El anarquista

All Rights Reserved ©

Summary

Es un fantasma que vaga por el tiempo, buscando una justicia que nunca existirá. Las ideas mueren. Las personas mueren. Solo queda el rastro de una palabra que nadie recuerda.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Advertencia

Dos horas después del amanecer me acerqué a la tarima decidido, mis botas pulidas reflejaban las cámaras que bombardeaban con su luz blanca el escenario, atravesando la bruma gris que definía mi uniforme trajeado. En lo alto del crepúsculo vi la cara de un mundo homogéneo bajo mis pies, pintado con los colores de mi cruzada, y en un acto de amor y compasión, levanté mi puño en alto, glorificando el placer de ver el fuego arder, admirando en primera fila cómo mueren las ideas y el beligerante cúmulo de opiniones.

Escuché los llantos que mi presencia evocaba en las damas rebosando de admiración. Mientras, los petardos lanzados en mi honor explotaban en los cielos, reverberando en los pilares de los edificios.

Sentí… sentí un calor excitante al escuchar el crujido de nuestros patrimonios marchitos. Yo sonreía en pro del orden y mi moral inmaculada, del alza de un fanatismo cosechado pacientemente en el corazón de las personas. Me regodeaba en mi trabajo impecable y un futuro que nos prometía progreso e igualdad.

Opuesto, un hombre perverso se destacaba por encima de la multitud, él fue quien empuñó hacia mí, y al apretar el gatillo me causó esta cicatriz. Una desgarradora marca en el rostro que permanecería el resto de mi vida como en la memoria colectiva de toda la ciudadanía.

El anarquista me miraba con ojos tristes y desesperanzados, era el único que no reflejaba mi sonrisa, ni me devolvía el saludo. El paria, clavado en una estaca, apedreado y azotado por la multitud, ignoró los agasajos y los festejos para mirarme fijamente, no con odio, sino con un profundo remordimiento.

Ese hombre me causó la sensación más desagradable y repulsiva que jamás haya sentido, no por la sangre y los dientes rotos, ni el olor a podrido que emanaba su piel por tantos meses en el calabozo, fue otra cosa la que me revolvió el estómago.

Él sabía, ese delgaducho de seguro sabía que mis manos no estaban más limpias que las suyas. Seguro conocía sobre los asesinatos y las mutilaciones, sobre los sobornos, el de seguro conocía y quería boicotear todo mi valioso esfuerzo.

Quizá, y solo quizá no era un asesino partidista como me habían expresado mis allegados, sino algo menos común, un idealista, un ser ingenuo que creía poder cambiar el destino del mundo con una bala.

Patrañas

Di la orden con una seña inadvertida y el verdugo atravesó su corazón con una lanza, al tiempo que un segundo verdugo le despegó la cabeza con la fendiente de un espadón, la cabeza revoloteó y cayó a los piel de la multitud, que la recogió eufórica para verificar que esa mirada acusatoria se hallaba vacía, la tomaron del cabello paseandola como una pelota entre risas y vitoreos.

En ese instante, con esa simple acción, yo les devolví la imagen de un hombre firme y confiable, con una sonrisa radiante listo para desafiar al destino con su puño.

La distopía clásica es una advertencia.