Capítulo 1
El viento de Estocolmo estaba helado en esas épocas del año provocando muchos resfríos. Preston ajustó por tercera vez la bufanda negra alrededor de su cuello mientras cruzaba el patio central de la Universidad de Estocolmo. La nieve crujía bajo sus botas negras, y el aliento se le condensaba en nubes blancas delante de la cara. Era su segunda semana como estudiante de intercambio en el programa de Literatura Comparada, y todavía no se acostumbraba al frío sueco ni al silencio que parecía reinar en el campus.
Como alfa dominante, Preston medía casi 1,95 metros y su presencia sola bastaba para que la gente se apartara un poco en los pasillos. Cabello oscuro, corto en los lados y un poco más largo arriba, ojos verdes intensos y una mandíbula marcada que rara vez sonreía. Prefería pasar desapercibido, observar, leer en silencio y volver a su apartamento en Södermalm. No necesitaba amigos ruidosos ni conversaciones vacías. Solo quería terminar el semestre de la forma más relajada posible y disfrutar su libertad antes que se la arrebataran.
Entró al edificio principal de la facultad de Humanidades. El calor de la calefacción lo golpeó como una bofetada agradable. Se sacudió la nieve de los hombros del abrigo largo y negro, y caminó hacia el auditorio 3B. La clase de “Literatura Nórdica Contemporánea” empezaba en cinco minutos. Encontró un asiento en la fila del medio, junto a la ventana empañada, y sacó su laptop. Colocó los auriculares alrededor del cuello por si necesitaba bloquear el mundo.
Apenas había abierto el documento cuando una voz alegre, rápida y sin filtro explotó a su lado.
—¡Holaaa! ¿Eres el chico nuevo de intercambio? ¡Te vi la semana pasada pero no me atreví a hablarte porque parecías súper concentrado! —dijo el chico rubio asintiendo con su cabeza y una gran sonrisa en su rostro. —Yo soy Luca, estudio Diseño Gráfico en el tercer año, pero me encanta colarme en clases de literatura porque los profesores aquí son increíbles. ¿Y tú cómo te llamas? ¿De dónde eres? ¿Es tu primera vez en Suecia? ¡El invierno es brutal, ¿verdad?!
Preston levantó la vista lentamente. Delante de él estaba un omega rubio de cabello casi platino, ondulado y un poco revuelto por el viento, con ojos azules brillantes como el cielo de verano (lo poco que había visto de verano en este país). Llevaba un suéter oversized color crema que le quedaba enorme en los hombros delgados, una bufanda roja con renos tejidos y una mochila llena de pins y stickers. Su aroma llegó un segundo después, vainilla dulce mezclada con canela caliente y un toque de algo fresco, como nieve recién caída. Era… demasiado.
Preston frunció el ceño internamente. ¿Quién demonios se acerca así a un alfa desconocido y empieza a bombardearlo con preguntas? Luca estaba demasiado cerca, invadiendo su espacio personal sin pedir permiso. El omega se había sentado justo al lado, dejando caer su mochila con un ruido alegre.
—Preston —respondió él con voz grave y seca, sin sonreír—. Estados Unidos. Y sí, primera vez.
—¡Genial! ¡Bienvenido! Oye, si necesitas que te explique cómo funciona el sistema de transporte o dónde comprar el mejor kanelbulle del campus, solo dime. Yo conozco todos los secretos. ¿Quieres que te pase mis apuntes de la clase anterior? Porque el profesor Eriksson habla muy rápido y a veces se salta cosas importantes.
Luca ya estaba sacando su cuaderno, abriéndolo en la página correcta y empujándolo hacia Preston sin que este lo pidiera. El alfa sintió una oleada de irritación. Entrometido. Demasiado enérgico. Demasiado… todo. Él no necesitaba que nadie le explicara nada. Había sobrevivido a clases en una de las universidades americanas mucho más exigentes. Este omega parecía creer que todo el mundo quería su ayuda constante.
—No hace falta —dijo Preston, cortante pero educado—. Puedo seguir el ritmo solo.
Luca parpadeó, pero en lugar de ofenderse, sonrió más grande.
—¡Claro! Solo quería ayudar. A veces los de intercambio se sienten perdidos los primeros días. Yo soy sueco de toda la vida, nací en Malmö pero me mudé aquí por la uni. Siempre me dicen que soy como un cachorro hiperactivo, ¿sabes? —se rio de sí mismo, sin vergüenza—. Pero bueno, si cambias de idea…
La clase empezó. El profesor Eriksson entró y comenzó a hablar sobre la influencia de la oscuridad invernal en la literatura sueca actual. Preston se concentró, tomando notas rápidas sobre la clase. Pero Luca no paraba. Le pasaba notitas pequeñas cada diez minutos:
“Mira, este autor es mi favorito”
“¿Viste que afuera está nevando más fuerte? ¡Después podemos ir a tomar glögg si quieres!”
Un dibujito rápido de un reno con bufanda y una carita sonriente al lado.
Preston las leía y las dejaba a un lado sin responder. Cada notita le molestaba más. ¿Por qué no puede quedarse quieto? ¿Por qué tiene que meterse en mi espacio? No estaba acostumbrado a que alguien invadiera su burbuja de esa forma. Luca era como un rayo de sol en un día nublado, bonito, sí, pero cegador y molesto cuando uno solo quería oscuridad y tranquilidad.
Al terminar la clase, Preston se levantó rápido, guardando todo en su mochila. Pero Luca ya estaba de pie, bloqueándole el paso sin querer.
—¿Vas hacia la cafetería? ¡Yo también! Podemos caminar juntos. Hay un atajo por el patio cubierto para no mojarse tanto.
—No voy a la cafetería —mintió Preston, seco.
—Ah… ok. Bueno, si cambias de idea, me encuentras en la mesa del fondo, la que tiene plantas. ¡Hasta luego, Preston!
Luca se despidió con un gesto entusiasta de la mano y se fue saltando casi literalmente por el pasillo. Preston se quedó mirándolo un segundo. Ese omega era… agotador. Demasiado ruidoso, demasiado sonriente, demasiado entrometido. No necesitaba ese tipo de energía en su vida tranquila.
Pero el aroma de vainilla y canela se le quedó pegado en la nariz durante todo el día.
Esa misma tarde, Preston estaba en la biblioteca grande, en la sección de literatura nórdica, buscando un libro específico. El lugar estaba casi vacío; solo el sonido suave de páginas y el zumbido lejano de la calefacción. Perfecto para él. Sacó un tomo pesado y se sentó en una mesa apartada.
Diez minutos después, oyó una voz familiar que susurraba (aunque no tan bajo como debería).
—¡Preston! ¡Otra vez tú! ¿Estás buscando “El invierno del lobo” de Strömberg? Yo lo leí la semana pasada, es genial. ¿Quieres que te cuente sin spoilers o prefieres descubrirlo solo?
Luca apareció de la nada, con las mejillas todavía rosadas por el frío exterior y una taza de café para llevar en la mano. Se sentó enfrente sin pedir permiso, como si fueran amigos de toda la vida.
Preston apretó la mandíbula. Otra vez. ¿Me está siguiendo o qué?
—No necesito spoilers —dijo con voz baja y cortante—. Y estoy intentando leer en paz.
Luca se mordió el labio inferior, pero no se ofendió. En cambio, bajó la voz y habló más suave, como si acabara de darse cuenta.
—Perdón… a veces me emociono demasiado. Soy así, ¿sabes? Cuando veo a alguien nuevo y me cae bien, quiero ayudar y conocerlo todo. Pero entiendo si te molesta. Puedo irme si quieres.
Por un segundo, Preston sintió una punzada de culpa. Luca no parecía mala persona… solo demasiado. El omega se levantó a medias, pero Preston, sin saber por qué, soltó las palabras que lo harían arrepentirse toda su vida.
—Quédate. Pero en silencio.
Luca sonrió como si le hubieran dado el mejor regalo del mundo y se quedó. Durante casi una hora no dijo ni una palabra. Solo dibujaba en su cuaderno, paisajes nevados, tazas de café, y de vez en cuando levantaba la vista para mirar a Preston con curiosidad. El alfa podía sentir esa mirada azul sobre él, pero no era incómoda del todo. Era… cautivadora.
Al cabo de un rato, Luca empujó una notita muy pequeña hacia él.
“Gracias por dejarme quedarme. Eres muy guapo cuando te concentras.”
Preston leyó la nota y sintió que sus orejas se calentaban un poco. Arrugó la notita sin responder, pero no la tiró. La guardó en el bolsillo de su abrigo.
Cuando Luca se fue por fin (después de despedirse con un “¡nos vemos mañana en clase!” muy “bajito”), Preston se quedó solo en la biblioteca. El silencio volvió, pero ahora se sentía… vacío. Sacudió la cabeza.
Al día siguiente, en la misma clase, Luca llegó un poco tarde. Se sentó al lado de Preston otra vez, pero esta vez no habló de inmediato. Solo le dejó una taza de chocolate caliente con un post-it pegado.
“Para que no te congeles. Sin preguntas, lo prometo 😊”
Preston miró la taza, luego a Luca. El omega estaba fingiendo leer sus apuntes, pero sonreía por dentro. El alfa suspiró, tomó un sorbo… y descubrió que estaba perfecto, dulce justo como le gustaba, con un toque de canela. Exactamente como el aroma de Luca.
Durante la clase, Luca no le pasó ni una sola notita. Pero cuando el profesor preguntó algo complicado sobre simbolismo invernal, Luca levantó la mano y respondió con tanta pasión y claridad que toda la clase se quedó callada. Preston lo miró de reojo. Con que si sabe de lo que habla.
Al terminar, Luca se levantó y esta vez no lo invitó a nada.
—Que tengas buen día, Preston —dijo en voz baja.
Y se fue.
Preston se quedó sentado un momento más. Por primera vez, sintió una pequeña grieta en su irritación. Ese omega entrometido… tenía algo. Algo cálido. Algo que, aunque lo molestara, no podía ignorar del todo.
Esa tarde, mientras caminaba por el campus nevado de vuelta a casa, vio a Luca a lo lejos, estaba ayudando a una chica omega a cargar unos lienzos pesados hacia el edificio de arte, riendo y hablando animadamente. Su energía llenaba el aire frío. Preston se detuvo bajo una farola, observándolo sin que lo viera.
Molesto.
Sacudió la cabeza y siguió caminando. Aún le caía mal. O al menos eso se repetía a sí mismo. Pero el aroma a vainilla y canela parecía seguirlo por todo Estocolmo.
°||°
Los siguientes días en el campus fueron una mezcla extraña para Preston. Luca aparecía en los lugares más inesperados, siempre con esa energía que parecía no agotarse nunca.
El miércoles, después de la clase de literatura, Preston decidió quedarse un rato más en el auditorio para revisar sus apuntes en silencio. Apenas había abierto la laptop cuando Luca se sentó dos asientos más allá, no tan cerca como antes, pero todavía visible. Llevaba el mismo suéter crema y sostenía un termo de café.
—No voy a hablarte —dijo Luca en voz baja, levantando las manos como si se rindiera—. Solo me quedo aquí porque este asiento tiene la mejor luz para dibujar. Prometo no molestar.
Preston lo miró de reojo. Luca sacó su cuaderno y empezó a dibujar, concentrado. Durante casi veinte minutos no dijo ni una palabra. El único sonido era el rasgar suave del lápiz sobre el papel. Preston se descubrió mirando de vez en cuando lo que dibujaba, un paisaje nevado del campus, con las luces de las farolas y estudiantes caminando con abrigos grandes. Era bueno. Muy bueno.
Cuando Preston cerró la laptop para irse, Luca levantó la vista y sonrió pequeño.
—Que tengas buena tarde.
Solo eso. Nada de invitaciones, nada de preguntas. Preston asintió y se fue. Por primera vez no sintió esa molestia tan fuerte.
El jueves nevó más fuerte. Preston caminaba hacia la biblioteca principal cuando vio a Luca en el patio, intentando tomar fotos con su teléfono mientras el viento le movía el cabello rubio. Tenía las mejillas rojas por el frío y sonreía cada vez que capturaba una imagen. Preston pasó de largo sin decir nada, pero Luca lo vio.
—¡Preston! ¡Mira esto! —lo llamó, acercándose un poco pero sin invadir su espacio—. La nieve está cayendo en diagonal por el viento. Quería capturar cómo se ve el edificio de arte con este clima. ¿Quieres ver?
Preston se detuvo. Miró la pantalla del teléfono. La foto era bonita, con un filtro cálido que hacía que la nieve pareciera dorada.
—Está bien tomada —dijo simplemente.
Luca sonrió más grande, pero no se emocionó demasiado.
—Gracias. Bueno, no te detengo. Voy a seguir tomando fotos antes de que empeore el clima.
Y se alejó saltando entre la nieve, tomando más imágenes. Preston se quedó parado un momento, viendo cómo Luca se movía con tanta ligereza a pesar del frío. Sacudió la cabeza y siguió su camino.
El viernes por la tarde, Preston estaba en la cafetería del campus, sentado en una mesa apartada junto a la ventana. Pedía siempre lo mismo, café negro y un sándwich. Estaba comiendo cuando Luca entró con un grupo de tres amigos. Hablaban y reían fuerte. Luca llevaba una bandeja con un bollo de canela gigante y un vaso de chocolate caliente con crema. Sus ojos barrieron el lugar y se detuvieron en Preston. Por un segundo pareció que iba a acercarse, pero luego solo levantó la mano en un saludo rápido y se sentó con sus amigos en la otra punta de la cafetería.
Preston se sintió… raro. No sabía si era alivio. Terminó su comida mirando de reojo cómo Luca gesticulaba contando una historia, haciendo reír a sus amigos. Su risa era contagiosa, sonora y sin vergüenza. Cuando el grupo se levantó para irse, Luca pasó cerca de la mesa de Preston.
—Hola —dijo solo, con una sonrisa suave.
—Hola —respondió Preston.
Y eso fue todo.
El lunes siguiente, en la clase de literatura, Luca llegó temprano y se sentó en su lugar habitual, dos asientos más allá. Esta vez dejó una pequeña nota sobre la mesa de Preston antes de que empezara la clase. Solo decía:
“Si quieres, después de clase puedo prestarte el libro de Strömberg que mencioné. No tienes que devolvérmelo pronto.”
Preston leyó la nota y, después de pensarlo unos segundos, escribió debajo.
“Está bien. Gracias.”
Cuando Luca vio la respuesta, sus ojos se iluminaron, pero no hizo un escándalo. Solo sonrió y guardó la nota.
Después de la clase, se encontraron en el pasillo. Luca le entregó el libro envuelto en una bolsa de papel reciclado.
—No lo rayes mucho —bromeó suavemente—. Es uno de mis favoritos.
—Lo cuidaré —dijo Preston.
Caminaron juntos unos minutos hacia la salida. No hablaron mucho. Luca comentó algo sobre el frío que hacía ese día y Preston respondió con monosílabos. Pero no fue incómodo. Era… tranquilo.
El miércoles de esa misma semana, Preston estaba estudiando en la biblioteca cuando Luca apareció con dos tazas de chocolate caliente. Esta vez se sentó frente a él, pero dejó un asiento vacío entre los dos.
—Traje uno extra por si querías —dijo Luca, empujando la taza hacia él—. Sin compromiso. Si no lo quieres, lo dejo aquí y me voy a otra mesa.
Preston miró la taza. Olía exactamente como la vez anterior; dulce y con canela. Tomó un sorbo.
—Gracias —murmuró.
Luca sonrió y abrió su cuaderno para dibujar. Pasaron casi dos horas así, en silencio, cada uno en lo suyo. De vez en cuando Preston levantaba la vista y veía a Luca concentrado, mordiéndose el labio inferior mientras dibujaba. Tenía una pequeña mancha de grafito en la mejilla. Preston no dijo nada, pero se quedó mirándolo más tiempo del necesario.
Cuando Luca se levantó para irse, Preston habló sin pensar.
—¿Cómo se llama ese bollo que siempre comes en la cafetería?
Luca parpadeó, sorprendido de que Preston iniciara una conversación.
—Kanelbulle. El de canela. Es el clásico sueco. ¿Quieres probar uno la próxima vez?
Preston dudó un segundo.
—Tal vez.
Luca sonrió, pero no insistió.
—Cuando quieras, avísame.
Y se fue.
Poco a poco, los encuentros se volvieron más frecuentes, pero siempre ligeros. Un saludo en el pasillo. Una mirada compartida en la cafetería. Una nota corta sobre un libro. Preston ya no sentía esa irritación fuerte de los primeros días. Ahora era más bien curiosidad mezclada con una leve molestia cuando Luca hablaba demasiado rápido o se movía mucho.
Un viernes por la noche, el campus organizó una pequeña feria de invierno en el patio principal, había luces, puestos de comida caliente, música suave y nieve cayendo. Preston no pensaba ir, pero salió a comprar algo de cenar y terminó caminando entre los puestos. Vio a Luca junto a un carro de glögg, sosteniendo un vaso de vino caliente con especias y hablando animadamente con la señora que vendía.
Preston se acercó sin saber muy bien por qué.
Luca lo vio y sus ojos se abrieron un poco más.
—¡Preston! ¿Viniste?
—Solo pasaba por aquí —dijo él, metiendo las manos en los bolsillos del abrigo.
Luca le ofreció su vaso.
—¿Quieres probar? Está bueno, no muy fuerte.
Preston tomó un sorbo pequeño. El calor le bajó por la garganta y lo reconfortó.
—Está bien —admitió.
Se quedaron allí unos minutos, en silencio, mirando las luces que parpadeaban entre los copos de nieve. Luca no lo bombardeó con preguntas. Solo estaba ahí, sonriendo de vez en cuando.
Antes de despedirse.
—Me gusta cuando vienes a los mismos lugares que yo. Aunque no hablemos mucho —dijo Luca suavemente.
Preston no respondió de inmediato. Miró al rubio que tenía enfrente, con las mejillas rosadas por el frío y el vapor del glögg.
—Yo también… estoy empezando a acostumbrarme —dijo al fin, casi en un murmullo.
Luca sonrió, grande y brillante, pero no saltó ni hizo ruido. Solo asintió.
—Buenas noches, Preston.
—Buenas noches, Luca.
Esa noche, mientras Preston caminaba de regreso a su apartamento, se dio cuenta de que ya no le molestaba tanto la presencia de Luca. Seguía siendo enérgico, seguía hablando rápido cuando se emocionaba, pero ya no lo veía solo como un intruso. Era… Luca. Y eso, de alguna forma, empezaba a gustarle.