00: Introducción
Es solo una pesadilla.
Por favor, que sea solo una
pesadilla.
Dios, por favor… Necesito que sea una pesadilla.
Pero no, ahí estaba de nuevo, ese maldito techo blanco al que me enfrentaba cada mañana desde que comencé a sobrevivir.
Blanco alba, con leves texturas del revoque que creaban un extraño granulado, donde sin falta durante los amaneceres de los últimos dos meses dibujaba la fantasía de tenerlo de nuevo a mi lado.
Ver sus ojos, de ese color whisky heredados de su madre, pero con mi mirada… Apuntándome una vez más cuando le hacía trampa en las cartas.
Habría muerto y matado por una partida más.
Ni siquiera duele, solo lo siento. Ya no está, pero todo sigue exactamente igual.
La foto al lado de la cama me regalaba su sonrisa y en el armario aún estaba la camisa que dejó una tarde cuando el calor se volvió asfixiante.
Solo podía ver el condenado cielo raso, inmóvil, pidiéndole permiso al aire para que entrara a los pulmones porque hasta había olvidado como despertar. Mi cuerpo lo recordaba; estirarme de forma perezosa, toser un poco, levantarme para orinar… pero mi cerebro se negaba a hacerlo sin estar extremadamente consiente de que él no está.
Despertar significa continuidad.
Me hace pensar en que la vida sigue, que el sol sigue saliendo… Que nada cambió allí fuera, mientras que yo me estaba pudriendo encima de un ataúd repleto de ladrillos, como si fuera una broma, sustituyendo la descomposición de un cuerpo ausente con mi propia carne.
Antes la rutina era algo subconsciente, mas ahora… Ahora cada mañana comenzaba desde cero, cada mínimo movimiento dolía por la ausencia. Él ya no está… y es el primer pensamiento que debo tener, casi como un castigo, cada vez que abro los ojos.
Su muerte no se llevó su cuerpo, arrebató la manera en que yo existía.
Con un gruñido ronco, casi como una porra a mí mismo, me senté al borde de la cama. Las articulaciones se quejaron ante el movimiento mientras que hacía los primeros pasos para escapar de la telaraña que suponía mi lecho. Quería estar todo el día allí, no comer, no trabajar, ni siquiera dormir… solo permanecer. Mas el sol se colaba por la ventana con su brillo tamizado por el otoño, una lumbre melancólica que apenas iluminaba y que ni se esforzaba en brindar calidez. Solo estaba allí, existiendo, al igual que yo... Sin cumplir un propósito, sin saber porque sale, sin objetivos, sin metas… Solo apareciendo porque así debe ser.
Me limpié con la mano la cara, la barba se sintió rasposa por los días transcurridos sin un buen rasurado. Estaba crecida, irregular, seguramente con alguna pelusa forajida enganchada en los alambres de púas de mis propias asperezas. No la dejé crecer por descuido. Simplemente no me importaba.
Caminé hacia el espejo y el mismo rostro cansado me dio la bienvenida, era casi ofensivo que la carne siguiera en su lugar. El hombre que me devolvía el reflejo tenía mi cara, pero ya no tenía mi historia. Él envejece… Yo me desarmo. No me reconocí y lo peor fue entender que ese desconocido iba a quedarse conmigo hasta que por fin ambos muriéramos.
Ojalá que las enfermeras no me acerquen ningún espejo cuando esté en mi lecho de muerte. No quiero volver a mirarlo nunca más. Porque cada vez que lo miro, que me observo, busco una justificación para seguir viviendo y no encuentro nada.
Me acerqué un poco más, deseaba que la distancia estuviera distorsionando algo, pero no… En mí solo veía una versión vieja y patética de Luciano, aquello lastimosamente me hacía perder el anonimato. Fingir seguir siendo desconocido habría sido más sencillo, sin embargo… Ahí seguía yo, vivo, respirando un aire demasiado limpio. Esa cara era mía, con los bordes desgastados donde Lu tenía firmeza. La mandíbula idéntica; dura, marcada. Aunque yo tenía líneas alrededor de la boca, no eran nuevas, pero se habían profundizado desde que no encontraba un motivo para sonreír.
¿Así se habría visto Lu a mi edad?
El cabello, todavía oscuro, comenzaba a rendirse en las sienes con una claridad plateada que yo no había autorizado… y mis ojos, aquellos que siempre respondían por mí, firmes y capaces de hacer callar a más de uno… ahora dudaban. Me encontré con una profundidad incómoda devolviéndome la mirada desde el cristal, no estaban vacíos, era algo peor… Estaban llenos y se negaban a que una lágrima forajida se deslizara por mi mejilla dándole a la presión la necesaria escapatoria que mi cuerpo clamaba.
No pude volver a llorar desde su funeral.
¿Por qué?
¿Por qué ya no puedo llorar la muerte de mi hijo?
¿Por qué mis malditos hombros anchos siguen aguantando tanto peso? ¿Por qué no se me parte la piel y se revela el monstruo que anida dentro de mi pecho y que, cada día me devora un poco más? ¿Por qué no me he rendido? ¿Por qué mis manos grandes siguen siendo capaces? ¿Por qué respiro?
¿Por qué mierda sigo vivo?
¿Para qué?
¿De qué vale seguir intacto?
Hay algo profundamente malo en seguir como si nada hubiera pasado, es como si mi exterior no hubiera recibido la noticia de que morimos ese condenado día… junto con él.
Me aparté furioso, el resople de mi nariz retumbó en las paredes y fluyó por el maldito aire limpio de mi cuarto… Todo estaba tan impecable.
Fue entonces cuando la vi sobre la mesa de noche… Esa carta que no había tenido el valor de abrir ayer porque el nombre del remitente me hacía crujir el pecho, ese sobre era un fragmento más que se clavaba en mi corazón.
Alma Moretti.
Mi apellido, mas no mi sangre.
El papel, apenas desplazado hacia un lado, parecía querer esconderse bajo el velador para no llamar la atención, pero fracasaba. Tarde o temprano tendría que enfrentarme a ella y lo que fuera que contenía.
Casi como si me quitara una astilla, me tomé mi tiempo. Palparla, sentirla, pesarla entre mis dedos, sentir su fragilidad la cual hacía juego con la mujer que la había redactado.
Me senté otra vez en la cama, ese maligno mueble siempre me llamaba y me atrapaba con sus redes, no decidí hacerlo… solo pasó. Comencé a leerla mientras que la luz fría de un sol que nadie solicitó marcaba las líneas de tinta con una claridad innecesaria. Una caligrafía bella, estilizada y recatada que resaltaba en su forma elegante. Casi como Alma misma.
“Javier,
Se siente raro tener que volver a escribirte porque sinceramente no sé si tengo tu permiso para hacerlo. Antes solo recibía palabras dictadas que copiaba con una sonrisa, pero ahora, bueno, ni siquiera sé si aún me consideras familia.
Los niños me suplicaron noticias tuyas y aquí estoy, pidiéndotelas.
La casa está en silencio, no en uno tranquilo, sino uno que empieza a aturdirme… Así que, por favor, grita un fuerte “Hola” para mí. Escuchar otra voz me alegrará bastante, hay días en los que simplemente camino de un cuarto al otro para oír mis propios pasos.
No estoy llevando bien la vida de viuda, pero supongo que es lo que me tocó.
Los chicos me preguntan por él, no todo el tiempo, creo que eso lo hace más fácil. Lo hacen de repente, en medio de cualquier cosa, casi exigiéndome la presencia de su padre en lo cotidiano.
Andrés me mira fijamente cuando lo hace, como si pensara que le estoy mintiendo sobre lo que le pasó a Luciano. Olivia aún no lo entiende, piensa que su papá está en el cielo, durmiendo en una nube, pero creo que sí lo siente… Sobre todo, cuando se da cuenta que yo no puedo cargarla con la misma seguridad y fuerza que Lu.
A veces no sé que decirles, ¿cómo les explico una ausencia que ni siquiera yo he podido aceptar?
Intentamos mantener todo como antes, Andrés dijo que es el nuevo “Hombre de la casa” y se pone el uniforme de Lu. Dice que conseguirá trabajo y que cortará el césped… pero lo he pillado más de una vez llorando.
Por más que lo intentemos, por más esfuerzo que ponga en sostener esto, simplemente el mundo se nos cae.
El dinero no alcanza, cada día es un cálculo. Las comidas se volvieron decisiones consientes. Les sirvo a ellos primero, para que puedan dormir bien y luego me preparo otro té. Me convencí de que no tengo hambre.
Supongo que eso en parte es bueno, por fin volví a ser talle uno. Perdí esos kilos que me molestaban desde los embarazos.
Andrés ya lo nota, deja comida en el plato para más tarde (según él), pero luego se las da a Olivia. Mi niña pide cosas pequeñas, cosas que antes eran normales, y me hace una rabieta cuando no puedo dárselas. No sabe que cambió. Yo tampoco puedo decírselo.
Por suerte, el almacén me sigue fiando. Los vecinos nos colaboran, pero… todo se siente tan incierto.
Perdón por hacer terapia en estas letras, pero un poco de la carga baja de mis hombros y se queda en el papel. Es un pequeño respiro.
Si pudieras venir… aunque sea por un tiempo. Para ver a los chicos… Para ayudarme a ordenar las cosas… Para decirme por dónde empezar.
No sé.
Quizás solo para llorar juntos.
Te mando mi cariño y si esta carta te molesta, no respondas nada, yo tomaré eso como un aviso para no volver a escribir.
Con cariño, Alma”
Apreté el entrecejo, las palabras de Alma se sintieron como tallar una nueva cruz para una futura lápida. Dolía porque era la antesala de una desgracia. Una que yo mismo podría evitar. No tuve que leerla una segunda vez, tomé una decisión instintiva que rozaba lo animal. La necesidad de proteger a mi cría, las crías de mi cría, con uñas y dientes.
No hubo un momento exacto en el que la idea se formara, tampoco cálculo, debate o resistencia. Fue simple e inmediato.
Dejé la carta donde había estado y comencé a armar la maleta, sin apuros, sabiendo que todo lo que necesitaba eran unas cuantas mudas de ropas. No pensé en el tiempo que estaría a fuera, tampoco me importaba, no había nada que dejar atrás. Mandaría a trasladar mis herramientas si lo precisaba.
Mientras que yo tuviera manos, mis nietos no pasarían hambre.
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