La grieta entre mundos (El origen de Lilith)

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Summary

Tras cruzar el portal, Eick regresa a su mundo… pero no lo hace solo. Erin y Gladia descubren una realidad completamente distinta, donde la magia no existe… y, aun así, algo mucho peor ha nacido. Distritos enteros han sido sellados. No por guerra. No por desastre. Sino por los Pandemonios. Criaturas que evolucionan, se reproducen… y en algunos casos, piensan. Mientras avanzan para encontrar el origen de estas anomalías, una presencia comienza a observarlos desde la oscuridad. Lilith. La clave detrás del sistema. El núcleo de algo que nadie ha logrado comprender. Pero no será fácil llegar hasta ella. Cada paso revela más verdad… y más recuerdos. Porque cuanto más avanza Eick… más fragmentos de su pasado comienzan a encajar. Y lo que descubrirá… podría cambiarlo todo.

Genre
Fantasy
Author
EAMVerse
Status
Ongoing
Chapters
17
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1 — El encuentro

EAMVerse: La grieta entre mundos

Volumen II — El Pandemonio Alfa

Capítulo 1 — El encuentro

—Entonces no te importará que me lo quede.

Eick parpadea.

—Eh…

En cambio Erin se queda en shock.

—¿¡QUÉ!?

—¡GLADIA!

Pero Gladia ya está mirando a Eick con total naturalidad.

Como si no acabara de decir eso.

Eick se queda mirándola.

Un segundo.

Dos.

Y, por primera vez en todo el caos…

Una pequeña exhalación.

Casi una sonrisa.

Gladia ya estaba avanzando.

Directa hacia él.

Sin dudar.

Erin reaccionó tarde.

—¡Oye, espera!

Gladia se plantó frente a Eick.

Lo miró.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

Y, sin ningún tipo de permiso—

le agarró del brazo.

—Así que tú eres Eick…

Eick la miró.

Gladia sonrió con esa seguridad suya.

—¿Ahora tú serás nuestro héroe?

Erin llegó justo detrás.

—¡Gladia, suéltalo!

Intentó apartarla.

Sin éxito.

Gladia ni se movió.

—Relájate.

Se giró ligeramente hacia ella.

—A ver, Erin…

Lo dijo tranquila.

Pero con intención.

—¿Te gusta o no te gusta Eick?

Erin se congeló.

—¿Qué?

—Es una pregunta simple.

Erin apartó la mirada.

—N-no digas tonterías.

—Ah, vale —Gladia sonrió más.

Acercó el brazo de Eick, llevándolo sin disimulo contra su pecho.

—Entonces será mío.

Eick se sonrojó pero tampoco sabía que decir.

Erin reaccionó al instante.

—¡¿Qué?!

—Lo que oyes.

Erin dio un paso adelante.

—¡Ni hablar!

—Pues habla tú —respondió Gladia, sin soltar el brazo de Eick.

—¡No tengo que hablar nada!

—Entonces no te quejes.

—¡Gladia!

—¿Qué?

—¡Suéltalo!

—No.

—¡GLADIA!

Eick parpadeó.

Una vez.

Dos.

Observándolas.

En silencio.

—Chicas…

Ninguna le escuchó.

—Esto no es serio —dijo Erin.

—Yo sí lo soy —respondió Gladia.

—¡Pues yo más!

—No lo parece.

—¡GLADIA!

—ERIN.

—Chicas…

Nada.

Eick suspiró.

Se llevó la mano libre a la cara un segundo.

Y entonces—

más firme:

—Chicas.

Silencio.

Las dos se detuvieron.

Lo miraron.

Eick las observó.

Serio.

—¿Sabéis dónde estamos?

Las dos parpadearon.

Miraron alrededor.

Y entonces—

se dieron cuenta.

El suelo.

Árido.

Rocoso.

Sin vida.

El viento soplaba seco.

Pero no movía nada.

No había bosque.

No había ciudad.

No había nada.

Solo vacío.

Erin frunció el ceño.

—Esto no es…

Gladia soltó lentamente el brazo de Eick.

—…no es mi mundo.

Eick negó con la cabeza.

—Ni el mío.

Silencio.

El aire se volvió pesado.

Y entonces—

algo cambió.

Como si ese lugar…

acabara de notar que estaban allí.

El viento cambió.

No fue más fuerte.

Fue… incorrecto.

Como si el aire no perteneciera a ese lugar.

Eick lo sintió primero.

—…

Su cuerpo se tensó.

—Eso no es normal.

Erin dio un paso atrás.

Gladia frunció el ceño.

Entonces—

una sombra.

No cayó desde el cielo.

No salió del suelo.

Simplemente…

estaba.

Detrás de ellos.

Silencio.

El mundo pareció detenerse.

Erin giró lentamente la cabeza.

Y lo vio.

Primero… los cuernos.

Oscuros. Curvados hacia arriba.

Luego—

una máscara.

No.

Un cráneo.

Vacío.

Con una luz en el centro.

Observándola.

Su cuerpo no era carne.

Era algo más.

Como si estuviera hecho de placas.

De sombras solidificadas.

Sus alas se desplegaron lentamente.

Sin hacer ruido.

Demasiado grandes.

Demasiado… incorrectas.

Gladia dejó de sonreír.

—…

Por primera vez…

no dijo nada.

La criatura no atacó.

No se movió.

Solo…

los miraba.

Como si ya supiera todo.

Eick apretó la mandíbula.

—Eso… no es de mi mundo.

Erin susurró:

—Ni del mío…

Entonces—

el símbolo en su pecho brilló.

Y el aire…

se quebró.

El yermo permanecía en silencio.

Pero ya no era un silencio vacío.

Era… expectante.

La criatura no se movió.

—Este lugar…

Pausa.

—no es un mundo como los vuestros.

Erin frunció el ceño.

—Entonces, ¿qué es?

—Un punto entre mundos.

Silencio.

—Las conexiones aquí son débiles.

—Inestables.

—Y por eso… existen accesos.

Gladia arqueó una ceja.

—¿Accesos?

—Portales.

Pausa.

—Mucho antes de vosotros… otros ya cruzaban este lugar.

Su mirada se posó en Gladia.

Luego en Erin.

—Hombres bestia.

—Cabello blanco.

—Ojos morados.

El aire se volvió más pesado.

—No venían a invadir.

—Venían a vigilar.

Erin bajó ligeramente la mirada.

—¿Vigilar qué…?

—Las grietas.

—Los cruces.

—Lo que no debía pasar de un mundo a otro.

Silencio.

—Durante mucho tiempo… funcionó.

Pausa.

—Hasta que apareció un mundo distinto.

La criatura giró ligeramente la cabeza hacia Eick.

—El tuyo.

Eick no reaccionó al instante.

—No era hostil.

—No era inestable.

—Y por primera vez… la conexión se mantuvo.

Gladia murmuró:

—Qué bonito suena eso…

—Duró.

Pausa.

—Hasta que dejó de durar.

Silencio.

Eick dio un paso adelante.

—Vale.

Pausa.

—Muy bien.

Su voz fue más seca.

—¿Cómo volvemos?

La criatura lo observó.

—Puedo abrir un acceso.

Erin levantó la vista.

—¿Entonces puedes enviarnos de vuelta?

—Puedo intentarlo.

Pausa.

—Pero cada apertura tiene un coste.

El viento se levantó.

Suave.

Incorrecto.

—Cuando una grieta se fuerza…

—algo se mueve al otro lado.

Gladia dejó de sonreír.

—Es decir…

Eick lo entendió antes.

—Si abrimos uno…

—algo también puede cruzar.

—Sí.

Silencio absoluto.

Erin apretó la espada.

—Entonces no es solo volver.

—No.

Pausa.

—Es alterar el equilibrio.

Eick no apartó la mirada.

—Antes has dicho que mantienes.

Pausa.

—¿Qué eres exactamente?

La luz en el pecho de la criatura palpitó una vez.

—No decido.

—No mando.

—No creo.

Silencio.

—Solo compenso.

Gladia arqueó una ceja.

—Eso suena bastante triste.

—Es una función.

Erin dio un paso adelante.

—¿Hay más como tú?

—Sí.

Pausa.

—Otros puntos.

—Otros vigilantes.

—Otros equilibrios.

La luz volvió a latir.

—Antes de todo… hubo dos fuerzas.

—Ninguna pudo imponerse.

—Y de esa quietud… nacimos nosotros.

Silencio.

Gladia frunció el ceño.

—¿Y esas fuerzas siguen ahí?

—Sí.

Pausa.

—Dormidas.

El aire tembló apenas.

—Mientras sigan así… el equilibrio permanece.

Silencio.

La luz de su pecho empezó a apagarse.

—Esta proyección se agotará.

Pausa.

—Nos volveremos a ver.

Y entonces—

desapareció.

Silencio.

Pesado.

Eick y Gladia se miraron.

Por primera vez sin interrupciones.

—…

—Gladia… me estás apretando demasiado.

Gladia parpadeó.

Miró su mano.

Seguía agarrándolo.

—Ah.

—Pues no te quejes.

—¡Gladia! —Erin se puso roja.

Gladia la miró.

—¿Qué?

Eick suspiró.

—Oye…

—¿No os parece raro?

Silencio.

—¿El qué? —preguntó Gladia.

—Que siendo de mundos distintos…

—nos entendamos.

Ninguno respondió.

Pero todos lo pensaron.

Gladia soltó su brazo.

—Meh… qué más da.

—Nos acaba de hablar un ente rarísimo.

—Y pensar cansa.

Erin miró a Eick.

—¿Y ahora?

Silencio.

Eick bajó la mirada.

Apretó los puños.

—Chicas…

Pausa.

—Me seríais de gran ayuda si venís conmigo a mi mundo.

Respiró hondo.

—Debo hacer algo.

Su rostro cambió.

—Por mi gente.

Erin lo miró con suavidad.

—¿Por Ken…?

Eick negó.

—No solo por él.

—Por todos los que han caído...

—y por los que están de pie.

Ambas sintieron su ímpetu.

Erin miró a Gladia.

Asintieron.

Gladia suspiró.

—Qué remedio…

Sonrió.

—Pero me debo una venganza.

Eick frunció el ceño.

—¿Venganza?

Gladia sonrió.

Más peligrosa.

—Creo que alguien…

—me vio sin ropa.

—¡Gladia! —Erin se puso roja.

Eick levantó las manos.

—Lo puedo explicar.

—No fue mi intención.

—Sí, sí…

—Da gracias de que no te tumbo.

Eick sonrió.

—¿Una neko me va a tumbar?

Gladia sonrió más.

—¿Quieres intentarlo?

Se puso en guardia.

Eick miró a Erin.

Recordó.

Volvió a Gladia.

—No.

—Mejor no.

Gladia se relamió ligeramente.

—Qué mono…

—pareces un cachorrito.

Eick carraspeó.

—Ajá.

Miró a otro lado.

—Vayamos a buscar ese portal.

Silencio.

Pero esta vez…

no era vacío.

Era decisión.

Continuaron avanzando por el yermo.

Sin rumbo claro.

Sin referencias.

Solo roca, viento… y silencio.

Hasta que—

lo vieron.

Un portal.

Se alzaba entre las formaciones rocosas, incrustado en el suelo como si siempre hubiera estado ahí.

A su alrededor, grabadas en piedra, había runas.

Antiguas.

Irregulares.

Pero vivas.

Eick se detuvo.

Erin a su lado.

Ambos lo observaron en silencio.

Eick habló primero.

—Podría ser este.

Erin entrecerró los ojos.

—Me suena de algo…

Gladia, en cambio, siguió caminando de largo.

Como si no fuera con ella.

Erin giró la cabeza.

—Oye.

—¿No te llama la atención esto?

Gladia se detuvo.

Miró el portal.

Con desgana.

Con duda.

Y entonces dijo:

—Claramente pone “Kenkai”.

Silencio.

—Ese es nuestro mundo.

Eick y Erin se miraron.

Luego volvieron a mirarla a ella.

—…¿Cómo sabes leer eso? —preguntó Eick.

Gladia se encogió de hombros.

—Oh.

—Estará escrito por hombres bestia.

—Tiene sentido que lo entienda.

Erin no respondió.

Pero algo no encajaba.

(Pensamiento)

Yo también aprendí parte de su lengua…

Y esto no se parece en nada…

Frunció ligeramente el ceño.

¿De dónde me suena haberlo visto…?

—¡Aquí!

La voz de Gladia rompió el momento.

Eick y Erin giraron.

Gladia estaba unos metros más adelante.

Frente a otro portal.

Se acercaron rápidamente.

Este era distinto.

Las runas cambiaban.

El patrón también.

Erin lo observó con más atención.

—Esto es muy extraño…

Erin recorrió los portales con la mirada.

—¿Por qué hay tantos…?

—Si todos sirven para lo mismo…

Eick negó levemente.

—No lo sé.

Miró alrededor.

—Yo… ni siquiera salí de uno.

Tragó saliva.

—Aparecí directamente del cielo.

Frunció el ceño.

—Pero sí…

—Este lugar no encaja.

Erin volvió a mirar las runas.

—¿Cómo pudieron crear algo así…?

—y… recrearlo en tu mundo, Eick…

Eick no apartaba la mirada del portal.

—No lo sé, Erin.

Pausa.

Más serio.

—Pero ahora mismo…

—eso no me importa.

Gladia se inclinó ligeramente.

Leyendo.

—Oye…

Pausa.

—Aquí pone “Tierra”.

Silencio.

Eick sonrió.

Leve.

Real.

—Sí…

Pausa.

—Ese es mi mundo.

Erin lo miró.

Luego al portal.

Luego a Gladia.

—Entonces este es el correcto…

Eick dio un paso al frente.

Observándolo.

Midiéndolo.

Sintiendo algo.

—Pero…

Pausa.

—¿cómo entramos?

Silencio.

El viento volvió a soplar.

Erin y Gladia se miraron.

Y sonrieron.

Erin dio un paso al frente.

Con seguridad.

Con orgullo.

—Eick.

Le señaló.

—Tienes ante ti a las mejores caballeras del gran reino de Lorden.

Eick se quedó mirándola.

Pasmado.

No sabía si era su orgullo…

o su fuerza.

Pero en ese momento—

Erin no estaba roja.

Estaba decidida.

Firme.

Fuerte.

Y aunque su expresión fuera seria…

había algo en ella que transmitía vida.

Alegría.

Confianza.

Gladia chasqueó la lengua.

—Apartaos.

Levantó una mano.

—Y no miréis.

Erin arqueó una ceja.

—¿Eh?

Eick también.

—¿Por qué—

—He dicho que no miréis.

Pausa.

Y entonces—

el aura apareció.

Una luz comenzó a envolver la mano de Gladia.

Intensa.

Viva.

Creciente.

El aire vibró.

—Light… Blind.

La luz estalló.

Un destello cegador cubrió el portal.

Gladia avanzó un paso.

Sin dudar.

Y apoyó la mano sobre una de las runas.

Una marca tallada.

Con forma de mano.

Encajaba.

Perfectamente.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Y entonces—

el portal reaccionó.

Las runas comenzaron a brillar.

Una a una.

Como si despertaran.

Como si reconocieran algo.

El aire se tensó.

La estructura del portal vibró.

Y una energía desconocida comenzó a formarse en su interior.

Girando.

Abriéndose.

Activándose.

Eick entrecerró los ojos.

—…

Erin bajó lentamente la mano.

—Lo ha hecho…

Gladia sonrió.

Sin apartar la mirada del portal.

—Obvio.

Se pasó los dedos por el cabello y lo dejó caer hacia atrás con seguridad.

—No soy solo una cara bonita.

El portal terminó de encenderse.

Y entonces—

una grieta de luz se abrió en su interior.

Profunda.

Inestable.

Viva.

Esperando.

Gladia mantuvo la mano apoyada en la runa.

Pero su expresión cambió.

—…eh.

Pausa.

Entrecerró los ojos.

—Esto no es solo un nombre.

Eick y Erin la miraron.

—¿Qué pasa? —preguntó Erin.

Gladia inclinó ligeramente la cabeza.

Como si estuviera leyendo algo que solo ella podía ver.

—Está… cambiando.

Pausa.

—Distrito sur…

—Oeste…

—Norte…

—Este…

Las runas comenzaron a desplazarse bajo su mano.

Como si respondieran a su contacto.

—5… 6… 7…

Pausa.

—Centro.

Silencio.

Algunos símbolos estaban apagados.

Otros apenas brillaban.

Gladia frunció el ceño.

—Hay algunos que no funcionan.

Apretó la mano contra la runa.

Nada.

—Por mucho que apriete…

—no responde.

Suspiró.

Miró uno en concreto.

—Este…

Lo tocó.

Y entonces—

el portal reaccionó.

La luz se concentró.

La grieta se estabilizó.

Y la energía giratoria del interior cambió.

Se volvió más intensa.

Más definida.

Gladia sonrió.

—Je.

Pausa.

—Ya está.

Eick no pudo evitarlo.

—¡Grande, Gladia!

Gladia soltó una pequeña risa.

Se puso las manos en la cadera.

—Jejeje…

—Lo sé.

Erin miró el portal.

Luego a Eick.

—¿Y… dónde iremos?

Silencio.

Eick observó la grieta.

Pensando.

Recordando.

—Quién sabe…

Pausa.

—Vi muchos laboratorios.

—Y portales como este.

—En distintos distritos.

Erin frunció el ceño.

—¿Distritos?

—Sí.

Pausa.

—Mi mundo está dividido por zonas.

—Algunas más controladas.

—Otras…

Su expresión cambió.

—no tanto.

El viento del yermo sopló levemente.

—Había distritos cerrados.

—Otros destruidos.

—Y algunos…

Pausa.

—que nunca deben volver abrirse.

Gladia tragó saliva.

—Vale…

Pausa.

—¿Cuál es de los peores?

Silencio.

Eick no dudó esta vez.

—Dos.

Pausa.

—El Este.

—Y el Distrito 5.

Erin se tensó.

—¿Qué había ahí?

Eick apretó ligeramente la mandíbula.

—Parecía un nido.

Pausa.

—Algo se les fue de las manos.

Su mirada se volvió más fría.

—Había una especie de…

Dudó.

—Gelatina oscura.

—Viva.

—Se reproducían ahí.

—Sin parar.

Silencio.

—Al final…

—los quemaron.

Pausa.

—Pero no todos.

El aire se volvió más pesado.

—Dejaron algunos.

—Encerrados.

—Sellados.

Pausa.

—Pandemonios.

—Delta…

—y Omega.

Silencio.

Erin y Gladia lo miraron.

Extrañadas.

Eick suspiró.

—Vale.

Pausa.

—Cierto.

—No sabéis nada de mi mundo.

Negó con la cabeza.

—Da igual.

Gladia no sonreía.

Su expresión había cambiado.

(Pensamiento)

…He pulsado el Este.

Silencio en su mente.

Espero que no sea…

Erin la miró.

Lo notó al instante.

Se acercó.

—¿Pasa algo?

Gladia parpadeó.

Volvió a su sonrisa.

Forzada.

—Pues…

Miró a otro lado.

—nada nada.

Se encogió de hombros.

—Vayamos ya a ver.

Pequeña risa.

—Jajaja…

Pero no sonó igual.

El portal brillaba frente a ellos.

Esperando.

Eick dio el primer paso.

Sin dudar.

Atravesó el portal.

La luz lo envolvió.

Y desapareció.

Gladia lo miró un segundo.

—Allá voy.

Entró justo después.

Erin fue la última.

Respiró hondo.

Y cruzó.

Oscuridad.

Un instante.

Y entonces—

suelo.

Frío.

Metálico.

Eick apareció primero.

Dio un paso… y se quedó quieto.

Su expresión cambió.

De golpe.

Pálido.

Lento.

Giró la cabeza.

Y lo vio.

Un cartel.

Dañado.

Parpadeante.

DISTRITO ESTE

Las luces del techo fallaban.

Encendiéndose.

Apagándose.

Encendiéndose otra vez.

Gladia salió detrás de él.

Nada más aparecer—

se estremeció.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

—…ugh.

Se llevó una mano al brazo.

—Esto no me gusta nada.

Erin apareció justo después.

Miró a ambos.

Luego el lugar.

El ambiente.

El aire.

Pesado.

Viciado.

Antiguo.

—…¿Qué pasa?

Eick no respondió.

No apartaba la mirada del cartel.

Gladia tampoco sonreía.

Erin lo entendió sin palabras.

Algo iba mal.

Muy mal.

Las luces parpadearon otra vez.

El sonido eléctrico llenó el silencio.

Y entonces—

algo se movió.

Una sombra.

Al fondo del pasillo.

Rápida.

Antinatural.

Silencio.

Mientras tanto…

En el yermo.

El portal seguía abierto.

Inestable.

Vivo.

Y frente a él—

Elda.

Su mirada fija.

Intensa.

—…

Apretó los puños.

—Equilibrador…

Silencio.

—Sé que estás ahí.

Nada.

Ni respuesta.

Ni presencia.

Elda sonrió.

Leve.

Oscura.

—Te vi.

Pausa.

—Sé que existes.

Miró el portal.

Primero con duda.

Luego—

su expresión cambió.

Frunció el ceño.

Apretó los dientes.

—Erin…

Su voz tembló.

Pero no de miedo.

—No te me escaparás.

Apretó el puño.

—Te lo juro.

Una energía oscura comenzó a surgir de su cuerpo.

Densa.

Inestable.

Sus ojos brillaron.

Destellos rojos atravesaron sus pupilas.

El aire del yermo se distorsionó.

El mundo…

parpadeó.

Por un instante.

En algún lugar—

El equilibrador lo notó.

Pero no intervino.

Elda avanzó.

Se acercó al portal.

Observó las runas.

Confusa.

No entendía lo que veía.

Pero no le importó.

Levantó la mano.

Y la apoyó.

En la marca.

La misma.

La que había usado Gladia.

Las runas reaccionaron.

Cambiaron.

Giraron.

Y entonces—

una palabra.

Se formó.

Distrito 5

Elda sonrió.

—Perfecto.

Sin dudar—

entró.

Y desapareció.

El portal quedó abierto.

Por un instante más.

Y luego—

se volvió inestable.

Eick soltó aire.

—Bueno…

Pausa.

—Al menos no estamos en el Distrito 5.

Miró alrededor.

—Ahí los nidos no pudimos destruirlos.

Silencio.

—Igualmente… el Este pilla cerca del centro.

Se giró ligeramente.

—Yo vivo por ahí.

Movió la mano.

—Más hacia centro-norte.

Su mirada se endureció.

—Larguémonos de aquí lo antes posible.

Se tensó.

—Y preparaos.

Erin desenvainó la espada.

El sonido del acero rompió el silencio.

Gladia sacó su daga.

Sonrió.

—Ahora empieza lo que me gusta.

Eick levantó la pistola.

Apuntó.

Y entonces—

rugidos.

Uno de ellos se abalanzó directamente hacia él.

—¡Ahí!

Apretó el gatillo.

Clack.

Silencio.

—…mierda.

Su expresión cambió.

—Es verdad…

Pausa.

—Me quedé sin balas.

Y entonces—

un recuerdo.

Da un paso.

Una zarpa llega por detrás.

Todo se ralentiza.

Dispara.

Vacío.

—¡Mierda!

—¡Dagan!

El pecho de Eick se acelera.

La zarpa atraviesa a Dagan.

El presente volvió de golpe.

Eick apretó los dientes.

—Lo siento…

—Dagan…

—Parece que no voy a poder cumplir tu prome—

FUM

Una daga apareció.

Desde detrás.

Directa al cuello del pandemonio.

La criatura cayó.

Pesada.

Muerta.

Eick se quedó boquiabierto.

Cayó al suelo.

El cuerpo del monstruo encima.

Una figura azul avanzó.

Rápida.

Precisa.

Recogió la daga.

Era Gladia.

Se giró hacia él.

Se levantó ligeramente la falda.

Y dejó ver varias dagas sujetas a su cintura.

—Jooo…

Pausa.

—¿Acaso te salvé, Eick?

Sonrió.

—Me esperaba algo más.

Sacó otra daga.

La lanzó.

—A ver si con esto me sorprendes más.

Eick atrapó la daga.

Apenas.

No podía creerlo.

Miró de reojo.

Erin.

Uno.

Dos.

Tres.

Cortes limpios.

Como si nada.

Sin esfuerzo.

Gladia lo notó.

—Tsss…

Y se lanzó contra los que venían.

Eick bajó la mirada.

Apretó la daga.

—No puedo…

Pausa.

—seguir dependiendo de los demás.

Respiró hondo.

—Estoy cansado…

—de estar siempre en el suelo.

Las palabras resonaron en su mente.

"Porque los héroes… no pueden quedarse para siempre en el suelo."

Se levantó.

Miró al frente.

Los pandemonios se acercaban.

Omega.

Los más débiles.

O eso decían.

Eran deformes.

Humanos… y no humanos.

Algunos lloraban.

Otros temblaban.

Otros simplemente…

existían.

Eick apretó la daga.

—Os quitaré este tormento.

Se lanzó.

Junto a Erin.

Junto a Gladia.

Y comenzaron a destruirlos.

Uno tras otro.

Sin detenerse.

Hasta que—

oscuridad.

De golpe.

Total.

—¡Erin!

—¡Gladia!

—Hazlo.

—¡Sí!

—¡JAAAA!

La voz de Gladia rompió la oscuridad.

Sus dagas brillaron.

Una luz intensa surgió de ellas.

No era la primera vez que Eick lo veía.

Pero seguía siendo extraño.

Como si controlara la luz misma.

La iluminación se expandió.

Comiéndose la oscuridad.

Revelando el entorno.

Y entonces—

desde una pared—

algo saltó.

Directo hacia Gladia.

—¿Es una maldita broma?

—¡Ni la noté!

Se giró—

demasiado tarde.

La criatura ya estaba encima.

—¡GLADIA! —gritó Erin.

Y entonces—

Eick se movió.

Saltó.

Clavó la daga en el cuello de la bestia.

Ambos cayeron al suelo.

La criatura rugió.

Y de su cuerpo salieron garras.

Arañaron la espalda de Eick.

—¡AGH!

Eick apretó los dientes.

Clavó más la daga.

La giró.

Clack.

La criatura murió al instante.

Silencio.

La armadura de Eick estaba rota.

Las garras habían atravesado.

Hasta la piel.

—Estoy bien…

—No importa…

Erin ya estaba a su lado.

Levantó la mano.

Una luz verde apareció.

Suavemente.

La acercó a sus heridas.

Y…

sanó.

La piel se cerró.

El dolor desapareció.

Eick la miró.

Atónito.

—Pero… ¿cómo…?

(Pensamiento)

¿Cómo pueden hacer todo esto?

Sonrió, incrédulo.

Estas chicas…

Miró a ambas.

Son muy fuertes.

No se puede comparar con los humanos de la Tierra.

Esto está totalmente desequilibrado…

Miró a su alrededor.

Acaban con grupos de estas cosas… como si nada.

Con espadas… y dagas…

Negó con la cabeza.

Nadie me creería.

Gladia frunció el ceño.

—Gracias, Eick.

Le puso una mano en su hombro.

—Supongo que sí supiste sorprenderme.

Sonrió.

—Al menos un poquito.

Sacó la lengua.

—No está mal.

—Estás al nivel de los niños de 12 años de Kenkai.

Eick sonrió.

Con cierta pena.

—Oh vaya…

—No sé cómo sentirme con eso.

Erin habló.

—Oye, no te desanimes.

Pausa.

—Tu arma no funcionó.

Miró la pistola.

—Aunque es extraña…

—¿pistola la llamas, no?

Se rascó la cabeza.

—Pero…

—¿por qué no usaste una espada?

Eick bajó la mirada.

—Porque esto…

Levantó la pistola.

—Es una normal.

—No es modular como las del escuadrón.

Zarandeó la pistola.

—La cogí cuando escapé del edificio de investigación.

Erin sonrió suavemente.

—Aun así…

—lo has hecho bien.

Apretó algo más la espada.

—Gracias por salvar a Gladia.

—A mí no me daba tiempo.

Eick sonrió.

Le guiñó un ojo.

—Para eso están los héroes.

Erin se sonrojó al instante.

—Uh… amm… sí… sí…

Gladia miró a Erin.

Y se llevó una mano a la cara.

(Pensamiento)

…Nunca cambiará esta chica con los hombres.

Suspiró levemente.

Las luces volvieron.

Aunque seguían parpadeando.

Inestables.

Molestas.

—Bien… salgamos de aquí —dijo Eick.

Su tono era firme.

Erin asintió.

Pero no dejó pasar lo anterior.

—Oye…

Pausa.

—¿A qué te referías con que este sitio es mejor que el Distrito 5?

Comenzaron a avanzar.

El sonido del metal bajo sus pasos resonaba.

Hueco.

Frío.

Las luces chisporroteaban sobre sus cabezas.

Eick no respondió al instante.

Miraba al frente.

Como si recordara algo que le habían contado.

—Ahí…

Pausa.

—nunca acabaron con el nido.

El aire se tensó.

—Había algo más.

Su expresión se endureció.

—Algo más allá de un pandemonio Delta normal.

Gladia entrecerró los ojos.

—¿Más allá cómo?

Eick apretó ligeramente la mandíbula.

—Tenía inteligencia.

Silencio.

—No atacaba sin sentido.

—Observaba.

—Aprendía.

Pausa.

—Creaba grupos.

—Los organizaba.

—Los dirigía.

Erin se tensó.

—¿Un… líder?

—Algo así.

Eick asintió levemente.

—Fue uno de los primeros anómalos registrados.

El sonido de una tubería vibrando atravesó el pasillo.

—Y de los pocos…

Pausa.

—que no se han podido destruir.

Silencio.

Gladia dejó de jugar con la daga.

—¿Por qué?

Eick negó con la cabeza.

—No se sabe.

—Nadie entiende del todo por qué algunos se vuelven así.

Pausa.

—Pero cuando pasa…

—son mucho más peligrosos.

Erin bajó ligeramente la espada.

—Porque piensan…

—Exacto.

El ambiente se volvió más pesado.

—Y eso no era lo peor.

Pausa.

—En el Distrito 5…

—había más.

Gladia tragó saliva.

—…¿más como ese?

—Sí.

—No era uno.

—Eran varios casos.

Silencio.

El sonido eléctrico volvió a fallar.

Un segundo de oscuridad.

Luego luz.

—Por eso lo abandonaron.

Pausa.

—No podían controlarlo.

—No podían contenerlo.

Eick bajó la mirada un instante.

—Yo no estuve allí.

—Pero…

Respiró hondo.

—Fue una de las mayores pérdidas del país.

Silencio.

Pesado.

Erin lo miró de reojo.

Gladia no dijo nada.

Pero su expresión ya no era la misma.

Las luces volvieron a parpadear.

Más rápido.

Más irregular.

Avanzan.

Entre salas.

Entre habitaciones abiertas.

El eco de sus pasos resuena en el metal.

A lo lejos, se oyen cosas.

Movimientos.

Algo arrastrándose.

Algo golpeando paredes.

Pero no se detienen.

Siguen.

Pasillo tras pasillo.

Hasta que—

una luz.

Al fondo.

Una escalera.

Eick alza la mirada.

—Ahí.

Suben.

Uno tras otro.

El aire cambia.

Más limpio.

Más abierto.

Y al salir—

luz.

Exterior.

Gladia estira los brazos.

—Por fin…

Erin respira hondo.

—Se siente mejor…

Eick sale el último.

Se detiene.

Mira alrededor.

Analiza.

Silencio.

—Sí…

Vió su alrededor.

—Tocará caminar.

Mientras tanto—

Distrito 5.

Elda avanza.

Lento.

Seguro.

El suelo está cubierto.

Una sustancia negra.

Viscosa.

Viva.

Se adhiere a las paredes.

Al techo.

A todo.

Pero las luces…

siguen encendidas.

Todo el pasillo está iluminado.

Demasiado.

Como si nunca se hubiera apagado.

Elda camina.

Sin miedo.

Sin prisa.

Y entonces—

se detiene.

Lo siente.

Algo.

No visible.

Pero presente.

Sonríe.

—Esto…

Pausa.

—va a ser interesante.

Silencio.

Y entonces—

una voz.

Femenina.

Suave.

Casi juguetona.

—Ya te lo digo…

Pausa.

Una pequeña risa.

—jejeje…

Silencio absoluto.

Elda no se gira.

Pero su sonrisa crece.