La Jaula

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Summary

Camina por la escarlata infinidad, los recuerdos mezclados a cada parpadeo, llevada adelante solo por amor.

Genre
Lgbtq
Author
M.E Moon
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Doy dos pasos más antes de dar un alto. Miro hacia el horizonte. Aún nada. No suspiro, no me quejo, no intento tomar un descanso. Mantengo mi expresión neutra, y en su lugar, volteo hacia los lados. Rojo. Rojo en los pequeños relieves. Rojo en las suaves caídas. Rojo bajo el negro de mis botas. Rojo sobre mi cabeza y hasta donde llega la vista. Una pintura carmesí, un sangriento paisaje, una tierra onírica vestida con pasión y muerte. Me agacho y recojo parte del suelo. Tierra, polvo, arena; parece todas y, al mismo tiempo, ninguna. La dejo resbalarse por la oscuridad de mis guantes, a lo largo de mis finos dedos.

—No te voy a dejar sola. En serio. —le dije, apoyada en la cama, sobre ella, mientras sus ojos se ahogaban en lágrimas, aún visible en la ensombrecida habitación. Le sonreí, la miré fijo, y me acosté sobre ella, cerca de su corto cabello, blanco y ondulado, hasta que dejó de llorar.

Levanto la cabeza. Aquel color sale de la nada misma, y aún así, ahí está. Sin astros en el firmamento, sin nubes pasajeras, sin nada más que aquel oscuro carmesí. Vuelvo a erguirme. Mi cabello, como negra cortina, se mueve. Un viento sin viento, un frescor sin frescor. Apreto los puños y sigo adelante, en la escarlata infinidad. Una infinidad tal que, por más tiempo que camino, todo parece ser igual.

—Yo soy la que tiene suerte de que estés conmigo. —dijo, con esa sonrisa que me hacía sentir que no había nada más hermoso en el mundo que ella, que su largo cabello, blanco y ondulado, moviéndose con el viento, sus manos juntas tras su cintura, su palidez resaltando en el negro de sus botas, pantalón y abrigo otoñal.

Bajo la mirada; siento que se me hunde el pecho. Sin dejar de caminar, miro mis manos. Mis manos entrelazadas con las suyas, una luminosa tarde, a punto de bailar en la cocina, su cabello hasta los hombros, su delgada figura, aún incompleta, ya hermosa. El tiempo pasaba y se volvía más etérea, como salida de otra época, de otro mundo, de un cielo olvidado hasta por los años. Y así también, cada vez parecía que se desvanecía más, que se perdía en el fondo, como el fantasma de lo que alguna vez fue y podría ser.

— ¿De verdad está bien? —dijo ella, la cabeza gacha — ¿Que estés con alguien como yo? ¿De verdad tengo permitido esto?

—Sos hermosa, bebé —le dije, mis manos en sus mejillas, sintiendo sus pálidas ondas acariciarme —. No necesitas permiso para que te amen, o para amar. No solo por ser como sos. Y estás bien. No hay nada de malo con vos.

La caminata seguía sin parar. A lo lejos creí empezar a ver algo.

—Yo sé que soy un problema —dijo ella y caudales empezaron a brotar de inmediato de sus ojos, mientras su voz desafinaba —, sí sé que lo soy, trato de pensar que para vos no lo soy, pero cuando decís esas cosas realmente me herís mucho.

No pude evitar apretar un poco mis labios. Una negra estructura empezaba a alzarse en el horizonte. Todo lo demás seguía siendo rojo.

—Me siento como una muñeca a punto de romperse… —dijo ella, postrada en cama —Como si por pararme me fuese a romper, caer al suelo y terminar hecha pedazos. ¿Me voy a morir..?

Aún firme, aun rígida, apresuro el paso. Barrotes, paredes, pisos y techos que parecían se iban a caer pero seguían de pie estaban allí, inexorables, inamovibles.

—Cuando estoy en tus brazos, me siento segura. Siento que estoy bien.

Echo a correr. No me importa la tierra roja, ni la enorme jaula, ni las miradas en su interior.

—Sentirme abandonada es algo que se volvió normal para mí. —dijo ella, al borde de un umbral negro.

Acelero, los ojos llenos de lágrimas. Todo se sumió en negrura, todo se detuvo, excepto yo, en los oscuros pasillos que amenazaban con helar mi cuerpo. Al fondo, como el reflejo de un ángel, parecía brillar, pálida, un barrote negro alrededor de su cuello. Mi pecho se cerró y mi corazón me gritó. Di unos últimos zancos y de dos golpes rompí el barrote, sin contener mis gritos, el eco retumbando hasta donde no se podía ver. La sostuve antes de que cayera, tan frágil, tan delicada, casi transparente. Mis lágrimas no pararon de salir al mirarla. Abrió los párpados, despacio, pesados, y sonrió.

—Estás aquí.