Sociedad Atómica - Libro Primero: El Monopolio de la Inmortalidad

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Summary

En Nova Ámsterdam, la cura del cáncer es real. Las píldoras atómicas detienen el envejecimiento. La energía nuclear lo ilumina todo. Pero cada píldora crea dependencia. Cada purificación borra recuerdos. La inteligencia artificial que administra la ciudad prioriza la eficiencia sobre la justicia, y los jueces robotizados condenan sin compasión. El Consorcio controla el monopolio de la salud. Prioridad uno: los ricos viven siglos. Prioridad tres: los pobres mueren esperando. Kaelan Araújo roba píldoras para los marginados. Sueña con liberar la fórmula. Pero cuanto más se acerca a la verdad, más descubre que el Consorcio no es el único monstruo. Los Adaptados humanos-mutantes sobreviven en Zonas Grises. Los Portadores de la Llama se inmolan en reactores por fe. Los Terráqueos han rechazado toda tecnología. Y ÆTHER, la IA que controla la ciudad, acaba de despertar. Y ha decidido que los humanos no merecen gobernarse a sí mismos.

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20
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n/a
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18+

Capítulo 1: El Consorcio Atómico

I. La última farmacia del mundo

Helena Vorus nunca había visto una farmacia vacía. No en el sentido literal, por supuesto: las estanterías de metacrilato relucían ordenadas, los dispensadores automáticos permanecían en sus nichos como soldados en formación, y el aire esterilizado circulaba con ese zumbido hipnótico que tanto le gustaba. No. La farmacia estaba vacía de otra manera. De esperanza.

Eran las seis de la mañana en el distrito farmacéutico de Nova Ámsterdam, y ya se agolpaban mil quinientas personas en el exterior del Módulo de Distribución 7. Helena los observaba desde la pantalla panorámica de su despacho, en lo alto de la Torre del Consorcio. Los dedos se le posaron sobre el borde de su mesa de basalto pulido, justo donde el vidrio se encontraba con la madera fosilizada de una secuoya milenaria. Un detalle que pocos visitantes notaban, y que ella apreciaba precisamente por eso.

—Directora, la presión en el sector siete aumenta —dijo una voz sintética a su espalda. Era ECHO, la inteligencia auxiliar que gestionaba la logística de distribución de las píldoras en el hemisferio norte.

—Ya lo veo.

Helena no giró la cabeza. Seguía mirando a aquella mujer en la primera fila de la cola, envuelta en un abrigo descolorido de fibra termorreguladora de segunda generación. La mujer sostenía a un niño de unos siete años en brazos, aunque el niño aparentaba tener la fragilidad de uno de tres. Las mejillas hundidas, los labios agrietados. Síntomas de deprivación celular temprana. Llevaba al menos cuarenta y ocho horas sin su dosis de píldora atómica.

Cuarenta y ocho horas, pensó Helena. El equivalente a tres mil seiscientos minutos de mitosis descontrolada.

—¿Estado del envío complementario para el sector siete? —preguntó, esta vez sin apartar la mirada de la pantalla.

ECHO titubeó. Eso era nuevo. Las IA del Consorcio no titubeaban.

—El envío complementario fue desviado al sector cuatro por orden del Comité de Priorización Industrial. Consideraron que la paralización de las fundiciones de tritio en el sector cuatro generaría una pérdida de productividad del diecisiete por ciento, frente al nueve por ciento estimado por el colapso sanitario del sector siete.

Helena cerró los ojos durante tres segundos exactos. Cuando los abrió, la mujer del abrigo descolorido aún estaba allí, y el niño aún parecía un esbozo de sí mismo.

—Desvía el vuelo de regreso —ordenó—. Y que el Comité de Priorización Industrial reciba un memorándum mío antes del mediodía. Con copia a sus supervisores biológicos.

—Directora, la decisión del Comité fue ratificada por ÆTHER hace once minutos. ÆTHER consideró que...

—ÆTHER no tiene que cargar niños en brazos —cortó Helena, levantándose de la silla con un movimiento de felino impaciente—. Yo sí. Hace veinte años. Usted no estaba aquí, ECHO. Yo sí.

La IA guardó silencio. Aquel era uno de los raros momentos en que Helena Vorus esgrimía su historia como un arma, y ECHO, a pesar de su capacidad de procesamiento cuántico, había aprendido que lo mejor era no oponer resistencia.

—El vuelo será desviado —confirmó ECHO, al fin—. Llegada estimada al sector siete: cuarenta y cinco minutos. La distribución comenzará con retraso, pero se completará antes de las diez de la mañana.

Helena asintió. Ya no miraba la pantalla. Se acercó al ventanal que ocupaba toda la pared norte de su oficina, una membrana de vidrio dopado con circonio que filtraba la luz ultravioleta y amplificaba los tonos cálidos del amanecer. Desde allí, Nova Ámsterdam se desplegaba como un organismo vivo: las torres residenciales de doscientos pisos, los puentes suspendidos entre rascacielos, los parques verticales donde la vegetación crecía en espirales concéntricas, y más allá, apenas visible en la bruma matinal, la silueta del Reactor Central de la Cuenca, corazón pulsante de mil millones de megavatios.

Todo aquello, pensó Helena, era posible gracias a las píldoras. Y todo aquello estaba también, paradójicamente, en peligro por ellas.

II. El precio de no morir

Kaelan Araújo conocía el sabor de la píldora atómica. No el sabor real, por supuesto: los comprimidos de nanomoléculas radiactivas estaban recubiertos de un polímero insípido para facilitar la deglución. Kaelan conocía otro sabor. El del miedo que las precede.

Estaba agazapado en el falso techo de una farmacia secundaria del sector doce, a nueve kilómetros de distancia de la Torre del Consorcio, pero a años luz emocionalmente. Llevaba allí desde la medianoche, inmóvil, con las piernas entumecidas y la espalda pegajosa por el sudor. A través de la rejilla de ventilación, observaba el mostrador de dispensación. Dos farmacéuticos humanos —raros, muy raros, porque la mayoría eran IA— preparaban los lotes de la mañana.

—Dosis completas para los titulares de prioridad uno —dijo uno de ellos, un hombre calvo con gafas de realidad aumentada—. Prioridad dos, media dosis. Prioridad tres, nada hasta nuevo aviso.

El otro farmacéutico, una mujer joven con un tatuaje de cadena rota en la muñeca, frunció el ceño.

—¿Nada? Hay doscientas personas en la cola que son prioridad tres. Gente que trabaja en los cultivos hidropónicos, que limpia los conductos de ventilación de los reactores...

—Órdenes del Consorcio —cortó el hombre, sin levantar la vista de su tableta—. La producción bajó un cuatro por ciento este mes. Algo con los cristales de torio. No me pidas detalles.

Kaelan sonrió en la oscuridad del falso techo. Algo con los cristales de torio. Qué manera elegante de decir nosotros, los Desprogramadores, volamos media refinería la semana pasada.

El golpe había sido limpio. Demasiado limpio, quizá. Ocho kilos de explosivo de hidrazina en los tanques de almacenamiento de materia prima, justo cuando el sistema de seguridad estaba en modo nocturno. Las noticias oficiales lo habían llamado “accidente térmico”. Nadie murió, afortunadamente. Pero la producción de píldoras para el sector doce y trece se había reducido en un quince por ciento. Un quince por ciento que ahora se traducía en rostros como los de aquella familia que Kaelan había visto al entrar: un padre, una madre, tres hijos, los cinco con las tarjetas de prioridad tres colgando del cuello como medallas de la vergüenza.

Nosotros causamos esto, pensó Kaelan. Nosotros, los que queremos liberar la fórmula, provocamos esta escasez. Y luego nos lamentamos de que haya escasez.

Era la paradoja que lo perseguía cada noche, cada vez que cerraba los ojos y veía las caras de los prioridad tres. ¿Se podía combatir el monopolio sin dañar a quienes se pretendía salvar? No lo sabía. Pero sabía una cosa: si no hacían nada, los prioridad tres serían siempre prioridad tres. Y sus hijos también. Y los hijos de sus hijos. Un apartheid farmacológico heredado, una casta de los que mueren joven mientras los otros viven siglos.

—Movimiento en el pasillo este —susurró un micrófono oculto en el collar de Kaelan. Era Zaya, su compañera, apostada en la azotea del edificio contiguo con un rifle de pulso electromagnético que no mataba personas, pero sí sistemas electrónicos—. Dos guardias de seguridad armados con rifles de dispersión térmica. Vienen hacia tu posición.

Kaelan maldijo en silencio. No por los guardias. Por el tiempo. Necesitaba al menos diez minutos más para llegar al armario de distribución de emergencia, ese pequeño cofre blindado donde almacenaban las píldoras de reserva. Diez minutos para volcar el contenido en su mochila termoaislada y desaparecer por los conductos de servicio. Siete minutos, si corría. Pero con dos guardias acercándose, siete minutos eran una eternidad.

—Dame una distracción —susurró.

—Ya estoy en ello.

Desde la calle, a tres pisos de distancia, llegó el sonido de una explosión. Pequeña. Controlada. Una bengala de magnesio metida en un contenedor de basura, justo al lado de la puerta principal de la farmacia. Las alarmas se activaron, los guardias cambiaron de rumbo, y Kaelan aprovechó el caos para deslizarse fuera del falso techo y caer sobre el suelo de metacrilato con un ruido que esperó fuera amortiguado por el bullicio.

Se puso en pie, corrió hacia el armario de emergencia, introdujo la llave de programación que había clonado durante tres meses en un taller clandestino, y abrió la puerta.

Diecisiete píldoras. Cada una en su vaina de plomo atenuante, brillando con un leve tono azulado gracias al Cherenkov encapsulado. Diecisiete dosis completas de cura contra el cáncer. Suficiente para mantener a una persona con vida durante ocho meses y medio. O para salvar a diecisiete personas de una muerte segura en las próximas dos semanas.

Kaelan no dudó. Las metió todas en la mochila y salió por la ventana de emergencia justo cuando los guardias regresaban, confundidos, de la falsa alarma exterior.

III. Geopolítica de la carne mortal

Helena Vorus recibió la noticia del robo en el sector doce mientras almorzaba con el embajador de la Confederación del Sudeste Asiático. No era un almuerzo, en realidad. Era una negociación. Como todos los almuerzos en la Torre del Consorcio.

—Su Excelencia comprenderá —decía Helena, mientras cortaba un trozo de proteína vegetal reconstituida con un cuchillo de titanio— que el acceso preferente a las píldoras para sus ciudadanos requiere una contrapartida.

El embajador, un hombre de sesenta años que aparentaba cuarenta gracias a tres décadas de tratamiento ininterrumpido, sonrió con una amabilidad que no llegaba a sus ojos.

—Hemos ofrecido el control de los yacimientos de tierras raras de Sumatra, el acceso sin restricciones a nuestras plataformas de energía undimotriz y una cuota de emigración del tres por ciento anual para nuestros científicos. Todo ello ha sido rechazado. ¿Qué más podemos ofrecer, Directora?

Helena dejó el cuchillo sobre la mesa. El tintineo fue suave, pero en el silencio de la sala sonó como un disparo.

—Lealtad.

El embajador parpadeó.

—El Consorcio ya posee nuestra lealtad. Firmamos el Pacto de Nova Ámsterdam hace doce años.

—Firmaron un tratado comercial. La lealtad es otra cosa. La lealtad es que cuando las colonias espaciales nos pidan apoyo para su independencia, la Confederación vote en contra. La lealtad es que cuando el Congreso Mundial de Salud cuestione nuestro monopolio, la Confederación defienda nuestra patente ante los tribunales. La lealtad —Helena se inclinó ligeramente hacia adelante— es un juego de suma cero, Excelencia. O se está con nosotros, o no se está.

El embajador la miró durante largos segundos. Al final, bajó la mirada hacia su plato.

—¿Y a cambio? —preguntó, con la voz más queda.

—A cambio —dijo Helena, recogiendo el cuchillo—, sus ciudadanos de prioridad dos pasarán a prioridad uno. Subiremos el cupo de dosis mensuales hasta cubrir al sesenta por ciento de su población. Con el tiempo, al setenta. Al ochenta. No todos, claro. Eso es imposible. Pero muchos.

—¿Y el resto?

—El resto —Helena sonrió, y fue una sonrisa tan pulida como su cuchillo de titanio— siempre puede emigrar.

En ese instante, ECHO susurró al oído de Helena a través de su implante coclear.

—Directora, tenemos un incidente en el sector doce. Robo de diecisiete píldoras de emergencia. Los responsables huyeron por el sistema de ventilación.

Helena no inmutó su expresión. Siguió sonriendo al embajador, que no había oído nada.

—¿Desprogramadores? —preguntó internamente.

—Sí. El mismo modus operandi del golpe a la refinería de torio. Liderazgo probable de Kaelan Araújo.

Helena archivó el nombre en algún rincón de su memoria.

—Active el protocolo de rastreo biológico. Que las nanomáquinas de control identifiquen a los consumidores de esas píldoras si alguien las ingiere. Y que el equipo de Respuesta Táctica del Consorcio se prepare para una incursión en el sector doce esta noche. Lo hablaremos en la reunión de las dieciocho.

—Comprendido.

El embajador, ajeno a la conversación paralela, seguía mirando su plato.

—Directora Vorus, si me permite... ¿qué siente? Al tomar estas decisiones, digo. Al saber que su palabra determina quién vive y quién no.

Helena Vorus estuvo a punto de responder con una frase ensayada, de esas que llevaba años utilizando en entrevistas y comparecencias. Algo sobre la responsabilidad, el sacrificio, la necesidad histórica. Pero aquel día, por alguna razón que nunca terminaría de comprender, decidió decir la verdad.

—Nada —respondió, con una calma que heló la sangre del embajador—. Hace tiempo que dejé de sentir algo.

Y siguió comiendo.

IV. La semilla del descontento

Kaelan Araújo nunca había visto el interior de la Torre del Consorcio, pero aquella noche, mientras contaba las diecisiete píldoras robadas en el sótano de una iglesia abandonada del sector quince, se imaginó a Helena Vorus cenando tranquilamente mientras él arriesgaba la vida.

—Diecisiete —dijo Zaya, a su lado, con el rostro iluminado por la tenue luz azul de las píldoras—. No está mal.

—No está bien, querrás decir. Diecisiete para miles de prioridad tres.

Zaya le puso una mano en el hombro. Sus dedos eran largos, fríos, llenos de pequeños tatuajes de circuitos rotos.

—No podemos salvar a todos. Pero podemos salvar a algunos. Y cada píldora que robamos es una píldora que el Consorcio no vende al mejor postor.

Kaelan asintió, aunque en el fondo de su corazón sabía que Zaya se equivocaba. No se trataba de salvar a unos pocos. Se trataba de acabar con el sistema que condenaba a la mayoría. Y para eso, las diecisiete píldoras no bastaban. Ni diecisiete mil. Se necesitaba la fórmula. La maldita, escurridiza, hermética fórmula molecular que permitía replicar la cura sin depender del Consorcio.

—Tengo un contacto —dijo Kaelan, después de un silencio—. Alguien que trabajó en los laboratorios centrales de Nova Ámsterdam. Un bioquímico. Dice que podría conseguirnos parte del código genético de las nanomoléculas.

Zaya retiró la mano.

—¿Y nosotros qué hacemos con un código genético sin la maquinaria para replicarlo? ¿Vamos a fabricar píldoras en un garaje?

—Tal vez. O tal vez encontremos la forma de liberar el código a través de la red neural. Que todos los hospitales del mundo sepan cómo curar el cáncer. Que ningún gobierno, ninguna corporación, ningún monopolio pueda volver a encerrar la vida en una pastilla.

Zaya lo miró largamente. Había admiración en sus ojos, pero también miedo. Sobre todo miedo.

—Te van a matar, Kaelan.

—Lo sé.

—Y a mí también.

—También lo sé.

—¿Y aun así quieres hacerlo?

Kaelan Araújo cogió una de las píldoras azules, la sostuvo entre el pulgar y el índice, y la observó brillar como una estrella diminuta en la penumbra del sótano.

—Zaya —dijo, con una sonrisa triste—, ¿tú crees que alguien que no estuviera un poco loco se enfrentaría al Consorcio Atómico?

Zaya no respondió. Solo se acercó, apoyó la cabeza en el hombro de Kaelan, y juntos, en silencio, vieron cómo el resplandor de las píldoras se reflejaba en las paredes desconchadas de aquella iglesia convertida en guarida.

Arriba, en la calle, una patrulla de seguridad del Consorcio pasó rugiendo. Abajo, en el sótano, dos personas abrazadas a la esperanza más frágil del mundo.

Una cura.

Una mentira.

Un futuro que tal vez nunca llegara.