El Caso Algodonero; la ninochka de David

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Summary

El día más deseado para David Alberto es su cumpleaños número 21, pues solo a esta edad es permitido que deje su casa, herede el trabajo de su padre y pueda valerse por sí mismo, son las reglas. David creyó estar listo para la vida adulta, desde muy joven estuvo soñando con ese momento, pero su padre le ha dado un regalo que no esperaba: una Ninochka; una mujer educada para complacer y satisfacer al hombre. Sí, eso suena bien, sin embargo, ella es negra y eso, para un racista, es una mierda. La situación empeora cuando se ve enfrentando un pasado que por tantos años decidió normalizar, mostrando ante sus ojos una cruda realidad. El crecer no es cosa solo de la edad, es de las experiencias y la sabiduría con las que las enfrentas, y David Alberto crecerá junto a su grupo con el fin de poder salvar a su hermana de ser vendida como una Ninochka.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

PROLOGO

La chica frente de él comenzó a temblar luego de la declaración dicha en voz alta y eso lo hace hacer una mueca, es desagradable.

David Alberto tiene muy claros sus gustos y disgustos, y las gordas le dan asco. No puede creer que la vaca frente suyo tuviera el valor suficiente como para hablarle y peor aún, pedirle salir luego de confesar sus románticos sentimientos por él.

No pidió algo sencillo como ir a caminar, salir a tomar un café o ver una película de cartelera, no; ella quería una cita: flores, chocolates, una comida para compartir y que la acompañara a la puerta de su casa. Ellos no han hablado con anterioridad siquiera; él no sabe ni su nombre.

Qué ridícula e ingenua, ¿por qué siquiera creyó que era buena idea confesar sus sentimientos en la escuela?

Suelta un suspiro por la nariz, pasea la mirada un rato por su alrededor en busca de qué palabras usar para rechazarla; se da cuenta de que su hermana se encuentra cerca y también sus amigos, obvio que había más gente en el lugar ¡Es la maldita explanada!

Está siendo el centro de atención y por culpa de una estúpida que soñaba con tomar su mano.

No la culpa, de hecho, es comprensible; él es el chico perfecto. Tiene las características físicas que cualquier chica de 16 años buscaría, pero en definitiva ella no era el tipo de nadie. «Tal vez de un taquero; sacaría mucha carne de ella», piensa, haciendo a sus labios formar una sonrisa burlona.

Al notar a sus amigos murmurar entre ellos, sonriendo cual zorros ante lo que sea que estén diciendo, está seguro las apuestas han iniciado y los conoce tan bien que piensa darle el gane a su mejor amigo.

Vuelve sus ojos a la atrevida que se le ha declarado: las grandes mejillas sin ninguna imperfección se encuentran sonrojadas y los ojos azules que parecen trozos del cielo veraniego están vidriosos debido a las lágrimas contenidas; parece ser que ya se sabe la negativa respuesta, pues incluso juega de forma nerviosa con los dedos regordetes de sus pequeñas manos.

Aquello hace a David Alberto parpadear repetidas veces; sus compañeras de salón se maquillan entre clase, fingen seguridad y llevan accesorios en sus muñecas, algo que la escuela tiene prohibido. Decide dar un repaso completo al cuerpo grande y luego de escanear la forma tan correcta en que ella lleva el uniforme, lo bien peinado que tiene el cabello ondulado y la nula existencia de maquillaje, frunce el ceño; tal vez decirle “no” tan rápido no era lo más prudente.

Es obvio que es una persona que ha dejado de lado la vanidad y se ha centrado en los estudios. Eso puede usar a su favor; podría usarla más adelante.

No es que él sea tonto o se le dificulte el estudio, es solo que no puede desperdiciar su tiempo haciendo tareas idiotas que sus profesores deciden poner día con día; si puede deshacerse un poco de sus quehaceres escolares para tomar siestas o centrar su atención a sus prácticas, ¿por qué no aprovechar?

—¿Cómo te llamas? —Pregunta, sonriendo como el buen niño que su abuela le ha ensañado ser, mostrando así el hoyuelo de su mejilla derecha— Quiero saber el nombre que porta la valiente que tengo en frente de mí —con eso dicho, la cara de la chica se pone colorada.

<<Vaya, ahora parece una roja bola de billar. Qué asco>>. Se contiene de hacer una mueca de desagrado.

—Me llamo Esmeralda —la respuesta es apenas un susurro, cosa que él detesta. ¿Dónde estaba la valentía de hace rato? Es claro que su confesión fue un impulso de estupidez.

Si Dios le había dado el regalo de hablar, debería de hacerlo bien y no parecer una tonta.

—“Esmeralda”, qué lindo nombre — <>. Desvía un poco la mirada, dejándola caer en las pequeñas manos de ella; están temblando y no duda que estén sudando de igual forma—. Verás, Essie, ¿te puedo llamar así?

—¡Sí! — ¿En serio es necesario emocionarse tanto por tan poco? Sinceramente no lo entiende— No hay ningún problema, nunca me han llamado así, pero en definitiva es muy bonito y —David hace una fina línea con los labios; la pobre está hablando tan rápido que parece que el diablo viene tras de ella, lo que le resulta gracioso.

—Bien, bien. Tranquila —Usa las manos para hacer señas que baje el volumen, no solo porque la pueden escuchar y llamar así más la atención, sino porque está seguro de que se vendrá mordiendo la lengua si sigue así y él no duda que se va a reír—. Essie, me encantaría salir contigo, pero tengo mucha tarea que hacer y es de la materia que más se me complica, lo siento —se pasa la mano derecha por la nuca, rascando con fingido nerviosismo y pena la zona, puede escuchar la risa de sus amigos. Los cabrones lo conocen bien—. Lo siento mucho.

—Oh, bueno —qué lindo es para él ver la tristeza aparecer en esa estúpida, más porque sabe lo que sigue a continuación.

Se vuelve a disculpar, esta vez usando un tono bajo y triste, sonríe de lado y se da la vuelta; se acomoda la solapa de la mochila que lleva en el hombro izquierdo y comienza a andar hacia sus amigos, los cuales ponen una cara neutral, como si solo estuvieran esperándolo para irse.

Sabe muy bien que no es así, que los cabrones se van a esperar a llegar al salón para reírse de él sin darle oportunidad de escapar, sin embargo, se la van a pelar, porque él no será la burla de nadie. No ese día.

Por dentro, David Alberto comienza a contar cada paso que da, no duda que su mejor amigo, a diferencia de los otros, lo esté haciendo de igual forma. Las apuestas bien dichas son las que mayor peso tienen.

<<Uno, dos, tres, cuatro, cinco… >>

—¡Puedo ayudarte! —El grito por fin viene y aunque va a llamar mucho la atención, la vaca se ha ganado su premio.

Él sonríe a sus amigos quienes tratan de disimular la risa, pero al ser eso imposible deciden darle las espaldas, lo que le hace soltar una risilla.

—¿Disculpa? —voltea a verla sobre el hombro, luciendo desconcertado— ¿Qué dijiste?

—Puedo ayudarte —Camina a él, acortando la distancia que él había logrado obtener—, para que acabes rápido y, bueno, podamos salir —«Vaya, parece que sí tiene huevos»

—¿En serio harías eso? —pregunta, girando todo su cuerpo a ella para poder verla con aquella mirada que su abuelo tanto le enseñó— No puedo aceptarlo, Essie; sería muy malo de mi parte.

—Pero quiero hacerlo.

—¿Estás segura? —Duda mucho que estén cursando el mismo grado, pero eso ella debe saberlo bien y que esté decidida a pesar de eso es de aplaudir.

—Sí, lo estoy.

—Muchas gracias —Da un paso a ella y se retira la mochila, la cual tiende a ella—. Deberías llamarte ángel —los carnosos labios de ella se elevan al tomar en brazos el bolso estudiantil, formando una sonrisa sin mostrar los dientes—, eres mi salvación.

Ella ríe nerviosa y eso por poco lo hace dejar de sonreír, el sonido era como el pedo de un hipopótamo o como el ruido de un delfín con asma.

«Qué asco, ¿acaso no había alguien que le dijese que debería cambiar eso? Un amigo que procurara su imagen para bien es lo que ella necesita»

Para seguir con la actuación, decide darle un leve apretón en el hombro y al hacerlo, ve confundido la palma de su mano al sentir. Es suave. Regala a Esmeralda una sonrisa más de niño bueno antes de dar la vuelta y empezar a andar, huyendo de esa vaca antes de que se lo coma.

Cuando llega con sus amigos, ellos le palmean la espalda felicitándolo por lo que había hecho y reconocen, una vez más, lo buen actor que es. David no agradece, solo los obliga a darle parte de lo que habían apostado; Joel, un chico más bajo que él, se burla de Esmeralda, diciendo cosas como: “qué estúpida, ¿acaso no se ha visto en un espejo?”, y Sebastián, el más delgado de todos añade: “nadie querría salir con ella”.

Entre todos sacaron apodos para Esmeralda de camino al salón, como: esmarrana, esvaca, botija, tinaco, doña ubres… Bueno, David no puede decir que sus amigos tienen poca creatividad a la hora de dar apodos; se rio tanto que el estómago le dolió. Son un grupo de cinco, se conocen de años y sus padres se llevan muy bien, cosa que no es sorpresa al ser estos empresarios.

Todo iba bien hasta que escuchó a su hermana llamarle.

Como se es de esperar, sus amigos se rien a carcajadas al ver su cara de horror. David Alberto se gira completamente para encarar al diablo y la mira avanzar cual fiera hacia él, pero el susto se le va al ver lo que ella trae en mano: esa imbécil traía su mochila

¡¿Por qué se la había quitado a la gorda?! ¡Ahora debía de hacer a huevo todas las tareas! No está sorprendido realmente, Arlyn es una entrometida

Compañeros de clase e incluso maestros siempre decían cosas agradables de ella; señalando que sus ideologías eran justas y que, para ser una chica rica, no era una perra mimada, pero la razón de esos comentarios era porque no vivían con esa zorra que se parece a él.

Cabello negro y lacio natural, ojos azules similar el cobalto y piel clara que con facilidad se enrojece bajo el sol de la ciudad; las cejas de ambos son tupidas y la nariz recta les da una apariencia seria. Los lunares que adornan sus rostros son los mismos: arriba del labio esquina derecha y tres lunares entre la ceja izquierda y el nacimiento del cuero cabelludo.

Cada que su hermana se pone en frente siente que el corazón se le detiene; lo tan parecidos que son a pesar de ser mellizos le sigue desconcertando, pero las similitudes físicas se acaban cuando llegan a la altura, pues ella es menor.

Visualmente es él, pero en mujer.

—Eres una mierda —Dice Arlyn, estampando con fuerza la mochila contra el pecho de David, provocando que de un ligero traspié—. Has la tarea por ti mismo.

—¿Por qué te metes donde no te están llamando, cabrona? —pregunta, dejando caer la mochila al no atraparla— No avientes las cosas, está mal ¿Acaso quieres que le diga a papá?

—¿Y jugar con esa chica no está mal? —cuestiona Arlyn y se cruza de brazos— Se hombre, David, y haz tus deberes.

—Para empezar, esa de allá no es una chica —su hermana frunce el ceño y él sonríe arrogante—, es una vaca. Una gorda no puede considerarse mujer, Arlyn.

—¡Eres un cerdo sexista! —grita ella, pasando sobre la mochila para empujarlo.

—¡Y tú una perra entrometida!

David Alberto avanza decidido, si la muy salvaje lo volvía a empujar, esta vez no lo iba a hacer retroceder, pero antes de que aquello escale como suele suceder y el director se vea en la obligación de llamar a sus padres, entre ellos se interpone Abraham, su mejor amigo y compañero del alma desde que tiene uso de razón.

La altura de su amigo los ha sacado de muchas broncas y es gracias a ella que le va de maravilla con las mujeres, aunque nunca le ha conocido una novia.

David sospecha que su amigo se tiene un romance prohibido.

Como buen amigo que es Abraham, este se interpone en discusiones como esas para frenarlos, lo ha hecho por mucho tiempo y puede que David lo venga contratando como domador de hermanas; la mayoría de las veces no funciona, pues su melliza se lanza de todos modos e intenta golpearlo a como de lugar, pero esta vez ha logrado su cometido.

Abraham, al esperar unos segundos y ver que ninguno de los mellizos iba a comenzar de nuevo la pelea, se baja a recoger la mochila de David Alberto, le sacude la tierra y se la entrega en manos, después se vuelve hacía Arlyn, quien al verlo a los ojos sólo suelta un resoplido y se marcha.

—Abraham salvando a David de ser asesinado por su hermana —Joel comienza a avanzar, haciendo que el resto le siga—, ¿quién ganó entonces?

—Estoy seguro que ustedes se ponen de acuerdo —el reclamo de Sebastián viene acompañado con éste entregando dinero a Abraham, quien agradece sonriente.

—Nada de eso —David Alberto suelta un suspiro—. De serlo, él debería darme la mitad de lo ganado.

—Eso no va a pasar —responde Abraham, soltando una risilla.

David se coloca la mochila en los hombros, más tarde iba a ir a buscar a Esmeralda para dársela; él no piensa permitir que Arlyn se salga con la suya.

El plan era devolver su mochila, sin embargo, entre clases y recorridos, le es imposible dar con Esmeralda. David Alberto tamborilea los dedos sobre el pupitre, irritado por la idea de tener que hacer todas las tareas; se brinda un poco de esperanza al pensar que logrará dar con la chica en la salida.

La voz cansada del profesor de ciencias se ve interrumpida por el estridente sonido de la campana que da aviso el finalizar de las clases, un molesto ruido que dura tres minutos en desactivarse y los amigos de David no dudan en mostrar su desagrado al pasar frente a dirección, él tampoco lo ocultó, pero fue más discreto.

Se despide de José y Sebastián al llegar a la salida, viéndolos subir a su respectivo transporte, y mira a Abraham ir a la parada de la ruta, el transporte público que va por grandes avenidas.

Espera junto a la puerta la llegada del chofer de su padre, pocos minutos después su hermana toma lugar a su lado. Ella no le dirige la mirada, tampoco la palabra, su atención puesta en su celular.

—¿Tienes francés hoy? —Pregunta David, viendo a los demás estudiantes ser recogidos.

—No, la maestra canceló.

—Lo ha hecho muy seguido, ¿no? —frunce el ceño, volteando a ver a su hermana, quien se alza de hombros en respuesta— Deberías decirle a padre que contrate a alguien más. No puedes atrasarte en tus lecciones.

Arlyn no responde, sigue con la mirada en el móvil.

David Alberto suelta un resoplido y copia a su melliza; sigue enojado con ella. Es que, en verdad, Arlyn no se tuvo que meter; es de mala educación ser entrometido o metiche, su abuela lo dice siempre.

Luego de que el silencio se instalará entre ellos y que el turno vespertino iniciara, pasaron cinco minutos para que un Mitsubishi Mirage 2017 color rojo se estacionara frente de ellos.

Coordinados, sin tener que decir palabra alguna, guardaron el celular en las mochilas y caminaron hacia el vehículo, David abre la puerta para que su hermana ingrese y cuando ella sube, es seguida por él. Dentro del carro una suave música suena y el aire acondicionado mantiene una temperatura agradable. Ninguno saluda al conductor; David Alberto no está para nada interesado con alguien que no sea simpático Luis.

Luis no los hubiera hecho esperar tanto, tampoco tendría música de elevador sonando por las bocinas a un volumen para arrullar, claro que no; el antiguo chófer de su padre tendría a Los Temerarios sonando a tope y hubiera estado afuera esperando por ellos.

Es lamentable que ese conductor haya sido asesinado hace mucho tiempo, según dijo su padre fue porque escuchó tras las puertas… Bueno, ser metiche es malo y él no está a favor de eso, pero odia a quien haya asesinado a su chofer. Porque sí, planeaba hacer que trabajará para él cuando cumpliera los veintiún.

Saca su celular de la mochila, el cual no tiene contraseña o patrón de bloqueo, no lo ve necesario.

Puede que lo único que necesite contraseña sea las conversaciones que mantiene con su amigo Roberto, ya que el idiota suele molestarlo por su estado sexual inactivo, pero es normal a su edad ¿no?

El seguir virgen a los 16 es la mejor opción; no se puede distraer con sexo como sus amigos suelen hacer, menos con lo estricto que es su padre y abuelo. Sin embargo, es un tema que abunda en donde sea que esté.

Revisa Facebook, viendo los estados de sus amigos y compañeros. A David Alberto no le sorprende dar con fotos vulgares en historias; es la nueva forma de conseguir pareja, aunque él lo ve más como un catálogo de ropa interior.

No es como que aquello sea algo malo o que él critique, es una buena estrategia. Un hombre mayor sin pareja se vuelve desesperado y si ve buena carne, irá tras de ella sin importarle la diferencia de edad o algo similar; usara su dinero y poder para poder conquistarla y, bueno, eso buscan sus compañeras.

Voltea a ver a su hermana, ella está también en el celular, pero ve vídeos de un joven que explica los acordes del violín. ¿Su hermana también subía fotos con poca ropa? No la tiene agregada en Facebook, así que no tiene ni la menor idea.

—Déjame de ver —dice su hermana, sin retirar la vista del celular.

—Te quedaras soltera y gorda toda tu vida —sentencia. Arlyn voltea a verlo, sin pausar al video.

—Bien —la respuesta no es la indicada, pero es la esperada viniendo de su hermana.

—En serio, Arlyn, te quedaras sola y gorda —La observa de arriba abajo; el uniforme no está por debajo de la rodilla, pero es tan poca la distancia que puede pasar desapercibida para los prefectos—. Posiblemente te vuelvas loca y tengas que dormir en los callejones mientras yo estaré en Acapulco entre los brazos de una hermosa mujer.

—Felicidades.

—Serás infeliz —lo dice con un tono que deja muy en claro que la respuesta era obvia. Arlyn levanta la ceja derecha, un silencioso “¿Y?”—. Pensé que eras lista.

—Lo soy —su hermana suspira—, pero quiero preguntarte algo.

—Hazlo.

—¿Tú serás feliz? —pregunta su hermana, viéndole con mirada cansada.

David Alberto parpadea un par de veces, confundido por la pregunta de su hermana, ¿cómo no iba a ser feliz en Acapulco rodeado por los suaves brazos de una hermosa mujer?

—Que pregunta más estúpida —Responde, volviendo su atención al frente.

Claro que será feliz, pues cuando cumpla los veintiún y se pueda hacer de una vida solo, sin tener que depender de su padre, se irá de Ciudad Juárez; buscara una mujer perfecta, se casaran y vivirán bien.

Todo lejos de su padre.

El silencio reina luego de su respuesta y los acompaña durante el resto del viaje.

David Alberto sabe que ha sido el ganador; su padre dice que una mujer no puede ganar una conversación, tampoco ser quien se quedara con la última palabra porque están hechas para la cocina. Él está de acuerdo, ¿qué podrían lograr fuera de esta? Nada, bueno, tal vez su madre sí, pero eso jamás sucedería porque ella adora cocinar y mantener la casa limpia, además está segura en donde está.

Cuando llegan a su hogar, él esperó hasta que el chofer le abrió la puerta para bajar, pues para eso su papá le pagaba: para dar un buen servicio. Espera a un lado del auto a que su hermana también baje y juntos suben las escaleras que conducen a la entrada.

La gran puerta de madera sin manija exige ser abierta solo bajo llave o desde el interior con el uso de una perilla, y es David Alberto quien se encarga de darles acceso. Deja a su hermana pasar primero, porque su abuela le ha enseñado que primero son las damas y no le molesta hacerlo.

Una sonrisa sincera curva sus labios al ver a su abuelo junto a su padre salir de la oficina del segundo; ambos hombres poseen una altura envidiable, incluso en la vejez el anciano mantiene una postura alta. Espera crecer tanto como ellos, sería una gran ventaja.

—Bienvenidos a casa, hijos —saluda su padre mientras se acerca a ellos, igual que hace su abuelo.

Arlyn se detiene a su lado, recibiendo el beso en la frente de su padre y el abrazo que le acompaña, un cariñoso saludo que solo su hermana recibe. Él solo obtiene un par de palmadas en el hombro.

—Bienvenido, muchacho, ¿cómo te ha ido? —David sonríe satisfecho, su abuelo siempre le saluda a él y es grandioso tener toda la atención.

—Muy bien, abuelo —suelta una risa baja cuando su abuelo le remueve los cabellos.

—Ese es mi nieto —Halaga el anciano, palmeando los brazos de David—. Escuché por tu padre que en tu escuela empezaron a aceptar niños retrasados.

—Hm —David voltea ha ver a su hermana, quien alza ambas cejas, viendo con una sonrisa fingida a su abuelo.

—Nos dijeron que no usáramos ese término —Comenta, viendo hacia su padre en busca de apoyo.

—Papá…

—Ya sé, ya sé —El anciano ondea la mano con desinterés—; “los tiempos cambian”, eso dicen —el abuelo niega con desaprobación—. Por ese tipo de mamadas es que vamos de mal en peor.

—La maestra de historia no sabe cuándo cerrar la boca —a su lado, puede notar como su hermana pone los ojos en blanco. Ella odia que hable de esa forma, pero solo así su abuelo se calma.

—¿Una mujer maestra? —bien, tal vez no fuera el momento para sacar esa carta; el rostro de su abuelo se ha puesto colorado— Mierda, este mundo comienza a perder sentido ¿no lo crees, hijo? —su abuelo, luciendo verdaderamente desconcertado, ve hacia el padre de los mellizos.

—Sube la mochila de tu hermano, por favor.

Pide su padre, retirándole la mochila para dársela a su melliza, quien la sostiene con ambos brazos. Ha ignorado al viejo, vaya, piensa David, viendo a su abuelo continuar con la rabieta en voz baja.

A veces le preocupa.

—Baja cuando hayas organizado tu pieza —continua su padre—, de igual forma dentro de poco estará la comida; no quiero tener que subir a hablar ¿de acuerdo? A la primera llamada te quiero aquí.

—Sí, padre —Ahora sí muy obediente, perra. Diles algo, a ver, reta mentalmente a su hermana, cosa que es muy estúpida, pero se puede dar el gusto.

—Lo bueno es que aquí sí se educa a las mujeres como se debe —Dice su abuelo, palmeando con firmeza la espalda de su hijo—. No lo tomes a mal, nieta, pero es lo mejor —su abuelo posa con suavidad la mano sobre el hombro de Arlyn, y David contiene un bufido; con ella el trato siempre es tan diferente—; no quiero a mi nieta siendo una puta.

—Papá, esa palabra no se usa en esta casa.

El padre de los mellizos palmea la espalda de Arlyn, indicando en silencio que se pase a retirar y ella no duda en hacerlo. David Alberto ve aquello más como una huida a una obediencia.

Sin esperar una palabra, camina a la sala de estar donde su abuela se encuentra tejiendo en el sillón individual, sus viejas y manchadas manos se mueven con destreza, y al verlo sonríe radiante, con los pocos dientes que le quedan, claro.

—Ya llegó tu nieto, Má —anuncia el padre de David, coloca la mano derecha sobre el hombro izquierdo de su hijo, haciendo que se detenga—. Volveré a la oficina con tu abuelo, hazle compañía a tu abuela.

—Sí, papá.

—¡Mi niño! —la vieja mujer deja el tejido sobre el regazo y extiende los brazos hacía David Alberto, quien sonríe y se acerca a ella para tomarle las manos— Cada vez te ves más guapo.

—Gracias, lo sé —le da un ligero apretón en ambas manos, disfrutando de escuchar la risa que su respuesta ha provocado.

—Ven, siéntate a mi lado —La abuela tira con suavidad de sus manos— y veamos televisión hasta que tu madre acabe de hacer la comida.

—Está bien.

—¿Dónde está tu hermana? —pregunta su abuela una vez que se sienta a su lado, viendo a todos lados en busca de Arlyn— ¿Se ha ido con sus amigas?

—No, abuela; está arriba haciendo su tarea, papá la mandó —Ella ni amigas tiene. Cosa de lo más normal con la actitud que su hermana se carga.

—Bien —asiente con la cabeza la vieja mujer—, así no se descarrila en el camino y anda enseñando las nalgas en las calles.

—No creo que mi hermana llegue a hacer eso —porque su melliza muerta antes de usar una minifalda, está seguro de eso—, sería raro —se alza de hombros.

—Hm, si yo te contara.

—¿A ti te trataban así, abuela? —cuestiona, viendo en la pantalla al hombre de la casa gritar a quien, supone David, es su esposa.

—¿A mí? —la vieja voltea a verlo con expresión neutra, los iris rodeados de un tenue azul debido a la edad fijos en sus ojos— Querido: me golpeaban si no hacía caso —David contiene una mueca—, también si no me sentaba bien o si veía a alguien que no era mi marido —su abuela sonrió, cosa que David Alberto no pudo corresponder como hace un momento—. Gracias a eso soy una esposa excelente y una madre extraordinaria que supo cómo criar a quien es tu padre, ¿verdad?

—Sí —le palmeó la mano con pena disfrazada de simpatía; su abuela estaba loca.

Con el pasar de los minutos, poco a poco la novela que su abuela y él estaban viendo comienza a desinteresarle, pues es la misma historia de siempre: una criada de buen corazón se enamora de su patrón, se vuelve la victima de la esposa de este al ser humillada y quien siempre la amó, un amigo de la infancia u otro trabajador pelea contra el dueño por su “corazón”, al final la sirvienta y el jefe se quedan juntos; ridículo.

¿Cómo es que esas cosas podían tener tanto rating? Peor aún, ¿por qué las seguían transmitiendo? Lo único que ocasionan es que las mujeres se crean esas patrañas y no vayan a un puesto más que no sea de criada. Sin embargo, parece ser que su abuela está pasándola de maravilla, pues ha soltado un sonido de asombro al mirar como el jefe atrapa a la esposa abofeteando a la sirvienta.

A los pocos minutos, un delicioso aroma atrapa la atención de David Alberto; ve hacia el comedor, viendo a su madre llevar Los platos con comida ya servida a la mesa.

El cabello color negro de su madre no posee ni una cana, es brilloso y notoriamente grueso, es de ella quien lo ha sacado; la piel blanca no tiene ninguna mancha que la arruine a pesar de la edad y los ojos claros, como el cielo en un día despejado, la hacen la mujer perfecta para una revista.

No duda que su madre haya sido una chica popular en la escuela, aunque como es ella, tan servicial y atenta con todos. No puede asegurarlo, ya que evita hablar de su pasado cada que le pregunta.

Se levanta del sillón, pide disculpas a su abuela por pasar frente de ella y bloquearle la visión del televisor; se dirige hacia con su madre, sorprendiéndola al besarle la mejilla y ella le sonríe radiante, con adoración y eso siempre logra hacerlo sentir perfecto.

Es a esa sonrisa donde se refugia cada vez que las cosas con su padre no van del todo bien.

—Bienvenido, bebé —Dice su madre en voz baja, ya que su padre no está nada de acuerdo con que ella le llame de esa manera cariñosa. “Ya estás grande como para que te llame así”, es lo que dice su papá—, ¿dónde está tu hermana?

—En su cuarto —se alza de hombros—; papá la mandó a ordenar su pieza. Aunque creo que lo hizo porque abuelo estaba raro.

—Aprovechará para hacer la tarea —Su madre vuelve toda su atención a la mesa, en donde acomoda meticulosamente un tenedor sobre una servilleta—, es una chica muy lista… ¿Tienes hambre ya?

—Sí, no he comido nada en la escuela.

—Ve a lavarte las manos en ese caso, yo le iré a hablar a tu padre y abuelo —antes de dar otro paso, voltea a verlo—, también ayuda a tu abuela a tomar asiento en su lugar, por favor.

—¡Yo puedo sola! —Grita su abuela desde la sala, luciendo claramente enojada— Soy vieja, no minusválida.

—Lo siento mucho, Ester —su madre inclina levemente la cabeza, un gesto de disculpa silencioso—; no quise ofenderla.

—Nada más porque a una la ven vieja, la creen una inútil ¿no es así? —David Alberto suelta una risa baja, viendo a la anciana intentando salir del sillón—. Ve —ondea la mano hacia su madre—, has lo que tengas que hacer. David, ayúdame a ir a la mesa —en serio, su abuela Ester es terca.

—Sí, abuela. Yo te ayudo.

Al estar todos en la mesa, David se dedica a contarles su día, lo que aprendió y debatió en clases, eso lo vuelve el centro de atención.

Cuando finaliza, llevando a su bolsillo un cumplido de su abuelo y abuela, es su padre quien toma la palabra, seguido de su abuelo; las mujeres permanecen calladas y su voz solo es escuchada en la mesa cuando responden a una pregunta dirigida a ellas.

David Alberto ve hacia Arlyn, quien mantiene la mirada en el plato mientras mastica de manera lenta. Con movimientos lentos toma un chicharo de los más cercanos a la orilla, ve se reojo hacia su padre y abuelos, y al notar que lo ignoran, no duda en lanzar el guisante hacia su hermana, logrando golpearle en el cuello.

Su hermana da un respingo, centra su atención en él y cuando le sonríe, ella no duda en alanzarle un trozo de zanahoria.

Pelear a la hora de la comida con su hermana es una actividad a la que le ha tomado cariño. Es un juego de alto riesgo; de ser descubiertos, la pesada mano de su padre es lo que les espera. Al menos a él.

—David Alberto —al ser llamado, endereza la espalda y vuelve a su plato lo que iba a ser el siguiente proyectil. Voltea a ver a su padre, pasando por alto la sonrisa burlona de su hermana—, debes ir pensando en que trabajarás cuando cumplas veintiún años —Lo dicho hace que David frunza el ceño, ¿de qué habían estado hablando mientras él jugaba con su hermana?

—Pensaba trabajar con el campo.

—Si resultas ser un inútil en el campo, ¿en qué trabajarás? —Dice su padre, antes de dar un enorme trago a la bebida.

David usa el tenedor para llevar una porción pequeña de arroz a la boca, un bocado que mastica más de lo necesario. Hace poco sabía muy bien, ahora es muy desabrida.

—¿Abogado? —Continua su padre, obligando a David dar otro bocado— ¿Doctor? Escuché que es la carrera que Abraham va a escoger.

—Sí —aunque eso no es del todo verdad, había sido el padre de Abraham quien escogió la carrera—. Como dije, pensé en trabajar con el campo. Como el abuelo y tú.

—¿Estás seguro?

—Eso sería un gran honor para mí —Dice su abuelo, dando trago a la fresca bebida.

—Piensa en la carrera de derecho —David Alberto da un asentimiento, solo queriendo que aquella platica termina—; los abogados son unos chupasangres forrados de dinero y eso mueve al mundo, no lo olvides.

—No lo haré —responde en voz baja.

—Bien; no quiero fallas —El padre de los mellizos se lleva un gran bocado a la boca, mastica en silencio y calma, antes de voltear a ver a su hija.

David sigue aquella escudriña mirada, dando con una expresión serena. Sin embargo, la manera en que sujeta el tenedor, la fuerza que emplea, delata lo mucho que quiere disimular el temblor de sus manos.

—Arlyn —David se lleva otro bocado a la boca, la carne de cerdo derramando su delicioso sabor cada que la mastica—, tu tutor me ha hablado de tu decisión de hacerte con diseño de interiores e incluso de veterinaria, no tengo problemas con ambas.

—Gracias, padre —Responde Arlyn, y David baja la mirada al plato.

—Sé lo ocupada que puedes estar con las clases extras, pero ¿has conseguido algún pretendiente?

—¿Perdón?

—Un joven que muestre interés por ti, ¿no?

—Lo siento, padre —David suelta una risilla y su hermana le da un suave golpe con el pie por debajo de la mesa—; no soy atractiva para los chicos de la escuela.

—Yo no tengo una hija fea, solamente es cuestión de vestirte mejor y maquillarte —El suspiro del dueño de la casa suena cansado—. Justo como estás te pareces a tu hermano.

David Alberto observa las ropas de su hermana: blusa blanca de manga ¾, lo ancho de la prenda ocultando el cuerpo que la viste. El cabello sujeto en media cola baja, no hay fleco que cubra la frente y el rostro se encuentra libre de maquillaje, lo que permite a los lunares ser protagonistas.

Bueno, David Alberto no puede negar lo dicho por su padre. Él le gusta vestir cómodo, pero no le han dado tiempo de irse a cambiar, así que se ha visto obligado a usar el uniforme en la hora de comida.

—Eso es cierto —Habla el abuelo, haciendo que David salga de su ensimismamiento y voltee a verlo—. Pareces una machorra.

Sella los labios en una fina línea para no reír, pues sabe que eso lo puede meter en problemas a él.

—Entiendo —El tono de voz es bajo, rozando a un susurro, pero para David Alberto es obvio que su hermana está—. Cambiare mi atuendo —dice está vez en tono alto para que todos escuchen.

—Bien —su padre asiente; se ve satisfecho con la respuesta de Arlyn—. Ahora, sigue comiendo, más tarde debes ir a tu clase de violín y de piano, luego a clases de cocina —Ve a su hermana asentir en silencio—. También tú, David —al ser llamado, ve hacia su padre—: debes ir a tus clases de guitarra y violonchelo, de ahí tu entrenador de defensa personal pasara por ti —el hombre da un corto trago a la burbujeante bebida—, ¿han entendido? —pregunta al tragar.

—Sí, padre —responden al unísono.

—Ese es mi hijo — dice el abuelo, palmeando con fuerza la espalda de José Luis, el padre de los mellizos—. Siempre con la rienda; nunca lo olvides.

“Siempre con la rienda”, lo dicho por el abuelo se queda en la cabeza de David Alberto, quien sigue comiendo ya sin animo de participar en la conversación.

Al cumplir los veintiún años, él será quien lleve las riendas y hará lo que quiera de su vida.