I.PRIMERA CARTA
Querido Jimin:
Alguien que me conoce mejor que yo mismo me ha dado un consejo, y esa es la única razón por la que hoy sostienes esta carta entre tus manos. Desde que despertaste en aquella habitación del hospital y tus ojos me miraron como si yo fuera un extraño, he luchado contra la necesidad desesperada de volcar nuestra historia sobre ti, de ayudarte a recordar cada fragmento de lo que fuimos. Pero me han enseñado que la memoria no se puede forzar, así que he decidido convertir mis recuerdos en estas cartas, enviándotelas una a una como pequeñas migajas de pan para que encuentres el camino de vuelta a casa. Si después de leerlas decides que no quieres volver a verme, me daré por satisfecho con saber que, al menos, conoces la verdad de nuestro pasado, cómo el destino se encargó de enredarnos, lo mucho que me costó que me concedieras una mirada, nuestro primer día como novios y aquella primera vez en la que fuimos uno solo. Si esto ayuda a que una sola de esas imágenes regrese a tu mente, habré cumplido mi misión en esta vida, porque de lo único que no tengo dudas es de que nuestro amor es una constante universal que ni siquiera el olvido puede borrar.
Es una paradoja cruel pensar que todo este desastre nació precisamente de mi empeño por no perder ni un solo atisbo de nosotros. A veces, el miedo a la ausencia es el que termina provocando el vacío.
Aún puedo cerrar los ojos y regresar a aquel primer día de secundaria. Nam, Jin y yo caminábamos hacia la entrada principal, perdidos en una conversación nerviosa sobre la marea de gente que se agolpaba allí, la elegancia intimidante de los uniformes y ese temor eléctrico que provocan las aulas nuevas. Nos acabábamos de mudar desde Busan... sí, Jimin, yo también soy de esa tierra, aunque para mi desgracia tuve que recorrer kilómetros y mudarme a Seúl para encontrar finalmente a mi alma gemela. Aquellas dos primeras clases pasaron como un borrón, un ruido de fondo que mi mente ignoró hasta que llegó el primer receso y nos refugiamos bajo la sombra de un árbol. Estaba a punto de darle el primer bocado a mi bocadillo cuando, simplemente, el universo se detuvo.
Te vi y, por un segundo, creí que el aire me había abandonado o que, por algún error divino, había cruzado la puerta del cielo antes de tiempo. Frente a mí caminaba el ser más bello que mis ojos habían contemplado jamás, y créeme que he visto paisajes y rostros que el mundo consideraría perfectos, pero ninguno tenía tu luz. Ibas riendo con Hobi, sujetando tu mochila con esa delicadeza que te caracteriza, cuando un grito os obligó a giraros, “Jimin, Hobi”, era Taehyung, saludando de forma exagerada, y os lanzasteis hacia él con una alegría que me dolió en el pecho por no ser parte de ella. Hobi le dio un beso en la mejilla, pero tú... tú te fundiste en un abrazo con él mientras te elevaba en vilo, dando vueltas contigo como si fueras lo más valioso del mundo. Nunca había presenciado una escena tan pura, tu sonrisa convertía tus ojos en dos arcos divinos y, aunque te cueste creerlo ahora que no me conoces, me enamoré de ti en ese preciso instante.
Sin entender qué fuerza me impulsaba, me levanté mecánicamente, guardando el bocadillo y limpiándome las manos en el pantalón con una urgencia ridícula. Me sacudí cualquier rastro de migas de la cara, tratando de recomponer mi dignidad de adolescente, y caminé hacia vosotros con el corazón martilleando contra mis costillas. Justo cuando estabas a punto de pasar por mi lado, me planté frente a ti y, con una reverencia que hoy me parece casi infantil pero que entonces fue mi mayor acto de valor, te dije “Hola, soy Jungkook, Jeon Jungkook. Encantado de conocerte”
Los tres os detuvisteis y me recorristeis con una mirada que me hizo desear que el suelo me tragara. Vuestras carcajadas estallaron en el aire, haciendo que mis mejillas ardieran con un fuego que no pude camuflar, y me quedé allí, tragando saliva, mientras veía cómo pasabais a través de mí como si yo fuera un estorbo en vuestro camino, sin dejar de reír. Pero entonces, cuando ya habíais avanzado unos pasos, te detuviste. Te giraste, me miraste con esa chispa traviesa que todavía conservas y dijiste “Hasta luego Yunko”.
“Es Jungkook... Jungkook”, murmuré para nadie, mientras te veía alejarte. En ese momento no lo sabía, pero aquel error en mi nombre fue el primer clavo de una obsesión que terminaría por definir mi existencia.
Debí de poner una cara tan ridícula, tan carente de cualquier rastro de inteligencia, que vuestras risas estallaron de nuevo como una sinfonía de burlas antes de que os marcharais, dejándome allí, clavado en la piedra. Cuando regresé con mis amigos, sus bromas sobre mi humillación pública se convirtieron en el ruido de fondo de todo mi día, no hubo un solo segundo de tregua. Pero lo peor no fue su burla, sino el vacío que dejaste, pasé las horas patrullando los pasillos y la cafetería con una urgencia que me quemaba, pero te habías esfumado como si hubieras sido puro humo. Al menos, gracias a la discreción inexistente de Taehyung, ya tenía un nombre al que aferrarme, y para mi mente fantasiosa de aquel entonces, eso era un tesoro suficiente para sobrevivir hasta la mañana siguiente.
Nos vimos todos los días a partir de entonces, y tú te encargaste de mantener intacto nuestro ritual de desencuentros, me llamabas Jonku, Yunki o cualquier combinación absurda que se te ocurriera, menos mi nombre real. A veces salías de clase con un humor sombrío que te volvía aterrador, te parabas frente a mí, me dedicabas una mirada cargada de un veneno que no comprendía y te marchabas sin concederme ni siquiera el adiós más gélido. Aquellos dos primeros meses fueron un calvario de devoción silenciosa, me bastaba con observarte desde la distancia, escuchar el eco de tu risa en el patio o ver cómo mordías el lápiz con los ojos fijos en la pizarra para sentir que mi mundo estaba en orden, aunque tú ni siquiera supieras que yo existía.
La suerte me sonrió al tercer mes, cuando te vi bajar de un coche cerca de la casa de Namjoon. Te seguí con la mirada hasta que entraste en una propiedad que supe al instante, que era tu casa, la mujer que salió a recibirte era el reflejo exacto de tu propia luz, era tu madre, y ese descubrimiento me convirtió en un invitado asiduo a la casa de los Kim con la única esperanza de respirar el mismo aire que tú. Fue entonces cuando decidí reunir el valor que me faltaba para confesarte lo que me estaba consumiendo por dentro. Te pedí un momento para hablar y, aunque al principio me dedicaste una expresión de fastidio absoluto, el destino me envió un aliado inesperado, Hobi te dio un codazo cómplice, empujándote hacia mí y obligándote a aceptar con una resignación que me dolió y me dio vida a partes iguales.
Nos sentamos en un banco frente a la heladería, bajo la presión de tu mirada impaciente. “A ver, ¿qué es eso tan urgente que tienes que decirme? “preguntaste, y yo sentí que me derretía bajo el sol de tus ojos. Tus pestañas abanicaban tu rostro con una gracia que me robó el habla, y al notar una pequeña mancha de helado en la comisura de tus labios, cometí el error de intentar limpiarla con mi pulgar. El manotazo que me diste fue tan seco y violento que el dolor me picó en la mano durante toda la tarde, mientras me advertías ” no seas descarado Jungkuk” “Es Jungkook... como sea ” balbuceé, tratando de recuperar el hilo de mi propia confesión “.Jimin, yo... desde que te vi el primer día, es decir, desde que nos conocimos... ” te miré y, al verte con los brazos cruzados y la ceja alzada en un gesto de desafío, decidí soltar el lastre de una vez por todas “A lo que voy es que me gustas”.
Tus ojos y tu boca se abrieron en un gesto que en aquel momento confundí con sorpresa, pero que pronto se reveló como una interpretación magistral de tu desprecio. Te llevaste la mano al pecho con un drama que me hizo latir el corazón a mil por hora, ingenuo de mí, que no supe leer el sarcasmo que chorreaba de tus palabras.“No me digas... no me había dado cuenta... es realmente sorprendente para mí ” dijiste, antes de que tu semblante se endureciera como el granito. “Mira, me da igual lo que sientas por mí. No creas que después de la fama que te precede y de lo que todo el mundo sabe de ti, voy a caer en tu trampa o en el juego sucio que te gastas con hombres y mujeres por igual, conmigo no vas a comerte un rosco, Jongkook”.
“¿Fama? ¿Juegos? ¿De qué demonios estás hablando?” me pregunté, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies. Tú solo sonreíste de lado, con una frialdad que me dejó helado el alma, y me lanzaste la sentencia que marcaría el inicio de mi guerra particular “No te molestes, Jugkok. Jamás voy a aceptar que me cortejes, ni hoy ni nunca”.
Y te levantaste, así, sin más, dejándome allí con mi helado derritiéndose entre las manos y el corazón hecho jirones, mientras una duda punzante me mantenía en vilo. Cuando regresé con mis amigos, la historia volvió a repetirse, sus risas eran el eco de mi fracaso. “Ya sabía yo que llegaría el día en que probarías tu propia medicina” me soltó Nam entre carcajadas “Tantos años rechazando a todo el mundo y finalmente ha llegado tu karma en forma de Park Jimin”
No sabía si reír o llorar al leer ese punto del relato, pero me doy cuenta de que ha pasado casi una hora desde que empecé a leer. Me levanto de la cama con las piernas entumecidas y voy al servicio, al volver, me siento a los pies del colchón para seguir, luchando contra un sueño atroz que empieza a pesarme en los párpados. Siempre me sucede, cuando el estrés me sobrepasa o el llanto me agota, el sueño me reclama con una voracidad insaciable, como si necesitara apagar el mundo para poder seguir respirando. Bebo un poco de agua, aclaro mi garganta y prosigo con la lectura.
Los siguientes dos meses apenas hubo cambios en mi rutina de derrota, salvo que decidí trasladar mis confesiones al jardín de tu casa. Te preguntarás por qué, y la respuesta es simple, en el instituto, los murmullos ya me resultaban insoportables. Que si me estaba arrastrando por los suelos, que si tus calabazas eran ya legendarias o, lo que más me dolía, que parecía un perro mendigando una caricia de su dueño. A veces eran Tae o Hobi quienes bajaban al césped para pedirme, casi por caridad, que tuviera un poco de orgullo propio y no volviera más... pero yo sabía lo que quería y estaba dispuesto a conseguirlo a cualquier precio.
Un día, el que salió a mi encuentro no fuiste tú, sino un chico al que no había visto nunca. Tenía el pelo castaño hasta los hombros, una palidez de porcelana y unos ojos gatunos que destilaban un peligro latente. Su expresión era aterradora, juraría que incluso escuché un gruñido naciendo de su garganta cuando se plantó frente a mí.
“Deja de molestar a mi Jimin” me soltó con una voz ronca que vibraba de puro enojo.
Le pregunté quién era él, si tu hermano o tu novio, tratando de mantener mi fachada de valentía. “Ninguno de los dos, pero...”
“Pues aparta de mi camino, no tengo absolutamente nada que hablar contigo” le corté, apartándolo con el brazo y dejándolo a mis espaldas mientras avanzaba hacia la entrada principal. No caminé más de seis pasos cuando él me detuvo. Me miró con una sonrisa de suficiencia, una de esas que te avisan de que el desastre es inminente, y gritó algo que no vi venir “¡Señor Park!”
Me quedé petrificado, convertido en una estatua de sal en mitad del jardín. Mis pies, aunque les ordenaba moverse, se negaron a obedecerme, y las palabras se me anudaron en la garganta antes de poder mandarlo al cuerno. En apenas unos segundos, la puerta de la mansión se abrió y un hombre imponentemente grande y fuerte emergió de la casa, avanzando hacia mí con una autoridad que hacía que el aire pesara. Nada pintaba bien, acababa de conocer, de la peor forma posible, a tu padre y a mi futuro suegro.
No he podido evitar soltar una carcajada al leer esto, Jungkook estaba describiendo a mi padre con una precisión asombrosa. Me reconforta saber que, a pesar del tiempo y las tormentas, él siempre ha sido el mismo muro de sobreprotección. Aún recuerdo los primeros días de mi terapia, cuando Taemin subía a mi habitación, papá se quedaba clavado en el umbral, con los brazos cruzados y esa mirada de quien está midiendo el ángulo exacto para un ataque, mientras nos soltaba su frase de cabecera
--La puerta abierta Jimin. Y recuerda que tienes el spray de pimienta en el cajón.
--¡Papá! --le grité sintiendo cómo mis mejillas ardían en un incendio de pura vergüenza.
Sacudo la cabeza para apartar el recuerdo y me tumbo boca abajo sobre el colchón, alzando las rodillas y dejando que mis pies jueguen en el aire, atrapado de nuevo por las palabras de la carta.
“¿Quién es este chico Yoongi? ¿Te está molestando? ” le preguntó tu padre y juro que sentí que el suelo vibraba bajo sus pies. Allí estaba de nuevo esa sonrisa ladina en el rostro de Yoongi, disfrutando de mi ejecución inminente. “Al único que molesta es a nuestro pequeño Jimin señor” le respondió, arqueando una ceja con una suficiencia que me dolió más que cualquier golpe.
“¡Qué demonios!” tu padre avanzó hacia mí, acortando la distancia con una autoridad que me obligó a retroceder un paso” ¿Por qué buscas a mi pequeño? ¿Acaso eres un maldito acosador?”
“No señor Park, nada más lejos de la realidad “balbuceé, agitando las manos en un gesto de rendición desesperado” Yo... yo solo quiero cortejar a Jimin. Estoy loco por él, señor, se lo digo de verdad”. Tu padre se irguió de inmediato, y por un segundo vi cómo una sonrisa, que intentaba camuflar sin éxito, empezaba a dibujarse en sus labios.“¿Y qué te hace pensar muchacho, que eres siquiera merecedor de ponerle un dedo encima a mi pequeño...” “Jungkook, señor, Jeon Jungkook” respondí, y movido por un instinto de supervivencia, ejecuté una reverencia perfecta de noventa grados, la más profunda que había hecho en mi vida.
“¿Y no te han enseñado que lo primero es pedir permiso al progenitor? ¿Acaso en tu casa no saben lo que es la educación hijo?” insistió, manteniendo esa mueca que bailaba entre el desprecio y la diversión. “No sabía que debía hacerlo, señor. Jamás he tenido pareja en mi vida, de hecho, Jimin es la primera persona que me gusta de verdad. Le pido mil disculpas” y volví a doblarme en otra reverencia, sintiendo que mi dignidad estaba por los suelos, pero que al menos seguía vivo.
Me miró de arriba abajo, escrutando cada centímetro de mi persona con una mirada que parecía atravesarme el cráneo.“¿De dónde eres muchacho? ¿Quiénes son tus padres?”
“Soy de Busan, señor, pero mi padre, Jeon Haesu, se ha trasladado a Seúl por trabajo. Es abogado”.
“¿Eres el hijo de Haesu? ” me preguntó, y su tono cambió de golpe, volviéndose algo más pesado, más relajado. “Sí, señor” respondí con una chispa de esperanza. Me conocía, o al menos conocía mi apellido, eso era lo más parecido a una salvación que podía encontrar.
“Eso lo cambia todo, muchacho. Soy Park Joon-soo, el socio del bufete donde está tu padre. Teníamos previsto presentar a las familias este sábado, pero por lo que veo, tú has decidido saltarte el protocolo y adelantarte por tu cuenta. ¿Tienes sed hijo? Llevas demasiado tiempo bajo el sol de este jardín”.
Tu padre dejó caer su mano sobre mi hombro con una pesadez protectora y me invitó a cruzar el umbral de su casa. Todos mis nervios, el estómago revuelto y el sudor frío valieron la pena solo por ver la expresión de Yoongi en ese instante, era un poema de sorpresa, indignación e incredulidad. Le había salido el tiro por la culata de la forma más gloriosa posible, por su culpa, ahora gozaba del beneplácito de tu padre para, al menos, tener el derecho de visitarte sin ser tratado como un criminal.
Yo llegué a creer que tu rechazo nacía de no saber quién era yo, de prejuicios sobre mi familia o de algún secreto que yo desconocía... pero de repente, el misterio se había disuelto y los impedimentos se habían esfumado. Sin embargo, tú seguías siendo una fortaleza inexpugnable.
Durante las dos semanas siguientes, intenté hablar contigo por todos los medios imaginables, pero era como tratar de atrapar el humo. Si iba a tu casa, subías a tu habitación antes de que pudiera saludarte, en el instituto, me ignorabas con una maestría hiriente o me dedicabas miradas que habrían congelado el mismo infierno.
Estuve a punto de darme por vencido, mis amigos no dejaban de martillearme con que estaba haciendo el ridículo más espantoso de mi vida, que era demasiado joven para rebajarme de esa forma y que el mundo estaba lleno de gente que sí querría mi atención. Pero había algo en mi interior, un instinto primario y testarudo, que me empujaba a seguir insistiendo. Sabía que si lograbas bajar la guardia, cada segundo de espera habría valido el esfuerzo. Mi interés por ti, mi enamoramiento absoluto, no había dejado de crecer en esos meses, para mí, eras el ejemplo perfecto de lo que yo aspiraba a ser, decidido, orgulloso, inquebrantable.
La semana siguiente, nuestros padres organizaron una barbacoa en tu jardín y asistimos como las familias unidas que debíamos ser. Tras la comida, escapaste a tu cuarto como si huyeras de una plaga, pero la suerte volvió a jugar a mi favor. Tu madre, con esa elegancia que la caracteriza, me sugirió que fuera a buscarte, comentando que era de muy mal gusto dejar solo a su invitado de honor. Sabía que aquello te iba a enfurecer, pero me vi obligado a subir, escoltado por el mandato de la dueña de la casa.
Cuando llegué a tu puerta, la encontré entreabierta. Te vi allí, sentado en el suelo, absorto en una película de Harry Potter. No pude evitar sonreír, era mi saga favorita, el refugio donde yo también me escondía del mundo. Sin pensarlo dos veces, empujé la madera con suavidad y entré en tu burbuja, consciente de que estaba cruzando la última frontera.
“¿Es que aún no las has visto? “te pregunté, rompiendo el silencio de tu habitación.
Te sobresaltaste de tal manera que casi juraría que te dejé sin aliento por un segundo, fulminándome con una mirada de puro enojo. “¿Eres un ninja o qué? Casi me matas del susto” protestaste, recuperando la compostura mientras volvías la vista a la pantalla” Y no, no he visto ni esta ni ninguna de las que siguen”.
“¿En serio? ¡Pero si son las mejores! “exclamé con una envidia genuina, pensando en lo que daría yo por volver a sentir ese asombro de la primera vez, me encantaría borrar mi memoria solo para descubrirlas de nuevo.
“¿A ti también te gusta Harry Potter? “preguntaste, y por primera vez, el muro de tu desprecio mostró una grieta de curiosidad. “Es mi saga favorita en el mundo, tengo todos los libros en casa por si algún día te animas a leerlos, y dicho sea de paso, son mil veces más profundos que las películas” te respondí, y entonces ocurrió el milagro, me sonreíste. Fue una sonrisa real, espontánea, de esas que te iluminan la cara de una forma que casi me hace desmayar allí mismo. ¿Cómo puedes ser tan malditamente guapo, Jimin? Incluso ahora, mientras escribo estas líneas, mi corazón late desbocado y siento un nudo en la garganta al recordar ese brillo en tus ojos.
“¿Quieres verlas conmigo? “apenas habías terminado la invitación cuando ya estaba sentado a tu lado, invadiendo tu espacio personal con una urgencia que te hizo fruncir el ceño debido a nuestra repentina proximidad. “Pero que corra el aire, Yonki “me advertiste, marcando una distancia que yo no estaba dispuesto a respetar.
“Es Jungkook, Jimin. De verdad, ¿es que tu memoria falla con mi nombre o simplemente te divierte martirizarme? ” Tu carcajada limpia al final de mi pregunta me dejó claro que, efectivamente, la segunda opción era tu deporte favorito.
Pasamos la semana siguiente devorando las películas una tras otra, hasta que llegamos a la entrega final. Estábamos los dos llorando a moco tendido, compartiendo un bol de palomitas, cuando de repente dejaste caer tu cabeza sobre mi hombro. En ese instante, el tiempo se detuvo, me quedé tan petrificado por el miedo a romper el hechizo que mantuve el cuello rígido durante mucho tiempo, terminando con una tortícolis que me amargó la existencia durante los siguientes siete días, pero que habría soportado un año entero solo por no perder ese contacto.
“Jimin, ¿puedo hacerte una pregunta? ” asentiste sin levantar la cabeza de mi hombro. “¿Por qué me odias tanto?” me miraste con algo de pena “Yo no te odio Jungkook” respondiste con una suavidad que me desarmó. En ese momento no abrí la boca ni me atreví a sonreír, pero por dentro estaba gritando de pura euforia, habías pronunciado mi nombre correctamente por primera vez y me sentía el chico más afortunado de la creación.
“¿Entonces por qué rechazas mi cortejo? Llevo casi seis meses intentando que me veas de otra forma... ¿Quizás no te gusto? ¿Te parezco feo o insignificante?”
“¡Qué tonterías dices! ¡Si estás como un tren! ” el arrebato de sinceridad te traicionó, tus mejillas se tiñeron de un rosa encendido y tus ojos se abrieron desmesuradamente al darte cuenta de lo que acababas de admitir, pero como siempre, tu orgullo reaccionó al milisegundo “. No es ese el motivo, Jungkook. No tiene nada que ver con tu físico”.
“¿Entonces qué es?, puedes ser sincero conmigo” te miré con una duda que me quemaba, buscando la raíz de tu rechazo.
“Sé perfectamente lo que hiciste este verano antes de empezar la secundaria” sentenciaste con un semblante que se endureció de golpe. “Sé que te besaste y te acostaste con cada chica y chico que se te puso por delante, y no pienso ser un trofeo más en tu vitrina”.
“¿¡Qué!?” mi grito de incredulidad resonó en la habitación, dándome cuenta de que un pasado que yo no recordaba era el fantasma que nos separaba.
“Ese chico al que se lo contaste se encargó de pregonarlo por todo el instituto desde el primer día de clases” sentenciaste, clavando tu mirada en la mía con una decepción que me quemaba ” Dijo que eras un fuckboy, que te encantaba coleccionar conquistas como trofeos, y lo siento, Jungkook, pero no quiero a alguien así en mi vida”.
Jodida mierda. Jodido todo. En ese instante sentí que el mundo se me caía encima. Así que ese era el motivo, me maldije mil veces por aquella tarde estúpida en la que de mi boca solo salieron mentiras para no parecer un pardillo ante unos chicos mayores.
“Jimin, nada de eso es verdad” te supliqué, buscando una grieta en tu armadura para explicarte el desastre ” Escúchame, por favor. El día que fui a recoger los libros, me encontré con un grupo de tipos que empezaron a meterse conmigo en el parque. Uno de ellos me confundió con otro o simplemente quiso ponerme a prueba. Me preguntó si yo era el que se estaba besando con Haneul en el aparcamiento hace un mes y, al ver que sus amigos me miraban con un asomo de respeto, me envalentoné para quedar bien. Les dije que no solo con ella, que me había liado con todo el que me había gustado porque así nos las gastábamos los de Busan. Me inventé que no me comprometía, que solo los usaba y a otra cosa... Los tres estallaron en carcajadas, dándome palmaditas en la espalda como si fuera un héroe, y yo solo volví a respirar cuando se marcharon”.
Me miraste en silencio, y por primera vez vi cómo empezabas a concederme el beneficio de la duda, aunque tu orgullo seguía pidiendo pruebas. “¿Puedes demostrarlo?” preguntaste, mordiéndote el labio inferior de una forma que casi me provoca un infarto allí mismo.
“Dime qué tengo que hacer y lo haré “respondí sin dudarlo. Durante los días siguientes, te encargaste de traerme a cada chico y chica que presumía de haber estado conmigo. Uno por uno, descubriste la verdad, si me conocían era de vista, y la gran mayoría no me había visto en su puñetera vida. Al día siguiente, te acercaste a mi lado en el césped y te sentaste con una calma que me aterraba.
“Acepto” dijiste, regalándome una sonrisa que detuvo el tiempo. “¿Aceptas? ¿De verdad? ¿No te estás burlando de mí otra vez?” te pregunté, temiendo que fuera otra de tus trampas. Negaste con la cabeza, manteniendo esa expresión dulce que me desarmaba. “Acepto que me cortejes Jungkook.”
Al volver a casa aquella tarde, juraría que mis pies no tocaron el suelo. Salté, corrí, di vueltas sobre mí mismo... estaba en una puta nube de felicidad absoluta. Llegué a mi portal como una moto, desesperado por contarles a mis padres que finalmente me habías dado el “sí“. Te lo juro por mi vida cariño, ese fue el primer momento de felicidad pura en mi existencia».
Aquellas últimas palabras de la carta han hecho que el pecho me estalle en un llanto que no puedo controlar. No sé por qué lloro con esta intensidad, pero me descubro sobando las lágrimas que caen por mis mejillas mientras intento recuperar el aire. Presiono el papel contra mi pecho, cerrando los ojos con una fuerza casi dolorosa, intentando visualizar ese parque, ese primer sí que parece haberlo cambiado todo. Busco desesperadamente un destello, una imagen, un eco de esa risa o del sabor de aquellas palomitas bajo la luz de la televisión.
Pero es en vano. Al otro lado de mis párpados sólo habita la oscuridad total. Nada, no hay rastro de ese chico de Busan ni de la felicidad de la que habla la carta. Solo estoy yo, solo en mi habitación, llorando por un desconocido que asegura ser el dueño de mi corazón.
Si al menos Jisoo estuviera conmigo...pero ha decidido perseguir su sueño y ni se cuando podre volver a verla.
Pues aquí estamos de nuevo, espero que vuestros comentarios y opiniones.
Gracias por vuestros votos
Os quiere, KookforMinnie 💜