La Herida Abierta
El bosque estaba tranquilo, pero era una paz engañosa. Poseía esa quietud densa y pesada que precede a las tormentas, aquellas que no solo arrastran agua, sino ceniza.
En medio de ese silencio pesado, Valerie se arrodilló entre las raíces oscuras y húmedas de los árboles milenarios. Se movía con lentitud, casi como en un ritual. Llevaba el cabello oscuro cortado de forma desordenada, cercenado con prisa para evitar que las ramas se enredaran en él mientras se fundía con la penumbra del sotobosque. Sus dedos, finos pero curtidos por el trabajo duro y la intemperie, apartaban las hojas caídas con cuidado meticuloso, temiendo ofender al suelo con cualquier brusquedad.
De pronto, algo se movió entre los helechos cercanos. Un pequeño conejo emergió de la maleza, con el pelaje apelmazado y manchado de barro. Sus ojos brillaban con una desconfianza instintiva, pero, contra todo pronóstico, se detuvo a mirarla y no huyó. Al verlo, la línea rígida de su mandíbula se suavizó y sus hombros, siempre tensos y a la defensiva, cayeron un par de centímetros. Una sonrisa pequeña, tímida y casi olvidada asomó a sus labios. Fue una expresión que no había usado en tanto tiempo que la sintió ajena, doliéndole al estirar los labios resecos y partidos.
Pero la sonrisa murió antes de nacer del todo. El bosque se tensó de golpe. No fue un sonido lo que la alertó primero, sino un cambio abrupto en la presión del aire, una vibración invisible en la tierra que le erizó el vello de la nuca. Un segundo después, los pájaros alzaron el vuelo en un estallido de pánico coordinado, batiendo las alas con tal frenesí que taparon la poca luz dorada que lograba filtrarse entre las copas. Valerie se puso en pie de un salto, sintiendo cómo un repentino entumecimiento se extendía hasta la punta de sus dedos.
El fuego no tardó en anunciarse. Apareció primero como un resplandor inquietante, un parpadeo naranja y febril bailando entre los troncos lejanos. Luego, el viento arrastró el olor a madera vieja quemándose, a paja consumida y el inconfundible, asfixiante y dulce hedor de la desesperación humana. El choque metálico de las espadas, los gritos de órdenes brutales y un clamor de terror crudo que pertenecía a la ruptura violenta de todo lo que estaba vivo. Se ocultó con rapidez tras el tronco grueso de un roble centenario. Se aferró a la corteza hasta astillarse las uñas y observó cómo su mundo ardía hasta los cimientos.
Otra vez.
Las llamas lo devoraban todo con una avidez demoníaca. Vio cuerpos moviéndose como sombras torcidas contra el resplandor del incendio, y cómo una antorcha prendía el techo de una casa en cuestión de segundos. Entonces, a través de la humareda negra que empezaba a lamer la frontera de los árboles, cruzó su mirada con alguien. La figura del desconocido, recortada contra el infierno, parecía un demonio emergiendo del averno. Fue un cruce de pupilas de apenas un segundo. Un latigazo helado de pánico le inundó las venas.
Sin pensarlo, dio media vuelta y huyó. Ya no era la mujer cautelosa que recolectaba raíces; era un animal acorralado, corriendo a ciegas entre las sombras y la niebla del sotobosque. Un zumbido sordo se apoderó de su cabeza, ahogando el crujir de las llamas a sus espaldas. En su huida desesperada, con la visión nublada por el humo, sus pies chocaron con violencia contra un bulto pesado y oscuro oculto entre los matorrales. Cayó al suelo con un grito sofocado, raspándose las palmas de las manos y las rodillas contra la tierra fría.
Desorientada y tosiendo por el humo, se giró para ver con qué había tropezado. El bulto era una persona. Un hombre inmenso. Su cuerpo irradiaba un calor febril; estaba vivo, pero la tierra debajo de él ya era un charco oscuro y pegajoso. Sangraba a borbotones.
Retrocedió arrastrándose, asqueada y aterrorizada. Su mano voló por instinto hacia la piedra cercana más grande que encontró.
Mátalo. No mires.
Levantó la piedra con ambas manos. Dispuesta a descargar el golpe ciego con toda la fuerza que le quedaba en los brazos.
Acaba con él antes de que despierte. Hazlo.
Pero entonces, llegó la voz. No fue un sonido externo. Fue una presión insoportable que le aplastó el pecho desde adentro, una vibración profunda y antigua que parecía surgir de la tierra misma y adentrarse en su cuerpo para atormentarla. Era una orden inquebrantable, una exigencia que ignoraba su terror, su odio y su lógica. Una compulsión que no admitía rebelión.
Sánalo.
—No… —susurró ella, negando con la cabeza, apretando la piedra hasta que la piel le dolió.
En respuesta, el hombre dejó escapar un gemido. Fue un sonido bajo, roto, el ruego de un cuerpo que se niega a morir. El mundo de Valerie se estrechó de golpe, asfixiándola, atrapándola entre el humo que avanzaba desde la aldea y la presión invisible que le trituraba los pulmones. Cerró los ojos con fuerza, luchando contra la compulsión, odiándose a sí misma, odiando la maldición de sus propias manos y odiando al hombre que sangraba frente a ella. Pero la voz ganó. Las pocas veces que había aparecido en su vida, también había ganado.
Entre sollozos ahogados, dejó caer la piedra. El sonido sordo que hizo al chocar contra el barro fue el de su propia rendición. Se inclinó sobre él, aferró la tela pesada de su abrigo oscuro, se llenó los pulmones de aire y tiró. Usando una fuerza nacida de la desesperación y la adrenalina, comenzó a arrastrar su peso muerto a través de la maleza. Cada paso era una tortura. Sus botas resbalaban en el fango y las ramas le azotaban el rostro, pero no se detuvo. Evadió los senderos marcados, tropezando con raíces, tirando de él centímetro a centímetro hasta que sus músculos ardieron y sus manos se llenaron de ampollas.
Agotada, al fin llegó a su refugio. Era una cabaña minúscula, disimulada bajo un saliente de roca y cubierta por una cortina de hiedra trepadora. Una vez dentro, pateó la puerta para cerrarla y corrió el pesado cerrojo de madera. El silencio de la cabaña la envolvió de inmediato, cargado de la urgencia metálica de la sangre derramada. Con los dedos temblando, encendió la única vela que descansaba sobre la mesa. La luz dorada bañó la estancia, revelando por primera vez el rostro de su enemigo. Era un hombre de facciones duras, con el cabello rubio pálido apelmazado por el sudor y la suciedad de la batalla. Su mandíbula estaba apretada en una mueca de dolor.
Valerie no necesitaba verle insignias para saber qué clase de monstruo había metido en su hogar. Su porte, su ropa oscura y la forma en que su cuerpo imponía presencia y amenaza incluso estando inconsciente, gritaban lo que era.
Maldito. Lo insultó Valerie, como si eso pudiera calmar su ira.
Con las manos manchadas, apartó su abrigo y le rasgó la camisa empapada. Lo que encontró debajo la hizo contener la respiración. No era un simple corte. Era un tajo brutal en el flanco, un desgarro de carne viva del que manaba una cantidad alarmante de sangre espesa. El acero había entrado profundo, perdonando sus órganos vitales por un capricho del azar. Si no hacía algo en los próximos minutos, el hombre se vaciaría allí mismo en el suelo antes de que la vela se consumiera.
Comenzó el tratamiento. Obligó a su mente a disociarse del terror, permitiendo que sus dedos se movieran con eficiencia mecánica. Calentó agua en el pequeño fuego. Lavó la sangre coagulada de la herida usando una decocción amarga de corteza de sauce. Cada vez que la tela húmeda tocaba la carne abierta, los músculos del hombre se tensaban bajo sus manos, pero ella no se detuvo. Machacó musgo seco y hierbas cicatrizantes en un cuenco de piedra, creando un emplasto oscuro de olor fuerte, y lo presionó sin piedad contra el desgarro para detener la hemorragia.
La noche se extendió, agónica, asfixiante y eterna. El único sonido en el interior de la cabaña era la respiración rasposa y errática del desconocido, mezclándose con el lejano crepitar de la aldea que terminaba de consumirse en la distancia.
Valerie no durmió. Permaneció sentada a su lado en el suelo de tierra, abrazándose a sí misma mientras lo observaba bajo la luz moribunda de la vela. Sus manos seguían manchadas de la sangre de él. Sentía frío y asco. Cada vez que el hombre gemía en medio de su delirio febril, ella apretaba las manos hasta que le dolían los nudillos, luchando contra el impulso salvaje de arrancarle las vendas y dejar que la naturaleza hiciera el trabajo que ella había interrumpido. Lo había salvado, cumpliendo con la compulsión que gobernaba su destino. Pero lo sentía como una traición a su propia sangre.
Cuando el primer rayo del alba logró filtrarse por las grietas de la madera, tiñendo el interior del refugio de un gris gélido, Valerie supo que el agua de los cuencos ya no servía. Estaba turbia y teñida de rojo. Necesitaba agua limpia y más corteza de sauce si quería que la fiebre no lo devorara antes del mediodía.
Lo miró una última vez en la penumbra. No llevaba escudos que le dijeran exactamente quién era. Lo arropó apenas, tomó un odre vacío y salió de la cabaña, cerrando la puerta de madera con extremo cuidado para no hacer ruido. El bosque amanecía envuelto en una niebla espesa y traicionera.
Valerie caminó con sigilo hacia el arroyo cercano, pero antes de llegar a la orilla, el sonido metálico de herraduras y cotas de malla la paralizó en seco. Se agachó de inmediato, fundiéndose con un matorral de helechos tupidos. Contuvo la respiración. A escasos metros, un grupo de soldados avanzaba a pie, apartando ramas con las espadas desenvainadas. Estaban tensos, peinando la zona con urgencia.
—¡Busquen por el río! —ladró uno de los hombres, con la voz rota—. Tenemos que encontrar al Inquisidor hoy mismo.
Valerie abrió los ojos por completo. El aire se le atascó en la garganta y las manos, que aún aferraban la tierra húmeda, se le volvieron de hielo. Dos soldados se quedaron atrás por un momento:
—¿Y si el señor ya está muerto? —Mi señor Dante no puede morir. Tiene el favor de nuestro Padre Dios.
El hombre que sangraba sobre su suelo no era un simple soldado. Era la máxima autoridad del fuego. El verdugo del norte. El hombre que firmaba las sentencias de muerte de las mujeres como ella.
El Inquisidor. Dante.
Esperó, tiritando contra la tierra fría, a que los soldados se alejaran en dirección contraria. En cuanto el sonido de las armaduras se perdió en la distancia, se puso en pie con las piernas aun medio paralizadas. Corrió de regreso tropezando a ciegas con las raíces de los árboles.
Al acercarse a su cabaña, detuvo su carrera abruptamente. Contuvo el aliento tembloroso, con la boca seca como la ceniza y el pulso advirtiéndole del peligro contra sus costillas. Pegó el oído a las tablas irregulares de la puerta.
Nada.
No había gruñidos, ni el crujir de la madera, ni movimiento alguno. Solo el murmullo del viento frío golpeando el follaje. Pensó que la fiebre lo habría consumido por completo, o que el hombre herido seguía hundido en la misma inconsciencia profunda en la que lo había dejado. Tenía solo un par de minutos para entrar, tomar su capa de invierno, las pocas monedas que la mantenían viva y huir del bosque para siempre antes de que la guarnición encontrara la cabaña.
Valerie se mordió el labio inferior armándose de valor. Empujó la puerta de madera. Se detuvo en seco apenas dio un paso. Los pies se le clavaron en la tierra húmeda del umbral, dándose cuenta demasiado tarde del error fatal que acababa de cometer.
Él ya no estaba dormido. Estaba despierto, alerta y tenso. Su respiración ya no era el jadeo errático de la fiebre, sino algo contenido, medido, un pulmón lleno que se niega a exhalar hasta saber si ella es presa o no.
Sus miradas chocaron de frente.