I was lucky once (I could be lucky again)
Donde mientras termina su segundo álbum, Louis se topa con una vieja canción que despierta recuerdos que llevaba años evitando.
O
Donde entre el estudio y el silencio de su casa, se asoma al pasado que compartió con Harry y a la pregunta que nunca se ha atrevido a responder.
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El estudio respiraba en penumbra, apenas rota por el resplandor frío de las pantallas y las luces led anaranjadas de la mesa de mezclas. Louis llevaba tres horas encerrado en aquella burbuja acolchada, con la espalda quebrada sobre la silla y un café olvidado que ya debía de tener la temperatura del exterior, sobre el monitor, la sesión abierta mostraba decenas de pistas etiquetadas como las definitivas.Silver Tongues, Bigger Than Me, Headline, Out of My System.
Faith in the Futurese estaba terminando, y él trabajaba con la calma tensa de quien afina los últimos detalles antes de soltar algo al mundo, se sentía tan nervioso como la primera vez.
Se pasó los dedos por el pelo, más largo ahora que en los días de giras interminables, y ajustó el ecualizador de una guitarra acústica que no terminaba de gustarle. La melodía era luminosa, casi eufórica, quería que sonara a esperanza y a coche con las ventanillas bajadas.Fe en el futuro, se repitió en voz baja, como un mantra cansado. Le gustaba la frase, se la había tatuado en su mente durante las decisiones pequeñas en los últimos años.
Desde la cabina, su ingeniero de sonido tecleaba algo en el ordenador, ajeno a él. Por los altavoces flotaba una lista de reproducción ambiental que alguien había puesto de fondo hacia las siete de la tarde cuando la sesión se alargó más de lo previsto, eran temas viejos, clásicos de rock suave que no molestaban. Louis apenas los registraba, su cabeza estaba en la mezcla y en la resonancia de su propia voz que sonaba grabada y lejana, como si otro le hablara desde dentro de las cajas.
Y entonces sonó la canción.
Fue un cambio sutil, de una balada de Tom Petty hacia el hilo musical que se deslizó hacia un acorde desplegado de guitarra que conocía demasiado bien. Las primeras notas entraron sin avisar, limpias y con esa fragilidad de quien rasga las cuerdas con las yemas en lugar de con púa.I took my love, I took it down...
Su mano se detuvo sobre el ratón.
No era una canción cualquiera.
EraLandslide, Fleetwood Mac.
La misma que habían escuchado una noche de invierno acurrucados en el suelo de un apartamento alquilado en Londres, de cuando tenían diecinueve años y todo el cuerpo les olía a deseo y a miedo. Harry se la había puesto en el portátil, con la pantalla iluminándole la mandíbula, mientras decía.Esta canción me recuerda a nosotros, aunque no sé por qué.
Louis se había reído, todo dientes y humo, y le había plantado un beso en la nuca.Tal vez porque somos dos desastres con suerte, le había contestado, y Harry se había girado a medias con la mirada blanda, y había susurrado algo que ya no recordaba con exactitud, algo sobre el tiempo y sobre tener miedo de perder lo que tenían.
Devuelta al presente, Louis parpadeó dos veces, rápido. Bajó la mano hasta el ratón y arrastró el cursor hacia el control de volumen de la mezcla, pero sin pulsar nada.
La canción seguía imparable, desgranando versos sobre amores que crecen y cambian, sobre el miedo a envejecer y sobre la posibilidad de reconstruir lo que se ha roto.But time makes you bolder, even children get older, and I’m getting older too...
Mierda, pensó y la palabra le resonó en el pecho, no en los oídos.
El ingeniero, desde la cabina, alzó la vista un momento. “¿Louis? ¿Todo bien?”
“Sí, sí” mintió Louis, recolocándose en la silla. “Dale al play otra vez, quiero repasar el puente a ver si la segunda voz entra limpia.”
La música ambiental siguió flotando durante unos segundos más hasta que alguien tuvo el buen criterio de volver a centrar la sesión de trabajo, la melodía deFace The Musicvolvió a llenar la sala, poderosa y vital, pero ya no sonaba igual, algo se había agrietado en la burbuja en una fisura diminuta por la que empezaba a colarse un frío distinto.
Louis obligó a su cerebro a concentrarse en las frecuencias, en la ecualización, en la textura de su propia voz.Concéntrate.Pero la memoria es una máquina desobediente y la suya ya había empezado a carburar. En la pantalla, las ondas de la grabación se sucedían regulares, y él, sin querer, veía en ellas la curva de una boca, el arco de una ceja, la sombra alargada de dos cuerpos contra la pared de un baño diminuto en 2010.
El baño de la audición. El olor a azulejo frío y a gel fijador, Harry tenía una bufanda absurda alrededor del cuello temblando de nervios, y él, dieciocho años con el descaro por bandera, diciéndole alguna tontería para calmarlo antes de entrar.
No supo por qué aquella imagen acudió justo entonces, entre ecualizadores y puentes aún inconclusos.
Se pasó la lengua por sus labios secos, el café seguía intacto igual de frío y olvidado. La sesión de trabajo se alargó cuarenta minutos más, pero Louis apenas retocó nada útil pues su cabeza era un eco lejano de acordes desplegados prestados y pantallas de portátil iluminando una cara que llevaba años sin ver de cerca.
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Condujo de vuelta a casa sin música, cosa rara en él. Las calles de la ciudad resbalaban mojadas bajo las ruedas y el semáforo en ámbar del camino le regaló un respiro de quietud momentánea, pronto se descubrió tamborileando con los dedos el ritmo deLandslidesobre el volante.
Negó con la cabeza en un gesto seco y al arrancar otra vez pisó el acelerador con más fuerza de la necesaria, casi como si quisiera dejar atrás la melodía.
Pero, desgraciadamente, las canciones nunca se quedan en el estudio.
Ya en casa, el silencio era denso, encendió la luz de la cocina y puso agua a calentar, más por inercia que por sed. El té se hizo en el mismo jarrón desportillado de siempre (el azul marino con una pequeña grieta en el asa, regalo de Lottie hacía siglos), y él se dejó caer en el sofá con las piernas estiradas y la nuca apoyada en el respaldo.
La casa estaba ordenada, demasiado ordenada para ser suya, se notaba que pasaba poco tiempo en ella. Sobre la mesa baja había una revista de música abierta por la mitad que mostraba una crítica deHarry’s House, y Louis la apartó con el dorso de la mano antes de que sus ojos pudieran leer el titular.
Demasiado tarde.
Sus ojos lo traicionaron para las palabrasmadurez artísticayresonancia emocionalque ya se le habían clavado en la retina, soltó una sonrisa sin ganas. Reconocía esa reseña, la había leído entera junto con otra sobre una película del que era protagonista, hacía una semana de madrugada y con el pecho extrañamente caliente, aquella noche no se permitió sentir orgullo durante más de diez segundos, pero ahora el orgullo volvía, mezclado con algo que no sabía nombrar.
Apuró el té, que le supo a poco y a nada, y salió al jardín trasero con el paquete de tabaco en una mano y el mechero en la otra, el frío de la noche londinense le mordió las mejillas. El jardín era pequeño, un apenas rectángulo de baldosas y dos macetas resistentes y el cielo de enero era un borrón violeta sin estrellas, dio una calada profunda y dejó que el humo le bajara hasta los pulmones mientras se apoyaba en la pared de ladrillo visto, la brasa naranja le iluminó los nudillos.
Fue entonces, en el silencio punzante de las dos de la mañana, cuando la memoria dejó de ser amable y se volvió hambrienta.
El humo se rizó en el aire frío y a Louis le vino nítido el recuerdo de otra noche de enero. Tenía veintitrés años, llevaban apenas dos semanas separados de la banda, y él y Harry se habían ido a una casa perdida en algún rincón de la calurosa y alocada California con la excusa de desconectar.
No había managers, ni había horarios y tampoco había cámaras. Recogían conchas en la playa por la madrugada y por la noche se sentaban juntos en una terraza desvencijada a fumar en silencio viendo las luces de los barcos a lo lejos. Una de esas noches, Harry había apoyado la cabeza en su hombro diciendoPodríamos intentarlo de verdad, Lou. Sin escondernos, de nuestros amigos, quiero decir.Y él, torpe y enamorado, le había tomado la barbilla con los dedos manchados de nicotina y le había respondido quesí, quelo intentaríany que ya tocaría pelear cuando llegaran las peleas.
Y las peleas llegaron. Vaya que si lo hicieron.
Louis apagó la colilla contra el borde de una maceta y el chisporroteo lo devolvió al presente, sintiendo el frío de golpe y un principio de dolor de cabeza tras los ojos, volvió a entrar en casa cerrando la puerta de cristal con cuidado. El silencio ahora le apretaba las sienes.
Deambuló un rato por el pasillo, abrió el dormitorio sin encender la luz y se quedó mirando el colchón perfectamente estirado. No tenía sueño o no quería tenerlo así que puso una chaqueta más gruesa, tomó las llaves del coche y volvió a salir.
Conducir de madrugada siempre le había ayudado a ordenar los pensamientos; era una manía vieja, de los tiempos en que compartía piso con Harry y, después de una discusión, se escapaba a dar vueltas por la autopista hasta que el combustible se lo permitía y la rabia se le diluía.
Condujo sin rumbo hacia el norte, con las farolas de las afueras pasando como pestañeos amarillos. No encendió la radio y el parabrisas reflejaba un rostro cansado que ya no era el del chico de las giras, ni el del recién separado, ni siquiera el del solista debutante asustado. Era un Louis que empezaba a tener pliegues finos junto a los ojos, un Louis que hablaba de fe en el futuro mientras el pasado le tocaba el hombro con dedos de fantasma.
Al llegar a un semáforo en rojo en una rotonda desierta el silencio del coche se hizo tan absoluto que oyó su propia respiración y entre respiración y respiración, colándose como la marea cuando menos la esperas, apareció otra imagen.
Harry a los dieciocho, en la litera de un autobús de gira, ronco y riéndose de algo estúpido, con los rizos aplastados contra la almohada barata y el olor a sábanas sin ventilar, con la luz anaranjada de la cortinilla y la manera en que sus dedos se enganchaban flojos, como si no hiciera falta apretar.
Louis parpadeó fuerte y el semáforo se puso verde. Pisó el acelerador.
Pero ya era tarde, ya no estaba solo en el coche. La memoria, una vez más, había agarrado el volante con él, y parecía que esa noche no pensaba soltarlo.
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Pronto pasaron dos semanas.
Dos semanas en las que Louis intentó seguir con su vida, aunque su vida se negó a seguir sin él. Iba al estudio, respondía correos, atendía llamadas, cenaba con su hermana un martes cualquiera, y todo el rato, por debajo de la piel, le latía una corriente subterránea de recuerdos que no pedían permiso.
Se descubría mirando por la ventana del coche más tiempo del necesario, pasaba horas con la guitarra entre sus manos y se despertaba a las tres de la madrugada con el nombre de Harry en la punta de la lengua, como si acabara de pronunciarlo en sueños.
La canción no se le iba, a veces tarareabaLandslidesin darse cuenta mientras preparaba café, y cuando caía en ello se quedaba quieto, con la cuchara en el aire sintiendo una mezcla de rabia y una sonrisa tierna y tonta que no sabía dónde guardar.
Un nuevo sábado llegó cumpliéndose dos semanas exactas desde aquella noche del coche, desde la maldita acústica en el estudio y desde que la memoria se le había instalado en el pecho como un segundo corazón. Louis se levantó temprano, puso la cafetera y encendió el portátil, Matt le había enviado tres demos instrumentales para el nuevo álbum y él llevaba días posponiendo el momento de sentarse a trabajar de verdad.
El primer instrumental era luminoso, casi eufórico, sintético y cálido a la vez con una batería que invitaba a mover la cabeza. Louis tarareó una melodía improvisada, buscando palabras sueltas.Is worth it all this time, murmuró, pero no le encajaba del todo aún, el cursor parpadeaba en el documento vacío como un latido, la música flotaba, y él no conseguía engancharse.
Sin querer, su mente derivó hacia otra música.
A otra época en la que componer era un acto compartido.
El bajo del demo sonaba parecido a una línea que el rizado había improvisado una noche en el sótano de la casa que compartieron durante aquel año, la memoria le llegó sin avisar como un golpe de calor en pleno enero. El olor a madera vieja y a incienso junto con las luces tenues lo transportó a un Harry descalzo sobre la alfombra con el bajo enchufado a un amplificador diminuto y los dedos torpes pero entusiastas.
Esto es una mierda, se reía Harry cuando desafinaba, los rizos cayéndole sobre los ojos.No sé ni para qué lo intento.
Porque te gusta,respondía Louis desde el teclado girándose a medias.Y porque luces tan caliente con el bajo, pareces un rockstar de los setenta.
Solo me faltan las gafas de aviador y la adicción a la cocaína.
Eso déjamelo a mí, sol.
Harry soltaba una carcajada abierta, de esas que le arrugaban la nariz, y Louis sentía que todo estaba bien, que el mundo exterior no existía, solo existía ese sótano, esa música a medio hacer y las ganas de vivir juntos sin rendir cuentas a nadie.
Fueron meses de intimidad feroz, Louis recordaba las mañanas de domingo en las que ninguno de los dos tenía que volar a ningún sitio, Harry se levantaba primero y hacía panqueques, siempre con demasiada Nutella, Louis bajaba en calzoncillos y se sentaba en la encimera a verle cocinar, fumando un cigarro que Harry le quitaba de los labios para apagarlo.Vas a quemar nuestro hogar, le decía Harry.Mi hogar eres tú, respondía Louis con una sonrisa torcida, y Harry ponía los ojos en blanco pero por dentro se derretía como un adolescente. Esas mañanas siempre terminaban con ambos besándose furiosamente y el desayuno olvidado.
Las noches de calor, cuando Londres les regalaba un verano insólito, se sentaban en el balcón algo escondido del dormitorio. Era un balcón minúsculo, apenas cabían las dos sillas de lona que habían comprado en un mercadillo, bebían gin tonics con mucho limón y se jugaban el futuro a pequeñas confesiones.
Antes de los cuarenta... quiero tener un estudio en casa y un perro, y hacer discos tranquilos, decía Louis.Yo quiero actuar en una película, decía Harry.¿Contigo de protagonista?, preguntaba Louis.Obvio. Y tú puedes hacer de mi interés amoroso. Respondió con una sonrisa que marcaba sus hoyuelos.No creo que me sea permitido, pasaría a ser una película porno y el único que puede verte destrozado y temblando soy yo. Se reían, se besaban con sabor a ginebra y se quedaban en silencio mirando las luces.
El sexo era otra cosa, a veces urgente y torpe, contra la pared del pasillo, con la ropa a medio quitar y la prisa de quien no ha aprendido a dosificar el deseo, pero otras veces, las más comunes, era cariñoso y lento. Harry se entregaba con una dulzura que a Louis le rompía el pecho, esa forma de arquear la espalda, de buscar sus manos para entrelazar los dedos contra el colchón, de susurrarleno me sueltes, Lou, no me sueltes.Louis lo envolvía, lo sostenía, le murmuraba cosas al oídoestás temblando, mi vida, mírame, eres tan bueno para mí, mientras Harry se deshacía bajo su peso con una confianza que nunca le había dado a nadie más.
Después se quedaban enredados en las sábanas, Harry encajado contra su costado con la cabeza apoyada en su pecho y los rizos húmedos rozándole la barbilla, Louis le dibujaba círculos en la espalda con la yema del índice, sintiendo su respiración acompasarse poco a poco.Podría vivir así siempre, decía Harry bajito. Louis no contestaba, solo lo apretaba un poco más, pero por dentro también lo pensaba.
El demo terminó y Louis se dio cuenta de que no había escrito ni una sola palabra, el café se le había quedado frío así que se levantó a calentarlo moviéndose por la cocina con gestos automáticos y al volver al sofá enganchó sin querer el cable del cargador con el pie haciendo que el portátil temblara y un pedazo de taco saliera de entre sus dientes.
Antes habría dado un puñetazo en la mesa, cuando era más impulsivo y cuando el enfado le subía como la gasolina en un barril abierto. Se quedó quieto respirando hondo y recolocó el cable con calma.Has crecido, se dijo, y no supo si era un elogio o un lamento.
Pero el recuerdo de las peleas ya se había colado por la rendija.
Recordó la primera discusión seria, ocurrió tres meses después de mudarse juntos. Louis había vuelto de un viaje promocional a Nueva York agotado y frustrado, tres días seguidos de entrevistas, de sonrisas forzadas, de preguntas que bordeaban lo personal con una insistencia que lo dejaba seco. Harry lo esperaba en casa, y cuando Louis entró arrastrando la maleta, lo encontró en el sofá, las piernas encogidas y el móvil apretado en la mano.
Llevo tres días esperando una llamada tuya, dijo Harry, bajito. No se levantó a saludarlo. Louis se giró, sorprendido por el tono.He estado de promo a reventar, Harry. Entrevistas desde las ocho de la mañana, no he tenido un minuto.
Un mensaje, Louis. Un puto mensaje de texto, no es tan difícil. Louis sintió un latigazo de culpa enseguida transformado en defensa. Soltó el asa de la maleta y se pasó la mano por la nuca.Siempre pienso en ti, siempre. Dijo suave sin querer levantar la voz.No necesitas un mensaje cada cinco minutos para recordarlo.
Harry bajó la cabeza en frustración y se abrazó a sí mismo con los dedos clavándose en los codos.A veces si lo necesito.Susurró.
Louis se acercó y le puso las manos en los hombros, el rizado se dejó caer contra su pecho con la respiración entrecortada, el ojiazul le acarició la nuca sintiendo los rizos enredados. La pelea se apagó, pero la grieta había quedado al descubierto, desde One Direction hacían todo juntos y ahora, Harry necesitaba una presencia constante que Louis no siempre podía darle, y Louis necesitaba una independencia que Harry no siempre sabía concederle.
Desde entonces las discusiones se volvieron un ciclo siguiendo siempre el mismo patrón, semanas de calma tensa, luego una chispa que explotaba en reproches, luego un silencio de días y luego una reconciliación llena de sexo y promesas nada sanas.
La tercer memoria llegó cuando Louis apagó los altavoces y se levantó a estirar las piernas. Caminó descalzo hasta la ventana y miró el jardín, una llovizna fina empañaba los cristales haciendo que recordara otro día de lluvia, aquel en el que todo terminó.
Fue en otoño, llevaban un mes sin tocarse o besarse apenas, atrapados en una coreografía de horarios incompatibles, Louis volvía de una reunión con la discográfica, Harry regresaba de grabar un videoclip, coincidieron en casa por casualidad, y el silencio entre ambos era tan denso que Louis supo que no podía postergarlo más.
Tenemos que hablar.Dijo sentándose en el sofá. Tenía las manos apretadas sobre las rodillas y los nudillos blancos. Harry se sentó a su lado, no enfrente y tomó una mano entre las suyas.Estoy agotado, empezó Louis.Y además del trabajo, creo que es por nosotros. Harry asintió despacio con los ojos ya húmedos.
Te amo.Siguió Louis, y la voz le tembló.Te amo más de lo que he amado a nadie, pero siento que nos estamos haciendo daño sin querer. Cada conversación se convierte en una pelea, cada silencio es un reproche, ya no sé hablarte sin medir las palabras y no quiero vivir así.
Harry se mordió el interior de la mejilla.Yo también estoy cansado.Admitió con la voz rasposa, porque ya no tenía sentido mentir.Me paso el día esperando que vuelvas y cuando vuelves no sé qué decirte y me odio por eso, solía ser tan fácil ser nosotros.
Tenía la esperanza de que al separarnos de la banda las cosas serían más fáciles.
Yo también, pero no quiero que nos destruyamos esperando a que cambien.
Louis apretó los dedos contra los de Harry, fuerte. Le dolió la garganta al tragar.
Creo que necesitamos separarnos.Dijo, y las palabras cayeron como piedras en el agua.Tomarnos un tiempo real para saber quiénes somos fuera de esto.
¿Y si al final descubrimos que somos mejores separados?preguntó Harry, la voz ronca. Louis bajó la mirada por primera vez.Entonces habrá merecido la pena todos estos años, pero si estamos destinados a volver, volveremos. No voy a querer a nadie como te quiero a ti, Hazz. Eso no se me va a pasar nunca.Louis se llevó la mano de Harry a los labios y le besó los nudillos.
Quizás en otro momento.Susurró Harry en un ruego que sonaba como una despedida.
Quizás en otro momento.Repitió Louis contra su piel, y cerró los ojos.
Aquella noche, Louis ayudó a Harry a recoger una maleta con ropa. Harry se fue a casa de un amigo y él se quedó en el sofá con la luz apagada fumando cigarro tras cigarro hasta que el paquete se vació. En los días siguientes, el silencio de la casa se volvió físico, un peso en las costillas y una ausencia que olía a sándalo y a panqueques llenos de Nutella.
Louis se apartó de la ventana y volvió al sofá, sin darse cuenta, había tomado el móvil y había abierto la galería de fotos, un gesto automático de quien busca anestesia en las pantallas. Deslizó el dedo hacia abajo, muy abajo, hasta encontrar imágenes de aquella época.
Encontró una foto de Harry durmiendo en el sofá del sótano con el bajo apoyado en el pecho y la boca entreabierta. Louis la tomó a escondidas y una sonrisa tonta se asomó por su rostro.
En otra estaban los dos en el balcón, la había tomado Niall en una visita y ambos sonreían como si el futuro fuera un regalo y no una amenaza.
Louis bloqueó el móvil y se quedó mirando el techo.
Pensó en el chico que era entonces, un chico que no sabía estar solo, que necesitaba ruido alrededor para no oír su propia cabeza, un chico que explosivo ante los conflictos, que se escondía detrás de la ironía porque la vulnerabilidad le daba pánico, un chico que no supo cuidar lo bastante a Harry.
Que lo quiso con todo, pero no supo cómo sostenerlo cuando la presión se volvió demasiado, un chico que se perdió a sí mismo en el ruido y arrastró a Harry con él sin darse cuenta.
Ahora, con treinta y pocos, las cosas eran diferentes. Había aprendido a estar en silencio sin que le doliera, a más honesto consigo mismo, aunque eso significara admitir que a veces echaba de menos a Harry con una intensidad ridícula.
Ya no era aquel niño que se subía a las mesas en las fiestas y bebía hasta olvidar su nombre, era un músico que producía sus propios discos, era alguien fuerte y valiente que había sobrevivido una y otra vez a las pérdidas de su vida y seguía en pie.
Pero también seguía enamorado.
No era una revelación nueva, lo sabía desde siempre, desde que a los dieciocho años se giró en un baño diminuto y vio a un chico de dieciséis temblando de nervios, salpicando de pis su pie y sintió un vuelco que no supo nombrar, lo supo durante cada fotografía robada, cada canción con pronombres cambiados, cada noche de hotel en la que, a pesar de las miradas desaprobatorias del equipo, ellos corrían a la habitación del otro. Lo había sabido siempre, pero llevaba cuatro años fingiendo que ese amor se había transformado en recuerdos, nostalgia, cariño residual. Cuatro años diciéndose que lo había superado.
Louis se sentó al fin, apoyando los codos en las rodillas y dejó que el torrente viniera.
Extrañaba las mañanas de domingo con una intensidad ridícula, física y casi ofensiva. Extrañaba despertarse con un rizo en la boca y una mano de Harry apoyada en su pecho, justo sobre el corazón, como si incluso dormido necesitara comprobar que seguía latiendo, extrañaba los panqueques con demasiada Nutella, el olor a café y a tabaco mezclándose con el champú de sándalo que Harry compraba en aquella tienda ecológica que olía a incienso, extrañaba las pequeñas discusiones estúpidas, sobre qué película ver, sobre quién había dejado la leche fuera de la nevera que terminaban con Harry riéndose, besándolo con ternura y llamándolo idiota con un cariño que no le había dado a nadie más.
Extrañaba los silencios que solo tenían ellos dos, en el balcón, con las ginebras sudando sobre la mesa y las luces encendiéndose una a una. Silencios en los que no hacía falta hablar, en los que todo estaba dicho ya, en los que Harry apoyaba la cabeza en su hombro y Louis sentía que el mundo entero cabía en esos centímetros de piel.
Extrañaba el sexo, la forma en que Harry se entregaba con esa confianza absoluta que nunca le había dado a nadie más, la forma exacta en que arqueaba la espalda, en que los dedos de sus pies se curvaban, en que susurrabaLoucon la voz rota, como si fuera una plegaria. Extrañaba quedarse dentro de él un minuto más de la cuenta con las frentes apoyadas, las respiraciones acompasándose, y sentir que no existía nada en el mundo más importante que ese instante.
Pero no era solo nostalgia física, era que Harry era la única persona que lo había conocido de verdad, la única que lo había visto llorar, temblar, reírse de algo estúpido, fracasar, levantarse e intentarlo otra vez, la única que sabía cómo le gustaba el té, qué canciones lo calmaban cuando estaba nervioso, qué cicatrices le dolían todavía. Y Louis también conocía a Harry de esa manera, sabía que Harry odiaba los ruidos fuertes, que cuando estaba triste se acurrucaba sobre sí mismo como un animalillo herido, que necesitaba que lo abrazaran por la espalda y le susurraran que todo iba a estar bien.
Louis sabía que Harry era frágil y fuerte al mismo tiempo, que bajo toda esa seguridad escénica, bajo los trajes de lentejuelas, las uñas pintadas y las entrevistas impecables, seguía viviendo aquel chico de dieciséis años tímido que temblaba en un baño porque no sabía si el mundo lo aceptaría.
Ahora, cuatro años después, seguía sintiendo lo mismo, seguía queriendo ser el que estuviera allí, el que le susurraraestás preciosocuando Harry se mirara al espejo con duda, el que le preparara el té, el que le dibujara círculos en la espalda, el que lo abrazara por la noche hasta que la respiración se volviera lenta y profunda.Seguía queriendo ser su hogar.
Louis sintió los ojos calientes y esta vez no se molestó en tragarse las lágrimas, dejó que rodaran despacio. No sollozó y no hizo ruido, solo lloró en silencio, como había aprendido a hacer con los años, con la misma calma con que se respira.
Lo amaba.
Amaba a Harry Styles, lo había amado durante más de una década y lo amaba todavía con la misma intensidad, pero con una forma distinta. Antes lo amaba con urgencia, con fuego y con la desesperación de quien teme perderlo todo, ahora lo amaba con calma, con certeza y con la seguridad de quien sabe que ese amor no va a desaparecer, aunque pasen otros diez años.
Lo amaba a pesar de la distancia, a pesar de las peleas, a pesar de la ruptura, lo amaba a sabiendas de que quizás nunca volvieran a estar juntos, lo amaba, simple y absolutamente, sin condiciones.
Y esa certeza le trajo una paz extraña porque durante años se había castigado por no haber sabido sostenerlo, por haberse perdido en el ruido y por haberlo dejado ir, pero ahora entendía que aquella decisión no fue un fracaso.
Fue un acto de amor dejarlo ir para que pudiera encontrarse, dejarlo ir para poder encontrarse él mismo y ambos lo habían conseguido. Harry era el artista seguro y radiante que había visto en la tele, que aún tenía dudas sobre sí mismo, pero que comenzaba a aceptarse, y Louis era un hombre que ya no necesitaba ruido para no oír su propia cabeza.
Pero ahora que ambos se habían encontrado, ¿no podían encontrarse también el uno al otro? ¿Harry tendrá los mismos sentimientos revueltos que él está teniendo tan intensamente?
Louis se secó las mejillas con el dorso de la mano, tomó aire y lo soltó. El pecho le pesaba, pero no de angustia. Se pasó la mano por la cara y soltó una carcajada breve, sin humor.Fe en el futuro, se dijo.Menuda ironía.
Se quedó un rato en silencio dejando que el pensamiento flotara, luego miró el móvil otra vez, desbloqueándolo abrió los contactos y se quedó un segundo con el dedo suspendido sobre el nombre de Liam.
Necesitaba sacar todo fuera, decirlo en voz alta y darle forma de palabras a lo que durante dos semanas había sido solo un eco en el pecho. Necesitaba que alguien lo escuchara, alguien que le dijera si estaba loco o si valía la pena arriesgarse otra vez.
Pulsó llamar.
El teléfono dio tres tonos antes de que Liam contestara, eran casi las once de la noche de un sábado, pero Liam era de esas personas que siempre respondían, aunque estuvieran cenando, aunque estuvieran a punto de dormirse.
“¿Louis?” La voz de Liam sonó alerta, ligeramente preocupada. “¿Todo bien?”
Louis se pasó la lengua por los labios dándose cuenta de que no sabía por dónde empezar.
“Sí, sí, todo bien. Bueno, no sé.” Soltó una risa breve, sin humor. “¿Estás ocupado?”
“Acabo de acostar al pequeño. Pero para ti nunca estoy ocupado, ya lo sabes.”
“¿Te apetece pasarte por casa?” Louis miró alrededor, el salón en penumbra, la taza de té intacta y el portátil apagado. “Necesito hablar y no es cosa de teléfono.”
Hubo una pausa brevísima al otro lado.
“Voy para allá, dame veinte minutos.”
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Liam llegó en diecisiete, Louis lo recibió en la puerta con el cigarro a medio consumir y las mejillas todavía tirantes por las lágrimas secas, no se molestó en disimular; Liam lo conocía demasiado bien para no notarlo de todas formas.
“Te he traído cervezas” dijo Liam, alzando un six-pack como quien trae una ofrenda. “Me ha parecido que la ocasión lo merecía.”
“No sabes cuánto.”
Se instalaron en el sofá, Liam en un extremo con las piernas dobladas bajo el cuerpo y Louis en el otro tenía la espalda apoyada en el reposabrazos. Entre ambos, la mesa baja sostenía dos botellas de cerveza abiertas, el cenicero con tres colillas, y ese silencio expectante que precede a las confesiones importantes.
Liam no lo presionó, se limitó a beber un trago y a esperar. Conocía a Louis desde los diecisiete, sabía que, si lo empujabas, se cerraba, pero si le dabas espacio, terminaba abriéndose como una compuerta.
“Llevo semanas soñando con él” dijo Louis al fin mirando la botella entre sus manos. “Bueno, no soñando exactamente. Recordando, es como si de repente todo me lo recordara. Una canción en el estudio, una foto en el móvil, el olor del café. Todo me lleva a él y..“.
“¿y?” preguntó Liam, suave.
Louis no respondió de inmediato, giró la botella entre los dedos sintiendo el frío del cristal.
“¿Tú crees que uno puede estar enamorado de alguien cuatro años después de romper?” preguntó, sin mirarlo. “¿Durante toda una puta década sin que se le pase ni un solo día?”
Liam soltó el aire, despacio.
“Ustedes siempre fueron intensos, Tommo. Desde el principio.”
Louis alzó la vista.
“¿Tan obvio era?”
“Para nosotros sí, para los cinco. Nos daban envidia, ¿sabes?” Liam sonrió con nostalgia. “Eras tan descarado, y él tan tímido, y de alguna manera encajaban como dos piezas que no deberían encajar, pero lo hacían, cuando se miraban era como si el resto del mundo dejara de existir y dejaban a todos los demás allí, sintiéndonos un poco de sobra.”
Louis se rio por lo bajo, una risa rota.
“Era demasiado joven para gestionarlo, pero al mismo tiempo fue lo más real que he tenido nunca”
“Eso no se olvida” dijo Liam. “Eso no se supera así como así, solo se aprende a vivir con ello.”
Se hizo un silencio. Louis encendió otro cigarro, la llama del mechero iluminándole la cara un instante. Liam esperó.
“He estado recordando todo, Li” siguió Louis con el humo escapándosele entre los labios. “Lo bueno y lo malo. Las mañanas en los cuartos de hotel, las noches en el estudio, sus malditos panqueques llenos de azúcar, las risas, los besos, pero también las peleas, las discusiones de mierda, los silencios que duraban días, cómo nos fuimos apagando sin darnos cuenta.”
“¿Y qué ves cuando miras hacia atrás?”
Louis dio una calada honda.
“Veo a dos niños que se querían con todo, pero que no sabían cuidarse del ruido.” Exhaló el humo. “Yo no supe cuidarlo, Li. No supe protegerlo de todo aquello y cuando intenté salvar lo nuestro, ya era tarde.”
“No te castigues” dijo Liam, firme. “Los dos estaban en medio de una tormenta que no controlaban. La banda, las discográficas, la prensa, las giras, era demasiado para cualquiera y ustedes dos lo llevaban todo encima sin poder hablar con nadie.”
“Él sí podía. Conmigo. Pero yo...” Louis se frotó los ojos. “No le daba lo que necesitaba, pensaba que con quererlo era suficiente.”
“Louis.” Liam se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas. “Tú eras un niño. Los dos eran niños y aun así intentaron algo que la mayoría de la gente no se atreve ni a soñar. Estuvieron juntos contra el mundo, literalmente. Eso tiene mérito, eso es amor. De verdad”
Louis se empinó la cerveza y la dejó sobre la mesa con un golpe seco.
“He estado pensando en escribirle, en llamarlo, en... no sé.”
“¿En volver a intentarlo?” preguntó Liam, directo.
Louis lo miró, tenía los ojos enrojecidos, pero ya no de tabaco.
“No sé si me atrevo. Han pasado cinco o cuatro años, Li, años en los que él ha hecho su vida y yo la mía. ¿Y si ya es demasiado tarde? ¿Y si la suerte solo se tiene una vez?”
“Tú nunca has creído en la suerte, Tommo, tú siempre has peleado por lo que querías.”
“Pero esto es distinto.” Louis negó con la cabeza. “Esto no es un disco, ni un concierto, ni una gira. Esto es él, es Harry y si la cago otra vez, si volvemos a joderlo...”
“¿Y si no?” le interrumpió Liam, alzando una ceja. “¿Y si esta vez es distinto? ¿Y si ahora que son más maduros, que han crecido, que saben quiénes son fuera de todo ese ruido, funciona?”
Louis se quedó callado con la pregunta flotando entre ellos.
“Nunca dejaste de quererlo, Tommo” dijo Liam, bajito, como quien revela un secreto. “Aprendiste a vivir sin él, que no es lo mismo y estoy seguro de que él también.”
Eso le dolió porque era verdad y porque oírlo en voz alta le daba una forma sólida que no podía ignorar.
“Lo amo” admitió Louis con la voz rota. “Lo amo tanto que a veces no me cabe en el pecho y me da rabia amarlo todavía después de tanto tiempo, me da rabia no haberlo superado, me da rabia que me mire al espejo y vea al mismo niño de dieciocho años que no puede apartar las manos de ese chico encorvado de cabeza rizada.”
“Ese niño era un buen tipo” dijo Liam, sonriendo con tristeza. “Y mira en quién se ha convertido.”
Louis soltó una carcajada breve y amarga.
“Ya no sé en quién me he convertido.”
“Yo sí” dijo Liam. “Eres un tipo que ha sobrevivido a más mierda de la que le tocaba, un tipo que cría un niño, que hace discos de los que se siente orgulloso, que ha aprendido a estar solo y a no tener miedo, eres un tipo que ha crecido, Louis. YHarry también lo ha hecho, así que deja de pensar en lo que pudo ser y piensa en lo que podría ser ahora.”
“¿Y si no quiere?” preguntó Louis en un hilo de voz. “¿Y si ya me ha olvidado?”
“Tú mismo me has dicho que lo viste en la tele y sentiste orgullo, se conocen desde los dieciocho. ¿De verdad crees que Harry te ha olvidado? ¿Después de tanto?” Liam negó con la cabeza. “Estoy seguro de que no lo ha hecho, Lou. Igual que tú no lo has olvidado a él, lo que pasa es que han estado esperando y las esperas, si son demasiado largas, a veces parecen olvidos, pero no lo son.”
Louis apagó el cigarro contra el cenicero y se quedó mirando la brasa extinguida.
“Me da miedo” confesó. “Me da miedo llamarlo y que todo esto sea real, porque si es real, puedo joderlo y si no lo es...” tragó saliva. “Si no es real, entonces estos años no han servido de nada.”
“Han servido para que seas quién eres ahora” dijo Liam. “Y eso no es poco.”
Se hizo un silencio largo y pesado, de esos que contienen más verdad que mil palabras. Louis se quedó mirando el jardín a través de la puerta de cristal, las baldosas mojadas y el cielo negro sin estrellas.
“Mereces ser feliz” dijo Liam al fin. “No sé si Harry es parte de esa felicidad o no, pero mereces intentarlo. Mereces la respuesta, sea cual sea.”
Louis asintió despacio. No dijo nada, pero algo en su pecho se había movido, algo que se parecía al vértigo de asomarse a un precipicio, pero también a la certeza de tener alas por primera vez en años.
Liam se terminó la cerveza y se levantó.
“Me voy a quedar un rato, si no te importa. Hay un partido grabado que no he visto y aquí tienes una tele enorme y no niños que puedan despertarse.”
Era mentira y Louis lo sabía. Lo que quería era quedarse para asegurarse de que Louis estaba bien y de que no se ahogaba en su propia cabeza en cuanto se quedara solo.
“Vale” dijo Louis. “Pero tú invitas las pizzas.”
“Trato hecho.”
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La noche siguiente encontró a Louis insomne otra vez.
Se había metido en la cama a las once agotado, con la determinación de dormir ocho horas seguidas, pero el cuerpo le pesaba y la mente no se lo permitía, dio vueltas entre las sábanas durante una hora que pronto se convirtieron en dos mirando el techo y escuchando el silencio de la casa. Las palabras de Liam le retumbaban todavía en las costillas como un tambor.
Nunca dejaste de quererlo, Tommo. Solo aprendiste a vivir sin él.
Mereces la respuesta, sea cual sea.
A la una y media se rindió.
Se levantó descalzo, fue a la cocina y se preparó un té que probablemente no bebería, encendió un cigarro en la penumbra apoyado en la encimera y el humo le supo a reflexión, el móvil descansaba boca abajo sobre la mesa y él lo miraba como se mira a un animal dormido que en cualquier momento puede despertar y morder.
No necesitaba abrir Instagram, no necesitaba ver otra foto u otra entrevista u otra prueba de que Harry estaba bien, porque lo sabía. Lo había visto durante semanas y años. Harry había crecido y florecido, se había convertido en quien siempre debió ser y él también. Ya no eran aquellos niños que se amaban con urgencia y se perdían en el ruido, eran dos hombres que habían recorrido caminos juntos y separados que, por alguna razón que todavía no se explicaba, seguían queriéndose en silencio. Al menos él lo hacía.
Había pasado semanas pensando, recordando, analizando cada fragmento del pasado como quien examina los pedazos de un jarrón roto, se había castigado por lo que hizo mal, había llorado por lo que perdió, había admirado en silencio los triunfos de Harry como si fueran fuegos artificiales a los que ya no tenía derecho a acercarse, pero en todo ese tiempo no se había permitido imaginar el futuro. No se había permitido creer que todavía podía haber un futuro.
Fe en el futuro, se dijo una vez más y esta vez no sonó a ironía.
No quería volver a intentarlo como a los veinte años, no quería volver a aquella casa de las afueras o a aquellas discusiones cíclicas o a aquella montaña rusa de necesidad y distancia. Ya no, ahora quería otra cosa, algo más tranquilo y real. Dos hombres que se conocían desde siempre, que habían recorrido caminos, que habían crecido, y que (si el destino existía) quizás pudieran encontrarse otra vez.
Tuve suerte una vez...
Recordó la primera vez que se lo dijo a sí mismo, había sido en una entrevista hacia el final de la banda, cuando le preguntaron por la suerte y él respondió, sin pensar, que se sentía afortunado.
El periodista asumió que hablaba del éxito, de los discos y de los escenarios, pero Louis sabía, incluso entonces, que hablaba de Harry. De haber encontrado a los dieciocho años algo que la mayoría de la gente busca toda la vida sin hallar.
Podría ser afortunado de nuevo...
Se apartó de la encimera y tomó el móvil con decisión, el corazón le latía rápido, pero no era miedo. Era vértigo de asomarse a una posibilidad nueva.
Abrió los mensajes.
Buscó el contacto.
El nombre apareció en la pantalla.
H.
Solo una letra, como siempre lo había guardado, el icono diminuto del fantasma con gafas de sol seguía allí intacto, como un fósil de aquellos años.
Louis se quedó mirando el cursor parpadeante.¿Qué se dice después de cinco años? ¿Qué se dice cuando has compartido una década de vida, una banda, un amor, una ruptura y un silencio?
Entonces respiró hondo.
Y escribió.
Hola.
Solo eso, solo la misma palabra que le había dicho a un chico de dieciséis años en un baño diminuto en 2010, cuando no sabía que estaba empezando la historia más importante de su vida. La misma palabra que lo había cambiado todo entonces y la misma que quizás podía cambiarlo todo ahora.
El pulgar tembló un instante sobre el botón de enviar, Louis pensó en elquizás en otro momentoque se habían prometido aquella tarde de otoño.
Quizás ese momento sea ahora, pensó.
Y pulsó enviar.
El mensaje se fue con un pequeñowhoosh.
Louis se quedó inmóvil con el teléfono apretado en la mano mirando la pantalla, la palabraenviadose escribió debajo de la burbuja azul.
Harry no contestó de inmediato, era de madrugada; probablemente estaba dormido al otro lado del mundo, o de la ciudad, o dondequiera que estuviese. Louis dejó el móvil sobre la mesa y se obligó a respirar, dio una calada al cigarro y vio el humo deshacerse contra el techo.
Los minutos pasaron. Cinco, diez, quince. Louis no se movió de la cocina, se preparó otro té y lo dejó enfriar. Miró el jardín a través del cristal y sintió el silencio de la casa como nunca lo había sentido, como una espera.
A la media hora, cuando ya se había convencido de que no habría respuesta hasta el día siguiente (o quizás nunca), el móvil vibró en un zumbido breve, era una notificación.
Louis lo tomó con los dedos torpes y el corazón desbocado.
H: Hola.
Solo eso, la misma palabra sintiéndose como el mismo eco devuelto desde el otro lado del tiempo.
Louis se quedó mirando la pantalla. Leyó el mensaje una vez, dos, tres y entonces, sin poder evitarlo, sintió que una sonrisa tonta y esperanzadora le curvaba los labios. Una sonrisa que no tenía nada que ver con el orgullo distante ni con la nostalgia agridulce, era otra cosa, era la sonrisa de quien se asoma a un precipicio y descubre que no hay vacío, sino un camino.
Hola.
Como quien empieza de nuevo o como quien nunca se fue del todo.
Louis apoyó la espalda en la encimera con el móvil entre sus manos y dejó que la sonrisa se quedara un rato.
Afuera, la noche seguía su curso. En alguna parte, Harry Styles tenía el teléfono en la mano y un mensaje idéntico en la pantalla y en una cocina a oscuras en Londres, Louis Tomlinson tomó por fin su té frío y se permitió, por primera vez en años, creer que el futuro podía ser amable.
En el fondo de su cabeza empezó a flotar una melodía, no eraLandslideesta vez, era una canción propia, de aquellas que aún no tenían letra o melodía.
Porque soy un hombre difícil de perderPero logre descifrarloY luego regresé, a una vida que elegiríaTuvimos suerte una vezPodría ser afortunado de nuevo
La letra le rondó por dentro cálida, como un presagio.Fe en el futuro, pensó. Y sonrió.
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Y así es cómo nació Taste Back.
No quiero decir que trabajar con niños me deja mucho tiempo libre por temor a una avalancha de trabajo en mi universidad, pero esto es producto de una semana “tranquila” en un salón de primaria, así que lamento cualquier error.