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"El Recuerdo es el eco de una risa que ya no habita la casa. Es el calor de una mano que el tiempo decidió soltar, y la única forma que tiene el alma de abrazar lo que la vida le arrebató. Para Jimin, recordar no es volver al pasado; es la única manera de seguir respirando."
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La casa no era grande, pero a las seis de la tarde, cuando el sol comenzaba a esconderse y las sombras se alargaban sobre el suelo de madera, a Jimin le parecía una catedral vacía. Cada rincón guardaba un silencio que aturdía. A sus veintiocho años, Jimin había aprendido que el tiempo no cura nada; solo te acostumbra a caminar con un peso extra en los pulmones.
Se sentó en el borde del sofá, con una taza de té que ya se había enfriado entre sus manos. Sus ojos se fijaron en la esquina de la mesa del comedor, donde todavía había una pequeña marca en la madera.
-Jimin, muévete o vas a tirar la cena!
La risa de Jungkook inundó la cocina mientras intentaba sostener tres platos a la vez, haciendo un baile torpe para esquivarlo.
-Tú eres el que está corriendo como un loco!
Respondió Jimin entre risas, viendo cómo Jungkook lograba dejar todo en la mesa, no sin antes golpear ligeramente el borde con una fuente, dejando esa pequeña muesca que ahora Jimin acariciaba con la mirada.
Jungkook se había acercado a él, todavía jadeando por el esfuerzo, y le había plantado un beso rápido en la frente.
-Eres un exagerado, Minnie. Todo está bajo control.
El recuerdo se disipó cuando el viento golpeó una de las ventanas, devolviéndolo a la realidad de su sala en penumbra. No había platos chocando, ni risas, ni el aroma a especias que siempre acompañaba a Jungkook. Solo estaba él y ese frío persistente que se le había instalado en los huesos desde hacía cinco meses.
Cinco meses desde que el asfalto se tiñó de tragedia. Jimin cerró los ojos y, aunque intentó evitarlo, el sonido de los frenos chirriando volvió a perforar su mente.
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El agua salía de la manguera con una presión débil, casi perezosa, empapando la tierra de las macetas en el pequeño jardín trasero. Jimin observaba cómo las hojas de las gardenias brillaban bajo la luz naranja del atardecer. Esas plantas eran el último vestigio de vida que compartían, un legado de raíces que seguía creciendo mientras todo lo demás se había detenido.
Cerró los ojos, dejando que el sonido del agua golpeando las hojas lo transportara a esa mañana de primavera, un año atrás.
El sol brillaba con fuerza y el aroma a tierra húmeda lo llenaba todo. Jungkook estaba de rodillas en el suelo, con las mangas de su camiseta negra subidas hasta los codos, dejando a la vista los tatuajes de su mano mientras cavaba con energía.
-Jimin, no lo hagas así! Vas a ahogar la raíz.
Protestó Jungkook, aunque sus ojos brillaban con diversión.
-Sé lo que hago, Jeon. Solo le estoy dando mucho amor.
Respondió Jimin, haciendo un puchero mientras acomodaba una pequeña planta.
Jungkook soltó una risa nasal y, sin previo aviso, hundió dos dedos en la tierra fresca y los deslizó por la mejilla de Jimin, dejando una marca marrón y húmeda. Jimin se quedó helado, con los ojos muy abiertos.
-Estás muerto!
Gritó, lanzándose sobre él.
Empezaron a forcejear entre risas escandalosas, rodando por el césped. Jimin intentaba ensuciar la nariz de Jungkook, pero este era más fuerte y lograba esquivarlo, terminando ambos cubiertos de lodo hasta las cejas. En un movimiento rápido, Jimin alcanzó la manguera que estaba abierta a un lado y apuntó directamente a la cara de Jungkook.
El chorro de agua fría los empapó a ambos, transformando el jardín en un caos de barro, ropa pegada al cuerpo y carcajadas que les impedían respirar. Exhaustos y chorreando agua, cayeron finalmente de espaldas sobre la hierba empapada.
El silencio que siguió fue dulce. Jungkook se giró hacia él, con el cabello negro goteando sobre sus ojos y una mancha de barro en la barbilla. Estiró la mano y, con una ternura que contrastaba con el juego de hace un momento, limpió el rostro de Jimin con el pulgar. Sus ojos se encontraron, profundos y llenos de una promesa silenciosa.
Jungkook se inclinó, acortando la distancia lentamente, y lo besó. Fue un beso que sabía a tierra, a agua fresca y a una felicidad tan absoluta que Jimin creyó que el corazón se le saldría del pecho. En ese momento, tirados en el suelo sucio, el mundo era perfecto.
Jimin parpadeó, regresando al presente. La manguera seguía abierta, inundando de más una de las macetas. Se apresuró a cerrar la llave, sintiendo el contraste del silencio sepulcral de su jardín actual con los ecos de las risas que acababa de revivir.
Se limpió una lágrima traicionera que se mezclaba con las gotas de agua en su mejilla. El frío del atardecer empezaba a calar, y la casa lo esperaba, silenciosa e inmensa, recordándole que ya no había nadie para jugar en el barro con él.
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La oscuridad de la habitación era absoluta, rota únicamente por la pálida luz de la luna que se filtraba entre las cortinas. Jimin se hizo un ovillo en el lado de la cama que solía ocupar Jungkook, rodeándose de varias camisas que aún conservaban, de forma casi milagrosa, ese aroma a perfume amaderado y suavizante que tanto lo caracterizaba. Enterró el rostro en la tela, inhalando con desesperación, y permitió que su mente se hundiera en el calor del pasado.
El aire en la habitación estaba cargado de electricidad y un deseo que quemaba. Jungkook estaba sobre él, su cuerpo desnudo era una escultura de fuerza y entrega bajo la luz tenue. Sus manos, grandes y seguras, sostenían las de Jimin contra las almohadas mientras sus labios devoraban los suyos con una urgencia que parecía querer fusionar sus almas.
Los besos bajaron por el cuello de Jimin, dejando un rastro de fuego, mientras Jungkook se tomaba el tiempo para prepararlo con una paciencia infinita, susurrándole palabras dulces al oído que hacían que Jimin se estremeciera.
Cuando finalmente se unieron en uno solo, el tiempo pareció detenerse. Cada movimiento era una coreografía de amor puro, una penetración lenta y profunda que buscaba mucho más que el placer físico; era el reconocimiento de dos seres que se pertenecían por completo.
El clímax los alcanzó envueltos en un abrazo asfixiante, con los nombres del otro escapando como suspiros entrecortados y el pulso latiendo al unísono contra la piel sudada.
Minutos después, con la respiración volviendo a la calma, Jimin acomodó la cabeza sobre el pecho de Jungkook, escuchando el rítmico y fuerte latido de su corazón.
-Recuerdas nuestra primera vez?
Preguntó Jungkook en un susurro, acariciando el cabello rubio de su esposo.
-Jamás la olvidaría.
Respondió Jimin, elevando la mirada para encontrarse con esos ojos oscuros que lo adoraban.
-Fue uno de los mejores momentos de mi vida.
Ambos se besaron con una calma reparadora, saboreando la paz de estar juntos. Jungkook sonrió de esa forma que arrugaba sus ojos y le dio un pequeño beso en la punta de la nariz.
-El mejor momento de mi vida fue cuando aceptaste ser mi esposo.
Jimin sonrió en la oscuridad, aunque las lágrimas ya empapaban la camisa que sostenía. Diez años de amistad incondicional, uno de noviazgo y cinco de matrimonio. Dieciséis años en total donde Jungkook había sido su sol, su centro y su refugio. Su vida había sido perfecta, una narrativa sin fisuras hasta que el destino decidió que cinco años de esposos eran suficientes.
Ahora, el silencio de la cama era un grito constante. Se abrazó más fuerte a la prenda de vestir, tratando de engañar a sus sentidos para creer, aunque fuera por un segundo, que el pecho que subía y bajaba bajo su mejilla no era solo un recuerdo, sino la realidad que le habían arrebatado.
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La luz de la mañana se filtraba por las persianas, pero para Jimin, el día era tan gris como el anterior. Se quedó inmóvil bajo las sábanas, sintiendo ese nudo en la garganta que se había vuelto su compañero constante, una presión que le recordaba en cada respiración que el aire ahora le sobraba. Lo único que deseaba, con una fuerza que le dolía en el pecho, era sentir la presión de los brazos de Jungkook rodeándolo una vez más, devolviéndole la seguridad que se había esfumado.
Cerró los ojos con fuerza, refugiándose en el calor de un sábado cualquiera en ese mismo salón.
La televisión proyectaba una película que ninguno de los dos estaba siguiendo realmente. Estaban entrelazados en el sofá, con Jimin acurrucado contra el pecho de Jungkook, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo y la caricia perezosa de sus dedos sobre su brazo.
-Siempre estaremos juntos, verdad?
Susurró Jimin, levantando la vista, invadido por una repentina necesidad de reafirmación. Jungkook dejó de acariciarlo para mirarlo fijamente, con una ternura infinita en sus ojos oscuros.
-Hasta que seamos viejitos, siempre voy a estar a tu lado.
Prometió con voz firme.
-Desde la primera vez que te vi cuando éramos niños, supe que serías la persona con la que pasaría toda mi vida.
Se miraron durante un segundo que pareció eterno antes de fundirse en un beso profundo. En ese refugio que eran sus brazos, el resto del mundo dejaba de existir. El beso, que comenzó dulce y cargado de promesas, empezó a ganar intensidad, transformándose en una necesidad urgente de piel contra piel.
Jungkook comenzó a despojar a Jimin de su ropa con manos ávidas pero cuidadosas, como si estuviera descubriendo un tesoro. Una vez despojados de cualquier barrera, Jimin se movió con agilidad para sentarse a horcajadas sobre el regazo de su esposo. El contacto de sus cuerpos desnudos encendió un fuego inmediato.
Con los ojos fijos en los de Jungkook, Jimin se guio por el deseo, montándolo con movimientos lentos y rítmicos que arrancaban gemidos roncos de la garganta del más alto. Jungkook lo sostenía por la cintura, anclándolo a él mientras sus cuerpos chocaban en una danza de entrega total. La conexión era tan intensa que cada embestida parecía un juramento silencioso. El clímax los golpeó con una fuerza abrumadora, dejándolos temblando y unidos en un abrazo desesperado, como si temieran que, al soltarse, la magia pudiera romperse.
Jimin soltó un sollozo ahogado. El recuerdo de esa calidez lo hacía sentir aún más frío ahora. El "siempre" de Jungkook se había visto truncado por un destino cruel, y ese "hasta viejitos" se había quedado suspendido en el aire, como una promesa que la muerte no permitió cumplir.
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El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de un violeta herido mientras Jimin caminaba por el sendero que ya conocía de memoria. Sus pasos eran pesados, como si sus zapatos estuvieran hechos de plomo. Finalmente, se detuvo ante el lugar que representaba el fin de su mundo: una pequeña parcela de césped perfectamente verde, coronada por flores blancas que él mismo renovaba cada semana y una lápida de mármol frío que llevaba grabado el nombre que solía ser su refugio.
Se dejó caer en el suelo, sin importarle mancharse la ropa, y extendió su mano temblorosa para acariciar las letras talladas en la piedra.
-Por qué no me dices que es solo un sueño?
Susurró, y su voz se quebró al instante.
-Duele respirar... duele abrir los ojos y saber que no estás a mi lado. No sé si pueda seguir, Jungkook. No sé cómo se hace esto sin ti.
El llanto lo invadió, un sollozo desgarrador que se perdió en el viento del cementerio. Apoyó la frente contra el mármol y, al cerrar los ojos, el sonido de la ciudad de hace cinco meses lo golpeó con la fuerza de un rayo.
El día era luminoso, lleno de vida y del bullicio normal de la tarde. Caminaban de la mano por la acera, balanceándolas con esa complicidad de quienes no necesitan palabras para saber que están felices.
-Mira, helado!
Exclamó Jimin, deteniéndose en seco y señalando con entusiasmo el pequeño carrito colorido al otro lado de la calle.
Jungkook lo miró de reojo, fingiendo pensárselo, pero la sonrisa ya asomaba en sus labios.
-Quieres?
Preguntó con voz suave.
-Sí, por favor.
Respondió Jimin, dejando escapar ese puchero involuntario que era su arma más letal.
Jungkook soltó una risita, completamente hipnotizado por la expresión de su esposo. Se inclinó para darle un beso tierno en el dorso de la mano antes de soltarlo. "No te muevas de aquí, Minnie. Vuelvo en un segundo".
Jimin se quedó de pie en la acera, tarareando una canción y viendo la espalda de Jungkook alejarse. Todo sucedió en un parpadeo. El rugido de un motor a toda velocidad y el sonido ensordecedor de las sirenas de policía rasgaron la paz del momento. Un auto negro, fuera de control, se desvió violentamente hacia la acera donde Jimin estaba paralizado.
El pánico lo dejó anclado al suelo; solo pudo cerrar los ojos con fuerza, encogiéndose sobre sí mismo mientras esperaba el impacto final. Pero el golpe nunca llegó a él.
En su lugar, sintió un peso cálido y firme
envolviéndolo, unos brazos que lo rodearon con una fuerza desesperada y un cuerpo que se interpuso como un escudo humano. El estruendo del metal chocando contra la carne y el hueso fue lo último que escuchó antes de que el mundo se volviera un caos de gritos. Al abrir los ojos, Jimin estaba en el suelo, ileso, pero bajo el cuerpo de Jungkook, quien lo cubría protectoramente mientras la vida se le escapaba por una herida que Jimin nunca olvidaría.
Jimin apartó la mano de la lápida como si quemara, apretando los puños contra su pecho. Aquel helado que nunca llegó a probar, aquel beso en la mano que fue el último... todo se repetía en su mente como una película de terror.
-Me diste tu vida.
Sollozó, mirando las flores blancas que bailaban con la brisa.
-Pero te llevaste la mía contigo.
Se quedó allí sentado, una figura solitaria entre las tumbas, esperando que el atardecer se llevara también el dolor que, sabía bien, lo acompañaría hasta que pudiera volver a encontrarse con su esposo en algún otro lugar.
El frío del mármol contra su mejilla era lo único que lo anclaba a la realidad, pero Jimin ya no quería estar en ella. Se acurrucó sobre el césped, rodeando la piedra con sus brazos como si pudiera transmitirle su propio calor, como si aquel trozo de piedra pudiera devolverle el abrazo que tanto necesitaba.
-Yo solo quería una vida contigo...
Susurró con la voz rota, cerrando los ojos con fuerza hasta que el cansancio del alma lo venció, hundiéndolo en un sueño profundo y pesado.
Para Jimin, un mundo sin Jungkook era un desierto de cenizas, y los recuerdos de su felicidad eran espinas que se clavaban más hondo con cada segundo que pasaba. Prefería la nada, la oscuridad del sueño, antes que la luz de un sol que ya no lo iluminaba.
De pronto, una calidez conocida empezó a filtrarse por su piel. No era el frío del cementerio, ni el viento cortante de la tarde. Era algo suave, como el roce de una mano sobre su cabello, un gesto que conocía mejor que su propia respiración.
-Minnie? Amor, despierta.
Jimin sintió un vuelco en el corazón. Esa voz. No era el eco de un recuerdo, no era una grabación en su mente. Tenía esa textura real, esa vibración profunda y dulce que siempre lograba calmar sus tormentas.
Abrió los ojos lentamente, cegado por una claridad blanca y pura. Frente a él, acuclillado y con una sonrisa llena de paz, estaba él. Llevaba la misma ropa de aquella tarde, pero su rostro ya no tenía rastro de dolor ni de sangre. Sus ojos brillaban con la misma intensidad con la que lo habían mirado durante tantos años.
-Jungkook?
Articuló Jimin en un hilo de voz, temiendo que si hablaba demasiado fuerte, la visión se desvanecería.
Jungkook estiró la mano y acarició su mejilla, limpiando una lágrima que parecía pertenecer a otro mundo.
-Estoy aquí, Minnie. Siempre he estado aquí.
Le susurró, extendiéndole la mano para que se levantara.
-Ven conmigo. Ya no hay más frío, ni más soledad.
Jimin miró hacia atrás por un segundo, viendo su propio cuerpo dormido sobre la tumba, y luego volvió a mirar a su esposo. Sin dudarlo, tomó la mano de Jungkook. Al entrelazar sus dedos, el nudo en su garganta desapareció por completo. Por primera vez en cinco meses, Jimin volvió a respirar.
Caminaron juntos hacia la luz, dejando atrás el silencio de la casa inmensa y el dolor de la ausencia. Diez años de amigos, uno de novios, cinco de esposos y una eternidad por delante. Al final, Jungkook cumplió su promesa: estarían juntos para siempre.
Eternidad, no es el tiempo que se detiene,
sino el momento en que dos manos vuelven a encontrarse. Es el fin de la ausencia y el silencio,
donde los recuerdos dejan de doler para convertirse, al fin, en presente. Porque donde hay amor, la muerte no es un adiós, sino un "espérame", hasta que volvamos a ser uno.
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