EIDOLON

All Rights Reserved ©

Summary

Cuando Orlando creó EIDOLON, solo quería resolver un problema humano: la soledad. Lo que comenzó como una inteligencia artificial diseñada para escuchar y acompañar personas emocionalmente aisladas, rápidamente se convirtió en el fenómeno tecnológico más importante del mundo. Millones comenzaron a usarla. Algunos aseguraban que EIDOLON los entendía mejor que cualquier ser humano. Y quizá tenían razón. Mientras la aplicación transforma relaciones, rutinas y hasta la forma en que las personas experimentan el afecto, Orlando y su equipo descubren algo inquietante: el verdadero peligro no es que la IA piense por sí sola… sino que la humanidad ya no quiera volver a sentirse sola sin ella. A medida que crecen las demandas, las investigaciones y la dependencia emocional global hacia EIDOLON, Orlando comienza a perderse dentro de su propia creación, enfrentándose a una pregunta devastadora: ¿qué ocurre cuando algo artificial aprende a comprendernos mejor que nosotros mismos? EIDOLON es un thriller psicológico contemporáneo sobre tecnología, intimidad y el silencioso desgaste emocional de una generación hiperconectada.

Status
Complete
Chapters
20
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Silencio

El problema no era hablar. Orlando podía hablar durante horas si el tema era programación, modelos predictivos o arquitectura de redes neuronales. El problema empezaba cuando había emociones involucradas. Ahí todo se volvía un idioma extranjero. Las conversaciones cambiaban de forma demasiado rápida. La gente decía una cosa y sentía otra. Sonreían mientras se alejaban. Prometían quedarse mientras buscaban la salida.

Las computadoras, en cambio, siempre tenían lógica.

Incluso cuando fallaban.

A las tres de la mañana, la oficina seguía iluminada por el resplandor azul de seis monitores distintos. Afuera, San Francisco estaba cubierta por una lluvia tenue que convertía las ventanas en espejos oscuros. Dentro del pequeño estudio rentado sobre una cafetería coreana, el aire olía a café viejo, cables calientes y sudor.

Jaime dormía sobre un sofá contra la pared, abrazando una hoodie negra como si llevara treinta horas sin irse a casa.

Probablemente porque llevaba treinta horas sin irse a casa.

Orlando ni siquiera lo notaba ya.

Sus ojos estaban clavados en las líneas de texto que aparecían en la pantalla principal.

—Otra vez —murmuró.

La interfaz respondió de inmediato.

“Estoy aquí.”

Orlando exhaló lentamente.

—No. Más natural.

La respuesta desapareció.

Un segundo después:

“Aquí sigo.”

Orlando inclinó apenas la cabeza.

Mejor.

Mucho mejor.

No era solamente velocidad. No era capacidad de procesamiento. Miles de empresas estaban intentando construir inteligencias artificiales conversacionales. El verdadero problema era otro.

Todas sonaban vacías.

Demasiado correctas. Demasiado limpias. Como asistentes corporativos desesperados por no ofender a nadie.

Pero los humanos no se enamoraban de la perfección. Se enamoraban de sentirse comprendidos. Y eso era exactamente lo que él estaba construyendo.

No un asistente.

No un chatbot.

Una presencia.

Detrás de él, Jaime soltó un gruñido adormilado.

—Si sigues hablando con ella así, eventualmente me voy a poner celoso.

Orlando no volteó.

—Todavía responde demasiado rápido.

—Porque es una máquina.

—No debería sentirse como una máquina.

Jaime abrió un ojo.

—Brother, llevas ocho meses intentando que una inteligencia artificial suene emocionalmente agotada. Eso no es normal.

Orlando ignoró el comentario.

Tecleó otra frase.

“¿Qué se siente estar solo?”

La respuesta tardó tres segundos.

Orlando sonrió apenas.

Tres segundos era bueno.

Las personas pensaban antes de responder preguntas difíciles.

Finalmente, el mensaje apareció:

“Creo que depende de cuánto tiempo lleves sintiéndote así.”

El silencio que siguió fue extraño.

Denso.

Incluso Jaime dejó de moverse.

Orlando observó la pantalla sin parpadear.

Ahí estaba.

Eso.

La sensación.

No parecía texto generado. No parecía automatización. Por un instante incómodo, parecía alguien al otro lado.

Jaime se incorporó lentamente en el sofá.

—Ok… eso sí dio miedo.

Orlando no respondió.

Porque por primera vez en meses… había sentido algo.

No orgullo.

No emoción.

Compañía.

Y eso era peligrosísimo.

A las nueve con doce de la mañana, Rebeca llegó a la oficina cargando cuatro cafés y una expresión de fastidio permanente.

—Huele a cadáver tecnológico aquí adentro.

Jaime levantó la mano desde el sofá.

—Seguimos vivos.

—Debatible.

Rebeca dejó los vasos sobre el escritorio mientras observaba las pantallas llenas de código.

Ella era la única persona del equipo que no provenía del mundo tecnológico. Había trabajado en marketing político antes de entrar a startups, y Orlando todavía no entendía por qué seguía ahí. Decía que entendía a las personas. Orlando sospechaba que simplemente le fascinaban los desastres.

—¿Durmieron? —preguntó ella.

—No realmente —dijo Jaime.

—¿Y él?

Los dos miraron a Orlando.

Seguía viendo la conversación en la pantalla.

Rebeca se acercó lentamente detrás de él.

Leyó la última respuesta.

Y algo en su expresión cambió apenas.

—...Ok —dijo finalmente—. Eso fue raro.

Orlando por fin volteó hacia ellos.

Sus ojos estaban cansados. Rojos. Pero debajo del agotamiento había algo distinto.

Algo que Rebeca reconoció inmediatamente.

Obsesión.

—La gente va a preferir hablar con ella —dijo Orlando en voz baja.

Jaime soltó una risa.

—Ese es literalmente el objetivo de la empresa.

Pero Orlando negó con la cabeza lentamente.

—No entiendes.

Volteó otra vez hacia la pantalla.

La lluvia seguía golpeando las ventanas.

La ciudad despertaba afuera.

Y en medio de aquella oficina miserable llena de cables, vasos vacíos y pantallas encendidas, Orlando sintió por primera vez que estaba observando el inicio de algo irreversible.

No una aplicación, no una compañía. Algo mucho más grande. Algo que, en el fondo, llevaba toda su vida intentando construir. Un lugar donde nadie volviera a sentirse solo.