Prólogo.
La noche olía a desilusión.
Taehyung no recordaba la última vez que había dormido más de tres horas seguidas. Desde que su ruptura con el artista Lee Harin se volvió pública —junto con los videos, los comentarios y los titulares venenosos—, el silencio se había convertido en un enemigo imposible de callar.El mundo parecía disfrutar viéndolo romperse.
Cada vez que encendía su teléfono, su nombre aparecía en tendencia acompañado de frases como “El ídolo engañado” o “El amor perfecto que no lo era tanto”. Las redes hervían con teorías y memes, como si su corazón fuera material de entretenimiento. Y aunque había aprendido a mantener el rostro sereno frente a las cámaras, esa noche, sentado frente a la ventana de su departamento, con la ciudad brillando bajo la lluvia, Taehyung se sintió terriblemente humano.
Terriblemente solo.
—No puedes seguir así, Tae —la voz de Jimin, su mejor amigo, sonó al otro lado del teléfono—. Te va a hacer mal encerrarte.
—No tengo ánimos, Minnie. La prensa sigue afuera del edificio.
—Por eso. Necesitas distraerte. Ven conmigo esta noche, hay una pelea en el centro. Dicen que el nuevo boxeador es increíble... Jeon Jungkook, ¿Te suena?
—No. —Respondió sin interés.
—Pues deberías verlo. Apuesto a que te cambia el ánimo —bromeó Jimin, con ese tono ligero que siempre usaba cuando quería arrancarle una sonrisa—. Vamos, solo un par de horas.
Taehyung suspiró. Miró su reflejo en el cristal: el cabello castaño desordenado, los ojos hinchados, una taza de café frío entre los dedos.
Quizá tenía razón. No podía esconderse para siempre.
Esa misma tarde, mientras el sonido de las notificaciones seguía llenando el apartamento, abrió por curiosidad su buscador. Bastó escribir su nombre para encontrarse con cientos de artículos burlones, editados con fotos de su última alfombra roja al lado de quien ahora era el traidor de la historia. El amor de la década, reducido a una burla digital.
Y entonces lo sintió: ese deseo repentino de salir, aunque fuera para respirar algo distinto al aire viciado del escándalo.
—Está bien —dijo al teléfono, casi en un suspiro—. Iré.
—¡Sabía que no me fallarías! —exclamó Jimin—. Te paso a buscar a las ocho. Ponte algo discreto, pero guapo, aunque sé que no debo de pedírtelo.
(...)
La arena estaba llena.
Luces blancas, el murmullo constante del público, flashes de cámaras, y un aire cargado de adrenalina que le resultaba tan ajeno como estimulante. Taehyung se acomodó en su asiento junto a Jimin, oculto tras una gorra y una mascarilla negra. No quería ser reconocido. Solo iba a observar. Sentirse por un momento cómo alguien normal y no como la persona más señalada de ese momento.
Cuando por fin se llenó el lugar, se dejó llevar por el ambiente.
Su amigo le habló de los boxeadores, de las apuestas, del joven que todos esperaban ver triunfar esa noche: Jeon Jungkook, el ascenso del año, decía la pantalla.
—Apuesto por el otro —murmuró Taehyung sin pensarlo, solo por contradecir el entusiasmo del resto.
Jimin lo miró, divertido.—De verdad sabes elegir tus batallas, Tae.
Pero cuando el combate empezó, no pudo apartar la vista del ring.
El joven boxeador tenía algo distinto. No solo fuerza o técnica. Había una calma peligrosa en su forma de moverse, una seguridad que lo hacía ver casi irreal. El sudor le resbalaba por la piel bronceada, los músculos se contraían con precisión, y sus ojos se mostraban tan oscuros, tan enfocados, que por un momento Taehyung olvidó incluso por quién había apostado.
El rugido del público se volvió ensordecedor cuando Jungkook lanzó el golpe final, directo y limpio. El contrario cayó, y con él, la apuesta de Taehyung.
—Y perdimos —rió Jimin, levantándose para aplaudir—. Pero míralo, ¿Cómo no iba a ganar?
Taehyung sonrió apenas, entre el orgullo y la frustración.—Supongo que no fue mi noche.
Entonces ocurrió.
Jungkook, aún dentro del ring, giró la cabeza y su mirada se encontró con la de Taehyung. Fue un instante fugaz, pero suficiente para que el aire se volviera espeso. El boxeador sonrió de lado, caminó hasta el borde del cuadrilátero y, entre risas, alzó una ceja.
—¿Por qué esa cara, ojos bonitos? —dijo, su voz grave pero juguetona, lo bastante fuerte como para que se escuchara cerca del frente—. Deberías haber apostado por mí.
La gente rió, los flashes volvieron a encenderse, y Taehyung, atrapado por esos ojos oscuros y la osadía del momento, solo alcanzó a rodar los ojos con disimulo antes de levantarse.
—Vámonos, Jimin —murmuró, intentando ignorar el calor que subía por su cuello.
Salieron entre el bullicio, pero el eco de esa voz permaneció.
En algún rincón de su mente, una pequeña chispa se encendió. Una chispa que aún no sabía si lo sanaría o lo volvería a quemar.