Capítulo 1: El Silencio de los Siglos
La sangre de esa noche sabía a miedo.
A ese temblor superficial de quien cruza una calle oscura. Más viejo que cualquier palabra que yo pudiera ponerle. El miedo de quien presiente que esa noche algo va a cambiar para siempre.
Lo curioso es que ese miedo no era suyo.
Era mío.
Llevo siglos alimentándome de las emociones ajenas porque hace tanto tiempo que perdí las propias que ya no recuerdo cómo eran.
Hay una diferencia entre estar solo y estar hueco por dentro, y tardé doscientos años en comprenderla. Y otros cien en dejar de buscarle solución.
He caminado por este mundo durante décadas. Tanto, que siento que hay algo que perdí hace tanto tiempo, que ya no lo recuerdo. Un latido. Un temblor. La certeza de que lo que sientes importa.
Por eso prefiero la sangre humana. En ella hay un eco de lo que fuimos… hay vida, amor, dolor. La sangre animal no posee esa esencia. Es caliente y funcional, pero hueca.
A veces, cuando bebo, vislumbro fragmentos de otras vidas: una tarde de verano, una voz conocida, el tacto de unas manos que alguien amó. Destellos que desaparecen en segundos. Pero, durante esos segundos, me siento menos vacío.
Fui transformado por Jodie.
La legendaria. La temida. La hermosa criatura que arrastraba una historia antigua a su paso y cuyos ojos parecían saber cosas que no deberían ser sabidas por nadie.
Su nombre resuena en la memoria de los inmortales como una advertencia y un susurro de deseo al mismo tiempo.
Hay quienes la han buscado durante generaciones. Hay quienes prefieren no encontrarla.
Yo no tuve elección.
Ella me eligió a mí.
Pasé tres años a su lado. Y digo solo tres años, pero esos tres años lo fueron todo y, al mismo tiempo, no fueron suficientes.
Jodie era una mentora exigente y fría. No había en ella ternura ni elogios cuando hacías algo bien. Sus enseñanzas eran selectivas, calculadas, como si hubiera decidido desde el principio cuánto estaba dispuesta a darme y ni un gramo más.
Me enseñó lo esencial: a cazar sin dejar rastro, a controlar la sed en sus peores momentos, a moverme entre los humanos sin levantar sospechas. Lo mínimo para que no me destruyera a mí mismo en mis inicios.
Pero había tanto que no me enseñó.
No me enseñó a gestionar el peso del tiempo, ese momento en que deja de avanzar y empieza a aplastarte.
No me habló de las guerras entre inmortales, de los territorios prohibidos, de los nombres que no deben pronunciarse en ciertos lugares.
No me explicó cómo sobrellevar la oscuridad interior cuando se vuelve tan densa que empieza a parecerse a la locura.
Me ocultó el peso del tiempo, ese momento en que deja de avanzar y empieza a aplastarte. Las guerras entre los nuestros. Nunca mencionó cómo sobrevivir a la locura de la oscuridad.
Cosas que descubrí a golpes, pagando precios que no tendría que haber pagado si alguien me hubiera avisado.
A veces me pregunto si lo hizo adrede. Si esa escasez era una decisión consciente, una forma de mantenerme cerca sin darme nunca las herramientas para volar del todo.
O quizá simplemente no le importaba lo suficiente como para invertir más en mí. Ninguna de las dos opciones me consolaba.
Y entonces, sin una palabra, sin una mirada de despedida, desapareció.
Como quien suelta un pájaro herido antes de que haya terminado de sanar.
Una noche estaba, y a la siguiente su habitación se quedó vacía y sus pertenencias habían desaparecido como si nunca hubieran existido.
Me quedé de pie durante un tiempo que no supe medir, esperando que volviera, convenciéndome de que debía haber una razón.
Tardé mucho en comprender que no había hecho nada mal. Que esa era la lección final. La más cruel y la más necesaria: aprender a caminar sin que nadie te muestre el siguiente paso, aunque te hayan dejado a medias.
A veces pienso que a ella también la abandonaron así.
Su antiguo maestro, Zoltan Murto, era poco más que una figura lejana para mí, una sombra envuelta en leyendas que los inmortales pronunciaban en voz baja.
Jodie hablaba de él como quien recuerda a un dios caído, con una mezcla de respeto y resentimiento que nunca terminé de descifrar.
Nunca me contó su historia. Solo lo que yo necesitaba saber para no destruirme. Y quizá eso también era un reflejo de lo que ella misma había recibido: migajas envueltas en exigencia, confundidas con formación.
Pero saberlo no disminuía la herida.
Los años que siguieron fueron largos de una manera que los humanos no pueden comprender. El tiempo para ellos es un río que fluye y arrastra las cosas. Para mí es un lago estancado en el que todo permanece, nítido e inmóvil.
Cada rostro, cada error, cada noche igual a la anterior… todo sigue ahí, acumulándose sin que nada lo borre.
Me alimentaba. Sobrevivía. Observaba.
Pero no vivía.
Y cuanto más me adentraba en esa quietud interna, más crecía la certeza de que algo faltaba. Una ausencia sin bordes, algo que llevaba tan dentro que ya formaba parte de mi propia anatomía.
Esa noche caminaba solo, como tantas otras.
Las calles mojadas reflejaban las luces de la ciudad de Bergen en charcos que temblaban con cada paso.
Era tarde. Los humanos que quedaban fuera caminaban deprisa, con la cabeza gacha, sin mirarse. El tipo de noche en que nadie quiere cruzarse con nadie.
Nadie, excepto yo, que llevaba décadas cruzándome con todo el mundo sin pertenecer a ningún lugar.
Me detuve en una esquina sin saber por qué.
No había nada que ver. Solo la calle vacía, el reflejo roto de una farola en el asfalto, el rumor lejano de una ciudad que nunca termina de dormirse del todo.
Pero algo en el aire había cambiado.
Una vibración pequeña, casi imperceptible, como cuando la temperatura baja un grado de golpe y el cuerpo lo registra antes que la mente.
Esa noche, por primera vez en trescientos años, aquella carencia que me definía empezó a agrietarse.
Llevaba toda mi existencia aprendiendo a fiarme de esa sensación. De ese susurro que llega antes que los hechos, que sabe sin saber, que ve sin ver.
Como si algo estuviera a punto de llenarlo.