmo la atravesó. Explotó con un gemido gutural, llenándola de semen caliente mientras su cuerpo se convulsionaba. Colapsó sobre la espalda de Jennie, jadeante, temblando, pero sin soltarla. Las esposas seguían cerradas, manteniéndola prisionera.

Por un largo instante solo se oyó su respiración entrecortada y los sollozos ahogados de ambas.

Entonces, lentamente, Jisoo se incorporó lo justo para girar el rostro de Jennie hacia ella. Las lágrimas brillaban en las mejillas de las dos, surcos salados bajo la luz tenue. Jisoo dudó, la mente nublada por el alcohol y el remordimiento que empezaba a filtrarse entre las grietas de su ira.

Se inclinó lentamente y unió sus labios en un beso frágil, lleno de lágrimas que se mezclaban en sus labios. Jennie respondió con un sollozo, besándola de vuelta con una ternura desesperada, como si ese contacto fuera lo único que quedaba intacto entre ellas. Sus lenguas se encontraron con lentitud dolorosa, un contraste brutal con la violencia de minutos antes. Las dos lloraban dentro del beso, los gemidos ahogados convirtiéndose en suspiros temblorosos.

—No sé cómo perdonarte... No creo poder hacerlo... —susurró Jisoo contra su boca, con la voz quebrada—. Pero tampoco sé cómo vivir sin ti...

—No me dejes... por favor... —suplicó en un hilo de voz—. Fui una idiota... pero eres mi hogar... siempre has sido mi hogar... Me equivoqué de la peor manera, sé que no tengo perdón, pero por favor, amor...

Jisoo cerró los ojos, una lágrima más resbalando por su mejilla hasta caer sobre los labios de Jennie. No respondió con palabras. Solo la besó de nuevo, más despacio, más profundo, como si quisiera soldar de nuevo algo que ya se había quebrado irremediablemente, mientras el silencio pesado de la habitación las envolvía.

—Si es maldito vídeo no hubiera llegado a mí, ¿hubieras seguido con ese hijo de puta verdad? —susurró Jisoo contra sus labios al separarse, tomando a Jennie por la mandíbula para obligarla a mirarla.

Jennie tragó saliva, los ojos hinchados y enrojecidos por el llanto, buscando en la mirada de Jisoo un atisbo de la mujer que conocía, no esta versión rota y furiosa. El beso aún hormigueaba en sus labios, un recordatorio agridulce de lo que habían sido.

—No... no lo sé —admitió Jennie en un susurro, la honestidad saliendo a pesar del miedo—. Estaba confundida, Jisoo. Todo era un caos en mi cabeza... pero te juro que te amo. Nunca quise lastimarte así.

Jisoo dejó escapar un suspiro entrecortado, su agarre en la mandíbula aflojándose hasta convertirse en una caricia suave, casi reverente. Sus dedos trazaron con delicadeza el contorno de la mejilla de Jennie, deteniéndose en el moretón que empezaba a formarse donde la había golpeado antes. El alcohol aún nublaba sus bordes, pero el agotamiento y el peso de lo que había hecho comenzaban a aclarar su mente, como un velo que se levantaba lentamente. Tocó el hematoma con la yema del pulgar, un gesto ligero que hizo a Jennie estremecerse de dolor.

—Mírate... —murmuró Jisoo, la voz quebrándose de nuevo, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas frescas—. Te lastimé... te lastimé de verdad. ¿Cómo llegamos a esto? Yo nunca... nunca quise ponerte una mano encima así.

Jennie inclinó la cabeza hacia su toque, a pesar de las esposas que aún la retenían, buscando consuelo en esa caricia.

—No es tu culpa... yo empecé todo esto —susurró, las lágrimas rodando otra vez—. Fui yo la que te traicionó. Merecía...

—No —la interrumpió Jisoo, negando con la cabeza, sus dedos ahora recorriendo el labio inferior de Jennie, donde un pequeño corte sangraba levemente—. Nadie merece esto. Ni siquiera tú. Pero duele tanto, Jennie... duele como si me hubieras arrancado el corazón, perdí el control por completo.

Se quedaron en silencio un momento, solo respirando la una cerca de la otra, el aire cargado de sudor, lágrimas y el olor residual del sexo violento. Jisoo sentía que la borrachera se disipaba un poco más, dejando espacio para el remordimiento crudo y la realidad. Quería abrazarla, pedirle perdón por los golpes, por la humillación, por haberla tratado como un objeto de venganza. Quería decirle que todo estaría bien, que podrían intentarlo de nuevo. Pero las imágenes del video seguían quemando en su mente, un recordatorio implacable de la traición.

—Tenemos que hablar de esto en serio —dijo al fin Jisoo, su voz ganando un tono más firme, aunque aún tembloroso—. Del divorcio. No puedo... no puedo fingir que nada pasó. Necesito tiempo para pensar si puedo superarlo.

Jennie palideció, el pánico brillando en sus ojos como un destello.

—¿Divorcio? No, Jisoo, por favor... no digas eso. Podemos arreglarlo. Terapia, lo que sea. Te lo suplico, no me dejes. Fui una idiota, pero te amo más que a nada. Haré lo que quieras, solo no...

Jisoo sacudió la cabeza, retirando la mano de su rostro con un esfuerzo visible, aunque internamente se moría por ceder, por envolverla en sus brazos y susurrarle que todo estaba perdonado.

—No lo sé, Jennie. Lo tengo que pensar. No puedo decidirlo ahora, con la cabeza hecha un desastre. Me lastimaste... y yo te lastimé a ti. Esto no es sano para ninguna de las dos. Mañana... mañana hablamos del tema, por lo pronto dormiré en otro lado.

Se levantó de la cama con movimientos lentos, como si su cuerpo pesara una tonelada, y buscó las llaves de las esposas en la mesita de noche. Liberó las muñecas de Jennie, frotando suavemente las marcas rojas que habían dejado, un gesto silencioso de arrepentimiento que no se atrevía a verbalizar. Jennie se acurrucó en posición fetal, sollozando quedamente, mientras Jisoo se vestía en silencio, el corazón dividido entre el amor que aún ardía y el dolor que no la dejaba perdonar.

Jisoo se quedó de pie junto a la cama un momento más, con la camisa a medio abotonar y las manos temblando ligeramente mientras se pasaba los dedos por el pelo revuelto. El silencio entre ellas era espeso, roto solo por los sollozos contenidos de Jennie y el zumbido lejano de la ciudad que nunca dormía más allá de las ventanas.

Jennie levantó la vista desde su posición acurrucada, los brazos rodeándose el cuerpo como si quisiera contenerse entera. Las marcas en sus muñecas eran rojas y crudas, pero lo que más dolía era la forma en que Jisoo la miraba ahora: no con ira, sino con una tristeza tan profunda que parecía haberle robado el aire.

—No te vayas... —susurró Jennie, la voz apenas audible—. Quédate aquí esta noche. Aunque sea en el sofá, aunque no me hables. Solo... no me dejes sola con esto.

Jisoo cerró los ojos con fuerza, como si las palabras fueran un golpe físico. Quería negarse, quería salir corriendo de esa habitación que olía a sexo, a lágrimas y a errores irreparables. Pero sus pies no se movieron.

—No sé si puedo quedarme —admitió, la voz ronca—. Cada vez que te miro veo... veo el video. Veo sus manos en ti. Y luego me veo a mí misma... golpeándote. Lastimándote. No sé quién soy ahora mismo, Jennie. No reconozco a la persona que entró por esa puerta hace unas horas.

Jennie se incorporó lentamente, ignorando el dolor que le recorría el cuerpo, y extendió una mano temblorosa hacia ella.

—Entonces quédate y averigüémoslo juntas. No te estoy pidiendo que me perdones esta noche. Solo te estoy pidiendo que no tires todo por la borda sin darnos una oportunidad de hablar cuando estemos sobrias. Cuando duela menos... o cuando duela igual, pero al menos con la cabeza fría.

Jisoo miró esa mano extendida como si fuera una trampa y una salvación al mismo tiempo. Al final, con un suspiro que parecía salirle del alma, se sentó en el borde de la cama, lo suficientemente lejos para no tocarla, pero lo suficientemente cerca para que Jennie sintiera su presencia.

—No prometo nada —dijo en voz baja—. Mañana... mañana decidimos qué hacer. Terapia, separación, lo que sea. Pero no voy a irme esta noche. No te voy a dejar sola después de lo que hice.

Jennie asintió despacio, las lágrimas cayendo de nuevo, pero esta vez con un alivio mezclado con el miedo. Se acercó un poco más, sin atreverse a tocarla, solo dejando que sus rodillas se rozaran bajo las sábanas.

—Gracias... —murmuró—. Aunque sea solo por esta noche.

Jisoo no respondió. En cambio, se recostó contra el cabecero de la cama, mirando al techo como si allí estuviera escrita la respuesta a todo. Jennie se acurrucó a su lado, dejando un espacio prudente entre ellas, pero lo suficientemente cerca para que el calor de sus cuerpos se mezclara en el aire frío de la habitación.

Ninguna durmió de verdad esa noche. Se quedaron allí, en silencio roto por respiraciones irregulares y algún sollozo ocasional, dos mujeres heridas que habían construido un castillo de cristal y lo habían hecho añicos con sus propias manos. El amanecer empezó a filtrarse por las cortinas, tiñendo todo de un gris suave y frío.

Cuando el sol ya era visible, Jisoo habló por fin, sin mirarla, la voz baja y cargada de una vulnerabilidad que no había mostrado en toda la noche.

—Siempre pensé que el amor era suficiente para aguantar cualquier cosa —dijo, casi como si hablara consigo misma—. Que si te quería lo bastante fuerte, nada podría rompernos. Pero no es así, ¿verdad? El amor no borra el dolor. Solo lo hace más grande cuando se rompe. Y yo... yo rompí algo en ti anoche. Y tú rompiste algo en mí hace semanas. No sé si se puede reconstruir lo que queda.

Jennie giró la cabeza hacia ella, los ojos enrojecidos pero con un brillo de esperanza frágil.

—Tal vez no se reconstruya igual —susurró—. Tal vez quede diferente. Más frágil, más honesto. Pero si nos quedamos las dos... si las dos queremos intentarlo... quizás valga la pena descubrir cómo se ve el amor después de romperse.

Jisoo dejó escapar un suspiro tembloroso. Extendió la mano, palma hacia arriba, en el espacio que las separaba. Jennie dudó un segundo antes de posar la suya encima, entrelazando los dedos con cuidado, como si temiera romper algo más.

—No sé si podré perdonarme a mí misma por lo que te hice, por lo que tu me hiciste. Pero... no quiero que lo último que hagamos sea hacernos daño. Quiero creer que todavía hay algo aquí que merece ser salvado. Aunque duela. Aunque tome tiempo. Aunque no sepamos cómo.

Jennie apretó su mano con más fuerza, una lágrima resbalando por su mejilla hasta caer sobre sus dedos unidos.

—Entonces empecemos por ahí —murmuró—. Por querer intentarlo. Por no rendirnos todavía.

Se quedaron así, sus manos entrelazadas, cuerpos separados por centímetros que parecían kilómetros, mirando cómo la luz del amanecer se volvía dorada y cálida sobre las sábanas arrugadas. No era un final feliz. No era siquiera un final. Era solo el comienzo de algo incierto, doloroso y, quizás, liberador.

Y por ahora, en ese silencio compartido, con los dedos entrelazados y el corazón latiendo con miedo y esperanza a partes iguales, era suficiente.


Espero que si leyeron esto, lo hayan tomado bien y no lo cogieran personal.

Recuerden que fue ficción.

¡Gracias por leer!