Chapter 1
En los tiempos de antes, allá por el siglo XVIII, vivía un anciano de roble llamado Mepmed. El hombre no le temía al trabajo; cada madrugada alistaba su carreta, la cargaba hasta el copete de leche fresca, crema de la buena y quesos, y se enrumbaba desde su pueblo alejado hacia la ciudad.
Una mañana, mientras las ruedas de madera chirriaban en el camino real, Mepmed sintió un frío extraño. Del espesor del bosque salían unos ruidos que le erizaban los pelos, como si algo pesado arrastrara cadenas entre la maleza. Pero Mepmed, terco como él solo, no le dio importancia y siguió su camino. El deber llamaba y el hambre no espera.
Logró vender todo en la ciudad, pero el tiempo se le fue volando. Cuando quiso regresar, la noche ya le había echado el guante y le tocaba volver a pie, bajo una luna que apenas alumbraba.
De pronto, el silencio se rompió. ¡Clac, clac, clac! Unas garras largas, como de lobo hambriento, rascaban las piedras del camino. Mepmed se puso alerta, con el corazón queriendo salírsele del pecho, listo para cualquier viaje. Pero en eso, los ruidos de furia se alejaron un poco y, frente a él, apareció una figura que parecía hecha de neblina blanca.
Era un perro blanco, grande y de ojos serenos. El animal no ladraba, solo caminaba al lado de Mepmed, pegadito a su pierna. Cada vez que los ruidos de furia intentaban acercarse por la espalda, el perro blanco se plantaba firme, dándole una seguridad al viejo que ni él mismo entendía.
Al fin llegó a su casa, sano y salvo. El perro blanco se quedó en el porche, vigilante. Pero al abrir la puerta, Mepmed se encontró con una escena que le dolió más que un zarpazo: su mujer, Marina, lo estaba engañando con otro en su propia cama.
—¡Marina! —gritó Mepmed con la voz quebrada por la rabia.
Agarró su escopeta y apuntó, con el dedo temblando en el gatillo. Los otros dos daban gritos, tapándose con las sábanas, rogando por sus vidas. El viejo sintió la sangre hirviendo, pero entonces miró de reojo hacia la puerta; el perro blanco seguía ahí, mirándolo con una calma profunda. Mepmed respiró hondo y, en un acto de hombría, bajó el arma. No iba a manchar sus manos de sangre.
—¡Lárguense de aquí! ¡Fuera de mi vista los dos! —les rugió.
Mientras los echaba a patadas, Mepmed alcanzó a ver hacia el maizal. Allá, entre las milpas oscuras, brillaban dos brasas rojas: una figura negra y sombría se escondía esperando. El perro blanco no se movió hasta que los dos traidores se perdieron en la oscuridad.
Al día siguiente, el pueblo amaneció con un alboroto. En el camino, cerca del maizal, hallaron dos cuerpos que ya no parecían gente. Estaban despellejados, hechos tiras, como si un oso con odio los hubiera agarrado. Estaban muertos, pagando con su propia piel la traición que el viejo perdonó.
Para el año 2026, la historia del viejo Mepmed y los amantes despellejados no era más que un cuento aburrido para asustar a los adolescentes que se quedan pegados al celular hasta tarde. Pero en un pueblo bien metido, lejos de las luces de la capital, vivía Brady.
A sus 20 años, Brady era un muchacho sereno, de esos que no le buscan pleito a nadie, pero que tienen una mirada que te dice: "No me jodas". Era bueno, sí, pero tenía un "no sé qué" difícil de explicar, una fuerza interna que lo hacía ver más viejo de lo que era.
Esa noche, Brady estaba donde su abuela Eufemia, terminando unos mandados en la ciudad.
—Bueno, abuela, ya me voy rumbiando —dijo Brady acomodándose la chaqueta.
—¡Ideay, mijo! No te vayás a estas horas, ya está bien cerrado de noche —le reclamó doña Eufemia con tono de preocupación.
—Tranquila, abuelita. Necesito llegar a mi casa sí o sí. Las chanchas están a punto de parir y no quiero que se me pierda ni un solo chanchito, usted sabe que eso es lo que nos da el bocado —respondió él con seguridad.
—Está bien, pues. Pero andate con cuidado, que el camino no tiene ojos, pero siente —le advirtió la anciana.
Brady se despidió y salió a paso rápido. Cruzó las últimas calles iluminadas, saltó el alambrado que dividía la zona urbana de la monteada y se tragó la oscuridad del bosque. El silencio ahí adentro era pesado, de esos que te hacen sentir que los oídos te zumban.
Mientras caminaba, se acordó de las pláticas de Arcenio. Él siempre le contaba esa historia del señor que cruzó ese mismo bosque hace siglos. "Decía que vio al Cadejo Blanco... y que el Negro estaba escondido, pero que el Blanco no lo dejó solo", pensó Brady con una sonrisita de lado. "Puras historias de viejos para que uno no ande de vago... me imagino que el blanco es el bueno y el otro..."
Dejó la frase a medias en su cabeza. Un sonido seco, como de una rama gruesa quebrándose bajo un peso enorme, le cortó el pensamiento. No fue un crujido normal. Fue algo que le erizó hasta el último vello de la nuca. Brady se detuvo en seco. Los ruidos del bosque, que antes eran silenciosos, ahora se sentían como si algo lo estuviera rodeando con pura maldad.
Brady no esperó a que el miedo lo congelara. Se giró de un solo viaje, con los puños cerrados, pensando que tal vez algún león de montaña andaba hambriento por esas zonas. Pero lo que vio le heló la sangre: frente a él, un perro negro como el carbón, con los ojos inyectados en odio, le enseñaba unos colmillos que parecían navajas.
Sin decir "ay", la bestia se le lanzó al cuello. Brady, con una agilidad que ni él sabía que tenía, se agachó y salió disparado como alma que lleva el Diablo. Corría entre las ramas que le azotaban la cara, pero su mente iba volando. Recordó lo que decían los viejos: "En este monte, los ruidos te engañan".
—Si lo escucho largo, es que ya lo tengo encima —masculló Brady entre dientes, jadeando.
De pronto, escuchó un gruñido pegadito a su oreja y, en vez de correr más, se frenó en seco. ¡Dicho y hecho! El perro negro pasó de largo, aterrizando frente a él. Brady no lo pensó y se zambulló en un enorme árbol viejo que tenía un hueco entre sus raíces. Se metió hasta el fondo, hecho un ovillo, mientras sentía cómo las garras del demonio rajaban la madera, queriendo sacarlo a pedazos.
En un descuido de la bestia, Brady salió como un rayo del hueco, pero la suerte no anda siempre de buenas. Entre la oscuridad y el suelo disparejo, se tropezó con una raíz traicionera y cayó de bruces.
El perro negro no desperdició el segundo. Se le plantó enfrente, bloqueándole cualquier salida, y se agazapó para darle el golpe final. Pero justo cuando la bestia saltó con las fauces abiertas, algo blanco como un rayo de luna se le tiró encima en el aire.
¡Era el Cadejo Blanco!
El estruendo de la pelea era infernal. No eran perros normales; se escuchaba el crujir de huesos y un poder que hacía temblar la tierra. Brady se quedó paralizado, viendo cómo esas dos fuerzas de leyenda se daban con todo.
En ese momento, la "Verdad Cruda" se sentía en el aire: Brady no era un joven cualquiera. Ese lado bueno y ese lado oscuro que cargaba en su alma eran los que tenían a los dos perros peleando a muerte. Las dos bestias luchaban por su presa, y el que ganara, se quedaría con el destino del muchacho
Cualquier otro cristiano ya se hubiera muerto del susto o hubiera salido pegando gritos hasta la carretera, pero Brady no. Él sentía una vibra extraña, una mezcla de aburrimiento con curiosidad. En vez de aprovechar el desnalle para huir, el jodido se acomodó en una piedra lisa, metió la mano en la mochila y, como por arte de magia, sacó una bolsa de papitas y se puso sus anteojos.
Ahí se quedó sentado, como quien está en primera fila del cine, viendo cómo el perro blanco y el negro se despedazaban entre los matorrales. El ruido de las papitas tronando en su boca competía con los gruñidos feroces de las bestias.
—Mmm, les falta sal —masculló Brady, viendo cómo el Cadejo Blanco volaba por los aires tras un mordisco del negro.
La cosa se puso color de hormiga. El perro blanco, que supuestamente era el protector, empezó a flaquear. Sus movimientos se hacían lentos y el perro negro le estaba ganando terreno, acorralándolo contra un tronco viejo. Parecía que el bien iba a perder la batalla esa noche.
En ese momento, Brady se sacudió las migajas de la camisa. Se levantó con una arrogancia que le brotaba por los poros, con una lentitud que hasta daba nervios. No se veía asustado; se veía como quien ya se aburrió de la función.
Sin decir una sola palabra, Brady empezó a caminar. Pero no corrió. Caminó tranquilo, con las manos en los bolsillos, pasando justo por el lado donde las dos bestias se estaban matando. Los perros se quedaron congelados por un segundo, sintiendo la energía pesada y difícil de explicar que emanaba del muchacho.
Brady ni los volvió a ver. Los dejó atrás, con el perro blanco herido y el negro confundido, como si los dos grandes poderes de la leyenda no fueran más que un par de chuchos callejeros peleando por un hueso. Él sabía que su camino era otro y que, por muy "Cadejos" que fueran, esa noche él era el que mandaba en el bosque.
Pero la calma no le duró mucho al maje. Apenas había caminado unos metros cuando el silencio del bosque se pudrió de nuevo. Brady escuchó un jadeo pesado, cargado de azufre, justo detrás de su nuca. El Cadejo Negro no iba a dejar que un simple humano lo ninguneara de esa forma.
Ahí fue donde le entró el shock. La arrogancia se le convirtió en pura adrenalina y Brady arrancó a correr como si el mismo diablo le viniera soplando las canillas. Se dio unas vueltas locas entre la maleza, saltando troncos y esquivando ramas que parecían manos queriendo agarrarlo.
En medio de la carrera, una sombra clara apareció a su lado. Era el Cadejo Blanco, que aunque venía herido y cansado de la pelea anterior, se puso firme a la orilla de él, sirviéndole de escudo contra los lances de la bestia negra. Brady sentía el calor de los dos animales: el frío sepulcral del negro y el calor protector del blanco.
Brady corrió y corrió hasta que vio los postes de luz de su propiedad. De un salto cruzó el porche, entró a la casa y tiró la puerta cerrando el cerrojo de un solo golpe. Se quedó ahí, jadeando, escuchando cómo las garras del negro rasguñaban la madera desde afuera y cómo el blanco se echaba en el umbral para montar guardia.
Desde esa noche, en el pueblo se corre la voz. Dicen que todas las noches es el mismo bochinche: Brady sale y el bosque se vuelve un infierno. El Cadejo Negro lo busca con hambre de venganza y el Blanco lo protege con una lealtad que nadie entiende. Pero por una extraña razón, por muy cerca que lo tengan, nunca logran atraparlo. Es como si Brady fuera el dueño de un secreto que ni las mismas leyendas pueden descifrar. La "Verdad Cruda" es que el muchacho ya no le teme a la noche, porque la noche es parte de él..
Los años no pasan en balde, y el tiempo terminó por blanquearle el pelo a Brady, así como aquel perro que lo cuidó toda la vida. Sentado en su vieja mecedora, Brady miraba hacia el bosque con una sonrisa de orgullo. Durante décadas, la gente del pueblo habló de él como una leyenda viviente: el hombre al que los Cadejos nunca pudieron alcanzar.
Había algo en Brady, una virtud extraña, una fuerza que no era de este mundo. Fue el primer hombre en la historia que nunca cayó, que nunca se doblegó ante el terror de la noche.
De pronto, cuando el reloj marcaba la medianoche exacta, el aire se puso pesado y el olor a azufre inundó la sala. Brady no se inmutó. Frente a él, emergió de las sombras el Cadejo Negro. Pero esta vez no traía los colmillos afuera ni venía con furia. Se paró firme, con una elegancia oscura, y fijó sus ojos rojos en el anciano.
Por primera vez en siglos, en la mirada de la bestia no había hambre, sino un respeto profundo. El demonio del camino reconocía a su igual.
Brady soltó un suspiro largo, un suspiro de quien ya cumplió con todo. Miró al perro negro con una serenidad que daba escalofríos y asintió levemente.
—Muy bien... ya estoy viejo y ya me llegó la hora —dijo Brady con la voz ronca pero firme—. Ya podés hacerlo. No te tengo miedo, y vos lo sabés.
El perro negro inclinó la cabeza, aceptando la invitación del único hombre que logró domarlo sin usar cadenas, solo con su voluntad. En el porche, se escuchó un último aullido lejano del perro blanco, despidiendo al amigo, mientras Brady y su sombra se fundían en una sola oscuridad eterna.