No soy para ti | Jensoo

Summary

Jennie, una máster en negocios, está acostumbrada a tener todo y a todos bajo su control junto a su socia y mejor amiga: Lalisa. Con un chasquido de dedos, Jennie consigue todo lo que quiere. Sin embargo, su vida comenzará a cambiar cuando tenga que compartir sus días con Jisoo; un alma dañada, pero inocente." — jisoo top (g!p) — está historia es una adaptación. todos los créditos correspondientes a C All love | https://m.fanfiction.net/u/3117285/

Genre
Lgbtq
Author
Ana
Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: "El piso 10"

Por las calles de Nueva York

—Aún no entiendo por qué tenemos que hacer esto —Lalisa Manoban caminaba por las calles de Nueva York cruzada de brazos y con una postura que decía a gritos: "AL PRIMERO QUE SE CRUCE POR MI CAMINO LE TOCAN TODOS LOS NÚMEROS PARA LA RIFA DE LA MEJOR PATADA EN EL TRASERO DEL UNIVERSO".

—Ya te lo he explicado millones de veces, Lisa —le explicaba pacientemente su mejor amiga. Al contrario de Lisa, Jennie Kim caminaba por las calles de Nueva York sin necesidad de atropellar a nadie. La rubia sabía que tenía esta ciudad en la palma de su mano y que no hacía falta ningún esfuerzo para mantenerlo así. Tan solo con la más insignificante de sus miradas podía hacer que el señor que vendía panchos en esa esquina perdiera su empleo. O que la mujer que ahora limpiaba los vidrios de su pequeña tienda de cupcakes mientras tarareaba una insulsa canción de Taylor Swift perdiera su negocio antes de que terminara de tararearla. En fin, con un solo llamado, Jennie Kim podía hacer que esa mujer se quedara sin trabajo. No podía evitarlo, tenía un don para los negocios y lo sabía.

—Pues para tu padre es fácil decirlo porque él vive en una mansión en Los Ángeles llena de gente para servirlo, con una pileta en su enorme jardín y lleno de comodidades para relajar su viejo trasero mientras tu madre se hace su quinto masaje del día con esos chongos musculosos que le gusta que la manoseen —siguió quejándose la tailandesa—. En cambio nosotras llevamos toda la mañana perdidas tratando de buscar un insulso departamento para vivir.

—Lisa...

—Lisa nada —lo interrumpió la tailandesa frenándose en la calle para enfrentar a su amiga—. Somos millonarias, Jennie —dijo con furia—. Que digo millonarias, somos multimillonarias —lo dijo con más furia aún—. Si quisiéramos podríamos comprarnos un edificio para cada una en la más lujosa de estas calles —revolcaba los brazos señalando cualquier cosa con tal de que le sirviera para apoyar su punto.

—Si hiciéramos eso tendríamos la prensa en nuestros talones antes de que alcanzaras a tener sexo con Rosé en cada rincón de ese edificio, Lisa. Alertaríamos a la competencia y todos nuestros negocios se irían a la mierda... a la mier...da. Todo el esfuerzo, toda la investigación que hicimos y todo lo invertido hasta el momento se echaría a perder también —respondió Jennie sin perder la calma—. Además —siguió antes de que su amiga la interrumpiera— si no me equivoco, fue idea tuya que nos mudáramos a esta ciudad para ganar nuevos mercados. Y si eso es lo que quieres, es mejor hacerle caso a papá y buscar un departamento en el que pareciera que no viven las dos dueñas multimillonarias de Kim Manoban Inversiones —le dijo nombrando a su compañía para luego seguir su caminata dando por finalizada esa conversación.

Lisa se quedó pensando con el ceño fruncido y apenas se dio cuenta de que Jennie había avanzado demasiado, apresuró el paso para seguirla.

—¿Al menos podemos tener jacuzzi? —preguntó habiendo recapacitado.

—Una vez que consigamos el departamento puedes hacer lo que se te plazca —le dijo la empresaria—. Pero recuerda que es una situación de pocos meses —puntualizó—. Una vez que sepan que estamos ganando terreno en esta ciudad, adiós pobreza —dijo—. Tú te puedes ir a vivir con Rosé o con quien quieras y yo con Taehyung —definió.

—Claro, si tu novio se decide a venir a vivir contigo —retrucó la tailandesa riendo maliciosamente—. Tú sabes cómo le cuesta a Taehyung dejar las prostitutas de Los Ángeles —agregó esperando despertar la ira de Jennie Kim, después de todo alguien tenía que pagar por lo que ella estaba viviendo.

La rubia no contestó y eso le dio pie a Lisa para seguir atacando al hombre.

—O peor, imagínate cuando le digas que lo piensas poner a trabajar en la oficina haciendo que se le reduzcan las horas que tiene para rascarse sus partes íntimas... ¡SE MUERE! —exclamó—. Todavía seguimos debatiendo con Rosé y los demás de qué color deben tener sus bolas. Dudo que después de tanto rascadera tengan el mismo color que...

Jennie no había tenido que decir nada. Simplemente había girado y había enfrentado la cara de su amiga, había localizado sus ojos con los de la otra y con solo ese gesto había logrado el temor en Lalisa Manoban. Después de todo ella era Jennie Kim, dar miedo era su especialidad. No era que no supiera de la obsesión de su novio por las prostitutas, ni tampoco que era un vago. Tan solo prefería ignorarlo, y con Lisa y el resto de sus amigos puntualizándolo a cada rato, eso no era posible. Estar con Taehyung y aguantar su estupidez era mucho más sencillo que buscar a alguien más para que estuviera a su lado. El chico era carilindo, se vestía bien y sabía desenvolverse socialmente. El resto estaba sobrevalorado.

Después de eso caminaron en silencio, una al lado de la otra. De vez en cuando Lisa soltaba un insulto a alguien que se atrevía a siquiera preguntarle la hora o venderle algo, pero más allá de eso, el silencio cruzado con la ruidosa ciudad era lo que prevalecía.

—Señorita Manoban, Señorita Kim —la agente inmobiliaria con la cual habían quedado en encontrarse en un cierto punto de la ciudad las saludaba con temor.

—Señora Manoban Park  para usted —la corrigió de mala forma Lisa—. Si no hubiera tanta gente inútil para bailar, mi esposa no tendría que enseñarles a hacerlo y estaría aquí a mi lado para elegir este estúpido departamento, y estaría evitando de alguna forma que usted me mirara los pechos de la forma en que lo está haciendo —le dijo sin vergüenza.

La mujer sacó los ojos de esa parte del cuerpo de la tailandesa y, sonrojada, volvió a hablar.

—Lo siento, mu...

—Deje las disculpas para otro momento —la interrumpió Jennie sin mirarla. Al contrario, Jennie se estaba dedicando a analizar el edificio que tenía enfrente. Siendo tan intuitiva, de alguna forma u otra ya había adivinado que en ese edificio estaba el departamento que la descarada agente les quería mostrar—. Lisa sabe cuáles son sus armas —habló nuevamente Jennie—. Ella ya sabía que usted le iba a mirar las tetas desde el primer momento que salió del hotel con ese vestido —explicó Jennie mientras pasaba su dedo por la puerta de entrada del lugar, sin darse cuenta de que la agente inmobiliaria estaba siendo acechada por Lisa—. Además, si Lisa ya estuviera casada con Rosé, a mi novio ya le hubiera crecido su pene un par de centímetros más, que mal no le vendrían —aportó un desagradable comentario—. Lisa es tan cobarde que va a llegar antes el apocalipsis antes de que ella reconozca que está enamorada de Rosé —siguió hundiendo a su amiga.

Mientras Jennie explicaba el comportamiento de su amiga, la tailandesa, con una sonrisa traviesa en su rostro y sin importarle ninguna de las palabras que Jennie había dicho, eligió cerrar la distancia que la separaba de la vendedora y ahora le respiraba cerca de sus oídos.

—Tal vez si nos consigues un buen trato por la baratija de departamento que nos estás por enseñar —le dijo al oído poniendo nerviosa a la mujer—, te dejo mirar mis tetas por un rato más —agregó apoyando sus pechos en la espalda de la misma—. Y si tienes suerte puede que... puede que te deje tocarlas —finalizó rozando la oreja de la mujer con la punta de su lengua.

Jennie giró los ojos y decidió interrumpir el jueguito de Lisa abriendo la puerta del edificio.

—Déjate de tonterías, Manoban —le dijo avanzando más en el interior del lugar—. Si es posible, quiero terminar con esta estupidez hoy mismo —agregó evaluando el estado de los ascensores—. Si sigues así, vamos a tener que esperar a que esta... —la rubia miró a la agente inmobiliaria de arriba abajo, la cual apenas se había percatado de las palabras de Jennie y se había apresurado a seguir sus pasos hacia el interior del edificio— ...que esta desesperada mujer se vaya a cambiar su arruinada ropa interior —lo dijo de la forma más desagradable posible—. Usted debería empezar a hacer su trabajo —terminó de decir mientras se subía al ascensor.

—No puedo evitarlo —le dijo Lisa sin cuidado alguno—. Me encanta ver cómo las mujeres pierden las bombachas por mí —agregó mirando a la tercera mujer que subía al ascensor sin una gota de dignidad de reserva.

—¿Va a apretar el botón del piso o eso también lo tengo que adivinar? —presionó Jennie mirando directamente a la vendedora. Lisa reía mientras se observaba y arreglaba en los espejos del transportador.

Ni lerda ni perezosa, la tercera mujer apretó varias veces el botón número 9 que las iba a llevar al departamento y soltó un enorme suspiro. Su jefe ya le había advertido con qué clase de gente estaba tratando, al igual que le había resaltado la jugosa comisión que iba a ganar si conseguía este trato, y estaba dispuesta a aguantar lo que sea con tal de ganársela.

—Bueno, por empezar —apenas bajaron del ascensor, la vendedora, ansiosa de terminar con esta tarea, empezó a hacer su trabajo y mientras sacaba de su bolsillo la llave para abrir el departamento que pensaba alquilar, les hablaba del objeto en interés—. Déjenme decirles que este departamento cuenta con un diseño posmodernista, con toques de inspiraciones renacentistas y... ¿Señorita Kim? —la mujer se había dado cuenta de que solo había una de sus clientas prestándole atención, y eso si se puede decir que prestar atención y mirarle la cola a la vendedora era lo mismo—. ¿A dónde va? —le preguntó la mujer a Lisa mientras ambas veían cómo Jennie subía las escaleras hacia el último piso.

—¿Quién sabe? —respondió la tailandesa girando los ojos mientras se disponía a dejar de mirarle la cola a la vendedora para seguir a su compañera de negocios.

Apenas llegaron al siguiente y último piso del edificio se encontraron a Jennie inspeccionando la puerta con detalle.

—Señorita Kim —la vendedora llegaba a su lado agitada—. Este no es el departamento que tengo para ofrecerle —insistía señalando el piso de abajo.

—Quiero que me muestre este —le dijo secamente la rubia.

—Eso no es posible —afirmó la mujer.

Lisa hizo una mueca de desesperación y esperó lo inevitable. Conocía demasiado bien a su amiga como para saber que lo que quiere lo consigue. Y la postura que tenía Jennie en este momento le decía que iba a ir por ello sea como sea.

—Tenía entendido que su agencia manejaba todas las rentas de este edificio, ¿no es así? —preguntó ya sabiendo la respuesta.

—Sí, eso es cierto, pero...

—Tenía entendido que su jefe sabía con quiénes estaba tratando —agregó sin pestañear.

—Sí, pero...

—Y si no me equivoco, la decisión que Lisa y yo tomemos le va a dar una comisión tan grande que usted —dio un paso hacia la mujer— estaría dispuesta a tener sexo con mi amiga —ni se molestó en prestarle atención a la risa de Lisa— en el mismísimo cuarto de limpieza del conserje —finalizó con un susurro—. ¿Estoy en lo cierto? —volvió a preguntar.

Sin vergüenza y sin palabras, la mujer movió su cabeza afirmativamente.

—Entonces... —Jennie iba a terminar con lo que quedaba de la pobre mujer— ...dígame por qué, en vez de estar abriendo el departamento para mostrármelo, está diciéndome que es imposible y arriesgándose a perder su empleo —seguía presionando, pero ahora miraba nuevamente a la puerta.

La mujer tragó saliva y con manos temblorosas agarró su celular.

—De... deme un momento, por favor —se alejó de ambas con pasos rápidos para hacer la llamada que, como Jennie ya había predicho, iba destinada a su jefe.

—¿El cuarto de limpieza del conserje, Jennie? —le preguntó Lisa que nuevamente tenía sus ojos en el trasero de la vendedora—. ¿En serio? Si la agarra, no llega a entrar ni al edificio.

Irritada por la pérdida de tiempo y con su vista en su propio celular, Jennie contestó:

—No vale la pena. He visto mejores.

Antes de que la tailandesa pudiera seguir replicando, la mujer volvía hacia ellas un poco más calmada.

—No va a haber problemas con que les muestre este departamento —dijo segura de sí misma mientras revolvía en su cartera en busca de las llaves que le dieran la tan famosa comisión—. La actual inquilina lleva tiempo buscando a alguien para compartirlo y...

—¿QUÉ? ¿QUÉ? ¿ACTUAL INQUILINA? NO, NO, NO Y NO —Lisa había escuchado bien—. Jennie... —giró en busca de su amiga pero se dio cuenta de que tanto ella como la desesperada mujer ya se habían adentrado en el departamento.

—Este departamento cuenta con cuatro habitaciones. Me temo que dos de las cuales ya están ocupadas por...

—¡JENNIE! ¿CUÁL DEMONIOS ES TU PROBLEMA? —la frenó del brazo interrumpiendo a la agente—. YA ES DEMASIADO CON QUE TENGO QUE VIVIR EN ESTA COCHINA POCILGA, NO VOY A SOPORTAR QUE ME HAGAS AGUANTAR A GENTE QUE PROBABLEMENTE SEA TAN DESAGRADABLE COMO EL FALSO ROLEX DE ORO QUE USA ESTA MUJER —no podía probar su punto sin humillar a la otra mujer.

Lejos de frenarse a pensar en las protestas de su amiga, Jennie se quitó el brazo que la sostenía y siguió inspeccionando el lugar. El departamento tenía una amplia sala de estar que carecía de todo tipo de decoración. Lo único que llamaba la atención era la máquina para hacer pectorales rodeada de varias pesas extras a su alrededor, que se ubicaban en una esquina de la sala justo al lado de la gran ventana que dejaba ver la hermosa ciudad donde estaban ubicadas. En la esquina opuesta estaba la humilde y sencilla cocina, mientras que un largo pasillo dejaba ver las cuatro puertas que, como la vendedora había dicho, eran las habitaciones. Una de estas tenía una enorme señal de "NO ENTRAR" en el medio. Demás está decir que esa fue la primera puerta que Jennie trató de abrir sin tener éxito alguno. Por último, en el fondo del pasillo estaba el baño que, muy a pesar de Lisa, era el único del lugar.

—NO, NO... —Lisa se interponía en la inspección de Jennie—. BORRA ESA ESTÚPIDA SONRISA DE LA CARA —le dijo duramente—. NO VAMOS A VIVIR AQUÍ —insistió.

—No solo la vista es hermosa —la vendedora seguía haciendo su trabajo—, sino que tam...

—¡CÁLLESE! —la frenó Lisa haciendo que la mujer mirara al piso y rezara por una pronta finalización de este día—. Jennie... —iba a probar de otra forma—. No podemos vivir aquí, aquí ya vive alguien —le dijo—. Alguien... —miró el desorden que había en el lugar— ...alguien desagradable y que no conocemos —puntualizó—. Estoy segura de que ni siquiera Rosé va a querer vivir aquí —de hecho no estaba segura, pero eso no importaba ahora—. ¿Por qué no vemos el departamento de abajo? Estoy segura de que a esta mira tetas no le va a importar. ¿Cierto? —le preguntó a la vendedora, que se apuró a asentir rápidamente.

—Pero este es el piso diez —dijo Jennie como si estuviera dando la explicación más razonable del mundo.

Lisa giró los ojos.

—No empieces con la estupidez de tu estúpido número de la suerte, Jennie.

—No es una estupidez —la corrigió inspeccionando las películas que estaban cerca del televisor—. Además, este es el último piso —le dijo—. Sabes bien que me gusta estar arriba de todo.

—Ya lograste que la oficina lo estuviera, Jennie —le dijo la tailandesa recordando cómo su rubia amiga había hecho uso y abuso de sus habilidades, de sus contactos y de cualquier cosa que estuviera a su mano para quedarse con el último piso del edificio que iba a ser el domicilio oficial de su empresa—. No puedes darle un descanso a tus obsesiones —le dijo irritada—. ¡Por Dios! ¡Mira! —Lisa había agarrado uno de los DVD—. ¡Forrest Gump! ¿Quién diablos mira hoy en día esta película? —ya decía cualquier cosa con tal de que su amiga desistiera de esa endemoniada idea.

—¿Tengo que recordarte cómo lloras cada vez que Bubba se muere en la guerra? —atacó Jennie—. Además, no tienes de qué preocuparte, Lisa —le dijo con tranquilidad—. ¿Cuánto crees que tardaré en sacar a esta persona de NUESTRO departamento? —le preguntó—. ¿Acaso no me conoces? —agregó sabiendo perfectamente la respuesta.

Cuando Jennie vio que su amiga se había quedado sin preguntas ni palabras, miró a la vendedora.

—Mañana mismo nos mudamos —aseguró sin una pizca de duda en su tono al mismo tiempo que la puerta de entrada se abría.

—¿Quién se va a mudar a MI departamento? —la actual inquilina hacía acto de presencia.

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