Querida Amalia

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Summary

Una profecía llena el reino de Aluzia con zozobra. El príncipe Alaric carga sobre sus hombros la presión de una elección que pondrá en juego el bienestar de todo el reino. Mientras tanto, la joven de la que ha estado enamorado desde niño vuelve a la capital tras años en la frontera. Amalia regresa convertida en una mujer hermosa, misteriosa e inteligente, dispuesta a impartir en el convento los conocimientos de herbolaria aprendidos en el gélido Reino de Hiems. Sin embargo, Amalia no ha vuelto sola. La acompaña el príncipe Ferro, el heredero de Hiems, quien llega a la corte como un "invitado de honor" y una sombra persistente. Aunque no existe un compromiso oficial, la cercanía de Ferro y el respaldo del rey Silas sugieren una alianza que Alaric no puede ignorar. Mientras Amalia intenta ocultar la oscuridad que crece en sus manos y la verdadera razón de sus visitas al convento, se verá atrapada entre dos príncipes: uno que posee su corazón y otro que parece conocer sus secretos más peligrosos. ¿Dejará Alaric que el deber gobierne su corazón? ¿O pondrá en riesgo el destino de Aluzia con tal de arrebatarle el amor de su vida a un rival que parece tenerlo todo a su favor?

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prologo

En el reino de Aluzia, una flor marchita no era un descuido del jardinero, sino un presagio de desgracia. Y en aquella noche, una flor en particular se veía propensa a secarse en la mansión de los duques

—Ve por agua caliente y más paños. ¡Que alguien busque a la suma sacerdotisa!, vamos a necesitar hierbas fuertes que solo ella maneja —gritó la partera.

La señora Kiara Valerion había perdido demasiada sangre y su bebé aún no estaba a término como para dar a luz, apenas tenía tres meses de embarazo. Debían actuar rápido para lograr salvar a la criatura de su señora.

Kiara sostenía su vientre con una mano mientras limpiaba la sangre que corría por sus piernas. Estaba desesperada, y los pensamientos más atroces sobre la pérdida de su bebé la atormentaban mientras esperaba la llegada de la ayuda.

El tiempo parecía eterno, el dolor aumentaba en su vientre y el miedo en su corazón hacía lo mismo, no quería moverse, sentía que mientras más se movía, más comprometía la vida del bebé. El retumbar de un trueno hizo que su corazón se acelerara aún más.

Un relámpago iluminó la alcoba cuando por la puerta entró la suma sacerdotisa, la paz que inspiraba daba la sensación de que era un ángel, al igual que sus cabellos dorados.

Con una sonrisa tímida saludó a la duquesa.

—Mi nombre es Luce, ahora la voy a examinar.

Preparó sus manos con la suficiente energía sanadora para poder revisar a la duquesa. Posó sus palmas en el vientre y, sin siquiera tocarla, la energía de aquella mujer se hizo presente con una calidez que casi quemaba.

No todos podían recibir la bendición de la suma sacerdotisa, pero los Valerion eran de las cinco familias más importantes del reino de Aluzia. Así que contaban con la asistencia de aquella poderosa mujer, aunque no se veía muy de acuerdo con ello.

—Me temo que no siento los latidos de su bebé, señora. No hay más que pueda hacer... —dijo con cierto pesar en la voz.

Un terrible y desgarrador llanto brotó de los labios de la duquesa, aquella mujer que solía verse increíblemente hermosa vistiendo vestidos impecables estaba cubierta de ojeras, sangre y lágrimas.

Un pensamiento llegó a su mente. Había una manera de salvarla.

—Necesito que me ayude a utilizar la "Flor de Aluz"... —La duquesa aún sostenía su vientre que dolía como el infierno.

—Lo siento, usted más que nadie sabe que eso no es posible. Que las reliquias estén bajo su cuidado no le da el derecho de utilizarlas. Si insiste, me veré en el deber de pedirle a su alteza que las retire de su poder.

Kiara con los cabellos revueltos sobre sus hombros y una mirada feroz, se levantó como pudo. Sabía que la energía que manejaba aquella reliquia era mucho mayor de la que ella misma poseía en ese momento, y por eso necesitaba a la sacerdotisa.

—Por favor... Al menos permítame hacer el intento sin denunciarme. —Kiara suplicó—. Usted tiene que preservar la vida y más si se lo pide una de las hijas más preciadas de Aluz...

—Yo no... —Aquella mujer, tocada por la divinidad, no sabía si debía ayudar a esa madre desesperada o cumplir con su deber.

Los ojos de Kiara mostraron la determinación que solo una madre podría tener y con dificultad corrió lo más rápido que pudo hacia las escaleras del ala norte, dejaba a su paso manchas de sangre y un sudor frío corrió por su espalda amenazándola con un desmayo. Maldecía en voz baja lo grande de la mansión, pues aún le quedaba un trecho para llegar al ala donde las reliquias más poderosas del reino se encontraban resguardadas. Pero no sé rendiría, tenía que salvar a su hija a como diera lugar. Con las pocas fuerzas que le quedaban llegó frente a la gran puerta.

Luce iba tras de ella para detenerla, pero en cuanto Kiara entró a la habitación donde se encontraban, no pudo detenerla, solo al tener el permiso de la familia podía entrar.

—Ilustrísima entiendo su desespero, pero no creo que deba...

Kiara impregnó su mano de energía envolviendo aquella flor que se veía medio marchita, volvía a brillar como la primera vez que la había visto muchos años atrás, a veces aún soñaba con ella.

La flor se iluminó volviendo a la vida por un par de minutos, su brillo casi etéreo cegaba a la sacerdotisa hipnotizandola un poco. El calor invadió la habitación hasta que Kiara con delicadeza arrancó un pétalo rompiendo el hechizo donde había entrado Luce.

—No...

Estiró la mano para intentar detenerla y sin embargo ya era tarde, la duquesa metió el pétalo en su boca, sin masticar siquiera lo tragó sintiendo cómo quemaba todo a su paso hasta llegar a su vientre. Un par de segundos bastaron para que cada una de las venas del cuerpo de Kiara se llenarán de luz y calor haciendo que un grito fuerte y desgarrador se escapara de su garganta. El cuerpo semi inconsciente de la embarazada se levantó un poco del suelo y cuando cayó nuevamente logró sentir las pataditas de su bebé, pero su cuerpo aún quemaba por dentro. Se arrastró como pudo hacia la puerta de vidrio y autorizó a Luce a entrar.

—Sáquelo, por favor...

Kiara miró al techo con el dolor que quebraba su cuerpo, pensando que quizás, la Flor de Aluz tenía que quitar una vida para revivir la otra, pero el alivio le recorrió cuando la sacerdotisa posó sus manos en el vientre guiando al pétalo atreves de su garganta nuevamente y llevándola a expulsarlo con una tos seca, el pétalo se secó en cuanto tocó el suelo. La mirada horrorizada de la mujer de cabellos dorados la hizo sentir mejor, quería decir que su locura, había funcionado. Dejó que su cuerpo liberará la tensión y terminó desmayándose.

Al abrir nuevamente los ojos, estaba cubierta con una manta y su esposo, el duque de Valerion, sostenía su mano. Lo primero que hizo fue tocar su vientre y como si quisiera tranquilizarla, su bebé se movió.

—Veo que despertó, señora. —La suma sacerdotisa la miró con respeto y algo de miedo—. Su bebé ya está bien, usted es la que sufrió un poco, casi se queda sin energía suficiente para vivir. Deberá descansar y tomar este té herbal.

—Muchas gracias... —pronunció el duque con su voz grave—. Asumiré que no dirá nada de esto en el templo y mucho menos a su majestad, ¿cierto? Me encargaré personalmente de hacer una donación generosa al templo de Sirion.

La sacerdotisa frunció el ceño y tragó saliva, lo que había pasado en la mansión Valerion no solo era inapropiado, era ilegal y se consideraba traición, pero, aun así, la tenían tomada por el cuello. No era posible que supieran sobre Sirion.

—¿Por qué el de Sirion? —Atinó a decir nerviosa.

—Estoy enterado que su madre está internada allí, pediré que la asistan como es debido. —El hombre se levantó de dónde estaba sentado—. La acompañaré al carruaje.




Seis meses después


La alegría del festival de las flores llenaba el aire, la primavera había llegado y todos en el reino celebraban como la diosa Aluz les regalaba una buena cosecha y la calidez del sol.

Mientras todo el reino celebraba con alegría y bailes, en la mansión Valerion la tensión iba en creciente. La duquesa Kiara, tenía la frente perlada en sudor y su respiración era agitada mientras pujaba. Aquel momento de desesperación de meses atrás había pasado y su parto estaba siendo normal y tranquilo.

La misma partera y la Suma sacerdotisa estaban presentes, aunque esta última mantenía una distancia prudente, el miedo y el respeto hacia Kiara, después del incidente con la Flor de Aluz, aún eran palpables.

Había estudiado lo poco que quedaba de aquel pétalo y solo encontró materia orgánica reseca y desgastada. Nada igual a la hermosa flor color vino que había quedado mutilada en aquella habitación.

—¡Puje, señora! ¡Un poco más! —Animó la partera.

Kiara sintió una presión dolorosa y luego alivio. El llanto pequeño de su bebé resonó por toda la habitación.

—¡Es una niña, mi señora! —anunció la mujer regordeta sonriendo hacia la exhausta madre.

Envolvió a la pequeña en una manta de seda para entregarla a la sacerdotisa como era la costumbre en Aluzia, para que la bendición de la diosa cayera sobre la criatura.

Luce miró a la bebé con ternura por un momento, pero su alegría se vio ensombrecida, tomó los pequeños dedos, casi dejando caer a la bebé del susto.

Había nacido marcada por la oscuridad. Uñas negras resaltaban en aquellas manitos pálidas, sin embargo, la sonrisa de la pequeña le ablandó el corazón, sabía que tenía que tomar una decisión, pero no podía matarla. Se acercó a la duquesa para entregarle a su hija, no sin antes despedir a la partera que no parecía haber notado lo que sucedía con la pequeña.

Ya a solas se atrevió a decir en voz alta lo que estaba sucediendo.

—Hay un problema, señora —Tomó la manito para mostrar—. Está maldecida por las sombras, jamás había escuchado hablar de algo así.

Kiara se quedó sumamente quieta con el ceño fruncido. Examinó a la bebé.

—¿Es posible que sea gracias a la Diosa? Recuerde lo que sucedió con la Flor de...

—No lo repita en voz alta —Sentenció—. La diosa no dejaría rastros de oscuridad, ella es luz. —Cerró los ojos y meditó por un momento—. Yo tengo que proteger la vida, y jamás pondría en peligro la de un ser inocente, pero el rey no opinaría lo mismo.

Los ojos de Kiara se llenaron de lágrimas, no sabía cómo sentirse, que hacer, solo sabía que debía proteger a su hija.

—Puedo ocultarlo, puedo fingir que mi hija murió y criarla en secreto, puedo... —rompió en llanto sin saber que hacer.

La suma sacerdotisa miró nuevamente a la bebé quien sonrió otra vez. Suspiró.

—Tendrá que ocultarlo e informarme cada semana. Mantenga a su hija bajo perfil.

Salió por la puerta de la habitación, no quería mirar atrás. No podía solo asesinar a una bebé sin saber si realmente estaba maldita...

Fuera de la mansión Valerion el aire festivo la envolvió, las personas en las calles cantaban y bailaban las flores estaban por todos lados y una réplica exacta de "la flor de Aluz brillaba en el centro de la plaza como recordatorio del favor de la diosa y como recordatorio para ella de la bebé que acababa de nacer. Caminó al centro del festival de las rosas, la alegría se le estaba contagiando ayudándola a despejar la mente.

Caminó entre la gente, todos le abrían paso haciéndole una pequeña reverencia. Debía estar frente al templo junto a las sacerdotisas menores, quienes realizarían un acto para el público replicando en un hermoso baile la batalla contra el reino vecino, Hiems que había terminado antes de que el rey Silas naciera. En cuanto estuvo allí dio la orden de que debían empezar.

Las chicas vestían de blanco, tal como ella, pero sus delicados vestidos eran diferentes, dándoles un aspecto más etéreo. Bailaban con sutileza y movimientos gráciles actuando una guerra sangrienta que, gracias a los Valerion lograron vencer, sin ellos las reliquias jamás hubieran sido encontradas. Sonreía olvidando lo que acababa de suceder con la hija de la duquesa, aquel sentimiento que oprimía su pecho se estaba ablandando recordando el favor que aquella familia había hecho al reino. Hasta que una de las chicas, la más pequeña, cayó al suelo atrayendo toda la atención.

Luce se iba a acercar, pero se paralizó en cuanto la muchacha comenzó a levitar, su cuerpo se iluminó tenuemente y una voz que no le pertenecía habló por ella.

—Escuchen bien la profecía de Aluz... Una porta el sol, la otra el despecho. Entre el brillo y la sombra, el destino está hecho. Si el príncipe yerra, la guerra será su herencia: un invierno eterno por su mala elección o imprudencia.

Todos quedaron tiesos cuando el cuerpo fue dejado suavemente en el piso. Luce tuvo que reaccionar y socorrer a la muchacha.

El rostro del rey Silas quedó petrificado y el príncipe de tan solo dos años no entendía qué estaba sucediendo.