El cazador que mato al Heroe.

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Summary

El héroe fue elegido por Dios. Intocable. Invencible. Destinado a salvar el mundo. Pero una noche comenzó a correr. En lo profundo de un bosque donde la luz no debería existir, el símbolo de la esperanza huye como una presa herida. Su bendición divina no detiene las flechas que lo persiguen. Durante semanas, algo lo ha estado cazando. No es un demonio. No es un ejército. No es un dios rival. Es un hombre. Un cazador común… cuya aldea fue destruida por el capricho del héroe. Y ahora el elegido de Dios descubrirá algo que nunca aprendió: Ser invencible no significa ser inocente.

Status
Ongoing
Chapters
14
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prologo

En una noche tan oscura que parecía devorar el mundo, no había luz capaz de atravesar por completo la espesura del bosque. Ni siquiera la luna lograba penetrar el techo de ramas y hojas; apenas unos cuantos rayos plateados se filtraban entre los árboles como delgadas cuchilladas de luz.

Bajo aquel tenue resplandor se distinguía la figura de un hombre vestido con una armadura blanca y dorada, ahora sucia, abollada y cubierta de barro y sangre seca.

El caballero giraba la cabeza de un lado a otro con respiración agitada. Sus movimientos, antes firmes y seguros, revelaban un agotamiento extremo. Tenía el rostro demacrado, los labios resecos y los ojos hundidos por el cansancio, el hambre y la sed.

Al divisar un río, avanzó tambaleante hasta la orilla. Miró a su alrededor por última vez y se arrodilló para recoger agua entre las manos.

Entonces, un silbido cortó el silencio.

El hombre reaccionó por puro instinto. La flecha pasó rozando su mejilla y dejó un fino corte del que brotó un hilo de sangre.

El agua escapó de entre sus dedos.

Retrocedió arrastrándose sobre el barro, jadeando, y enseguida se puso de pie con torpeza. Desenvainó su espada y adoptó una guardia desesperada.

La hoja, que en otro tiempo había resplandecido como el símbolo de la esperanza de la humanidad, lucía ahora opaca y mellada. Hacía meses que no recibía mantenimiento.

El caballero escudriñó la oscuridad.

No vio nada.

Solo árboles.

Sombras.

Silencio.

Entonces, un segundo silbido atravesó la noche.

Alzó la espada y desvió la flecha con un golpe seco.

Pero aquella flecha no venía sola.

Una segunda surgió detrás de la primera.

Y esta vez, el agotamiento fue más rápido que sus reflejos.

La flecha se clavó en su costado.

El hombre se tambaleó hacia atrás, al borde del río, y cayó de rodillas. La espada resbaló de su mano y quedó hundida en el lodo.

Con el rostro desencajado por el miedo, alzó la vista hacia el cielo oculto por las copas de los árboles y gritó con desesperación:

—¡Dios! ¡Soy tu elegido! ¡El héroe! ¡¿Por qué estoy siendo acorralado por un simple mortal?!

No alcanzó a terminar.

Una tercera flecha atravesó su hombro.

El impacto lo hizo rodar por la pendiente hasta caer al río.

El agua helada lo envolvió de inmediato.

Intentó nadar, pero la corriente era demasiado fuerte y su cuerpo estaba demasiado exhausto para resistir.

Apenas logró mantenerse a flote unos instantes antes de hundirse.

La corriente se lo tragó.

Cuando abrió los ojos, la noche seguía allí.

Como si no hubiese transcurrido más que un instante.

Tosiendo con violencia, se arrastró hasta la orilla. Al levantar la vista comprendió que había sido arrastrado por una cascada.

Se dejó caer de rodillas y extendió las manos hacia el agua.

No alcanzó a beber más que un par de sorbos.

Otra flecha surcó el aire directamente hacia él.

Alzó la mirada.

En lo alto de la cascada, recortada contra la oscuridad, se alzaba la silueta de un hombre encapuchado.

La noche ocultaba su rostro.

Pero su sola presencia resultaba aterradora.

El héroe sintió cómo el pánico le oprimía el pecho.

—¡Vete!

Su grito se quebró en el aire.

Sin esperar respuesta, se puso de pie y echó a correr hacia las profundidades del bosque.

El héroe logró ocultarse en una cueva.

Gracias a la densa cobertura del bosque, incluso desde el aire resultaba difícil detectar aquella abertura entre las rocas. Por primera vez en días, creyó haber encontrado un refugio seguro.

Jadeando, avanzó hacia el interior en busca de un lugar donde descansar. No le importaba dormir sobre la piedra desnuda; necesitaba recuperar aunque fuera una fracción de sus fuerzas. Llevaba días siendo perseguido y apenas había conseguido unos minutos de sueño entre una emboscada y otra.

Apenas dio unos pasos, sus piernas cedieron.

Cayó al suelo y cerró los ojos.

Pero no transcurrieron ni cinco minutos.

Una flecha le atravesó la pierna.

—¡AAAHHH!

El héroe abrió los ojos de golpe y, con el rostro desfigurado por el dolor, volvió la vista hacia la entrada de la cueva.

Allí estaba.

La silueta encapuchada del hombre que lo había perseguido sin descanso.

El heroe se puso en pie tambaleándose y echó a correr hacia la salida opuesta.

Cada paso era una punzada insoportable, pero el instinto de supervivencia fue más fuerte que el dolor.

—¡¿Qué hice para merecer esto?!

No hubo respuesta.

Ni siquiera escuchó el silbido de la siguiente flecha.

Solo sintió el impacto brutal cuando el proyectil se incrustó en su espalda.

—¡Argh!

Cayó de bruces contra el suelo.

Entonces lo comprendió.

Cada disparo había sido calculado con precisión monstruosa. Ninguna flecha buscaba matarlo de inmediato. Todas se clavaban en zonas dolorosas, pero no letales.

Aquel hombre no quería acabar con su vida.

Quería verlo sufrir.

—¿Dónde salió todo mal...? —murmuró con la vista cada vez más borrosa.

Sin fuerzas para levantarse, comenzó a arrastrarse por el túnel rocoso hasta emerger al borde de un acantilado.

Allí se detuvo.

Se volvió con dificultad, jadeando, con el cuerpo al límite de sus fuerzas.

—¡¡¡AAAHHH!!!

Intentó rugir con toda la desesperación que le quedaba, pero el grito murió casi al instante.

Sus habilidades habían dejado de responder.

Su bendición divina parecía inútil.

Su resistencia se había agotado.

Quedó inmóvil, tendido sobre la tierra húmeda, esperando.

Sin apartar la vista del cielo nocturno, escuchó unos pasos acercándose lentamente.

No giró la cabeza.

Ya no tenía fuerzas ni siquiera para mirar a su perseguidor.

—¿Tanto me odias?

El hombre no respondió.

—¿Ni siquiera me dirás tu nombre?

Silencio.

Luego escuchó cómo se arrodillaba a su lado.

Y el sonido de una hoja afilada abandonando su funda.

—¿Eres mudo o qué...?

No terminó la frase.

Un dolor insoportable le arrancó un alarido cuando el hombre comenzó a desprender la piel de su pierna derecha.

—¡AAAHHH! ¡Maldito hijo de perra! ¡Dime qué quieres! ¡Te daré cinco veces más de lo que te pagaron! ¡Mata al que te contrató!

Sus palabras se perdieron en la noche.

El encapuchado continuó su trabajo en absoluto silencio.

Cuando terminó, se puso de pie y se colocó frente al héroe.

Por primera vez, el heroe pudo ver sus ojos.

Fríos.

Vacíos.

Inmutables.

—Sobrevive un poco más —susurró el hombre.

Acto seguido, lo pateó.

El heroe cayó por la ladera entre rocas y ramas.

—¡T-te mataré...!

Cuando recuperó la conciencia, el dolor en su pierna era tan intenso que apenas podía respirar.

Se arrastró unos metros, dejando un rastro de sangre sobre la tierra.

La carne expuesta ardía como si estuviera siendo consumida por el fuego.

Entonces escuchó un clic.

Demasiado tarde.

Una trampa oculta se activó.

Varias agujas metálicas descendieron desde lo alto y se clavaron de lleno en la carne despellejada de su pierna.

Su grito resonó en toda la oscuridad del bosque.

Intentó resistir.

Pero cada una de las agujas clavadas en su pierna le provocaba un dolor tan intenso que parecía arderle hasta los huesos. Con la carne expuesta y el cuerpo al borde del colapso, le resultaba imposible continuar.

Desesperado, intentó morderse la lengua para poner fin de una vez a aquel tormento.

Y lo consiguió.

La sangre llenó su boca.

Por un instante, creyó que al fin podría morir.

Entonces escuchó unos pasos acercándose lentamente.

«Ja... ja... ja... Ya no podrás salvarme para seguir divirtiéndote conmigo.»

Sintió que lo volteaban sobre la espalda.

Luego oyó el sonido metálico de un cuchillo.

Un dolor agudo atravesó su boca.

El hombre le había cortado la lengua.

Un instante después, el calor del fuego cauterizó la herida para impedir que muriera desangrado.

Ni siquiera le permitió esa salida.

El héroe perdió la noción del tiempo y terminó por desmayarse. Y solo escucho unas últimas palabras del hombre.

—Si tan solo hubieras pasado de largo Alaric.

Cuando volvió a abrir los ojos, la luz del amanecer se filtraba entre las ramas.

—¿A... go... ge... e... toy...?

Las palabras salieron deformes, convertidas en sonidos irreconocibles.

Intentó mover la lengua.

No pudo.

Solo entonces comprendió lo ocurrido.

Su perseguidor le había arrancado la lengua.

Y luego le había salvado la vida.

—¡GGGHHHAAAAA!

Un grito gutural escapó de su garganta.

Sin otra opción, comenzó a arrastrarse una vez más, buscando cualquier cosa que pudiera acabar con su sufrimiento.

«Maldito Lucian... Te dejaste matar por un simple campesino... y me abandonaste a su merced.»

La rabia y la desesperación eran lo único que aún lo mantenía en movimiento.

Pero pasaron dos días.

Dos días enteros sin encontrar una forma de morir.

Cada vez que perdía el conocimiento, el hombre regresaba.

Le daba solo la cantidad mínima de agua y alimento necesaria para mantenerlo con vida.

Ni más.

Ni menos.

Lo suficiente para que siguiera sufriendo.

Y cada vez que despertaba, Alaric no tenía otra opción que continuar arrastrándose.

A lo lejos, oculto entre los árboles, su perseguidor observaba en silencio cómo el héroe se retorcía de dolor y avanzaba como un animal moribundo.

Finalmente, el hombre cerró los ojos.

La imagen de su hija apareció en su mente.

Su sonrisa.

Su voz.

Su risa.

Y con ese recuerdo, Saúl volvió a pensar en el pasado.