el infierno en el cielo.
¡Antes de leer!
── One shot(parte única)
── Jisoo Top (Alter: Lady Ashmedai — Demonio) Jennie Bottom.
── Lo relatado aquí es ficticio y con el único fin de entretener.
── Contenido lésbico. NOG!P. (prácticas sexuales explícitas)
🔗 ¡Leer bajo tu propia precaución! Si el contenido no es de tu agrado, NO DENUNCIES. Sigue de largo y CHAO.
El aire en la cafetería de la universidad olía a café quemado, desilusión juvenil y el tenue aroma de la ambición pisoteada por los parciales. Jennie, apoyada en la mesa, observaba cómo su mejor amiga, Lalisa, reorganizaba los brillos en su teléfono por decimoquinta vez en cinco minutos.
—¡Lisa! —canturreó—. ¿Ya decidiste si vas de zombie cheerleader o de doctora sexy? Porque he estado viendo tutoriales de maquillaje y creo que puedo hacer que mis ojos parezcan caerse de las órbitas. O, ya sabes, ofrecer un examen de próstata muy convincente.
—Eh... Acerca de eso, Jendeukie... —la voz de Lisa sonó estrangulada por una culpa evidente.
El corazón de Jennie, un órgano que ella creía atrofiado por la falta de uso romántico, dio un vuelco incómodo en su pecho.
—No. No me digas. Tu mamá te obliga a ir a misa a rezar por las almas de los difuntos. Tu perro tiene gastroenteritis y necesitas estar pendiente de sus... Fluidos. O te ha dado viruela símica y estás en cuarentena. Elige la mentira que menos me duela, por favor.
—Es que... —Lisa tragó saliva—. Es Roseanne. La rubia que se mudó cerca de casa, la de la sonrisa que parece un anuncio de pasta dental y las piernas que no terminan nunca.
Jennie lo recordaba perfectamente. Roseanne era el sueño húmedo caminante de todos, una visión etérea de cabellos dorados y una elegancia natural que hacía que los mortales comunes se sintieran como gusanos vestidos con ropa de segunda mano.
—O sea, ¿Estás diciendo que prefieres repartir azúcar procesada a mocosos con la rubia que salir de fiesta conmigo? —preguntó Jennie, hundiendo su cuchara en un frapuccino que costaba más que su autoestima—. En el mundo de las chicas, Halloween es la única noche del año en que una chica puede vestirse como una completa zorra y ninguna otra chica puede decir nada al respecto... Además, es la única noche del año en la que está socialmente aceptado emborracharse con forma de vampiro.
Lalisa alzó la vista, sus ojos brillaban con una luz que Jennie no le había visto desde el lanzamiento del último álbum de su artista favorita.
—Jennie, por todos los santos, no es solo repartir dulces —exclamó—. Es una cita. Una cita real. Con Roseanne. ¡Ella me lo pidió!
Roseanne era del tipo de personas que parecían haberse criado en un vivero de orquídeas, con una risa que hacía que los corazones de los mortales comunes se aceleraran y una capacidad para llevar pantalones de cuero que debería ser estudiada por la ciencia. Jennie sintió una punzada de envidia tan aguda que casi la dobla por la mitad. No era que quisiera a Roseanne para ella, no exactamente. Era que quería a alguien. Quería que alguien la mirara a ella con esa mezcla de terror y devoción con la que Lisa estaba mirando ahora su teléfono.
—Lo siento mucho, de verdad —se disculpó Lisa, y su tono sonaba genuino, lo cual era casi peor—. Te prometo que saldremos el fin de semana que viene. Cine, palomitas y nos reímos de los hombres que intentan ligarnos con frases de manual. ¿Qué tal?
—Genial. Fantástico. —Jennie masculló—. O sea, tú vas a vivir tu romance otoñal con la encarnación de un ángel, y yo voy a pasar la noche más terroríficamente divertida del año viendo cómo mi gato se lava las bolas. Justo. Equilibrado.
—Vamos, no seas así —rogó Lisa—. No es para tanto. ¡El año que viene lo hacemos a lo grande!
—Lisa, mi útero probablemente ya se haya secado y se haya convertido en un pisapapeles decorativo —soltó Jennie con un dramatismo que habría enorgullecido a cualquier diva del cine—. Estoy más sola que un unicornio en una granja de animales normales. Necesito... No sé, diversión. Carne caliente y sudorosa, preferiblemente pegada a un torso femenino decente. Pero lo entiendo —mintió Jennie, intentando que su voz no sonara a patético derrumbe—. Es solo que... Yo también quería despejarme. Sentirme... Querida. O al menos, significativamente manoseada en un rincón oscuro de una fiesta.
Lisa soltó una risa.
—Nini, no te pongas dramática. Te prometo que será una buena salida ir al cine el fin de semana que viene, yo te invito como recompensa.
—El fin de semana que viene no es Halloween —refunfuñó Jennie, sintiendo cómo su papel de víctima se le ajustaba como un guante—. El fin de semana que viene será noviembre, y yo seguiré estando tan sola. Ojalá yo tuviera una mujer guapa con la que salir y tener un poco de diversión.
Fue entonces cuando Lisa, con la expresión de quien comparte un meme particularmente hilarante, se inclinó sobre la mesa, bajando la voz a un tono conspirativo.
—Pues si estás tan desesperada... —dijo, con una sonrisa juguetona—. En internet leí una vez que si; ‘En la noche de Halloween, si invocas al demonio correcto, este te concederá el deseo que más anhelas, pero solo si estás dispuesta a pagar el precio. Si no cumples, el demonio se llevará tu alma’.
Hizo una pausa dramática, esperando la risa de Jennie. Pero la risa no llegó. En su lugar, los ojos castaños de Jennie se abrieron como platos, captando la tenue luz fluorescente de la cafetería con un destello de esperanza genuina y patéticamente literal.
—¿En serio? —preguntó Jennie, su voz apenas un susurro.
La sonrisa de Lisa se congeló.
—No. Jennie, no. Por el amor de Dios, era una broma. Es un creepypasta, una de esas cosas que circulan en foros raros escritos por adolescentes góticos que se creen Drácula. No es real.
—Pero... ¿Y si lo es? —insistió Jennie—. ¿Qué clase de precio? ¿Dinero? ¿Sacrificio de gallinas? Porque lo de las gallinas podría ser un problema, mi arrendadora es un poco quisquillosa con los ruidos y las plumas.
—Jennie, ¡Para! —Lisa casi gritó, mirando a su alrededor con nerviosismo—. No es real. Es una estupidez. Ni siquiera sé qué demonio era. ¿Mefistófeles? ¿Asmodeo? ¿Belcebú, el señor de las moscas, que probablemente solo te concedería una infestación? ¡Es absurdo!
Pero la semilla ya estaba plantada. Y en el fértil terreno de la desesperación de Jennie, estaba brotando con la ferocidad de una mala hierba. Podía verlo: ella, vestida de algo sexy y oscuro, no en una fiesta universitaria llena de borrachos sudorosos, sino en su habitación, con velas, convocando a una fuerza ancestral de poder infinito que, con un chasquido de sus garras, le entregaría el amor eterno, intenso y absoluto que merecía. Era mucho más glamuroso que intentar ligar con una contadora en una fiesta.
—Tienes razón —dijo Jennie, repentinamente serena—. Es una tontería. Una bobada. Lo siento, me he dejado llevar.
Lisa suspiró, aliviada.
—Menos mal. Pensé que por un momento ibas a ir a tu casa a dibujar un pentagrama en la moqueta.
Jennie sonrió.
—Claro que no. Eso dejaría marcas. Bueno, tengo que... Ir a la biblioteca. Estudiar. Esa cosa de... Economía.
Antes de que Lisa pudiera señalar que Jennie estudiaba Literatura y que la economía le importaba tanto como la política exterior de Liechtenstein, Jennie ya se había levantado, había recogido su bolso y se dirigía a la salida con una determinación que no había mostrado en semanas.
No fue a la biblioteca. Fue directamente a su apartamento, un estudio pequeño y desordenado. Encendió su laptop, una máquina que gemía con cada pestaña nueva abierta, y se sumergió en las profundidades digitales.
Su primera búsqueda fue, naturalmente: “Cómo invocar a un demonio para el amor Halloween”.
Los resultados fueron una mezcla desconcertante de páginas de fanfiction, tutoriales de maquillaje de zombi y foros de ocultismo poblados por usuarios con nombres como “Sombra_Nocturna_666” y “Astaroth_Mi_Amor”. Jennie, con el escepticismo de una científica, descartó los que parecían escritos por niños de catorce años. Se centró en los que tenía una redacción más elaborada, preferiblemente con faltas de ortografía góticas y advertencias en mayúsculas.
Pasó horas. La luz del día comenzó a morir fuera de su ventana, tiñendo su habitación de tonos anaranjados y grises. Encontró rituales que requerían pelo de vírgen (problemático), lágrimas de bebé (éticamente dudoso) y cantar el himno de Pokémon al revés (simplemente estúpido). La frustración crecía en su interior. Tal vez Lisa tenía razón. Tal vez todo era una gigantesca pérdida de tiempo.
Hasta que lo encontró.
Era un blog de aspecto antiguo, con fondo negro y texto rojo sangre. No tenía anuncios. No tenía botones de redes sociales. Se llamaba “El Rincón de los Susurros Prohibidos”. El post era largo, detallado, y estaba escrito con una prosa extrañamente persuasiva y arcaica. No parecía el trabajo de un adolescente aburrido. Hablaba de un demonio en particular, uno menos conocido, una entidad de deseos lujuriosos y pactos ardientes. Su nombre era Lady Ashmedai.
La entrada describía a la demonio no como un monstruo cornudo y con pezuñas, sino como una mujer de belleza sobrenatural e hipnótica, una criatura de fuego y sombra que se alimentaba no de almas genéricas, sino de la entrega absoluta, del éxtasis y la rendición total de sus suplicantes. Su dominio era el amor, pero no el amor cursi de las películas, sino el amor como una fuerza obsesiva, devoradora, eterna y absoluta. Exactamente las palabras que Jennie había estado pensando.
El ritual era específico. No requería ingredientes imposibles, sino elementos de una carga simbólica poderosa (y, pensó Jennie con alivio, asequibles en tiendas esotéricas de última hora):
— Velas negras: Siete, para representar los siete velos de la entrega.
— Incienso de sándalo y mirra: Para abrir un portal sensorial entre los mundos.
— Un cuenco de plata (o, “en su defecto, uno de acero inoxidable que no haya contenido comida para gatos”): Para contener las brasas del incienso.
— Un espejo ovalado: La ventana a través de la cual ella se manifestaría.
— El sello de Lady Ashmedai: Un diseño intrincado que había que dibujar en el suelo con tiza o... “con el fluido vital del suplicante”.
Jennie frunció el ceño. ¿Sangre? Eso sonaba drástico, melodramático y potencialmente anti-higiénico. Optó mentalmente por la tiza. Era Halloween, no una cirugía a corazón abierto.
El precio, explicaba el blog con una calma aterradora, no era una gallina, ni siquiera el alma de forma inmediata. Era “una noche de entrega total”. La suplicante debía ofrecerse por completo a la voluntad de la Dama, someterse a sus designios sin cuestionar, convertirse en arcilla en sus manos por el lapso de una noche. Si se negaba, si se resistía, si incumplía el trato... El alma sería reclamada de inmediato. No habría amanecer para ella.
Jennie se reclinó en su silla, el corazón le latía con fuerza contra el pecho. No era un meme. Era un manual de instrucciones. Un manual de instrucciones para conseguir novia, o al menos, para conseguir una experiencia sobrenatural que, sin duda, sería más interesante que ver a Lisa publicar selfies con Roseanne.
La lógica, esa débil llama en la tormenta de su desesperación, intentó protestar. ¿Y si es peligroso? ¿Y si es real y sales escaldada, o poseída, o convertida en un mueble en el infierno?
Pero una voz más fuerte, alimentada por la soledad y el aburrimiento y un toque de histeria, respondió:¿Qué tienes que perder, Jennie? Tu orgullo ya se fue por el desagüe de la cafetería. Tu vida social es un erial. Y tu alma... Bueno, si existe, probablemente esté tan polvorienta y sin usar que ni un demonio querría reclamarla sin antes pasarle un trapo.
Tomó una decisión. Se levantó, se puso una chaqueta y fue a la tienda esotérica “El Caldero Chispeante”, que olía a pachuli y esperanzas desesperadas. Compró velas, incienso y un trozo de tiza blanca. El cuenco de acero inoxidable lo encontró en su propia cocina, reluciente después de un frotado vigoroso para eliminar cualquier rastro de atún. El espejo ovalado lo descolgó del recibidor, ignorando el leve sentimiento de culpa por despojar a su apartamento de su único elemento decorativo medianamente presentable.
De vuelta en su habitación, con las persianas bajadas, dibujó el sello en el suelo, justo en el centro de la habitación. Era un patrón complejo de círculos entrelazados, símbolos que parecían una mezcla de alfabetos antiguos y geometría sagrada diseñada por un loco. Le llevó una hora, consultando constantemente la imagen en su teléfono, sudando levemente bajo la tenue luz de la lámpara de su mesilla.
Colocó las siete velas negras alrededor del perímetro del sello, el cuenco con el incienso humeante en el centro, y apoyó el espejo contra la pared, de frente al círculo. Era la noche del 31 de octubre. Afuera, se oían risas ocasionales y el runrún lejano de la ciudad celebrándose a sí misma. Dentro, solo el silbido suave del incienso y el latido acelerado de su propio corazón.
Jennie se arrodilló en el borde del sello, vestida con un conjunto de satín negro que había comprado para la fiesta a la que no iba a ir. Respiró hondo. El blog decía que había que recitar una invocación. La había memorizado.
—Lady Ashmedai —comenzó, su voz temblorosa al principio, luego más firme—. Dama de los Susurros Ardientes, Soberana del Deseo Eterno... Yo, Jennie, te invoco en esta noche de velos finos. Te ofrezco mi anhelo... Mi más profundo anhelo de un amor eterno, intenso, absoluto. Te lo suplico.
Las velas parpadearon. El humo del incienso se arremolinó, formando espirales imposibles.
—Escúchame —continuó, cerrando los ojos—. Te pido lo que mi corazón más anhela. Y estoy... Dispuesta a pagar el precio. Mi entrega total por una noche. Lo acepto.
Al abrir los ojos, un escalofrío le recorrió la espalda. El humo del incienso ya no era gris. Era de un color rojo oscuro, como vino tinto. Las llamas de las velas se alzaron, ardiendo con una intensidad sobrenatural, teñidas de un tono carmesí siniestro. El aire se espesó, olía a azufre, a piel caliente y a una tormenta eléctrica potente.
Y entonces, del espejo, algo se movió.
El vidrio pareció licuarse, ondulándose como la superficie de un lago oscuro, y de su centro, surgió una figura.
Era exactamente como el blog había descrito, y sin embargo, infinitamente más. Medio alta, de una estatura que imponía sin esfuerzo, su piel tenía el tono del ónice pulido, y sus ojos... Sus ojos eran como pozos de lava fundida, dorados e hipnóticos, con pupilas felinas que se clavaron en Jennie con el peso de un universo entero. Llevaba una especie de armadura ceremonial oscura y enjoyada que se fundía con su cuerpo en algunos lugares, dejando al descubierto largas extensiones de esa piel imposible. Su cabello, negro como la medianoche, flotaba alrededor de su cabeza como si estuviera sumergida en agua, movido por una brisa infernal. Y su sonrisa... Era tan bella como peligrosa. Una curva de labios carmesí que prometía éxtasis inimaginables y una perdición absoluta.
—Jennie —dijo la criatura, y su voz no era un solo sonido, era una sinfonía de susurros sedosos y rugidos subterráneos que resonaron en los huesos de Jennie, en su sangre—. Has llamado, y yo he respondido.
Jennie, con la boca seca y las rodillas temblando de tal manera que temió que se convirtieran en gelatina, solo pudo asentir.
—Ofreces un deseo —prosiguió la demonio, Lady Ashmedai, avanzando sin que sus pies parecieran tocar el suelo. El aire a su alrededor crepitaba con energía estática—. Un amor eterno. Intenso. Absoluto. Es un deseo poderoso. Hambriento. Yo puedo concedértelo.
Se detuvo justo al borde del sello, mirando a Jennie desde arriba. Su presencia llenaba la habitación, aplastando el oxígeno.
—Pero mi precio no es negociable —su voz era una caricia letal—. Exige tu entrega total. Por esta noche. Cuerpo, voluntad, alma. Serás mía, para hacer contigo lo que yo desee. Sin preguntas. Sin resistencia. Si rehúsas, aunque sea por un instante, el trato se rompe. Y tu alma... Será mía para siempre. ¿Comprendes?
Jennie tragó saliva. Esto ya no era un meme. Esto no era una broma. Esto era real, aterrador y terriblemente excitante. La belleza de la demonio era abrumadora, y la promesa de lo que ofrecía, de acabar con su soledad de una vez por todas, era un canto de sirena imposible de ignorar.
—Lo... Lo comprendo —logró articular.
—Entonces —la sonrisa de Lady Ashmedai se ensanchó, mostrando la punta de unos colmillos perfectos—. ¿Aceptas el trato?
Jennie, mirando fijamente a aquellos ojos de lava, sintió que toda su vida de mediocridad y anhelos no correspondidos se condensaba en este único momento. Asintió de nuevo, con más fuerza esta vez.
—Sí —susurró—. Acepto.
El resplandor carmesí en la habitación estalló en un cegador torrente de luz roja. Jennie sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El último pensamiento coherente que tuvo antes de que el mundo se disolviera en sensaciones indescriptibles fue: Lisa, cariño, espero que tu cita con la rubia sea aburridísima.
Ya no olía a velas de sándalo baratas, sino a ozono, poder ancestral y una lujuria tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Jennie seguía arrodillada, paralizada, mientras la visión de pesadilla elegantemente empaquetada en la forma de Lady Ashmedai la observaba con una mezcla de diversión y hambre voraz.
—Qué criaturas más... Deliciosamente patéticas son ustedes los humanos —susurró la demonio, y su voz era como terciopelo rasgado, arrastrándose por la piel de Jennie como un contacto físico—. Se pasan todo el tiempo corto de su existencia anhelando algo tan abstracto y tedioso como el “amor”. Les rompen el corazón, se desgastan hasta los huesos, lloran en sus almohadas a cantaros por un estúpido concepto. Podrían estar explorando los placeres más intensos que su frágil carne puede soportar. Se conforman con migajas cuando podrían tener un festín. Cómo tú.
Avanzó, y su movimiento no era caminar, era deslizarse, una serpentina de sombra y carne pálida. Su mirada, aquellos pozos de lava dorada, recorrían el cuerpo de Jennie con la intensidad de un catador examinando un manjar exquisito.
—Cuando tienen a su disposición un universo de placeres terrenales. Carne, sudor, gemidos, sumisión, dominio... —hizo un gesto despectivo con una mano de dedos largos y uñas afiladas—. Pero no, ustedes, con sus diminutos cerebros, lo reducís todo a un dueto de tórtolos intercambiando promesas vacías.
Se detuvo justo frente a Jennie, tan cerca que el calor que emanaba de su cuerpo era como el de un horno a punto de estallar. Jennie podía ver cada detalle de su rostro: la perfección imposible de sus pómulos, la curva sensual de sus labios, los pequeños y perfectos colmillos que asomaban con cada palabra.
—Pero tú... —la voz de Ashmedai bajó a un susurro íntimo, conspirativo—. Tú eres diferente, ¿Verdad pequeña humana? No estás aquí por un anillo de compromiso. Estás aquí por... Sensación. Por intensidad. Y qué envase tan... Apetecible has elegido para albergar tu desesperación.
Su mirada se posó en los labios de Jennie, luego bajó por su cuello, hasta el escote que la bata de satín negro apenas ocultaba. Había un deseo tan crudo y evidente en esa mirada que Jennie sintió un rubor que le quemaba desde las mejillas hasta el pecho. Estaba hipnotizada, paralizada por el miedo, la curiosidad y una excitación que comenzaba a pulular en su interior como una colmena enojada.
—No sabes ni por dónde empezar, ¿Verdad? —murmuró Jennie, sin saber de dónde había sacado el valor, o la estupidez, para hablar.
La demonio sonrió, al escucharla.
—Al contrario, criatura. El problema no es el principio, es la abundancia. Eres un banquete. Tu piel, tu miedo, ese latido acelerado que puedo oír a kilómetros de distancia... —comenzó a circular alrededor de Jennie, como un tigre alrededor de su presa, y cada paso era una caricia al suelo—. No sé si empezar por el suave y vulnerable cuello que tienes, por esos muslos que prometen un agarre perfecto, o por esa boca que acaba de cometer la tontería de invitarme a un festín.
Jennie jadeó cuando la sintió directamente detrás de ella. No la tocó al principio, solo la presencia, el calor abrasador contra su espalda. Luego, lentamente, Ashmedai se presionó contra ella, una losa de músculo y poder. Jennie pudo sentir las curvas firmes de la demonio a través de la fina tela de su bata. Un gemido escapó de sus labios, un sonido débil y avergonzado.
—Eso es —susurró Ashmedai en su oído, su aliento caliente como el viento del desierto—. Suelta esos sonidos patéticos. Son la mejor melodía para mí.
Sus manos, largas y de dedos hábiles, se deslizaron por los costados de Jennie, despacio, deliberadamente, hasta posarse en sus pechos sobre la tela de satín. Los apretó con una fuerza posesiva, calculada para arrancar otro jadeo de la humana.
—Una mujer tan hermosa... —murmuró, mordisqueando suavemente el lóbulo de Jennie—. Con esta carne... Deseando amor. Lo que necesitas no es un poema, es una buena, larga y sucia...
La palabra que susurró a continuación era tan obscena, tan gráfica y específicamente vulgar, que Jennie sintió que las piernas se le doblaban. Ashmedai la sostuvo con facilidad, riendo bajito, una vibración que recorría toda la espalda de Jennie.
—Sí eso, necesitas una buena follada, angelito.
Con movimientos expertos, desde atrás, comenzó a desatar el cinturón de la bata. La tela negra se abrió y se deslizó por los hombros de Jennie, cayendo en un susurro sedoso al suelo. Debajo, como Ashmedai había anticipado con deleite, Jennie llevaba un vestido cortísimo negro, el mismo que había comprado para la fiesta. Quedaba al descubierto las largas piernas lisas de Jennie, la curva de sus muslos gruesos, y la promesa de su entrepierna.
La demonio emitió un sonido gutural de aprobación.
—Me gusta —dijo, y sus manos recorrieron los muslos desnudos, desde las rodillas hasta el borde del vestido—. Una presentación tentadora. Muy bien.
Con un movimiento brusco, giró a Jennie para ponerla de frente. Sus ojos de lava ardían ahora con una intensidad aterradora. No hubo preámbulo, ni dulzura. Ashmedai inclinó la cabeza y atacó sus labios.
Era un beso que no era un beso. Sus labios eran duros, exigentes, y la lengua... La lengua de Ashmedai era una invasión experta, saboreando, explorando, reclamando. Sabía a ceniza, a vino especiado y a poder puro. Jennie, sorprendida por la rudeza, intentó al principio resistirse, pero la fuerza que emanaba la demonio era absoluta. Se dejó hacer, y luego, tímidamente, trató de seguirle el ritmo, moviendo sus labios, encontrando su lengua. Era como intentar bailar con un tornado.
La falta de aire se hizo insoportable. Sus pulmones ardían. Justo cuando creyó que se desmayaría, Ashmedai se separó. Un hilo de saliva plateada se rompió entre sus labios. Jennie jadeó, tambaleándose, y al mirar a la demonio, vio que sus ojos ya no eran dorados. Eran de un rojo incandescente, como carbones al rojo vivo.
—¿Qué... Qué sucede? —logró preguntar Jennie, con la voz ronca.
Ashmedai sonrió, mostrando la totalidad de sus colmillos. Era una sonrisa de depredadora satisfecha.
—El aperitivo ha abierto el apetito —dijo, y su voz ahora tenía un eco cavernoso.
Se alejó dos pasos, con una elegancia sobrenatural, y alzó su dedo índice. Un destello de energía roja, breve y cegador, surgió de su punta y envolvió a Jennie. La morena sintió un cosquilleo extraño, como si miles de insectos estuvieran recorriendo su piel, y luego, una sensación de frío aire.
Miró hacia abajo. Su vestido negro había desaparecido. Ahora estaba de pie en el centro del sello, vestida solo con una lencería negra diminuta y absurdamente lujosa para sus estándares: un sujetador de encaje que realzaba su escote y una braga igualmente insustancial que dejaba muy poco a la imaginación.
—¡Ah! —gritó Jennie, instintivamente cruzando los brazos sobre su pecho y tratando de cubrirse con las manos.
Ashmedai se rió, un sonido que era como cristales rompiéndose.
—Relájate, criatura. La modestia es el refugio de los que no tienen nada que mostrar. Y tú... Tú tienes mucho que mostrar. No tiene sentido esconder el banquete bajo una sábana.
Jennie, temblando, bajó los brazos a regañadientes, sintiéndose más expuesta que nunca. Su piel se erizaba bajo la mirada escrutadora de la demonio.
Ashmedai, entonces, recorrió el cuarto de Jennie con una mirada despectiva. Sus ojos rojos se posaron en los pósters de artistas y actrices pegados en la pared.
—¿En serio? —preguntó, con una risa burlona—. ¿Adoras a estos simios con maquillaje? Patético. Su “talento” es tan efímero como sus vidas. —señaló un póster de una actriz de cine—. Y esa... Parece que ha sido alimentada a base de aire y aprobación. No tiene ni la sustancia para ser un bocado decente.
Su burla era un cuchillo que cortaba no solo los gustos de Jennie, sino toda su identidad juvenil. Se sentía ridícula, una niña jugando a rituales en una habitación de adolescente.
Ashmedai pareció aburrirse de su decoración. Se dirigió a la cama, una estructura simple con sábanas grises, y se sentó en el borde con la gracia de una reina en un trono de paja. Cruzó sus largas piernas, y con un chasquido de sus dedos, su imponente armadura negra y enjoyada se disolvió en un vapor carmesí que se desvaneció en el aire.
Quedó sentada, con la piel pálida como la luna, marcada aquí y allá con delgadas cicatrices plateadas que parecían constelaciones de batallas antiguas. Solo llevaba una lencería de un color vino tinto profundo, tan escasa o más que la de Jennie, que resaltaba la palidez fantasmagórica de su piel y las curvas poderosas de su cuerpo.
Jennie emitió un gimoteo involuntario. La visión era sobrecogedora. La demonio era pura estética aterradora, una combinación de belleza mortal y un aura de peligro que erizaba la piel.
Ashmedai sonrió, mostrando sus colmillos, y palmeó sus muslos desnudos.
—Ven —ordenó, su voz una nota baja y vibrante—. Siéntate.
Jennie, con las piernas temblorosas, obedeció. Se paró frente a la demonio, sintiéndose como una doncella a punto de ser sacrificada, y bajó la mirada, como pidiendo permiso. La sumisión del gesto pareció complacer a Ashmedai.
La demonio se irguió ligeramente, su nariz casi tocando el vientre de Jennie, justo por encima de la línea de la braga negra. Aspiró profundamente, como un gourmet oliendo un vino raro.
—Dios... —murmuró, y la palabra, proveniente de una criatura infernal, sonó extrañamente blasfema—. Hueles... Demasiado bien. A miedo, a deseo, a juventud desperdiciada. Es un aroma embriagador.
Antes de que Jennie pudiera reaccionar, Ashmedai le colocó sus manos en sus glúteos, sus dedos largos se hundieron en la carne firme, y con una fuerza que no admitía discusión, la sentó sobre sus muslos. Jennie quedó a horcajadas sobre ella, su lencería negra en contacto directo con la piel ardiente de la demonio.
Las manos de Ashmedai inmediatamente se aferraron a sus muslos, amasándolos con una intensidad que rayaba en lo doloroso, marcándolos con la presión de sus dedos.
—Tienes una constitución... Admirable —susurró Ashmedai, su aliento caliente en el cuello de Jennie—. Sólida. Jugosa. Hecha para ser devorada.
Luego, sin previo aviso, inclinó la cabeza y clavó sus colmillos en el cuello de Jennie, justo en la unión con el hombro.
No fue el mordisco romántico de un vampiro de novela. Fue una punción rápida, precisa y brutal. Un dolor agudo y electrizante recorrió a Jennie, seguido de una oleada de calor. Sintió un hilo de sangre caliente deslizarse por su piel.
Ashmedai se separó, lamiéndose los labios, saboreando la gota carmesí.
—Mmm... El vino de la vida. Dulce, y solo mío —susurró, sus ojos rojos brillando con una luz maníaca—. Escúchame bien, pequeña humana. Jennie. La diversión de cortesía ha terminado.
Apretó sus muslos contra los de Jennie, inmovilizándola aún más.
—He probado tu miedo, he probado tu sangre. Ahora voy a probar todo lo demás —su voz era una promesa y una amenaza en una—. Y te advierto, no tendré compasión. No habrá pausas, ni gentilezas, ni concesiones. No estaré satisfecha hasta que cada centímetro de tu piel haya gemido, cada uno de tus nervios esté al límite, y hayas olvidado ese patético deseo por el “amor” para sólo suplicar por más de mi atención.
Jennie, con el corazón martilleándole en el pecho, el cuello palpitando y un fuego líquido comenzando a extenderse desde su centro, solo pudo asentir, sus ojos vidriosos fijos en los de la demonio. El ritual había terminado. El festín, propiamente dicho, estaba a punto de comenzar. Y ella, Jennie, la universitaria sola y desesperada, era el plato principal.
Lady Ashmedai se incorporó. Jennie, todavía sentada sobre los muslos de la demonio, con la marca palpitante en su cuello, sentía que la realidad se desdibujaba en un torbellino de sensaciones crudas.
Ashmedai no esperó. Con un movimiento fluido, cerró la ínfima distancia entre sus bocas. Sus labios se movieron con una pasión feroz, y sus colmillos, esta vez, no se contentaron con rozar. Con una precisión cruel, mordieron el labio inferior de Jennie, perforando la piel suave.
Un grito ahogado se atascó en la garganta de Jennie. El sabor metálico de su propia sangre inundó su boca, mezclándose con el sabor a ceniza y especias de la demonio. La sensación fue un vértigo de dolor y un placer retorcido. El beso se tornó más posesivo, más húmedo, más profundo. Ashmedai bebía de su boca, literal y figurativamente, y Jennie, mareada por el mar de sensaciones nuevas y contradictorias, se dejó hacer. Su voluntad se disolvía como azúcar en agua caliente. Sus manos, temblorosas, se aferraron a los hombros pálidos de la demonio, sus uñas clavándose levemente en la piel fría como mármol.
Cuando Ashmedai finalmente se separó, ambas jadeaban. La sangre teñía de carmesí los labios de Jennie, dándole un aspecto salvaje y vulnerable que parecía excitar aún más a la demonio.
—Eres más dulce por dentro —ronroneó Ashmedai, lamiendo una gota de sangre del labio de Jennie con la punta de su lengua.
Sus manos no cesaban. Recorrieron los muslos de Jennie, apretando la carne firme con una intensidad que prometía moretones. Se deslizaron hacia sus glúteos, agarrando y amasando con una familiaridad absoluta, como si ese cuerpo ya le perteneciera por derecho divino. Luego, una de sus manos ascendió, trazando un camino desde el abdomen hasta posarse en uno de sus pechos.
Ashmedai bajó la cabeza y tomó el pezón entre sus labios por encima de la tela. Lo mordisqueó con sus colmillos, lo succionó con una fuerza que arrancó gemidos entrecortados de Jennie, cuya cabeza se ladeó hacia atrás, los ojos cerrados, perdida en un torbellino de dolor y placer que no sabía descifrar.
—En la cama. Ahora —la orden de Ashmedai no dejaba espacio para la duda.
Con un movimiento aparentemente sin esfuerzo, la tumbó sobre el desorden de sábanas grises. Un chasquido de sus dedos, y la minúscula lencería de Jennie se desvaneció, dejándola completamente expuesta y desnuda sobre la cama. Ashmedai se incorporó sobre ella, y un gruñido gutural, profundo y satisfecho, emergió de su pecho.
—Perfecta —susurró, sus ojos rojos escrutando cada centímetro de piel temblorosa—. Una ofrenda digna.
Se posicionó entre sus piernas, separándolas con sus manos sin miramientos. Jennie, con el corazón en la garganta, intentó cubrirse con las manos, pero una mirada fulminante de la demonio la paralizó.
—No me provoques —fue todo lo que Ashmedai dijo, y la palabra tenía el peso de una losa.
Luego, bajó la cabeza.
Su lengua no era humana; era más hábil, más rápida, más insistente. Un instrumento de puro éxtasis diseñado para el tormento. Era un oral húmedo, poderoso y brutalmente efectivo. Recorrió, exploró, penetró y acarició con una pericia sobrenatural que hizo que Jennie se arqueara fuera del colchón, un grito largo y tembloroso escapando de sus labios. Las sensaciones se acumularon demasiado rápido, demasiado intensas. Era como ser alcanzado por un rayouna y otra vez. En cuestión de momentos, un orgasmo violento e inesperado la estremeció. Gritó, sus caderas se elevaron convulsivamente, y sus fluidos mancharon el rostro pálido de la demonio.
En su éxtasis ciego, Jennie, actuando por puro instinto, hundió sus manos en el cabello negro como la noche de Ashmedai, aferrándose con fuerza, presionando su rostro contra su centro, con un desesperado afán de que aquella sensación no cesara nunca.
Ashmedai se separó de un tirón. Su rostro, empapado y glorioso, se nubló con una ira instantánea. Sus ojos rojos se estrecharon. Antes de que Jennie pudiera siquiera comprender lo que había hecho mal, la mano de la demonio se alzó y descendió con una fuerza contenida pero punzante, dando una palmada seca y resonante en su sexo aún sensible y húmedo.
—¡Ahhh! —un chillido agudo, mezcla de sorpresa, dolor y vergüenza, salió de Jennie, que retrocedió instintivamente.
En un movimiento rápido como el de una serpiente, su mano se cerró alrededor del cuello de Jennie, no con la fuerza para asfixiarla, sino con la suficiente para inmovilizarla y hacerle sentir su dominio. La obligó a mirarla.
—¿Qué te hizo creer —preguntó su voz, un silbido peligroso— que tenías derecho a dirigir mi festín? ¿Qué te hizo pensar que esta carne —apretó el cuello—, este placer, te pertenecen para que lo controles?
Jennie, aterrorizada, con el rostro bañado en lágrimas de dolor y confusión, solo pudo sacudir la cabeza.
—No... No lo sé... Lo siento...
—“Lo siento” no repara la insolencia —cortó Ashmedai—. Has reclamado propiedad sobre algo que es mío. Y por eso, pequeña humana, ahora serás castigada.
La volteó con brusquedad, dejándola boca abajo, con el rostro hundido en el colchón y su trasero, ahora marcado por el rojo vivo de la palmada, expuesto al aire. Jennie gimió, sintiéndose más vulnerable que nunca.
Ashmedai chasqueó los dedos. Un humo oscuro y fugaz, que olía a hierro forjado en el inframundo, envolvió las muñecas de Jennie. Cuando se disipó, unas esposas de metal negro, adornadas con espinas cortantes en su interior, se habían cerrado alrededor de sus muñecas, manteniendo sus manos inmovilizadas en la espalda. Jennie jadeó cuando las puntas se clavaron en su piel, un dolor agudo y punzante que le recordó con cada pequeño movimiento quién tenía el control.
—Esto es por tu osadía —declaró Ashmedai, posicionándose detrás de ella—. Y ahora, contarás cada azote hasta que yo decida que es suficiente, y si pierdes la cuenta, empezaremos de nuevo.
Jennie, con la voz temblorosa, asintió contra el colchón.
El primer azote cayó. La mano de Ashmedai, fuerte e implacable, conectó con su glúteo con un sonido seco y crujiente.
—¡Uno! —gritó Jennie, la voz entrecortada.
El segundo azote, en la misma mejilla, más fuerte.
—¡Dos!
Uno tercero, en el otro glúteo, haciendo que todo su cuerpo se estremeciera.
—¡Tres!
Así continuó, una y otra vez. Los números se sucedían entre jadeos y gemidos de dolor. La piel de Jennie se enrojeció, luego se sonrojó, hasta quedar sensible y ardiente. Pero en medio del dolor, una extraña corriente de calor comenzó a extenderse de nuevo desde su centro. La humillación, la sumisión forzada, estaba avivando un fuego que no entendía.
Después de lo que pareció una eternidad, cuando sus glúteos estaban uniformemente teñidos de un rojo intenso y ella jadeaba agitadamente, los azotes cesaron. La ausencia del impacto la hizo tensarse, esperando lo siguiente.
No esperaba sentir dos dedos largos, fríos como el mármol y empapados en algún tipo de aceite fragante que no estaba allí un segundo antes, introduciéndose en su interior con una facilidad brutal.
Un grito extasiado, muy diferente a los anteriores, le arrancó el aliento. Los dedos de Ashmedai se movían con una rapidez y precisión inhumanas, encontrando cada punto sensible dentro de ella, masajeando y frotando mientras la piel de sus nalgas ardía con el recuerdo de los azotes. Era una tortura exquisita. Una mezcla de dolor y placer tan intensa que Jennie creyó volverse loca. Gemía sin control, perdida en la sensación, sus caderas empujando contra los dedos de la demonio contra su voluntad.
—Vamos —ordenó la voz de Ashmedai, serena y autoritaria detrás de ella—. Córrete para mí. Ahora.
Fue una orden imposible de desobedecer. El cuerpo de Jennie, ya al borde del abismo, se estremeció violentamente. Un segundo orgasmo, más profundo y convulsivo que el primero, la recorrió, haciéndola gritar hasta quedar ronca mientras un torrente de fluidos empapaba los dedos de la demonio y las sábanas debajo de ella. Se derrumbó, exhausta, jadeando contra el colchón.
Ashmedai retiró sus dedos lentamente. Un nuevo chasquido, y las esposas con espinas se desvanecieron, dejando sólo pequeños puntos de sangre en las muñecas de Jennie.
—Arrodíllate —fue la siguiente orden.
Jennie, con el cuerpo tembloroso y el cuerpo cubierto de un sudor frío y caliente a la vez, obedeció. Se arrodilló en el centro de la cama, sintiendo el aire sobre su piel marcada y sensible.
Ashmedai se colocó frente a ella, de pie junto al borde de la cama. Con otro gesto, un humo similar envolvió las muñecas de Jennie, atándolas nuevamente a su espalda, esta vez con unas ataduras invisibles pero igual de fuertes.
—Ahora —dijo Ashmedai, abriéndose de piernas frente al rostro de Jennie—. Usa esa lengua que tan bien sabe gemir. Hazme sentir lo que tú sentiste. Tu boca es lo único que te permito usar.
Jennie, sumisa y embriagada por la sucesión de eventos, se inclinó hacia adelante. Su lengua, tentativa al principio, comenzó a lamer y explorar el sexo de la demonio. Para su sorpresa, era sorprendentemente similar al de una humana, pero más frío, y con un sabor salado y único.
—Así... —susurró Ashmedai, con los ojos cerrados y una mano enredándose en el cabello de Jennie—. Qué irónico... Que una simple humana tenga una lengua tan... Mágica.
Jennie, estimulada por el elogio retorcido, se aplicó con más dedicación, encontrando un ritmo que hacía que los muslos de Ashmedai temblaran levemente. La demonio se movía contra su boca, guiándola con su mano en el cabello, dictando la presión y la velocidad.
Cuando Jennie, por falta de aire, intentó separarse un momento para respirar, Ashmedai le dio una bofetada leve pero humillante en la mejilla.
—¿Te he dado permiso para dejar de servir? —preguntó, su voz cargada de desprecio y excitación—. Continúa. No pares hasta que yo diga.
Jennie, con lágrimas de esfuerzo resbalando por sus mejillas, volvió a su tarea. Esta vez, no se detuvo. Se concentró en dar placer, en usar su boca como la única herramienta que le quedaba. Chupó, lamió y penetró con su lengua hasta que la respiración de Ashmedai se volvió jadeante y sus manos se aferraron con fuerza al cabello de Jennie.
Finalmente, un grito gutural y victorioso llenó la habitación. Ashmedai se estremeció, sus caderas presionándose contra el rostro de Jennie con fuerza posesiva, marcando su propio clímax. Permaneció así por un largo momento, antes de apartarse.
Jennie cayó de lado sobre la cama, jadeando, exhausta, cubierta de sus propios fluidos, su sangre y ahora los de la demonio. Su cuerpo era un mapa de dolor y placer, de sumisión y éxtasis.
Ashmedai la miró, con una sonrisa de satisfacción cruel en sus labios.
—La lección está aprendida —dijo, su voz recuperando parte de su compostura divina— Descansa, pequeña humana. Esto no ha hecho más que empezar. La noche es larga, y mi hambre... Insaciable.
Jennie cerró los ojos, saboreando el brevísimo respiro. Su mente, nublada por el placer y el dolor, intentaba procesar la montaña rusa de sensaciones. El miedo se había fundido con una excitación tan profunda que le avergonzaba.
No pasaron más de cinco minutos antes de que Ashmedai se moviera con un suspiro de aburrimiento teatral. Retiró el brazo de sus ojos, y aquellos pozos de lava roja se fijaron en Jennie con una intensidad renovada.
—Qué pereza —murmuró, su voz un ronroneo grave—. La languidez post-coital es tan... Humana. Tan mundana.
Jennie abrió los ojos y se encontró con esa mirada. Un escalofrío le recorrió la columna. Aún estaba agotada, cada músculo le dolía, pero algo en la expresión de Ashmedai le decía que la noche estaba lejos de terminar.
—Pensé que... —Jennie tragó saliva, su voz era un hilacho— Que tal vez...
—¿Que tal vez me conformaría? —Ashmedai terminó la frase por ella, una sonrisa socarrona curvando sus labios—. Oh, pequeña criatura.
Se movió con la fluidez del mercurio, desplazándose sobre Jennie hasta quedar a horcajadas sobre su pelvis. Su peso no era opresivo. El calor que emanaba de su cuerpo era casi insoportable, como recostarse sobre piedras al sol del desierto.
—Mírame —ordenó Ashmedai, y Jennie obedeció, sus ojos castaños encontrando los rojos incandescentes.
La demonio sonrió, mostrando la punta de sus colmillos. Luego, con una lentitud deliberada, una de sus manos se elevó y se cerró alrededor del cuello de Jennie. Sus dedos largos y fríos se ajustaron a la curva de su garganta, la presión era firme, constrictiva, pero no inmediatamente peligrosa.
—¿Sabes? —susurró Ashmedai, inclinándose sobre ella hasta que sus labios estuvieron a centímetros de los de Jennie—. Hay una delgada línea entre el éxtasis y la obliteración. Y es en esa línea donde se encuentra el placer más exquisito.
La presión en su cuello aumentó levemente. Jennie sintió un pánico instantáneo, primitivo. Sus pulmones se quejaron, su corazón se aceleró. Instintivamente, sus manos se alzaron para aferrarse a la muñeca de Ashmedai, pero no tenía fuerza para luchar. Sus dedos se cerraron alrededor de la piel fría como el mármol, inútilmente.
—Shhh... —la demonio acarició su mejilla con la otra mano—. Relájate. Confía en mí. O, mejor aún, no confíes.
Mientras mantenía su agarre en el cuello de Jennie, Ashmedai se ajustó sobre ella. Sus caderas se alinearon, y Jennie sintió el contacto húmedo y ardiente de sus intimidades. La demonio comenzó a moverse, en un balanceo lento y deliberado al principio, frotándose contra ella con una intimidad devastadora. Era una fricción brutalmente efectiva, cada movimiento diseñado para buscar y explotar cada punto sensible que Jennie tenía.
La asfixia leve, la restricción de aire, nublaba su mente, haciendo que las sensaciones en su cuerpo se amplificaran hasta un grado casi doloroso. El placer que surgía de su centro era una corriente eléctrica que se enredaba con el pánico, creando un cóctel de emociones tan intenso que Jennie creyó que su cabeza explotaría. Su cuerpo se arqueó, no en un intento de escape, sino para presionarse más contra Ashmedai, para profundizar el contacto. Un gemido ronco, estrangulado por la mano en su cuello, escapó de sus labios.
—Eso es —la voz de Ashmedai era un susurro áspero, cargado de lujuria y diversión—. Mira nada más cómo respondes. Tu cuerpo lo entiende, incluso si tu mente diminuta lucha contra ello. La aniquilación... Es el orgasmo definitivo.
Aumentó el ritmo, sus caderas moviéndose con una fuerza y una precisión inhumanas. La fricción era implacable, húmeda y caliente. Jennie jadeaba, buscando desesperadamente aire que no llegaba del todo. Manchas de luz danzaban en el borde de su visión. El mundo se reducía a la mano en su cuello, a los ojos rojos que la miraban con posesión absoluta, y al fuego que se expandía desde su entrepierna, consumiéndola por dentro.
—Tu deseo era un amor eterno, ¿Verdad? —preguntó Ashmedai, su voz burlona mientras inclinaba la cabeza y comenzaba a besar y morder el cuello de Jennie, justo al lado de su mano constrictora. Sus colmillos se clavaron en la piel ya sensible, y Jennie gimió, una mezcla de dolor y placer—. Un concepto tan cursi. Tan... Limitado.
Chupó un parche de piel, dejando una marca oscura que se uniría a las demás.
—¿Y si cambio los términos del trato, pequeña humana? —susurró contra su piel—. ¿Y si decido que tu alma es tan deliciosa que no quiero esperar? ¿Qué tal si te llevo conmigo ahora mismo?
Jennie sintió una oleada de terror puro que se enredó con el éxtasis. Sus ojos se abrieron de par en par, mirando a Ashmedai con pánico.
—No... —logró articular, su voz apenas un hilacho de sonido.
—¿No? —Ashmedai se rió, un sonido que vibraba a través de ambos cuerpos—. ¿Por qué no? Serías una adición magnífica a mi colección. Una reina para mi dominio de sombras y fuego. Imagínate... —sus caderas embistieron con más fuerza, haciendo que Jennie gritara—. Tenerte todos los días, en cada momento, para mi placer exclusivo. Tu belleza, tu fuego, tu sumisión... Sería un festín sin fin.
Sus ojos brillaban con una luz maníaca, una chispa de verdadera tentación en su tono burlón. Jennie podía verlo; no era solo una broma sádica. La demonio lo consideraba seriamente. La idea la aterrorizó hasta la médula, pero, de manera perversa, una parte minúscula y oscura de su mente se estremeció con la idea. Ser deseada de esa manera, de forma tan absoluta y posesiva... Era la versión distorsionada de ese “amor eterno” que anhelaba.
—Miedo... —gimió Jennie, las lágrimas llenando sus ojos—. Por favor...
—El miedo es la salsa —refunfuñó Ashmedai, lamiendo una lágrima que se deslizaba por la mejilla de Jennie—. Y tus súplicas son la música.
El mundo de Jennie se estaba desvaneciendo. La falta de oxígeno, combinada con la embestida constante de placer, estaba llevando su cuerpo al límite. Ya no podía formar palabras. Su visión se nublaba, los contornos de Ashmedai se volvían borrosos, rodeados por un halo carmesí. Sintió que la conciencia se le escapaba, que se hundía en un pozo oscuro y cálido.
Justo cuando creyó que se desvanecería por completo, Ashmedai bajó la cabeza y capturó sus labios en un beso. No fue el beso devorador de antes, sino algo más profundo, más posesivo, casi... tierno, en su propia y retorcida manera. Fue un beso que reclamaba, que sellaba una promesa.
Al separarse, sus labios rozaron el oído de Jennie, y su susurro fue lo último que Jennie escuchó antes de que la oscuridad la reclamara por completo.
—Yo misma te daré ese amor eterno que tanto sueñas, pequeña —murmuró la voz de Ashmedai, impregnada de una certeza aterradora—. Un amor que arderá por toda la eternidad. Solo para mí.
Y entonces, Jennie cayó en la inconsciencia, su cuerpo exhausto y sobreestimulado finalmente cediendo. La última sensación fue el peso de Ashmedai sobre ella, la presión en su cuello desapareciendo, y la extraña calidez de un beso en sus párpados cerrados antes de que todo se volviera negro.
Jennie se incorporó de golpe en la cama, un grito ahogado atascándose en su garganta. Su corazón martilleaba contra sus costillas como un pájaro aterrorizado. Por un glorioso y brevísimo instante, la certeza de que todo había sido una alucinación grotesca, un sueño húmedo y retorcido inducido por la desesperación y el exceso de azúcar, inundó su mente. Pero luego, el entorno comenzó a mostrarle que no era así.
La luz del nuevo amanecer, pálida y grisácea, se filtraba por las persianas, iluminando un escenario de devastación. Su mirada, aún nublada por el sueño, chocó con el reloj de su mesita de noche. 7:04 AM. 1 de noviembre.
Un suspiro de alivio escapó de sus labios, pero se convirtió instantáneamente en un quejido agudo cuando un dolor punzante y generalizado la recorrió de la cabeza a los pies. Cada músculo protestaba, cada articulación crujía. Sintió una sensación de magulladura profunda, como si hubiera sido usada como saco de boxeo por un gigante benévolo pero de manos pesadas.
Con manos temblorosas, agarró el borde de la sábana que la cubría y la tiró hacia abajo. Un chillido, pequeño y avergonzado, se escapó de su boca. Estaba completamente desnuda. Marcas de mordiscos, morados en forma de dedos en sus caderas y muslos, y el rojo intenso y sensible de sus nalgas le contaban una historia que su mente aún se negaba a creer por completo.
“Fue un sueño. Tenía que ser un sueño”, se repitió, deslizando las piernas fuera de la cama con la determinación de probarse a sí misma que estaba cuerda.
Sus piernas, hechas de gelatina y dolor, se negaron a sostenerla. La sábana, enredada en sus tobillos, se convirtió en una trampa. Con un grito corto, se desplomó pesadamente sobre la alfombra, y un dolor agudo y cegador estalló en su nariz cuando golpeó el suelo.
—¡Aaagh! —gritó, rodando sobre sí misma mientras llevaba las manos a la cara. Un calor húmedo y familiar le corría entre los dedos. Sangre.
Desde el suelo, con la visión nublada por las lágrimas de dolor y frustración, su mirada barrió la habitación. Y fue entonces cuando toda esperanza de que fuera un sueño se evaporó.
Su lencería negra, la que Ashmedai le había hecho desaparecer, yacía hecha jirones en un rincón, como si hubiera sido desgarrada por garras. Las siete velas negras no solo se habían derretido; se habían fundido en charcos de cera oscura que se extendían por el suelo como manchas de alquitrán. Y en el techo, justo encima de donde había estado el sello, una mancha circular de un negro humeante y grasiento se extendía, como si el mismo aire del infierno se hubiera solidificado y adherido a la pintura.
—Dios mío —susurró, la voz quebrada por la conmoción y el dolor de nariz—. No fue un sueño.
El pánico, frío y agudo, la atravesó. Se levantó tambaleándose, envolviéndose apresuradamente en la sábana manchada, y salió corriendo de la habitación.
—¿Ashmedai? —llamó, su voz temblorosa recorriendo el pequeño apartamento.
Solo el silencio le respondió. Revisó el baño, la cocina, incluso el armario. Nada. Estaba vacío. Solo el rastro de destrucción en su dormitorio y el dolor en cada centímetro de su cuerpo atestiguaban la visita de la demonio.
Finalmente, encontró su teléfono sobre la encimera de la cocina. No recordaba haberlo dejado ahí. La pantalla estaba llena de notificaciones. Cientos de mensajes de Lisa. Con dedos trémulos, desbloqueó el dispositivo y marcó su número.
El teléfono sonó solo una vez antes de que Lisa contestara.
—¡Jennie! ¡Por todos los santos! ¡He estado llamándote toda la noche! ¿Dónde diablos estabas? Pensé que te había secuestrado un payaso o algo peor...
—Lisa —la interrumpió Jennie, su voz era un hilacho de pánico—. Tengo... Tengo que contarte algo. Algo urgente. Es sobre lo que me dijiste... Sobre el demonio.
Del otro lado de la línea, hubo una pausa. Y luego, un jadeo leve, sofocado. Jennie frunció el ceño.
—¿Lisa?
—Sí, sí, aquí estoy —la voz de Lisa sonó extraña, entrecortada—. ¿Qué... Qué pasa? ¿Estás bien?
Otro jadeo, más claro esta vez. Y luego, Jennie lo escuchó: una segunda voz, femenina, susurrando algo que no pudo distinguir, seguido de una risa baja y sensual.
El asco y la indignación le dieron una claridad momentánea.
—¿En serio, Lalisa? —espetó Jennie, su voz recuperando algo de fuerza—. ¿Estás teniendo sexo mientras hablas conmigo? ¿Después de que te he dicho que es urgente?
Lisa soltó una risita nerviosa.
—Lo siento, Jen. Es que... Es que Roseanne está aquí. Ya sabes. Pero dime, ¿Qué pasa?
—La cafetería de la facultad. En una hora. Tienes que estar allí —la voz de Jennie no admitía discusión—. Esto no puede esperar.
—Está bien, está bien —cedió Lisa, con un último jadeo ahogado—. Allí estaré. Cuídate, ¿Ok?
Jennie colgó, sintiendo una mezcla de furia y alivio. Al menos no estaba completamente sola en esto.
Una hora más tarde, después de una ducha rápida y dolorosa donde había intentado en vano lavar las marcas de su cuerpo y vestirse con un jersey de cuello alto y jeans para ocultar las pruebas, Jennie entraba en la cafetería de la facultad. El lugar olía a café rancio y derrota estudiantil, como siempre. Y allí, en su mesa habitual, estaba Lisa.
—¡Lisa! —Jennie casi corrió hacia su mesa, desplomándose en la silla frente a ellas—. ¡Fue real! ¡Todo fue real!
Lisa parpadeó, confundida.
—Tranquila, Jennie. Respira. ¿De qué hablas? ¿Qué fue real?
—¡Del demonio! —susurró Jennie, agarrándole el brazo con fuerza—. El que me dijiste. Lo investigué, Lisa. Era real. Se llamaba Lady Ashmedai. Y... Y la invoqué.
Lisa palideció visiblemente. Su café se detuvo a medio camino hacia sus labios. —¿Qué? No, Jennie, eso era una broma, una tontería de internet...
—¡Mira! —Jennie, con movimientos bruscos, se bajó un poco el cuello del suéter, mostrando las dos marcas de colmillos y el collage de chupones y moretones que se extendían por su piel—. ¡Acepté su trato a cambio de...! ¡Por el amor que quería! Y... Y ella... —su voz se quebró, los ojos se llenaron de lágrimas—. Una parte de mí piensa que estoy alucinando, que me volví loca, pero... ¿Cómo explico esto, Lisa? ¿Cómo explico el dolor, las marcas, la cera en el suelo, la mancha en el techo?
Lisa tragó saliva con dificultad.
Su nerviosismo era palpable. Sus ojos no podían despegarse de las marcas en el cuello de Jennie.
—Jennie, yo... no sé qué decir. Es imposible. Esas cosas no son reales.
—Pero lo son —insistió Jennie, desesperada—. Estuvo ahí. Me tocó, me... —no pudo continuar, el rubor de la vergüenza y el recuerdo de las sensaciones le quemaban las mejillas.
—¿Qué cosas no son reales? —una voz suave y melodiosa, pero con un deje de autoridad, sonó detrás de ellas.
Ambas se giraron. Roseanne estaba allí, impecable como siempre, con una sonrisa tranquila en sus labios. Pero su sonrisa se congeló cuando vio la expresión de pánico en el rostro de Lisa y el estado lastimoso de Jennie.
—¿Qué sucede? —preguntó Roseanne, posando una mano protectora en el hombro de Lisa.
Lisa parecía a punto de hiperventilar.
—N-Nada, cariño. Jennie solo está... Contando un sueño raro que tuvo.
—¡No fue un sueño! —gritó Jennie, indignada. Necesitaba que alguien la creyera. Se volvió hacia Roseanne—. Lalisa me dijo sobre un ritual para invocar a un demonio en Halloween. Lo hice. Y funcionó. Tuve contacto con una demonio que me prometió cumplir mi deseo.
La sonrisa de Roseanne se esfumó por completo. Su mandíbula se apretó y una chispa de algo... ¿Ira? ¿Preocupación? Cruzó sus ojos, que Jennie notó por primera vez que eran de un azul gélido, casi sobrenatural. Miró a Lisa con intensidad.
—Lisa —dijo su nombre con una calma peligrosa—. ¿Es eso cierto?
Lisa, acorralada, bajó la mirada y murmuró un débil: “Lo siento”.
Jennie miraba la escena, confundida. ¿Por qué Roseanne parecía tan... Molesta? ¿Por qué Lisa estaba pidiendo disculpas como si hubiera cometido un error?
—No entiendo —dijo Jennie, mirando de una a otra—. ¿Qué pasa?
Roseanne suspiró, pasando una mano por su perfecto cabello rubio. Miró a Jennie con una mezcla de exasperación y lástima.
—Jennie, escúchame. Esas leyendas... Son peligrosas. ¿Recuerdas el nombre de la... Entidad con la que hiciste el trato?
Jennie frunció el ceño, concentrándose a través del mareo de sus emociones.
—Sí. Lady Ashmedai.
Al escuchar el nombre, Roseanne cerró los ojos por un segundo, como si buscara paciencia. Cuando los abrió, su expresión era seria.
—Y dime, ¿De verdad crees que algo así es real? ¿Que un ser de otro plano de existencia apareció en tu habitación y te... Hizo eso? —señaló el cuello de Jennie con un gesto de la cabeza.
—¡Lo siento! —exclamó Jennie, sus propias lágrimas comenzando a caer—. ¡Sé que suena loco! Pero fue real. Y ahora... Ahora tengo miedo. Miedo de que solo haya jugado conmigo, de que no vaya a cumplir su parte del trato y... Y se lleve mi alma.
Roseanne y Lisa intercambiaron una mirada cargada de significado. Parecían estar a punto de decir algo, de revelar algo, cuando de repente, las tres sintieron una presencia.
Caminando entre las mesas, tan natural como si fuera una estudiante más, avanzaba una mujer que detuvo el tiempo a su paso. Era alta, de una belleza sobrenatural y cortante, con un cabello negro como el azabache que caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Su piel era de una palidez porcelanosa, impecable. Vestía unos pantalones negros suelto de cuero y una chaqueta de cuero del color del vino tinto. No había rastros de alguna armadura, pero Jennie la reconoció al instante. Era la esencia de Ashmedai, destilada en una forma mortalmente perfecta.
—Mierda —maldijo Roseanne, esta vez en un suspiro aterrado—. Entonces sí lo cumplirá.
La demonio se dirigía directamente a su mesa. Su mirada, de un marrón oscuro y profundo en lugar del rojo incandescente de la noche anterior, se posó en Jennie, y una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios. Jennie sintió que el aire escapaba de sus pulmones. Cuando la sonrisa se amplió, Jennie pudo ver los leves pero inconfundibles colmillos que asomaban sobre su labio inferior.
—Hola, preciosas, Jisoo aquí —saludó con una voz que era un susurro sedoso, dirigiendo su saludo a las tres, haciendo énfasis en su nombre, pero sus ojos no se despegaban de Jennie—. Lisa. Roseanne. Qué... Casualidad y cuánto tiempo.
Lisa parecía a punto de desmayarse. Roseanne mantenía la compostura, pero su mandíbula estaba rígida.
Se detuvo frente a su mesa, y luego, con una familiaridad que hizo que Jennie se sonrojara, le tomó la barbilla con dedos largos y fríos.
—Y tú —susurró Jisoo, su mirada recorriendo el rostro de Jennie—. Te ves aún más hermosa a la luz del día. Aunque un poco pálida, tal vez.
—Tú... ¿Cómo...? —tartamudeó Jennie, incapaz de formar una frase coherente.
Jisoo soltó una risa suave y rodó los ojos con exasperación divina.
—Oh, por favor. ¿Un poco de teatralidad y ya pierdes la cabeza? —preguntó, retóricamente. Luego, su expresión se volvió más seria, aunque la chispa de diversión no desapareció por completo—. Estoy aquí para cumplir mi promesa, Jennie. Como dije que haría.
—¿P-Promesa? —balbuceó Jennie.
—El amor eterno que tanto anhelas —declaró Jisoo, como si fuera lo más obvio del mundo—. Te lo daré.
Jennie solo podía mirarla, completamente perdida. Jisoo suspiró, como si explicarle las cosas a un niño pequeño fuera una tarea tediosa.
—Mira, eres un festín delicioso, Jennie. Me flechaste anoche con tu... Desesperación patética y tu valentía estúpida. Así que hice una excepción —hizo una pausa, lanzando una mirada significativa a Roseanne, y luego a Lisa—. Y seré solo tuya. Para el resto de la eternidad. Te daré todo lo que me pidas. Joyas, poder, placer... Y te haré feliz. Siempre. De vez en cuando tendré que ir... Abajo... A atender mis asuntos, ya sabes, tentar almas, sembrar el caos, lo habitual, pero siempre volveré a ti. Mi reino puede esperar. Solo tienes que decir que sí.
Jennie miró a Lisa y a Roseanne, buscando alguna señal de que esto era otra alucinación. Pero ambas, pálidas y serias, asintieron lenta y solemnemente, confirmando la realidad de la situación. Roseanne, en particular, tenía una expresión de “te lo dije” dirigida a Lisa.
—¿No... No estoy soñando? —preguntó Jennie, volviendo su mirada hacia La demonio.
La demonio sonrió, una expresión genuinamente divertida.
—¿Crees que soñarías con algo tan cliché como una confesión de amor eterno en una cafetería? Por favor, ten más imaginación.
Jennie sintió una risa burbujeando en su garganta, una mezcla de histeria y una felicidad absurda y abrumadora. La miró, a esta criatura de pesadilla convertida en sueño, y sintió que todas sus dudas y temores se derretían.
—Sí —dijo, su voz firme y clara por primera vez esa mañana—. Sí, acepto. Quiero ser tuya.
Jisoo sonrió, una expresión triunfal y posesiva se apoderó de su rostro, y se inclinó para darle un beso breve pero intenso en los labios.
—Eres una humana muy suertuda —murmuró contra sus labios—. Mira que conquistarme con esa carita de ángel caído. Pocas pueden presumir de eso.
Roseanne carraspeó, rompiendo el momento.
—Bueno, esto ha sido... Encantador. Pero Lalisa y yo tenemos que... Irnos. Clase de... Algo.
Ambas se levantaron con intención de huir, pero la voz de Jisoo las detuvo en seco, fría como el hielo.
—Oh, no tan rápido, Rosé. No creas que me he olvidado de ustedes. Ni del... Error de juicio que cometiste al dejar que esta mocosa —señaló a Lisa— jugara con fuego sin supervisión.
Tanto Roseanne como Lisa bajaron la cabeza como niñas regañadas. Jennie las miró, pasando de la confusión a la indignación.
—Espera... ¿Error? ¿Qué error? —preguntó, mirando fijamente a Lisa—. ¿Tú... Tú sabías de esto? ¿De verdad?
Lisa se retorció incómoda.
—Es... Es una larga historia, Jen.
—¡Lalisa! —exigió Jennie.
Fue Roseanne quien respondió, con un suspiro de resignación.
—Lisa hizo un ritual hace meses. Para atraerme a mí. Yo soy... Como Jisoo. Una demonio de cierto rango. El ritual funcionó. Nos enamoramos. Lo de anoche, lo de Halloween... Fue solo la excusa que usamos para hacer nuestra relación “visible” y dejar de escondernos. Pensamos que sería... Más fácil de explicar.
Jennie jadeó, indignada. Su mejor amiga había estado saliendo en secreto con una demonio y lo único que se le ocurrió fue contarle una leyenda como broma.
—¡Me voy a volver loca! —exclamó Jennie—. ¿En serio? ¿Y no pensaste en... no sé... CONTÁRMELO?
—¡Prometemos explicaciones más tarde! —dijo Lisa, agarrando del brazo a una igualmente apurada Roseanne—. ¡Pero ahora, huimos! ¡Lo siento, Jen!
Y con eso, las dos desaparecieron entre la multitud de estudiantes, dejando a Jennie sola con su... ¿Eterna amante?
Jisoo se rió, un sonido claro y disfrutón.
—Bueno, eso solucionó eso. Qué drama más patético. —luego, se volvió hacia Jennie, su mirada curiosidad—. Dime, pequeña humana. ¿Qué hacen normalmente los de tu especie para... “conquistar” a alguien? ¿Además de invocar fuerzas oscuras, claro.
Jennie, todavía procesando la revelación sobre Lisa y Roseanne, parpadeó.
—Bueno... Cosas románticas. Flores, citas, cartas de amor...
Jisoo hizo una mueca de profundo asco.
—Qué tedioso. No, yo seré diferente. Te daré un amor único. Un amor que te consuma y te revitalice al mismo tiempo. Un amor que sea una aventura eterna. ¿Te parece bien?
Jennie miró a la demonio, a su nueva y eterna pareja, y sintió una oleada de emoción que borró toda la indignación y el miedo residual. Asintió, una sonrisa ilusionada asomando a sus labios.
—Sí. Suena... Perfecto.
Jisoo le devolvió la sonrisa, una expresión que suavizó sus rasgos y le dio una belleza menos peligrosa y más... Adorable.
—Bien. Y prometo darte todo el amor que mereces. Y espero que me des tiempo para adaptarme a... Esto —hizo un gesto vago hacia la cafetería—. El mundo real es más complicado de lo que parece. Los impuestos, el tráfico, las redes sociales... Son aterradores.
Jennie se rió, una risa genuina y liberadora.
—Quiero conocerlo todo de ti —dijo, con determinación—. De tu mundo. De lo que eres.
Jisoo la miró, y por primera vez, Jennie vio algo parecido al asombro en sus ojos.
—Y lo harás. En mi mundo, soy una reina, Jennie. Una archidemonio del deseo. Y pronto, cuando estés lista, te llevaré conmigo. Allá abajo. Para que lo conozcas y reines a mi lado. —tomó su mano, y su tacto era cálido—. Mientras tanto, quiero estar aquí. Contigo. Conocer tus lugares favoritos, tu comida, tus películas cursis. Quiero cumplir mi promesa de hacerte feliz. De amarte eternamente.
Jennie se apoyó en su brazo, sintiendo una calma y una certeza que nunca antes había conocido. El miedo se había disipado, reemplazado por una curiosidad ardiente y una felicidad tranquila. Miró a Jisoo, a su demonio, a su amor eterno, y supo, con cada fibra de su ser, que su deseo más profundo, por retorcido y peligroso que fuera el camino, finalmente se había cumplido.
—A tu manera suena perfecto —susurró Jennie.
Y Jisoo, la Reina del Abismo, sonrió, sabiendo que su eternidad, por fin, tenía sentido.