🤍La jaula de cristal
El perfume a gardenias se cuela por los pasillos como un veneno dulce. Demasiado fuerte, demasiado presente. Como si alguien hubiera querido disfrazar con flores el hedor real de esta casa.
Jimin camina descalzo por el mármol helado, en silencio. La bata de seda blanca apenas roza el suelo, arrastrando también los restos de la noche anterior. En el borde de la manga, una mancha marrón rojiza: sangre seca. Propia.
Nadie lo mira. Las empleadas domésticas bajan la cabeza cuando él pasa. Sirvientas vestidas con uniforme gris claro limpian los ventanales, acomodan los jarrones, sirven el desayuno. No hablan. No preguntan. Aquí, el silencio es una orden no escrita.
Una de ellas, una joven de cabello recogido y manos temblorosas, le deja discretamente una taza de té caliente en el rincón del salón. No dice nada, pero sus ojos se cruzan con los de Jimin por un segundo. Hay compasión allí. Un atrevimiento silencioso.
Jimin asiente apenas. Es todo lo que puede permitirse.
En la mesa, como cada mañana, hay una obra de arte culinaria que no pidió: croissants tibios, frutas cortadas con precisión quirúrgica, jugo fresco, café importado. Huele delicioso. Le revuelve el estómago.
No tiene hambre.
Una silla se arrastra. La presencia se siente antes que la voz.
—¿Dormiste bien? —dice él. Lee Soo-hyuk
Jimin no se gira. Mira la luz dorada que entra por los ventanales. No responde de inmediato. Sus músculos se tensan.
—Sí, Soo-hyuk —murmura al fin.
Él camina con calma. Sus zapatos hacen un sonido preciso en el suelo. Se acerca, le roza el cuello con los nudillos. Un gesto que parece suave, pero en realidad exige obediencia.
—Hoy no salgas. Tengo una reunión importante —dice, sirviéndose el café—. No quiero distracciones.
Jimin asiente. Ya no pregunta. Aprendió a no hacerlo desde hace mucho.
Cuando Soo-hyuk se va, la casa no queda vacía. Queda peor: llena de un silencio opaco, tenso. Las empleadas limpian como si intentaran borrar la existencia misma de lo ocurrido. Los guardias recorren el perímetro. Todo funciona como una máquina de relojería... diseñada para encerrarlo.
Jimin sube las escaleras hasta su habitación. Cierra la puerta con llave. Camina directo al baño. Se sienta en el piso frío de mármol y por fin suelta el aire.
Le tiemblan las manos.
Frente al espejo, levanta el cuello de su bata. Ahí está el moretón. Base violeta, contorno amarillento. Uno más.
Saca el maquillaje. Tiene práctica. Cubre. Difumina. Sonríe al espejo. Ensayo perfecto.
Toma su celular. Modelo último, brillante, rastreado. Entra a una aplicación encriptada. Escribe.
Para: 🕊️“¿Estás bien hoy? ¿Comiste? Te envié algo. No me respondas si hay gente cerca. Todo esto es por ti, hermanito.”
El punto verde parpadea. Leído.
Jimin sonríe, apenas. La primera sonrisa real en días. Duele. Pero es por él.
Al anochecer, rompe las reglas. Se escapa.
El chofer lo lleva sin hacer preguntas. Sabe que no debe hablar. Le basta con recibir la orden y mirar al frente.
Jimin baja frente al club. “Mirage”. Fachada lujosa, luces rojas y azules, música amortiguada por las paredes gruesas.
Adentro, el aire huele a perfume empolvado, licor fuerte y cigarrillos importados. Las luces lo bañan todo en rojo, como si el infierno tuviera discoteca. Cuerpos en movimiento. Risitas fingidas. Miradas vacías.
—¡Mochi! —Una voz familiar lo saca de su burbuja.
Hoseok corre hacia él con una sonrisa que no le llega a los ojos. Se abrazan rápido. Corto. Como si las paredes pudieran mirar.
—Estás más delgado —murmura él, sin sonreír esta vez.
—Estoy bien —responde Jimin.
Ambos saben que no es cierto.
Desde la barra, Taehyung los observa. Cigarro en mano, mirada de hielo. No dice nada. Solo asiente. Ellos se entienden sin palabras, aunque duela.Jimin baja la mirada.
[Flashback]—¿Sabes que tienes el peor gusto musical de todo el país? —ríe Taehyung, tirado en el sillón del vestuario.—Y tú el peor gusto en hombres —le responde Jimin, sin dudar.
Ambos estallan en carcajadas.
Eso fue antes. Cuando solo eran dos chicos más intentando sobrevivir a los tragos, las manos ajenas y las noches interminables.
Ahora, el silencio entre ellos dice más que cualquier broma.
Jimin camina hasta su antigua oficina en el fondo. Ahora se supone que es “administrador”. Revisa papeles, horarios. Repite que está allí por trabajo. Pero sabe que solo vuelve porque en este lugar, al menos, puede respirar. Un poco.
Hoseok le deja una bebida sin alcohol en el escritorio. Le aprieta la mano sin decir nada. Luego se aleja.
Esa noche no hay gritos. No hay sangre. Solo un cielo negro sobre Seúl, y una cama fría demasiado grande.
Jimin se acuesta y cierra los ojos. Imagina cosas imposibles: una ventana abierta, un pasaporte falso, una vida sin miedo.
Luego gira la cabeza hacia el costado. En la mesita, el celular.El punto verde sigue parpadeando.
“Por ti, hermanito... aguanto un día más.”
Y se duerme. O algo parecido a eso.
Al principio no entiende qué está viendo. Todo está borroso. Es de noche.
Huele a lluvia. A sangre.
Las luces del vestíbulo parpadean mientras él camina por la casa. Lleva una mochila colgando de un hombro. Acaba de volver de la universidad. Hay un silencio raro. No el habitual. Este es espeso. Tenso. Casi... sucio.
—¿Umma? —llama.
Nadie responde.
Los zapatos le suenan huecos sobre el suelo de madera. Ve una flor rota en el piso. Un jarrón estrellado contra la pared. Un tacón en medio del pasillo.
La puerta del salón está entreabierta.
Cuando la empuja... el mundo se detiene.
Su madre está en el suelo. El cabello desparramado, la cara desfigurada por el miedo y la sangre. Los ojos abiertos, vacíos.Su padre junto a ella, con un disparo limpio en la cabeza.Un charco rojo, espeso, que se extiende lentamente como si intentara alcanzarlo.
—No... no... —la voz de Jimin sale quebrada, infantil.
Retrocede. Tropieza. Cae.
De pronto escucha pasos. Pesados. Lentos. Sabe que no está solo.
Ve una sombra cruzar la entrada. Un hombre elegante, traje oscuro, mirada serena. Una sonrisa torcida. Fría.
—Llegaste temprano —dice Lee Soo-hyuk, como si estuviera comentando el clima.
Jimin grita. Corre. Pero sus piernas no responden. Está atrapado.
—Tu familia cometió errores. Ahora tú vas a corregirlos.
Lee Soo-hyuk se inclina. Le agarra el rostro con fuerza. Los ojos de Jimin tiemblan.Siente el aliento del hombre. Huele a cigarro caro y sangre caliente.
—Vas a pagar su deuda, Jimin. Empezamos ahora.
Jimin se despierta empapado en sudor. Las sábanas están húmedas, enredadas entre sus piernas. El corazón le golpea el pecho como si fuera a romperlo.
Mira el techo. Respira hondo. Una. Dos. Tres veces.
La mansión está en silencio. Pero él no.
Por dentro, está gritando.
Hola traigo una nueva historia, :3 espero que les guste...
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Nos Leemos








