𝙋𝙧𝙤̇𝙡𝙤𝙜𝙤
Kim Jisoo era una alfa respetable. Una mujer con una imagen pulcra, un porte impecable y una actitud seria que hacía que todos en la oficina la admiraran.
No era de esas alfas ruidosas y prepotentes, no, ella era la definición de autocontrol.
O al menos, eso le gustaba pensar.
El problema era Kim Jennie.
La omega más despistada de toda la empresa, la mujer que siempre llevaba una sonrisa en los labios, y la que tenía ese tono dulce y despreocupado que hacía que a Kim le temblara un ojo.
No porque le molestara su personalidad, claro que no. Sino porque, cada vez que la veía, su cerebro de alfa hacía cortocircuito en un solo pensamiento: "sus tetas."
No lo hacía a propósito. No era una pervertida. Pero algo en la forma en que su blusa se ajustaba, en cómo se movía cuando hablaba animadamente, en cómo cruzaba los brazos y empujaba sus pechos hacia arriba sin darse cuenta... la volvía loca.
-Jisoo-nie, ¿estás bien? -preguntó aquella voz familiar de repente, sacándola de sus pensamientos.
Jennie estaba frente a ella, inclinándose sobre su escritorio con curiosidad.
Kim tragó saliva.
Ella estaba muy cerca, en un ángulo que destacaba su blusa blanca algo transparente.
-S-sí, perfectamente.
-¿Seguro? Tu cara está roja.
-Sí, porque mis ojos tienen voluntad propia y no dejan de desviarse. -pensó, pero negó rápidamente, aclarando su garganta. -Debe ser el calor -dijo finalmente, forzándose a mirar su pantalla con una intensidad innecesaria.
-¿El calor? Pero si estamos en invierno... -Jennie ladeó la cabeza, confundida. Y ese simple gesto hizo que su coleta se moviera ligeramente, dejando su cuello expuesto. -Ohhh... espera -dijo de repente-. ¿No será por mi aroma? -su voz era pura curiosidad inocente.
-No, no es por eso.
-¿Segura? Mi celo se acerca, así que a veces las alfas se ponen raras conmigo.
-No me digas. -pensó Jisoo soltando un suspiro. -No es eso -insistió, esforzándose por sonar tranquila.
-Mmm... bueno, si necesitas algo, dime, ¿sí? -La pelinegra le sonrió antes de alejarse.
Y Jisoo, con el rostro hirviendo y el cerebro frito, dejó caer la cabeza sobre el escritorio con un suspiro de derrota -Un día de estos me va a matar