Capítulo 1
El camión avanzaba lento por la calle, arrastrando consigo el sonido metálico de lo cotidiano: bolsas que caían, contenedores que se abrían y risas cansadas entre compañeros. Para Jungkook, un alfa con olor a Chocolate, ese ruido era casi reconfortante, lógico y real, mientras pensaba en todo lo que había dejado atrás.
Recoger la basura de la gente no estaba mal; de hecho, le pagaban mejor de lo que muchos imaginarían. Pero a veces no podía evitar recordar los sueños que había abandonado solo por la necesidad de ayudar a su hermano Jin, quien aún se recuperaba de un cáncer y era la única persona que lo había criado toda su vida.
—Ey, Jungkook, te toca esa casa —dijo uno de sus compañeros, señalando con la barbilla hacia el final de la calle.
Jungkook levantó la mirada y entonces la vio: la mansión al final de la calle de los ricos. Blanca con toques de rosa, impecable, como si el polvo no se atreviera a posarse sobre ella. Las ventanas altas reflejaban un cielo gris que parecía aún más oscuro en ese punto. Incluso el aire se sentía distinto: más frío, más pesado.
—¿Siempre ha estado ahí? —preguntó, sin apartar la vista.
—Claro, es la casa de los Park —respondió su compañero—. Nadie entra ni sale. Solo dejan la basura afuera. Son raros, la verdad.
Jungkook soltó una exhalación por la nariz. Nada fuera de lo normal. Siempre había gente rara. Tomó el contenedor y caminó hacia la mansión con pasos firmes. Sin embargo, algo en su pecho se sentía diferente. No era miedo, sino una oscura curiosidad que no lograba entender.
Justo cuando iba a vaciar el contenedor, sintió una mirada clavada en su nuca. Intensa. Fija. Persistente.
Levantó la cabeza lentamente y ahí estaba, en la ventana del segundo piso: Park Jimin un omega con olor a galletas.
No se movía, solo lo observaba con una elegancia casi irreal y su cabello claro contrastaba con la penumbra del interior, y su piel parecía demasiado perfecta bajo la luz gris del día nublado. Pero fueron sus ojos los que lo impactaron. Incluso desde esa distancia, Jungkook sintió que lo atravesaban, que lo estudiaban, que lo analizaban con una precisión perturbadora.
Por un segundo, el mundo entero se quedó en silencio. No escuchó el camión, ni las voces de sus compañeros, ni el viento. Solo existían ellos dos.
Jungkook tragó saliva, incómodo consigo mismo, era solo un chico en una ventana… ¿por qué su cuerpo reaccionaba así? En lugar de apartar la mirada, se quedó hipnotizado. Jimin le sonrió y lo saludó con un gesto pequeño, casi imperceptible. Fue suficiente para que un escalofrío le recorriera la espalda.
—Jungkook, ¿qué haces? ¡Hay que continuar! —gritó alguien desde el camión.
El momento se rompió. Cuando volvió a mirar hacia la ventana, solo quedaba el leve movimiento de la cortina. Jimin había desaparecido.
—Ya voy… —murmuró, sacudiendo la cabeza.
Terminó de recoger la basura, pero sus movimientos ya no eran automáticos, ahora había algo más: una sensación incómoda y una duda que no lo dejaba en paz. Por primera vez en mucho tiempo, Jungkook no estaba seguro de haber entendido lo que acababa de pasar y eso no le gustaba nada.
Mientras tanto, dentro de la mansión, Jimin se apartó de la ventana con calma. Sus dedos permanecieron un segundo más sobre el vidrio frío antes de soltarlo. La pequeña sonrisa que había mostrado desapareció tan rápido como había aparecido.
—Interesante… —murmuró para sí mismo.
Giró sobre sus talones y bajó las escaleras con elegancia hacia el comedor. Vestía un atuendo cute en tonos azules y rosas, con el cabello rubio cayendo suavemente sobre sus hombros.
—Buenos días, Jimin. ¿Dormiste bien? —preguntó Hoseok un alfa con aroma a flores y con su habitual sonrisa brillante.
—Solo observaba —respondió Jimin mientras se sentaba a desayunar—. Nada importante.
—Intenta romper tus reglas más seguido, Mochi —dijo Yoongi un beta, sin levantar la vista de su celular—. Te haría bien conocer gente nueva.
—No quiero volver a ser el de antes —contestó Jimin con voz tranquila, pero firme—. Estoy bien así.
En ese momento, tocaron a la puerta alguien que tenia semanas queriendo entrar en la vida de Jimin otra vez, se levantó y caminó hacia la entrada y su figura delgada se tensó como un cable a punto de romperse. Sabía perfectamente quién era: Lisa, la sobrina omega con aroma algo desagradable para Jimin, estafadora que había aparecido de la nada y que ya había intentado despojarlo de su herencia una vez. No era familia. Era un depredador.
—Tío Jimin… por fin llegué. Solo quiero quedarme un tiempo. Eres lo único que me queda —dijo ella con voz dulce y calculada.
Jimin no respondió con palabras. Simplemente abrió la puerta por completo y apareció en el umbral con un cuchillo de cocina en la mano derecha, el filo apuntando directo al pecho de Lisa. Su voz salió baja, ronca y cargada de una frialdad absoluta:
—No me importará regresar al infierno con tal de acabar contigo.
Lisa retrocedió un paso, abriendo mucho los ojos y fingiendo un terror que había ensayado muchas veces.
—¡Tío! ¡Estás loco!
Hoseok y Yoongi llegaron corriendo al escuchar el ruido, pero se detuvieron en seco al ver la escena.
Jimin respiraba agitado y el cuchillo temblaba ligeramente en su manom el impulso de clavarlo era fuerte, casi irresistible. Sentía esa oscuridad familiar latiendo dentro de él, esa parte psicópata que nunca desaparecía del todo, solo lograba controlar.
-Jimin... sí te importará. - Dice Yoongi manteniendo esa calma- Ya tienes una nueva vida y un trabajo como modelo de Dior; no lo tires todo por esto, no vale la pena.
Lisa lo miró con ojos suplicantes, esperando la defendieran como a una pobre víctima, el cuchillo bajó un centímetro… luego otro y con un esfuerzo visible, Jimin lo soltó y el metal chocó con un sonido seco contra el suelo de mármol.
Sus ojos ya no ardían con la misma intensidad, pero eran los ojos de alguien que, una vez más, había ganado la batalla contra sí mismo mientras Lisa era sacada por los guardias de la casa.
Hoseok y Yoongi se acercaron con cuidado, le siguieron hablaron con suavidad, pero Jimin solo se apartó y caminó hacia el interior de la casa con pasos pesados. Se dejó caer en el sofá, cruzó los brazos y limpió con rabia una lágrima que se le había escapado.
—Esto es exactamente por lo que no puedo romper mis putas reglas —dijo con voz temblorosa—. No puedo volver a ser Kitti Gang.
Hasta aquí el capitulo de hoy espero que sea de su agrado, nos leemos después y muchas gracias.