TIRA Y JALA

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Summary

Bakugo Katsuki se define a sí mismo como un hombre de palabra, trabajador y fiel a sí mismo, cree en la verdad y que el arduo trabajo será bien pagado, es por ello que su enojo se volcó al recién llegado: un joven con cabello teñido de rojo, ojos rubí y una sonrisa coqueta a quien sea que vea. Una mula sin mecate que, con solo caminar, ya tiene la atención de quien quiera. No le agrada en lo más mínimo, es un citadino más y es seguro que no sabrá qué hacer con semejante tierra heredada, es por ello que piensa recuperar lo que tuvo que haber sido suyo a como dé lugar. "Una pequeña ranura de luz es suficiente para alejar las sombras", esas palabras han sido para Kirishima Eijiro un gran consuelo cuando la vida no tenía un trato amable hacia él y todo indica que deberá recurrir a ellas otra vez. Ella fallecido y le ha heredado su casa, una donde la señal es obsoleta, los animales son la economía del lugar y los machos con masculinidad frágil abundan, pensó que nada podía ser peor, hasta que sus ojitos rubí depararon en el capataz del rancho. Cabello rubio cenizo, ojos rojos carmesí y piel bronceada debido al arduo trabajo bajo el sol, músculos definidos y labios melocotón, un hombre esculpido por los griegos, pero con una actitud huraña y cero manejable, un humor de pocas pulgas. Bakugo Katsuki. Sí, ahora quiere montar aquel potranco antes de regresar. El juego de "tirar y jalar" solo es de un ganador, y los dos planean ganarlo de una forma u otra.

Status
Ongoing
Chapters
24
Rating
n/a
Age Rating
18+

PROLOGO

El establo que da cobijo a los animales que dan vida a ese lugar se encuentra en completo silencio; los borregos no balan, los caballos no relinchan ni hacen ruido con sus cascos, y los cerdos no remueven la tierra con sus trompas. El gallo no ha cantado y las gallinas se mantienen refugiadas en sus nidos, incluso los conejos han decidido mantenerse bajo tierra.

Cada animal de aquel rancho sabe lo que en aquella gran casa está pasando, comprenden que aquella mujer que les daba de comer y salía a hablarles ya no lo hará más, y es por ello que su pena se resume en ese silencio.

Bakugo Katsuki, vistiendo un pantalón negro de mezclilla y una tejana de igual color, se encuentra bajo el marco de la entrada a aquella habitación, una que brilla en calidez y da esa sensación hogareña incluso con ese olor a medicamento y enfermedad que frota en el aire.

Observa al doctor negar con la cabeza y el corazón se le oprime, odia saber lo que aquello significa, y cuando la arrugada mano manchada por los años se extiende a él, no duda en avanzar y tomarla entre las suyas, procurando no hacer fuerza contra aquellos delgados dedos.

— Mi pequeñoDiente de león—La femenina voz que alguna vez se caracterizó por su fortaleza y dulzura, ahora solo es dulce y muy a fuerzas se logra escuchar—, ¿por qué esa cara?

— Ma’, usted...

— Ya estoy vieja,muchacho, ¿no es esto normal? —Bakugo niega con la cabeza, arrebatando una sonrisa en aquella mujer— Sigues siendo terco.

— Dijo que viviría cien años —una risilla abandona aquel cansado cuerpo—, todavía le faltan doce.

Estás loco, yo ya viví mucho —Esas palabras hacen sonreír a Bakugo, aunque las lágrimas ya empañan sus ojos—. No llores,corazón, estoy bien.

— ¿Cómo puede decir eso cuando está muriendo?

— Porque viví —la mujer mira hacia el techo, sonriendo incluso con aquellos ojos nublados por la edad—. Vivir es tan bonito,mi corazón, pero estoy tan cansada y no alcancé a despedirme —Bakugo frunce el ceño, ¿acaso estaba preocupada por los animales? No es que le sorprenda, así ha sido ella—, sé que lo voy a dejar en buenas manos —un ligero movimiento entre las suyas lo hace asentir, quiere hacerle saber que la ha entendido.

— Claro que sí.

— ¿Lo vas a cuidar,mi corazón?

— Lo haré,Graciela—promete, colocándose de rodillas al lado de aquella cama y se inclina hacia ella, depositando un suave beso en la frente de la mujer—. Vete sin cuidado.

— Eres un gran hombre —Graciela cierra los ojos, la respiración antes acompasada, pierde ritmo y se vuelve cada vez más tardía—, pero no te olvides de buscar a alguien fuerte para estar a tu lado.

— No lo necesito.

— Oh, qué terco muchacho tengo —La mujer suelta una risilla más—. Además de fuerte tendrá que ser una persona resistente y más terca que tú,¿si quiera es eso posible?

— No, no lo es —apoya la barbilla en el dorso de su mano, viendo como aquellos cansados parpados comienzan a cerrarse—.Te quiero,Graciela.

También te quiero, mi corazón.Bakugo...

— ¿Sí?

— Cuídalo, ¿sí? —asiente, apoyando ahora la frente donde antes reposaba su barbilla—.Gracias.

Gracias a ti.

Y la mano que descansaba entre las suyas pierde toda fuerza, Bakugo se muerde el labio para no llorar y atrae hacia sus labios aquellos frágiles dedos, deposita un beso en el dorso.

Acomoda la mano de Graciela sobre el pecho laxo, se endereza y mira entre lágrimas aquel rostro tranquilo sin vida, uno que carece de remordimiento o preocupación alguna, y para Bakugo es así como debe de lucir uno cuando la muerte lo reclama.

Sorbe por la nariz, se lleva ambas manos a los bolsillos del pantalón y espera que las lágrimas se borren de sus ojos antes de girarse, viendo con una expresión vacía al doctor, quien se encuentra acompañado por un hombre alto y rubio, tan delgado que le resulta preocupante, sin embargo, la fortaleza que brilla en aquel par de ojos azules demuestra que todavía se trata de alguien con coraje.

— Buenos días —La voz de aquel hombre es profunda, pero es amigable también—, mi nombre es Toshinori Yagi, soy el encargado de leer el testamento de Graciela Armendariz.

— Bakugo Katsuki —estrecha la mano de Yagi, notando que, a pesar de la edad, sigue teniendo un fuerte agarre—, capataz deUn Rinconcito en el Cielo.

— Sí, he escuchado mucho de usted estos días que vine a visitarla —sonríe de lado, dando un lento asentimiento. Yagi mira por la habitación, frunciendo el ceño al volver la mirada a Bakugo—, ¿es el único aquí?

— Si dejamos de lado al doctor, sí.

— Oh, entiendo.

El hombre de delgada complexión se da la vuelta y comienza a andar, así sin más, y Bakugo parpadea repetidas veces antes de empezar a caminar tras quien ya se encuentra bajando las escaleras.

— Espere —Dice en voz alta, sorprendido de que el viejo sea tan rápido—, ¿no se supone que debe leer el testamento?

— Sí, ese es mi trabajo.

— Entonces...

— Graciela fue muy clara con las condiciones que debían cumplirse para que yo leyera el testamento, y esas condiciones no se encuentran aquí —Toshinori llega al recibidor, donde toma su gabardina del pechero y deja el maletín en el suelo para colocarsela, Bakugo decide frenar en el último escalón, viendo al hombre con el ceño fruncido.

— No entiendo, ¿qué se supone que haya? ¿Velas? ¿Un pentagrama?

— Nada de eso —Yagi suspira—. La señora Graciela pidió que los únicos presentes fueran usted, Bakugo Katsuki, y su nieto.

— ¿Nieto? Graciela no tiene familia.

— A mí me dijo que sí, un nieto.

— ¿Y dónde está? —Pregunta Bakugo, cerrando las manos en firmes puños— ¿Dónde mierda ha estado?

— Eso no lo sé —Toshinori termina de acomodar el cuello de la gabardina, se hace con su maletín y toma su sombrero marrón del pechero, el cual se lleva al pecho—, pero le garantizo que daré con él y lo traeré.

— No merece estar aquí.

— Señor Bakugo solo haré mi trabajo. Qué pase buen día.

Dicho aquello, Toshinori Yagi se coloca el sombrero y sale de la casa, cerrando la puerta con suavidad.

En el último escalón de aquellas escaleras, Bakugo observa con el ceño fruncido por donde aquel delgado hombre ha salido y luego de un par de segundos sin hacer ni un movimiento, solo se da la vuelta y sube hacia la habitación donde el cuerpo de Graciela se encuentra.

Debe llamar a los servicios funerarios, también a la policía; no tiene tiempo para pensar en el tipo de capullo que debe hacer aquel nieto que nunca fue a visitar a la mujer que ha fallecido.

¿Un nieto? ¿Por qué si quiera Graciela lo había ocultado? Ella tuvo que haber tenido sus razones y las que hayan sido, no pudieron haber sido buenas.

Se detiene bajo el marco de la puerta, observando en silencio como el doctor se encarga de cubrir por completo el cuerpo de Graciela usando una manta blanca.

Si esa mujer tenía familia, ¿por qué nunca lo mencionó? ¿Por qué nadie fue a visitarla?

Bakugo no tiene las respuestas, pero llegarán a él, tarde o temprano, de eso está seguro.