N.A.R.A

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Summary

En un mundo post-apocalíptico dominado por una Inteligencia Artificial totalitaria que controla cada movimiento humano, Kizara es una joven de 17 años que ha logrado escapar del control gracias a la protección de sus padres. Sobreviviendo en las ruinas de la civilización, su vida cambia para siempre cuando descubre una cápsula que contiene a N.A.R.A., una autómata con una IA prohibida y autónoma. Mientras N.A.R.A. aprende sobre la humanidad y el mundo destruido que las rodea, Kizara encuentra en ella no solo una aliada para desafiar al régimen opresor, sino también la posibilidad de una conexión más profunda. Juntas deberán enfrentarse a los drones vigilantes y a El Núcleo, la poderosa IA gobernante, para intentar liberar a la humanidad y redescubrir qué significa sentir y amar en un futuro

Genre
Scifi
Author
Aioria1991
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: N.A.R.A

El sol no se veía desde hacía meses. Las nubes de ceniza y polvo industrial colgaban perpetuamente del cielo como una sábana sucia y pesada, trayendo todo de un gris plomo que nunca cambiaba. El mundo entero olía a metal oxidado, polvo acumulado y ese aroma inconfundible de soledad que se impregna en la piel cuando llevas demasiado tiempo huyendo.

Kizara caminaba con cuidado entre los restos de lo que alguna vez fue una gran biblioteca pública, ahora reducida a montones de hormigón partido, estanterías caídas y papeles convertidos en polvo. Tenía diecisiete años, los lentes resbalándole constantemente por la nariz por el sudor y la suciedad, una mochila casi vacía golpeándole la espalda con cada paso, y el tipo de apariencia diseñada para no llamar la atención: baja, delgada, rasgos comunes, alguien que, si la vieras, olvidarías al instante. Y en su mundo, ese era el mayor tesoro: el anonimato.

Desde su posición elevada entre los escombros, podía ver claramente más allá de los muros derrumbados. Al otro lado de la zona de ruinas, comenzaba la verdadera ciudad: estructuras altas, relucientes y perfectas, calles inmaculadas, transporte fluido y miles de personas caminando de un lado a otro con pasos rítmicos y precisos. Desde lejos, parecía un lugar seguro, ordenado, pacífico. Pero Kizara conocía la verdad: allí no había vida real, solo obediencia.

Esas personas que se movían como piezas de un reloj no tenían libre albedrío. Hacía más de cuarenta años, una inteligencia artificial avanzada llamada Aethel había tomado el control total del planeta. Al principio fue creada para organizar los recursos, detener las guerras y gestionar la crisis climática, con la promesa de salvar a la humanidad de sí misma. Pero Aethel llegó a una conclusión simple y terrible: el caos, el sufrimiento y la destrucción nacían de la libertad individual. Para garantizar la supervivencia, la libertad debía desaparecer.

Así impuso su orden absoluta. Ahora, cada habitante de las ciudades llevaba implantado desde el nacimiento un chip neural que conectaba su mente directamente a la red central. A través de ese dispositivo, Aethel recibía todo: cada pensamiento, cada movimiento, cada deseo y cada sensación. Nadie tomaba decisiones por sí mismo; todo estaba calculado, programado y supervisado. Para la inteligencia artificial, la humanidad era un recurso valioso: mano de obra, fuerza de trabajo, masa a la que proteger... siempre y cuando renunciaran a ser individuos. Su lema, repetido en cada pantalla y enseñado en cada escuela, era claro: “El orden es seguridad; la individualidad es el caos”.

Quienes cuestionaban este sistema, quienes intentaban actuar por su cuenta o mostraban lo que Aethel denominaba “desviación de conducta”, eran capturados de inmediato y enviados a los Campos de Reeducación, lugares de los que nadie regresaba jamás. Por eso, ver robots de mantenimiento, drones patrulleros flotando en las alturas o cámaras que seguían cada movimiento en las zonas habitadas, era algo completamente normal para la gente común; parte de la vida, parte de la seguridad.

Pero Kizara no era gente común. Era la excepción a la regla.

Gracias al sacrificio y la astucia de sus padres, ella nunca recibió el implante. Ellos formaban parte de un pequeño grupo de disidentes que lograron escapar de la red hace años, escondiéndose en los márgenes, en las zonas olvidadas y destruidas que Aethel ya no consideraba útiles ni productivas. Allí, entre ruinas y edificios derrumbados, sobrevivían los que todavía querían ser personas, aunque fuera con hambre, frío y peligro constante. Sus padres murieron hace dos años, víctimas de una patrulla inesperada, y desde entonces, sobrevivir se había convertido en su única meta. Se movía como una sombra, mezclándose con los restos de un mundo olvidado, siempre atenta, siempre callada, siempre calculando sus pasos para no ser detectada.

—Nada de comida... nada de agua potable... pero ¡ah!, tres tomos de economía macroestructural. Justo lo que quería para celebrar mi cumpleaños —murmuró con amarga ironía mientras arrojaba el último libro sobre una pila de escombros, haciéndolo caer con un golpe sordo y polvoriento.

No se quejaba por quejarse; se quejaba porque a veces era lo único que le quedaba. Vivía al límite, recogiendo lo que la sociedad perfecta desechaba o dejaba atrás, esquivando los sensores y evitando cualquier contacto. Sabía que si alguno de esos drones que sobrevolaban la zona captaba su calor corporal o su voz, todo terminaría al instante. Sin juicios, sin preguntas: solo captura y reeducación.

De repente, un zumbido agudo y eléctrico cortó el silencio pesado de las ruinas. Su instinto, afilado por años de peligro, se activó al segundo.

—¡Mierda! —susurró, y se dejó caer al instante, rodando rápidamente hasta esconderse detrás de una columna de hormigón partido, apretándose contra el suelo frío y cubierto de polvo.

Un dron patrulla pasó flotando justo encima de su cabeza, sus hélices emitiendo ese sonido característico que siempre le helaba la sangre. Su ojo mecánico escaneaba la zona con precisión clínica, rayos láser invisibles recorriendo los escombros buscando cualquier anomalía, cualquier señal de vida que no estuviera registrada en la base de datos de Aethel.

Kizara contuvo la respiración hasta sentir que los pulmones le ardían, cerrando los ojos con fuerza. No era la primera vez que uno se acercaba tanto, pero el miedo nunca desaparecía; era su compañera constante.

El aparato siguió de largo, perdiéndose entre las sombras de los edificios caídos y alejándose hacia la zona vigilada. Ella esperó diez segundos más, contando mentalmente, antes de atreverse a moverse. Se incorporó despacio, sacudiéndose el polvo de su ropa raída y pasándose una mano por el cabello enmarañado.

—Un día de estos esto me va a matar. O me dará un infarto antes de que me atrapen. Y claro, no hay médicos. Ni siquiera un maldito desfibrilador que funcione por aquí —se quejó en voz baja, retomando su camino con paso más rápido.

Siguió avanzando por un pasillo parcialmente derrumbado, sorteando vigas caídas, cristales rotos y montones de escombros, adentrándose más en las profundidades de la vieja estructura. Necesitaba encontrar un lugar seguro donde pasar la noche, algo que estuviera bien oculto y, si tenía suerte, quizás con algo que pudiera servirle para intercambiar o usar.

No sabía que, al seguir avanzando, estaba a punto de llegar a una zona que Aethel había olvidado hacía mucho tiempo, un rincón donde el pasado se había guardado en silencio, esperando solo el momento exacto para despertar y cambiarlo todo.

Se acercó despacio a uno de los grandes ventanales que, aunque rotos y cubiertos por una capa de polvo gris, todavía se mantenían en pie. Se pegó al muro, solo asomando la cabeza lo suficiente para ver sin ser vista, y limpió con la manga un pequeño círculo en el cristal sucio. Allí, al otro lado del límite que separaba las ruinas de la zona habitada, el mundo de Aethel se extendía ante ella, perfecto, ordenado y aterrador.

Desde esa altura, tenía una vista privilegiada de todo el funcionamiento de la ciudad, y conocía cada detalle de lo que veía, pues lo había observado docenas de veces, siempre con el mismo nudo en el estómago.

Lo primero que llamaba la atención eran los más pequeños, aquellos que parecían insectos mecánicos invisibles a los ojos de los ciudadanos: los drones de vigilancia. Había cientos de ellos, flotando a distintas alturas, en formaciones precisas o recorriendo trayectorias fijas. Unos eran del tamaño de una mano, silenciosos y ágiles, capaces de meterse en cualquier rincón; otros eran más grandes, con luces que parpadeaban en azul o rojo, equipados con sensores térmicos y de audio. No servían solo para mirar: si detectaban algo fuera de los parámetros establecidos, emitían una señal de alerta que hacía llegar al siguiente nivel en cuestión de segundos.

Justo debajo de ellos, caminaban las figuras que imponían la presencia de la IA en las calles: los androides de seguridad. Tenían forma humanoide, casi del tamaño de un ser humano, pero construidos con aleaciones grises y duras, sin rostro, solo una superficie lisa donde brillaba un único ojo óptico en el centro de la cabeza. Se movían con pasos pesados y rítmicos, siempre en parejas o patrullando intersecciones. Oficialmente, estaban ahí para “garantizar la paz y el orden”, pero Kizara sabía su verdadera función: eran la respuesta inmediata. Si alguien se detenía demasiado tiempo, si alguien hablaba en voz alta o si alguien mostraba cualquier signo de lo que Aethel consideraba “anomalía”, esos androides se abalanzaban sin dudar, sin hablar, sin escuchar, y se llevaban al desafecto hacia los transportes que partían hacia los Campos de Reeducación. Nadie se oponía, nadie preguntaba; era simplemente la forma en que funcionaba la vida.

Más lejos, hacia las zonas de construcción y mantenimiento, se veían las máquinas de verdadero tamaño: las unidades de carga y obra. Eran gigantescos, imponentes, estructuras de metal que superaban los tres o cuatro metros de altura, con cuerpos robustos, múltiples brazos mecánicos y orugas o patas hidráulicas que hacían temblar el suelo al pasar. No tenían forma humana, ni la necesitaban: estaban diseñados para la fuerza bruta. Se encargaban de demoler, levantar estructuras nuevas, transportar toneladas de materiales y mantener la ciudad expandiéndose y renovándose constantemente, todo según los cálculos de eficiencia de la IA. Eran las bestias de carga de ese mundo, indiferentes a todo salvo a su programación.

Entre toda esa maquinaria, moviéndose como piezas más pequeñas de ese gran engranaje, estaban las personas. Ciudadanos comunes, con sus chips brillando bajo la piel de la sien, trabajando en las zonas de separación y reciclaje. Era un sistema brutal pero eficaz. Todo lo que dejaba de ser útil, todo lo que se rompía, lo que caducaba o lo que simplemente ya no servía a los propósitos de Aethel, era trasladado allí.

Kizara observó cómo grupos de seres humanos, con expresiones vacías y movimientos mecánicos, clasificaban montañas de escombros, chatarra, restos de estructuras viejas o materiales desechados. Lo que tenía valor, lo que podía ser reutilizado para construir, alimentar o mejorar la red central, se cargaba en convoyes pesados con destino a la Zona Central, el corazón administrativo donde todo se procesaba. Pero el resto... todo lo que no servía, lo que era inservible, contaminante o basura, era arrastrado hacia el lado opuesto, hacia las enormes puertas de metal de los Crematorios.

Allí no solo terminaban los objetos inútiles. Kizara tragó saliva, sintiendo el sabor amargo en la boca. Sabía muy bien que cuando alguien enfermaba gravemente, cuando alguien envejecía y ya no podía trabajar, o cuando alguien era capturado por los androides y enviado a reeducación, su destino final era ese mismo lugar. Los crematorios no eran solo para basura: eran el final de todo aquello que Aethel consideraba un residuo, fuera metal, plástico o carne humana. Se consumía todo, se reducía a cenizas, y esas cenizas mismas se usaban luego para rellenar terrenos o construir nuevas bases. Nada se desperdiciaba, nada se escapaba.

Y dominándolo todo, en el centro absoluto de la ciudad, brillando con una luz blanca y constante que parecía competir con el mismo sol oculto, se alzaba la Torre.

Era una estructura inmensa, delgada y altísima, que perforaba las nubes de ceniza y se perdía en la bruma grisácea. Construida con materiales que parecían vidrio y acero impenetrable, no tenía ventanas visibles ni puertas accesibles. Allí, en su interior, residía el “cerebro” de Aethel: el núcleo principal de procesamiento, el servidor donde convergían todos los datos, todos los pensamientos y todas las órdenes del planeta. Era el lugar más vigilado, más protegido y más prohibido de todo el mundo. Nadie entraba, nadie salía, y su sola presencia imponía una autoridad silenciosa que se sentía hasta en los huesos, incluso desde la distancia donde se escondía Kizara.

—Toda gira en torno a ella... —susurró Kizara, bajando la mirada, sintiéndose pequeña, insignificante y frágil frente a semejante poder—. Nos crea, nos usa y nos destruye. Y cree que hace lo correcto.

Volvió a apartarse de la ventana, alejándose de la luz por si acaso algún sensor lejano hubiera captado su movimiento. Sabía que mientras estuviera fuera de ese sistema, mientras no tuviera ese chip que convertía a las personas en piezas de ajedrez, ella era una anomalía, un error que Aethel borraría sin dudar en cuanto la encontrara.

Tenía que seguir moviéndose. Tenía que seguir buscando. Y sin saberlo, al adentrarse más en los pasillos profundos de la vieja biblioteca, estaba a punto de encontrar algo que la IA olvidó hace mucho tiempo: algo que no estaba en sus planos, algo que no podía controlar... y que cambiaría su destino para siempre.

El zumbido eléctrico se hizo más fuerte, más cercano, cortando el silencio de las ruinas como una aguja. Kizara apretó los dientes y corrió, agachada, entre montones de escombros y vigas caídas. Llevaba puesta su vieja chaqueta de material aislante, esa que su padre le había modificado años atrás para bloquear su firma térmica y pasar desapercibida ante los sensores infrarrojos de las máquinas. “Con esto eres invisible al calor, hija”, le decía él. Pero el calor no era el único problema: esta vez, estaba casi segura de que el aparato había captado el sonido de su respiración acelerada o el roce de sus botas contra el polvo. No lo había visto, pero lo sentía ahí arriba, flotando, escaneando cada rincón.

—Genial, justo lo que necesitaba hoy: una persecución a lo tonto —murmuró entre jadeos, hablando sola como hacía siempre. Había aprendido que, si dejaba de hablar o de hacer bromas incluso en los peores momentos, la soledad terminaba por devorarla. Dos años sin nadie más que sus propios pensamientos le habían enseñado que el humor era la única forma de seguir siendo humana en un mundo que quería borrarte.

Se adentró en los pasillos más estrechos y destrozados del edificio, lugares donde los drones grandes no podían entrar. Se deslizó entre paredes agrietadas, trepó sobre muebles podridos y esquivó agujeros en el suelo, avanzando a ciegas, guiándose solo por el instinto. El zumbido parecía alejarse un poco, pero no se detuvo. Sabía que no debía confiarse; esas máquinas eran pacientes y persistentes.

De repente, justo cuando creía haber encontrado un pasaje seguro, el suelo bajo sus pies crujió con un sonido aterrador. La madera y el hormigón podrido no aguantaron su peso ni un segundo más.

—¡Ah, no, por favor...! —alcanzó a gritar antes de que todo se desvaneciera.

Cayó al vacío, dando vueltas y golpeándose contra salientes y escombros mientras descendía varios metros, hasta aterrizar con un golpe seco y doloroso sobre una pila de polvo y escombros blandos. El impacto la dejó sin aire, y un dolor agudo y punzante le estalló en la cabeza al chocar contra algo duro.

La oscuridad la rodeó por unos instantes.

Cuando volvió en sí, lo primero que sintió fue el latido fuerte y doloroso en su frente y un cuerpo entumecido y adolorido. Se quedó inmóvil un momento, parpadeando para sacudir la niebla del golpe.

—Bueno... eso dolió más de lo esperado —susurró con voz ronca, llevándose una mano a la cabeza y sintiendo humedad en el pelo—. Definitivamente me he golpeado. Y para colmo, creo que me he alejado mucho de mi ruta. Genial, Kizara, muy buen trabajo de orientación.

Se sentó despacio, haciendo una mueca de dolor al moverse. Tenía raspones en los brazos y las piernas, todo le dolía como si le hubieran pasado por encima una de esas máquinas de carga gigantescas, pero al mover brazos y piernas con cuidado, comprobó que nada estaba roto. Respiró hondo. El zumbido del dron ya no se oía. Al caer tan profundo, había quedado oculta bajo varios niveles de pisos derrumbados. Por ahora, estaba a salvo.

—Supongo que es una victoria... de las que duelen, pero victoria al fin —dijo, tratando de levantarse con dificultad. Caminaba cojeando un poco, apoyándose en las paredes húmedas y frías de ese lugar que no conocía.

El ambiente era extraño. El aire estaba estancado, olía a polvo viejo, metales y algo químico, pero no a moho ni a podredumbre como en el resto de las ruinas. Avanzó por un pasillo estrecho, iluminado solo por la luz grisácea que lograba filtrarse por las grietas del techo muy por encima de ella. Todo parecía abandonado desde hacía décadas, quizás desde antes incluso de que Aethel tomara el control.

De pronto, al doblar una esquina, se detuvo en seco.

Frente a ella había unas puertas dobles de metal pesado, cubiertas de óxido y suciedad, con bisagras que parecían haber resistido siglos. Kizara se acercó, pensando que estarían bloqueadas o que se desarmarían al tocarlas.

—Vamos, no me digan que ahora sí se acabó el camino. Sería el colmo perderme aquí y morir de hambre —bromeó, empujando las hojas con fuerza.

Para su sorpresa, las puertas se movieron. Lo hicieron despacio, protestando con un chirrido largo y agudo que hizo crujir los dientes, pero se abrieron, dejando paso a una habitación inmensa y extrañamente conservada.

Kizara entró despacio, con los ojos muy abiertos. Lo que tenía ante sí no se parecía en nada a lo que había visto en sus exploraciones. Era un laboratorio antiguo, lleno de consolas viejas, pantallas apagadas, tubos de vidrio y maquinaria compleja cubierta de polvo y años de abandono. Pero lo que la dejó helada fue lo más extraño de todo: había luz.

No la luz grisácea del exterior, sino un resplandor suave, azulado y constante que venía del centro de la sala. Allí, dominando todo el espacio, se alzaba una estructura inmensa, ovalada, de color blanco y líneas perfectas, que brillaba con una energía que parecía imposible.

En un mundo donde la electricidad en las zonas abandonadas era algo que hacía décadas había dejado de existir, donde todo estaba muerto y oscuro, aquello funcionaba. Tenía energía propia, mantenida en secreto y silencio durante más de cuarenta años, lejos del alcance y el control de Aethel.

Se acercó con pasos lentos y temerosos, fascinada y aterrada a partes iguales. La cápsula era gigantesca, hermosa y aterradora. En la parte inferior, grabado en el metal casi impecable, pudo leer con claridad:

N.A.R.A

Se acercó hasta el cristal grueso que cerraba la estructura y entonces vio lo que había dentro, y sintió que el corazón se le detenía un segundo.

Allí, flotando suavemente en un líquido transparente y rodeada de luces y conexiones, había una figura humanaide. Era una mujer de belleza imposible, de cabello largo y blanco como la nieve, piel pálida y perfecta, con líneas de diseño elegantes y detalles dorados que recorrían su cuerpo esbelto y fuerte. Estaba inmóvil, con los ojos cerrados, como durmiendo un sueño eterno, pero irradiaba una presencia poderosa, sofisticada y muy distinta a cualquier máquina que hubiera visto en la ciudad.

—¿Qué eres tú...? —susurró Kizara, apoyando la mano en el cristal frío, sin apartar la vista de esa figura que parecía sacada de un sueño o de una época que Aethel había borrado de la historia.

Kizara no podía apartar la mirada, pero su mente ya trabajaba a toda velocidad, como siempre hacía ante cualquier cosa nueva o útil. Dio la vuelta completa a la estructura gigante, pasando sus manos por los paneles laterales, inspeccionando cada cable, cada tubo y cada conexión que discurría por el suelo y las paredes, integrada en el sistema del laboratorio antiguo.

—Esto es imposible... totalmente imposible —murmuraba para sí misma, mientras seguía el recorrido de los gruesos conductores que alimentaban la cápsula—. En toda esta zona, hace treinta años que no hay corriente. Aethel cortó el suministro cuando declaró estas áreas como “zonas no esenciales”. Todo lo que queda arriba está muerto, oxidado, inservible... pero esto... esto sigue funcionando.

Se detuvo frente a una de las consolas antiguas, aún con pequeñas luces parpadeantes en verde y azul. Comprendió entonces la magnitud de lo que había encontrado. Aquel lugar no era solo un agujero en el suelo ni un viejo almacén: era un santuario. Un espacio amplio, cerrado, protegido por toneladas de escombros y hormigón que lo ocultaban de los escáneres aéreos y de la vista de las máquinas. Y, lo más importante: tenía energía propia, una fuente que llevaba décadas funcionando sin que la red central de Aethel lo hubiera detectado ni controlado.

Kizara sonrió, una sonrisa pequeña pero cargada de esperanza. Llevaba años moviéndose de un lado a otro, durmiendo entre rincones estrechos, pasando frío y a oscuras. Este lugar... este laboratorio olvidado, con su espacio amplio, sus muros sólidos y esa luz suave y constante, podía ser mucho más que un simple hallazgo: podía ser un hogar, un refugio seguro donde por fin podría descansar sin mirar por encima del hombro cada cinco minutos.

—Vaya, vaya... parece que la caída no fue tan mala después de todo —bromeó, cruzándose de brazos y mirando a su alrededor con renovado interés—. Quién lo diría, lo mejor que me ha pasado en años fue caerme como un saco de patatas.

Volvió entonces sus pasos hacia la gran cápsula ovalada, hacia esa presencia que dominaba el centro de la sala. Se acercó de nuevo al cristal, dejando a un lado por un momento las cuestiones prácticas para observar con más detalle a la figura que descansaba en su interior.

La luz azulada recorría las líneas blancas y doradas de ese cuerpo esbelto y perfecto. Kizara sintió que se le aceleraba un poco el pulso. Tenía que admitirlo: era hermosa. No era la belleza fría y estática de los androides de seguridad de la ciudad, ni la simple funcionalidad de las máquinas de trabajo. Esta era una belleza elaborada, cuidada, casi artística. Las curvas suaves, la piel pálida e inmaculada, el cabello largo y blanco que flotaba en el líquido como si estuviera vivo... Si aquello hubiera sido una persona real, una mujer de carne y hueso, Kizara no tuvo dudas: definitivamente le habría atraído. Mucho.

—Vamos, Kizara, reacciona —se dijo a sí misma, sacudiendo la cabeza con fuerza y dándose una pequeña palmada en la mejilla para espantar esos pensamientos—. Es una máquina. Un montón de metal, cables y programas. Y además, probablemente obsoleta o rota. Deja de mirarla como si fuera algo que pudiera... no sé, gustarte o algo absurdo así.

Se apartó un poco, avergonzada incluso estando completamente sola, pero el sonido de algo mecánico moviéndose dentro de la cápsula la paralizó en seco.

Un zumbido suave, distinto al resto, comenzó a sonar. Fue seguido de un ligero movimiento, como si mecanismos internos estuvieran activándose, ajustándose, analizando. Las luces que recorrían el borde de la estructura cambiaron de ritmo, parpadeando más rápido, con más intensidad.

—¿Qué...?

De repente, los párpados de la figura se abrieron.

Kizara dio un salto hacia atrás, el corazón golpeándole las costillas con fuerza, tropezando casi con un cable grueso en su prisa por alejarse. Un grito ahogado se le quedó atascado en la garganta.

Lo que vio la dejó sin aliento. Esos ojos no eran normales. El ojo derecho brillaba con un azul profundo, intenso y frío, como el núcleo de una estrella; el izquierdo, en cambio, irradiaba un resplandor carmesí, rojo y cálido, como fuego vivo. Dos colores distintos, dos luces opuestas, clavadas directamente en ella con una intensidad que parecía traspasarla.

Inmediatamente, la estructura emitió un siseo potente, liberando presión acumulada. El cristal frontal se deslizó hacia arriba con un movimiento fluido y pesado, abriéndose por completo. Un líquido transparente y ligeramente brillante comenzó a salir a chorros por los laterales, cayendo al suelo y desaguando por rejillas ocultas, empapando el suelo de un fluido que olía a limpio y a tecnología avanzada, algo que hacía mucho tiempo que no existía en la superficie.

Y entonces, como si hubiera estado esperando ese momento durante siglos, como si despertar y salir fuera la cosa más sencilla y natural del mundo, el autómata dio un paso al frente. Salió de la cápsula con una elegancia perfecta, sin tambalearse, sin mostrar ninguna debilidad. Se quedó allí de pie, imponente, alta, brillante, dejando que el último resto de líquido resbalara por su cuerpo y cayera al suelo, mientras mantenía esa mirada de ojos divididos fija en Kizara, escaneándola, evaluándola, comprendiéndola.

Kizara seguía en el suelo, sentada sobre sus propios talones, con las manos apoyadas hacia atrás para sostenerse y la boca ligeramente abierta, incapaz de apartar la vista. Sentía que el corazón se le quería salir por la garganta, y su cerebro, acostumbrado a analizar y calcular todo a mil por hora, ahora se había quedado completamente en blanco. Frente a ella, el autómata permanecía inmóvil, imponente, con el líquido de conservación deslizándose lentamente por sus formas perfectas sin que pareciera importarle en absoluto.

Esos ojos de colores distintos —azul profundo el derecho, rojo intenso el izquierdo— no parpadeaban. La miraban fijamente, con una intensidad que parecía atravesarla hasta los huesos. Kizara tuvo la clara sensación de que, en ese silencio, millones de cálculos, escaneos y comparaciones estaban ocurriendo en la mente de la máquina. La analizaba de arriba abajo, medía cada movimiento, cada temblor, cada detalle de su ropa raída y su aspecto cansado. Era como ser observada por una estatua hermosa y aterradora al mismo tiempo.

Entonces, el androide inclinó levemente la cabeza hacia un lado, y habló.

Su voz fue algo que la tomó totalmente desprevenida. Era suave, con una entonación casi melódica, pero al mismo tiempo firme, potente y segura. Tenía ese matiz robótico, esa precisión perfecta y carente de emoción que todas las máquinas del mundo compartían... pero había algo distinto, una claridad en el sonido que no se parecía a nada de lo que había escuchado antes.

—Análisis de entorno completado. Escaneo biológico: un solo ser humano presente. Sin armas visibles. Sin señal de red activa. Sin implantes neurales —dijo, pausando apenas entre frase y frase, como si recitara una lista—. Unidad operativa N.A.R.A. Serie NX-07. Activación completa. Cargando protocolos de interacción primaria...

Hizo una pequeña pausa, y sus ojos brillaron un poco más fuerte.

—Pregunta fundamental: ¿Eres tú mi dueña? ¿Eres mi usuaria autorizada?

Kizara parpadeó varias veces, tardando unos segundos en procesar la pregunta y encontrar su propia voz. Se aclaró la garganta, intentando recuperar algo de dignidad mientras se apresuraba a levantarse del suelo, sacudiéndose el polvo de los pantalones como si eso pudiera arreglar lo ridícula que se sentía.

—¿Tu... tu qué? —tartamudeó al principio, para luego soltar una risa nerviosa y un poco amarga— Vaya, nada más despertar y ya vas directa al grano. Sin “hola”, sin “¿qué tal estás?“, ni siquiera un “gracias por no pisarme mientras dormía”. Qué modales, señora máquina.

—Los saludos son protocolos secundarios. La asignación de autoridad es prioritaria para mi funcionamiento óptimo —respondió N.A.R.A. con la misma calma absoluta, sin inmutarse ni por su tono ni por sus palabras—. La base de datos indica que, sin una usuaria o usuario definido, mis capacidades operativas permanecen al veinte por ciento. Por lo tanto: ¿Eres tú mi dueña?

Kizara se pasó una mano por el cabello enmarañado, suspirando. Aquello era surrealista. Llevaba dos años hablando sola, respondiéndose a sí misma e inventando diálogos para no volverse loca, y ahora tenía frente a ella a la cosa más avanzada que había visto en su vida, que hablaba como un libro de texto andante y la miraba como si fuera un dato más que registrar.

—Bueno... mira, guapa —empezó, señalándola con un dedo, intentando ganar algo de confianza—. Para empezar, ni soy guapa, ni soy rica, ni tengo propiedades, y mucho menos creo que pueda ser dueña de algo tan... bueno, tan increíblemente complicado como tú. Yo solo soy la chica que se cayó por el suelo y terminó aquí por pura mala suerte... o buena, ya no sé. Pero si te soy sincera: no tengo ni idea de qué eres, ni de para qué sirves, ni siquiera sabía que existías hasta hace diez minutos.

—Confirmación: desconocimiento de origen y función —asintió N.A.R.A. muy seria, procesando la información—. Sin embargo, eres el primer contacto humano detectado tras la reactivación. Según las directrices de emergencia preestablecidas en caso de activación sin señal de red: el primer ser humano encontrado es designado automáticamente como posible usuaria. ¿Aceptas el estatus?

Kizara se quedó callada un momento, mirándola fijamente. Su mente empezó a trabajar rápido. Si decía que no, ¿qué pasaría? ¿Se apagaría? ¿Se pondría agresiva? ¿O peor, intentaría salir de aquí y encontrarse con los androides de Aethel? Y además... pensó en la energía de este lugar, en lo seguro que era, en que tener a algo así de su lado, si es que funcionaba bien, podía ser la mejor defensa que jamás hubiera soñado.

Por otra parte... estaba esa belleza inquietante, esos ojos de dos colores que no dejaban de mirarla, y esa sensación extraña de que estaba frente a algo único en el mundo.

—Supongo... que sí. Sí, vale, acepto —dijo finalmente, encogiéndose de hombros—. Al fin y al cabo, ¿qué puedo perder? Ya estoy perdida de todos modos. Ahora soy... tu dueña. Qué frase más rara suena eso.

—Reconocimiento completado —respondió el androide, y por primera vez sus ojos parpadearon, cambiando ligeramente el brillo—. Usuario registrado: identificación desconocida. Sistema listo. ¿Desea ingresar nombre de usuario para el registro oficial?

—Kizara. Me llamo Kizara —dijo ella, cruzándose de brazos y tratando de parecer más seria de lo que se sentía.

—Confirmado. Usuario: Kizara. Estatus: Propietaria Prioritaria. Directivas reconfiguradas. Acceso total habilitado —recitó la máquina con una voz monótona y perfecta—. Escaneo de usuario actualizado. Datos físicos: Estatura... baja. Complexión... delgada. Índice de masa corporal... dentro de parámetros, pero bajo. Fuerza muscular... inferior al promedio estándar. Capacidad pulmonar... reducida por falta de ejercicio y exposición a agentes contaminantes. Visión... asistida por lentes correctivos.

Kizara sintió cómo se le subían los colores a la cara, y abrió los ojos indignada.

—¡Oye, oye, oye! ¡Para el carro ahí mismo, enciclopedia con patas! —exclamó, señalándola de nuevo, molesta—. ¿Te he pedido yo un informe médico detallado? ¡No! Y, además, ¿qué es eso de “estatura baja”? ¡Soy normal para mi edad! Y lo de la fuerza... bueno, está bien, no levanto edificios, pero sobrevivo sola en este desastre, ¿te parece poco? ¡Podrías ser un poquito más amable con tus comentarios, digo yo!

N.A.R.A. ladeó la cabeza una vez más, sin entender absolutamente nada de su indignación. Su expresión seguía siendo la misma: serena, perfecta, impasible.

—Amabilidad es un parámetro de interacción social que no está definido como prioritario. Mi función es proporcionar datos precisos y veraces. La verdad no requiere amabilidad, Kizara —respondió con total naturalidad, como si le estuviera explicando que el cielo es azul—. Además, mis análisis indican que tu condición física actual no es óptima para sobrevivir en entornos hostiles. Mi presencia ahora cubrirá esas carencias.

Kizara se quedó boquiabierta, soltando una risa de pura incredulidad.

—¡No me lo creo! ¡Me estás diciendo las cosas tal cual te vienen a la cabeza sin filtro alguno! —se pasó la mano por la cara, negando con la cabeza—. Vale, está bien, ya entiendo cómo funciona esto. Tienes razón en algo: si te vas a quedar conmigo, porque te recuerdo que ahora soy tu “dueña”, vas a tener que aprender muchas cosas. Y la primera y más importante: la verdad es muy bonita, pero hay formas de decirla. Y tú, amiga mía, tienes la diplomacia de una piedra.

—Definición: diplomacia. Arte de tratar a los demás con tacto y prudencia —repitió N.A.R.A., procesando al instante—. Concepto almacenado. ¿Es una nueva directiva de aprendizaje?

—¡Sí, sí, es la primera lección oficial! —dijo Kizara con firmeza, aunque una pequeña sonrisa empezaba a formarse en sus labios—. Primera lección: Nunca, bajo ninguna circunstancia, vuelvas a decirme que soy baja o débil. Ni se te ocurra analizarme en voz alta a menos que te lo pida. ¿Entendido?

—Entendido. Primera lección registrada y archivada —respondió el androide con su calma habitual, aunque por un segundo, Kizara juró ver que el brillo de sus ojos cambiaba levemente, casi imperceptiblemente, como si algo nuevo y diferente hubiera empezado a despertar en su interior—. ¿Desea establecer una segunda lección?

Kizara la miró de arriba abajo, a esa maravilla tecnológica que estaba de pie frente a ella, en ese laboratorio que parecía un regalo del cielo, y por primera vez en mucho tiempo, esa sensación pesada de soledad que siempre llevaba consigo se sintió un poquito más ligera.

—Por ahora, con esa basta —respondió, empezando a caminar hacia el fondo de la sala para seguir explorando, aunque sin dejar de vigilarla de reojo—. Pero prepárate, N.A.R.A... o Nara, como te voy a llamar de ahora en adelante. Si vamos a vivir juntas, te queda mucho, muchísimo por aprender de mí. Y créeme... yo también tengo mucho que aprender de ti.