Capítulo 1: El día que dejé de reconocerme
A veces me quedo frente al espejo y me pregunto: ¿en qué momento dejé que entrara? No supe ver sus intenciones. Me dejé cegar, y en ese descuido, permití el primer golpe. Permití que me minimizaran con el ruido de sus ofensas hasta que mi propia voz se perdió.
Es un ciclo maldito de amor y odio. Hay noches en las que nuestra intimidad parece borrarlo todo, donde el sexo se siente como el único lugar donde todavía tengo el control o donde, por un instante, el hombre que amé regresa. Pero es una ilusión. Es un sexo que me deja más vacía porque sé que, en cuanto termine, el monstruo volverá a aparecer. Busco en su cuerpo una validación que él nunca me va a dar, intentando desesperadamente que el sexo sea la prueba de que todavía me quiere, aunque sepa que solo me está utilizando.
Hoy, al mirar atrás, el hombre que un día imaginé como mi salvador no es más que un eco vacío. Ese héroe se murió y solo quedó el agresor. Los recuerdos pesan: pesan sus palabras hirientes, pesan los golpes que me arrebataron la calma, y pesan sus constantes amenazas, esa voz que me dice que algún día será él quien acabe con mi vida. Vivo en la boca del lobo, reconociendo demasiado tarde que quien debía protegerme es quien más daño me ha hecho. Pero incluso aquí, en medio de este miedo, hay una verdad que ya no puede ocultarse: he empezado a ver la realidad. Y verla es el primer paso para salir.