Chapter 1
Jimin tomó la bolsa negra con manos temblorosas, contenía la única salida que había encontrado.
Su pecho subía y bajaba. Sentía la bilis atascada en su garganta mientras veía la imagen del hombre tirado en el suelo que lucía pálido y sin vida.
—Está muerto... está muerto.—se repetía una y otra vez, sin atreverse a comprobarlo.
Apretó los puños antes de lanzarse para tomar la sudadera, ponérsela y cubrirse el rostro con el gorro.
Dio media vuelta y comenzó a caminar sin mirar atrás.
Inhaló una bocanada de aire gélido al salir del bar de mala muerte, luego comenzó a caminar sin detenerse.
La imagen del tipo golpeándose contra la mesa cuando lo empujó, se repetía en su cabeza. El asqueroso olor a alcohol se quedó atascado en su nariz, cuando intento manosearlo.
Dos horas más tarde, aún sentía el estómago revuelto cuando vio el auto rojo estacionarse frente a el.
Aquel hombre que le había ofrecido una salida, sacó un cigarrillo mientras se acercaba y exhaló el humo casi en su cara al llegar. Lo único que Jimin sabía, era que ese hombre se hacía llamar Joe y que un desafortunado día tuvo la grandiosa idea de robar su billetera.
—¿lo tienes?—preguntó el tipo.
—Creo que lo...maté—las manos de Jimin se volvieron torpes mientras abría su mochila.
El hombre soltó una risa seca.
—No te pagaré extra por eso.
—Fu-fue un accidente.—balbuceó Jimin.
—¡No es mi maldito problema!.—Joe le quitó la bolsa de las manos y revisó el interior.
Jimin se abrazó a sí mismo, resistiendo las ganas de llorar.
—Bien hecho, niño—el hombre le entregó dinero.
Jimin se guardó el sobre, sentía el sudor frío escurrir por su frente.
—Mantente cerca, te buscaré. Necesitarás más dinero, yo puedo dártelo...pareces útil.
—Sí lo mate...
—No creo que te hayan visto, yo no diré nada.
Joe arrojó el cigarrillo a sus pies y se dio la vuelta sin decir nada más.
El cuerpo de Jimin no dejó de temblar, mientras lo veía subir al auto.
Caminó a casa sintiendo el frío colarse por sus Converse. Tal vez podría comprar unas botas para los días de nieve con el dinero que había ganado, tal vez...no.
Pensó en Dae y aceleró el paso. Se detuvo en una tienda y compró leche de plátano. La favorita de Dae era la de chocolate, pero era demasiado tarde para darle chocolate. Dae era hiperactivo y todo un glotón.
Su cuerpo se llenó del típico miedo que sentía al acercarse a casa, pero tenía solo una idea en mente.
Encontró una luz prendida, la de la habitación del hijo de puta...Frank.
Jimin caminó de puntillas, tratando de no hacer ruido se dirigió a su habitación oscura.
—¿Dae?—susurró tratando de enfocar.—¿Estás durmiendo?
—Jimin, estoy aquí.—La vocecita de Dae era un susurro. Jimin sintió un gran alivio al escucharla.
Se arrastró hasta la pequeña cama para encontrar a Dae debajo de las sábanas y sintió su manita tomarlo.
—Sh sh sh... no hagas ruido. Está dormido, hoy está feliz.
Jimin encendió la lámpara del móvil y se encontró con los ojos grandes de Dae.
—Vamos a irnos, cariño. Vístete.
Daehyun abrió la boca.
—¿A dónde?—susurró.
—Nos iremos tú y yo solos.
—Pero...
—Toma tus cosas antes de que se despierte. No hagas ruido.
Dae se levantó, tomó su mochila vieja para meter su cuaderno, sus adorados colores desgastados y su perrito de peluche, Bami.
—Estoy listo.—apretó la mochila contra su pecho.
Jimin sonrió, Dae era tan adorable.
—Cariño, debes llevar ropa. La vas a necesitar, no vamos a volver.
Dae frunció el ceño e hizo un puchero.
—No dejaré mis colores—dijo apretando más fuerte su mochila.
—Bien, ponte zapatos y abrígate.Yo tomaré algo de tu ropa conmigo.
Jimin tomó lo que pudo y lo guardo en su mochila, de todas formas no había mucho.
Caminaron en silencio hacia la salida, pero un ruido sordo los hizo detenerse y Jimin cubrió la boca de Dae. Era muy asustadizo, demasiado ruidoso y si Frank los pescaba...Dae no sabía mentir.
Esperó a escuchar si el bastardo se había despertado, pero el silencio volvió a invadir el lugar.
Ambos salieron de la casa en silencio, Jimin tomó la mano de Dae y comenzó a caminar rápidamente por la calle oscura.
—Hace frío—dijo Dae tratando de dar zancadas grandes.
—Subiremos al metro, ahí estará cálido.
La estación del metro estaba a 10km, demasiado lejos para un niño de 5 años.
—Jimin, hace frío, hace frío—se quejó Dae—volvamos a casa.
—No, Dae.—dijo firmemente—No volveremos ahí nunca.
Jimin se quitó el abrigo, envolvió a Dae con él y lo levantó en brazos.
—Eres demasiado perezoso.
—Tus piernas son largas, eres mayor—murmuró Dae recargando la cabeza en el hombro de su hermano—Cuando sea grande yo te cargaré. Seré enorme.
—Lo serás—dijo Jimin.
Dos cuadras antes Dae dejó de parlotear, así que Jimin lo sacudió. —Cariño, no te duermas.
Dae se quejó.
—Te compré una leche de plátano, si te mantienes despierto te la daré en el metro.
Dae levantó la cabeza con una sonrisa y Jimin se echó a reír. Definitivamente era más glotón que perezoso.
—¿Dónde está?—preguntó.
—En mi mochila.
—Ya estoy despierto.—sonrió el chiquillo.
—Bien, ahora te bajaré. No te separes de mí.
Entraron al metro, eran las 11 de la noche así que estaba casi vacío y Jimin dio gracias de poder descansar los pies al menos unos minutos.
—Lechita, lechita—brincoteó Dae meneando sus piernitas que colgaban del asiento.
Jimin se la entregó, los ojos de Dae brillaron y una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro mientras le daba el primer sorbo.
—No quiero que se acabe nunca—dijo dándole pequeños sorbos y disfrutando del sabor.
—Te compraré más...—murmuró Jimin acariciando su cabello castaño.
El cansancio venció a Dae minutos después de terminar su leche. Era un camino largo hasta las afueras de Busan. Lo más lejos que Jimin podía llevarlos, pero al menos, era algo.
Frank no los extrañaría, ni siquiera los buscaría. A menos que necesitara comprobar que aún tenía a Dae, para cobrar la ayuda del gobierno.
Jimin recargó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos sintiéndose cansado. Recordando el día que su padre había decidido traer a Frank a vivir con ellos.
Jimin era menor de edad, pero al menos tenía la edad suficiente para entender que era una pésima idea. Como todas las que había tenido su padre, en especial cuando pensó que vender drogas era una buena forma de mantener su hogar.
Esa noche, pensó en toda la carga que ahora tendría con el menor a su cargo, pero de todas formas Dae siempre había estado a su cargo. Mientras Frank gastaba el dinero en drogas y se desmayaba por días.
Los días en que estaba despierto, lloraba lamentándose por su desgracia y buscaba excusas para
maltratarlos física o verbalmente.
(...)
Jimin empujó la puerta del viejo cuarto donde ahora vivirían. Olía a humedad, pero al menos había agua, un baño decente y una vieja calefacción que aún funcionaba.
Agradeció haber encontrado a una casera amable que no había solicitado depósito siempre y cuando el inquilino fuera una persona confiable.
Menos mal, al escuchar la historia de Jimin, la mujer accedió a rentarles el espacio y hasta les había ofrecido mantas para dormir.
Jimin acomodó a Dae entre las mantas y le quitó los zapatos.
—Estas cansado, cariño. Solo por hoy dejaré que no te laves los dientes.
Dae se restregó entre las sábanas sintiéndose cálido.
Entonces, Jimin cerró los ojos y exhaló cansino.
—Estaremos bien—susurró—No más de esa mierda.
Miró el rostro de Dae, tan adorable. Aún recordaba la primera vez que lo vio. Un omega tan pequeño y vulnerable.
Jimin pensó que todo iría bien, que Dae cambiaría todo en casa, hasta que su padre fue a la cárcel y después murió ahí.
Frank comenzó a drogarse otra vez, gastó todo lo que tenía en drogas. Vendió la televisión, vendió cualquier cosa que encontró y cuando se acabó, salió a las calles a prostituirse.
Jimin tenía miedo, porque cuando el dinero se acababa, Frank enloquecía. Tenía 19 años cuando golpeó por primera vez a Dae. Jimin lloró tanto, después entendió que tenía que proteger al chiquillo de 3 años. Así que le ofreció a Frank un trato: el le daría dinero.
Entonces Jimin comenzó a robar, primero pequeñas cosas en el supermercado, luego, aprendió el arte de robar carteras.
Lo odiaba, dejó de hacerlo cuando pudo conseguir un trabajo.
Solo volvía a robar cuando el dinero no alcanzaba porque Frank decidía, gastarlo en más drogas caras.
Pero por primera vez, aquella noche el pecho de Jimin no se sintió tan oprimido. Frank no sabría dónde buscarlos, seguro agradecería no tener que gastar la ayuda del gobierno en ellos para poder gastarlo en drogas.
Jimin se dejó caer junto a Dae, acarició su mejilla y sonrió.
—Estaremos bien—murmuró antes de dejar que su cuerpo se relajara para dormir.