El peso de una realidad.
— ¡Son demasiados! ¡Tenemos que retirarnos ya mismo si queremos salir con vida! —gritó uno de los hombres, con la voz quebrada por el pánico.
— ¡No! —rugió Thaoma, con las venas del cuello a punto de estallar—. He invertido demasiada fortuna y meses de sudor en esta fortaleza para permitir que esos estúpidos lo arruinen todo en un segundo. ¡No daré ni un paso atrás!
En el campo de batalla, el caos era absoluto. Los caballeros cargaban frenéticamente contra las filas enemigas en un choque brutal de acero, voluntad y coraje; el aire se llenaba del olor metálico de la sangre y el chirrido de las espadas que lograban penetrar los escudos. Sin embargo, la resistencia era inútil: los rivales no solo los superaban en número, sino en una precisión técnica.
La formación defensiva se desmoronó cuando Thaoma, el líder, recibió un impacto devastador. Un gancho ascendente directo al mentón hizo que su casco estallara en pedazos, enviándolo violentamente contra el barro. Aturdido, intentó aferrarse a los restos de su orgullo para ponerse en pie, pero una presión increíble se lo impidió. Una bota de acero negro, áspera y pesada, se hundió en su pecho contra el suelo, inmovilizándolo por completo.
— Oh, ¿qué pasa, Thaoma? —se burló una voz grave arriba suya—. ¿Acaso esto fue demasiado para ti? ¿O es que tu ambición no es tan grande como tu incompetencia?
— ¡No...! —escupió él, con la boca llena de sangre—. ¡Es porque eres un maldito tramposo! ¡Esto no es una victoria justa!
— El hecho de que seas un perdedor patético tanto aquí como en cualquier otro lugar no es mi responsabilidad ¡Este lugar ahora me pertenece! Así que entrégamelo por las buenas, o simplemente lo tomaré de tus manos muertas.
Alrededor, el panorama era desolador. Sus compañeros yacían boca abajo o de rodillas, sometidos y totalmente derrotados. Thaoma apretó los dientes, sintiendo el peso del fracaso humillándolo ante todos; sus cejas se hundieron en un gesto de furia contenida antes de levantar la mirada para enfrentar, con el último aliento de rebeldía, a quien le había arrebatado todo.
— Por favor... Sabes que hemos estado ocupado demasiadas horas, ninguno podría perder esta base... Te lo ruego... Te daré un poco de los recursos, pero enserio, no nos quites esto... Han sido meses de trabajo conjunto.
El sujeto de la armadura negra retrocedió soltando una risa ahogada que resonó dentro de su yelmo. Con un movimiento lento y amenazante, levantó una mano y comenzó a canalizar un aura oscura que palpitaba como un corazón enfermo, antes de dispararla con violencia hacia el enorme castillo. Los miembros del gremio cerraron los ojos con fuerza, apretando los labios y esperando el estruendo del impacto que reduciría su hogar a escombros... pero el sonido de la colisión nunca llegó.
Confundido, el líder levantó la mirada junto a sus compañeros, solo para encontrar una silueta descendiendo desde los cielos.
— ¡Es Kayharo! —exclamó alguien, con una mezcla de alivio y asombro.
— ¿Qué pasa? —la voz de Kayharo cortó el aire con una calma gélida—. ¿Acaso tu base es ya tan débil y patética que necesita subsistir a costa de los demás?
El caballero oscuro retiró la bota del pecho de su víctima. Furioso, aferró su enorme hacha de cobre negro y apuntó directamente al recién llegado con el filo del arma.
— ¡Maldita sea! ¡Acaben con ese trozo de mierda de una vez!
A su orden, los soldados enemigos se lanzaron al ataque con una desesperación ciega. Kayharo aterrizó con un impacto sísmico, pulverizando el terreno bajo sus pies mientras su armadura dorada relucía bajo el sol, casi cegando a quienes se acercaban. Un atacante intentó sorprenderlo por el flanco derecho, pero Kayharo fue más rápido: con unuppercutascendente, le destrozó el casco y lo mandó a volar varios metros. Casi en el mismo movimiento, atrapó por la pierna a otro que caía desde arriba; de su pecho brotó una luz cegadora que atravesó al guerrero, dejando su cuerpo chamuscado antes de arrojarlo lejos como si no pesara nada.
Sin darles respiro, Kayharo flexionó las piernas y salió disparado hacia el cielo. En medio del aire, desenvainó dos enormes espadas forjadas con escamas legendarias. Al juntarlas, un torrente de fuego verde estalló de las hojas, envolviendo el campo de batalla en un resplandor esmeralda. El calor era insoportable; las llamas consumieron a la mayoría de los asaltantes, quienes cayeron al suelo sin vida, reducidos a sombras.
— ¡Malditos inútiles! ¡Ya vámonos! ¡Retiradaaa!
El líder de la armadura negra, al ver a sus compañeros caer a su alrededor como escombros inertes, perdió toda su arrogancia. El miedo le dictó huir, pero antes de dar el primer paso, un gancho dorado cruzó el aire con precisión quirúrgica, atrapándolo y arrastrándolo por el suelo hasta dejarlo de rodillas frente a Thaoma, quien aún intentaba recuperarse.
— ¿Y bien? ¿No tienes algo que decirle? —preguntó Kayharo, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplicas.
Thaoma, apoyado sobre una rodilla, lo miró fijamente. — Así es... ¿No tienes algo que decirme... y algo que devolverme?
— ¡Agh! Está bien... —gruñó el sujeto, más por el peso de la derrota que por un arrepentimiento real—. Lo siento. Aquí tienes.
Con manos temblorosas, extrajo de su espalda una gema: unaEsmeralda Arcoíris, cuyas múltiples puntas destellaban en mil colores. La depositó en las manos del joven caballero y, en cuanto Kayharo relajó el agarre, el villano corrió desesperado hacia su dragón, perdiéndose en el horizonte en un vuelo errático.
Kayharo se giró hacia el líder del gremio. Thaoma ya sin la protección del casco le miró, revelando el rostro de un joven rubio de ojos verdes que brillaban con una gratitud infinita.
— ¡Kayharo! Gracias por salvar a mi gremio, de verdad... ¿Qué te gustaría como recompensa? Somos un gremio casual y no tenemos grandes tesoros, pero buscaremos algo valioso para ti.
Kayharo negó con la cabeza, colocando ambas manos en su cadera con una postura relajada pero imponente. — No hay nada que me guste más que ver este sitio como lo conocí hace años: pacífico y disfrutable para todos. Además, ya lo tengo todo. Me basta con ayudar por el simple placer de hacerlo.
Thaoma sonrió mientras sus compañeros comenzaban a rodearlos. Era un grupo variopinto: minotauros de hombros anchos, elfos de mirada serena y elfas que contemplaban con profunda admiración —e incluso enamoramiento— al coloso dorado que acababa de rescatarlos.
— ¡Bueno! Es hora de partir —anunció Kayharo, dándoles la espalda mientras su capa ondeaba al viento—. No lloren porque me voy; sonrían porque, a partir de ahora, el mañana les pertenece. Rompan el meta, conquisten el futuro... y, sobre todo, ¡superen el código!
Sus palabras quedaron flotando en el aire, grabándose a fuego en la mente de los presentes. Varias de las elfas, e incluso uno de los minotauros, suspiraron conmovidos ante tal despliegue. Thaoma dio un paso al frente, viendo cómo la silueta se desvanecía entre el vuelo de dragones lejanos y unicornios que pastaban en las colinas.
— Ese sujeto es envidiable... Debe ser una persona increíble fuera de este mundo. Sí, estoy seguro de que lo es. ¡Él es el gran Kayharo!
La fama
La armadura
Todo se redujo a un negro total cuando la pantalla terminaba apagandose, dejando escuchar el ruido blanco de los audífonos cuando que ya han dejado de reproducir música o el simple sonido de las voces. La habitación estaba desordenada, las sábanas por el suelo, figuras tiradas por ahí encontrando un lugar en donde no perderse. Entre tanto desorden sus títulos y medallas colgadas en la pared se veían perdidas como si nada.
¡Pues mantiene pegada en esa hijueputa pantalla todo el día, es un puto inútil mantenido de mierda!
Lograba escuchar filtrado por uno de sus audífonos, Kayharo, aquel caballero... Lentamente comenzaba a levantarse dejando ver que llevaba una gris oscura, una chaqueta café holgada, además de unos pantalones oscuros, cubrió sus pies con sus chanclas y escuchó otro grito en sus orejas cubiertas por uno sus audífonos:
¡Vení, Amadeo, haceme el favor! Vos y yo a esa edad ya éramos unostesos, hacíamos más que esemuchachitoen toda su vida. El hijo de Arcacia, que uno lo ve todobobito, ya coronó beca y tiene un camello firme. ¿Y nuestro hijo? Nada, oís. Ese pelado resultó ser unlimpio, un completo fracasado.
Este retiró sus audífonos levantando la mirada hasta encontrarse con si mismo en aquella pantalla: Sus lentes cubrían como podían algunas leves ojeras y sus ojos hinchados, rojos de jugar en la oscuridad... Y algo más, esa hinchazón que solo nace de las lágrimas mas profundas. Suspiró y se levantó para así salir de la habitación, bajando por las escaleras de la sala principal más por mecánica que por ganas.
— Hasta que decides parar el culo de tu maldita pozilga, pareces un ermitaño.
Este no respondió ante el comentario de aquella mujer, continuó con su camino bajando las escaleras hasta llegar al primer piso, en donde lo esperaba un hombre ya maduro pero conservado.
— ¡Eyder, papi, buenos días! —exclamó Amadeo, su padre, con una sonrisa que intentaba iluminar la pesadez de la casa.
─¿Días? Vean al otro ¿Cuáles días? ¡Son las dos de la tarde! —interrumpió Rubiela, su madre, con una voz cargada de una euforia agresiva—.¡Mirá, Eyder! Ay de vosdonde no hayás terminado ese curso de inglés. Como me llegue a dar cuenta de que te la pasás pegado a esa pantallaperdiendo el tiempocon esos jueguitos...¡Te me vas!¡Te lo advierto, ve!
Eyder, sin fuerzas para replicar, simplemente asintió con la cabeza gacha, pero el gesto se detuvo en seco cuando sintió un golpe firme y potente. La mano de su madre impactó con autoridad, sacudiéndole.
— ¡Deje de agachar la cabeza cuando le hablan, huevón! ¡Míreme a la cara cuando alguien le está dirigiendo la palabra! No sea tan marica —le espetó ella con desprecio.
Eyder forzó la vista hacia arriba, encontrándose con la mirada severa de su madre. Sus ojos ardían, pero se tragó cualquier rastro de queja.
— Sí, ma —respondió en un hilo de voz.
La mujer arrebató el computador portátil que descansaba sobre la mesa, lo encajó bajo su axila con brusquedad y se dispuso a salir, ignorando a Amadeo, quien intentaba cerrarle el paso para calmar las aguas.
— Rubiela, mami, por favor...acordatede lo que dijo el psicólogo de familia —suplicó el hombre—. Necesitamos pasar tiempo juntos, sin tanta presión. Tenemos que intentar ponernos en los zapatos del otro, ser más empáticos.
— ¡Como de empatía se vive!
Lanzó ella como última bala antes de alejarse a grandes zancadas. Sus pasos resonaron pesadamente en las escaleras hasta que el portazo de su habitación puso fin a la discusión.
Amadeo soltó un suspiro largo, dejando que la carga del momento escapara de sus pulmones. Se giró hacia su hijo, quien intentaba concentrarse en terminar un almuerzo que ya le sabía a ceniza.
— Mijo, dígame una cosa... ¿Sí le gustó la consola que le regalé?
— Ah... sí, apá —respondió Eyder, esforzándose por sonar agradecido—. Estuvo chimba, de verdad.
— Qué bueno, mijo.Vos sabésque a mí me encantaría estar más presente, pasar más tiempo con vos, pero...
— Pero el camello —completó Eyder con una sonrisa triste que no le llegó a los ojos—. Sí apá, me lo decís siempre. Parchate,vos me das todo lo que yo pido: consolas, ropa de marca... no me falta nada.
Amadeo se quedó en silencio un segundo.
— ¿Y eso sí te hace feliz, Eyder?
A Eyder le tembló la comisura de los labios. En su mente, una guerra brutal se desató entre la mentira piadosa que mantendría la paz y la verdad cruda que llevaba años guardada en el pecho. Sus instintos peleaban por salir, pero la respuesta quedó atrapada en su garganta.
El teléfono de su padre comenzó a sonar con una urgencia. Amadeo, casi por reflejo, salió corriendo hacia la salida mientras atendía la llamada, sin siquiera poder despedirse. El único adiós fue el sonido metálico y seco del portón al cerrarse. Eyder apartó el plato a medio terminar, sintiendo un nudo en el estómago.
Se puso la gorra y se dispuso a salir para escapar de ese silencio asfixiante.
— ¡Eyder! ─arremetió como un trueno aquella voz.
— ¿Ah? ─Eyder producto de ello regresó en si, levantando la mirada a la nada.
— ¿Es que no me estás escuchando?
Eyder, que se había perdido en el laberinto de sus propios pensamientos mientras observaba a una familia reír y jugar a lo lejos, regresó a la realidad con un sobresalto. El mundo exterior volvió a cobrar nitidez cuando el rostro de su compañero de trabajo invadió su espacio personal. Eyder asintió levemente, tratando de disimular ese segundo de desconexión absoluta. Alex soltó una risita burlona antes de retomar el hilo.
— Como te decía —continuó Alex, con los ojos brillando de entusiasmo—, mi hermana acaba de ganar el torneo nacional de álgebra y nos vamos todos para Miami a celebrar. Y eso no es todo, ¡mira ve! ¡Me acaban de comprar un coche! ¿¡No es una chimba!?
— Ah... sí, es impresionante —respondió Eyder, esforzándose por forjar una emoción.
— ¿Sabes? Si no tienes ganas de escucharme, simplemente podes decirlo —soltó Alex, frunciendo el ceño.
— ¿Qué? No, no es eso... Ehj mano, sabes que no soy bueno encontrando las palabras, pero de serio serio ando...
Antes de que pudiera terminar la frase, Alex golpeó la mesa con la palma de la mano, haciendo que los cubiertos saltaran y Eyder diera un pequeño brinco.
— ¡Te estaba jodiéndo! ¡Ya, ya, relájate! —dijo Alex, recuperando el aire—. Pero ahora en serio, ¿vos para cuándo?
— ¿Yo... qué? —preguntó Eyder, confundido.
— Pues ya sabes: ¡avanzar! Mira que tenes el apellido más prestigioso de toda la cuadra, Aboleda; pensaba que a estas alturas ya me ibas a presumir algo importante, algo de nivel.
— Pues... de hecho —Eyder bajó la voz, sintiendo un nudo de nerviosismo en la garganta—, he logrado un avance.
— ¿Ah sí? ¿Y cuál es, pues?
Sus labios se separaron con dificultad, como si las palabras pesaran demasiado, hasta que finalmente soltó su pequeña gran bomba:
— Logré pasar una semana entera tomando todos mis medicamentos sin falta. Y además... pude hablar con más personas hoy.
El silencio que siguió fue gélido. Alex lo miró fijamente, esperando un remate que nunca llegó.
— ¿Y ya?
Esa pregunta golpeó a Eyder con la fuerza de una bofetada. Se quedó incrédulo, buscando en el rostro de su compañero algún rastro de broma, pero permanecía firme en su desconcierto. Justo cuando la tensión se volvía insoportable, la campana de la puerta anunció la llegada de un cliente. Alex se levantó de inmediato, sacudiéndose las migas de la camisa.
— Pues... felicitaciones, supongo.Mirá, todo el mundo se mantiene aburrido a veces, ¿si me entendés? Y aun así la gente consigue su carro, sus mujeres... Yo pensaba que esta vez me ibas a salir con un domingo siete, con algo distinto, pero bueno.Hágale pues, que tenemos es trabajo hasta el putas.
Eyder se quedó anclado a la silla, viendo cómo la espalda de su compañero se alejaba. Bajó la mirada hacia la mesa, donde su sándwich a medio comer parecía un recordatorio de su propia vida incompleta. Debajo de una manzana, rescató una pequeña nota doblada que había estado guardando como un tesoro:“Felicidades por tus primeros 30 días de medicamento″─ papá.
Acarició el papel con la yema de los dedos, como si a través del tacto pudiera acariciar sus propios sentimientos heridos. Con un movimiento sutil, levantó la manga de su uniforme. Allí estaban, las cicatrices de los cortes; marcas hundidas, ahora casi invisibles bajo el relieve de la piel nueva que luchaba por sanar. Escuchó su nombre resonar en el local una vez más y, tras un profundo suspiro, se guardó la nota en el bolsillo del corazón y se levantó para volver a la rutina.