Iván

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Summary

Trabajador social de día, observador obsesivo de noche, Iván se gana la vida detectando el dolor ajeno mientras esconde el propio. Cuando su hermana presenta a su nuevo novio, Iván hace lo que sabe hacer: tomar distancia. Pero la distancia es un lujo que no puede pagar. Es una historia con tinte LGBT, hay homofobia, personajes incómodos y el prota un gay femenino. No tiene ese amor romántico idealizado de los BL, es un amor más crudo y con personajes con moral gris. Iván es el mismo que aparece en "Lo que no dijimos"

Status
Complete
Chapters
36
Rating
n/a
Age Rating
18+

Pared verde menta

Era media tarde y la oficina estaba en ese punto muerto de los martes: el teléfono callado, la mayoría con la cabeza baja sobre sus expedientes, el ventilador de pie del rincón moviendo el calor de un lado a otro sin resolver nada.

Yo llevaba dos horas con la misma transcripción. No porque no la entendiera, sino porque algo en ella no cuadraba, y cuando algo no cuadra no me puedo ir. La madre describía lo que le había pasado al nene con las mismas palabras, exactas, cada vez que se le preguntaba: la misma frase, el mismo orden, el mismo tono. Tres veces, idéntica.

La gente que dice la verdad no habla así. La que dice la verdad improvisa, se corrige, busca las palabras, se contradice en los detalles chicos. La que miente ensaya.

Abrí el cuaderno y anoté: *repite textual. Versión acordada. Revisar.* Lo cerré. Archivado.

—Iván.

Flora estaba parada al lado de mi escritorio con su taza de café y esa expresión de cuando tiene algo que decir y va a decirlo de todas formas.

—Son las cinco y media —dijo—. Y llegaste a las siete de la mañana.

—Los casos no tienen horario.

—Pero vos sí. —Tomó un sorbo y me miró de frente—. Está bien que te importe. Lo que no está bien es que no haya nada más.

—Hay muchas cosas más.

—Nombrame una.

No contesté enseguida, que ya es una respuesta. Ella asintió, como quien confirma algo que ya sabía, y se volvió a su escritorio sin agregar nada más. Flora es así: planta la semilla y se va; nunca necesitó quedarse a ver si prendía.

Me quedé mirando el expediente cerrado un momento. Tenía razón, lo que me jodía. Hacía meses que no hacía nada que no fuera esto: el trabajo, el bus, el departamento, el cuaderno, el trabajo. El ciclo perfecto de alguien que decidió, sin darse cuenta, que vivir era secundario.

Agarré el celular y abrí Grindr. Si el trabajo me iba a comer igual, al menos que hubiera algo del otro lado. Esa app con el sonidito que los gays conocemos de memoria. Me pasé fotos con uno que me pareció viable —y de las otras también, claro; no iba a arriesgarme a aparecer y encontrarme con cualquier cosa—. Quedamos en el Mall Excelsior.

Guardé el celular, saludé a Flora con la cabeza y salí.

El día estaba caluroso, como siempre en este maldito país. El asfalto parecía un espejo negro que devolvía la luz hecha charco, y sobre la superficie temblaba esa especie de vapor que distorsiona el paisaje. Así veo yo la realidad, supongo: una imagen que tiembla y nunca termina de cuajar.

Aun así no me detengo. Sigo caminando, porque las ganas pueden más que la razón. Ojalá haya química con mi cita. En el fondo soy un romántico empedernido, pero también soy hombre, y un hombre no le hace asco a un encuentro ocasional.

Es una ciudad horrible. Grafitis, casas antiguas que se caen a pedazos, olor a orina marcando las esquinas. Sin duda tuvo mejores tiempos. Cerca del shopping la cosa mejora, así que por lo menos se me alegrará la vista.

Voy tan ansioso que ni siento las veredas de altura irregular, hasta que me golpeo el dedo gordo contra un escalón que nadie pidió. Maldita sea. Aprieto los dientes y sigo, cojeando apenas, porque detenerme sería admitir que la ciudad me ganó otra vez.

Por fin, el Mall Excelsior. No soy tonto: a las citas las cito en lugares públicos. Vaya a saber uno; después resulta que el tipo es un asesino, o un loco, o las dos cosas. Mejor cuidarse, en estos tiempos.

El olor a café en grano y a pan caro de la cafetería le da un festín a mis sentidos. El aire frío del mall, las señoras ricas con sus carteras que cuestan lo que yo gano en un mes… todo me recuerda lo mismo: estás fuera de tu zona, chico.

Me muerdo las uñas mientras espero. La gente me mira raro. No sé si es por la estrella de cinco puntas que llevo al cuello o por los piercings en la boca. En el fondo me gusta provocar. No creo en ángeles ni en demonios, pero los símbolos oscuros llaman la atención, y a mí la atención no me molesta.

¿Cuándo va a venir este chico? Ya me estoy hartando. Un hombre de unos cuarenta y cinco me observa con deseo desde la otra punta. «Lo siento, amigo, pero vos no me vas», me digo, y miro para otro lado.

Para matar el tiempo abro Twitter. Siempre hay chicos lindos mostrando sus atributos… mejor no. Estoy alimentando unas ganas que de por sí ya están altas. Busco algo sobre cohetes, que es bastante más neutral. Me parecen fascinantes esas naves gigantescas; a los hombres siempre nos gustan las cosas de máquinas.

Siento una mano en la espalda. Es mi cita. Y es horrible. Debe haberme pasado fotos de hace años. Bueno, si se desnuda capaz que no importa. Hablamos un rato. No le entusiasmo demasiado, y la verdad él tampoco a mí. Ni siquiera alcanzamos a pedir algo: inventa una excusa y se va.

Otra cita fallida. Qué novedad.

Vuelvo caminando a casa, furioso. Un buen sexo le hace bien al humor, pero hoy no hubo.

Y no se crean: yo también tengo reglas. No son muchas. Nada de hombres casados, nada de tipos con novia, nada de parientes. Después de eso, si sabe hablarme, acepto casi todo.

Empujo la puerta —que nunca está con llave— y ahí, parado en mi sala, hay una especie de dios griego.

Vaya. Resulta que tengo gustos por los hombres, sí, pero por uno bien específico, y era este.

Lo recorro de abajo hacia arriba, para qué mentir. Un short que deja ver unas piernas firmes, de futbolista. Sigo subiendo: la remera le grita al cuerpo que la lleva, músculos tensos, una manzana de Adán prominente, la piel blanca. Y la sonrisa. Esa sonrisa de dientes grandes y blancos, labios carnosos, con hoyuelos incluso. Los ojos negros y enormes, de esos que en el animé dan ternura. A mí no me dan ternura; me dan otra cosa. El pelo negro, lacio, peinado con raya al costado como en los libros viejos. Me encanta ese estilo.

Sí, lo miré más de la cuenta. En cualquier otro momento te lo resumía en «un muchacho de blanco, de pelo negro azabache» y listo. Pero no.

Freno. Reflexiono. Sin duda este es el chico de mi hermana. No es pariente de sangre, pero a bajar las revoluciones igual: pertenece a la sección parientes.

Él me tiende la mano. Se la respondo. Me aprieta con firmeza, sin soltar la sonrisa cálida.

—Hola, soy Sebas.

Tardo un segundo de más en reaccionar.

—Perdón, tenía la cabeza en las nubes y fui un grosero. Iván.

Mi hermana sale del fondo.

—Es mi novio, Sebas.

—Ya se presentó. Que se diviertan.

Y me alejo rápido, antes de que se me note algo. No voy a asustar al novio de mi hermana. Y tampoco voy a desearlo. No, señor.

Me encierro en mi habitación, color verde menta. La cama está llena de cosas; la uso de escritorio. Junto la pila de papeles y la tiro sobre la mesa. Dejo afuera un libro: me encanta El retrato de Dorian Gray. Se nota que a Wilde le gustaban los hombres, ja.

Mi cabeza vuelve a esa sonrisa. Me encanta, y eso no está bien. Tengo que encontrar la manera de bloquearlo. A ver: pantalones cortos, remera de fútbol… claro, un hetero. Entonces solo sabrá hablar de fútbol y de motos. Eso. Eso me meto en la cabeza. No hay nada menos interesante que eso.

Las motos, las mujeres, el fútbol. Las motos, las mujeres, el fútbol. Lo repito como un mantra, hasta que me sorprendo sonriendo solo.

Giro y veo a mi hermana en la puerta, con una expresión indescifrable. O eso prefiero creer, antes que admitir que me agarró sonriéndole a la nada como un demente.

—¿Qué querés?

—Le conté a Sebas lo que escribís. Sos un verdadero loco.

Su novio aparece detrás, ahora serio, y me pasa el cuaderno.

Ese cuaderno. Ahí registro el comportamiento de la gente que me rodea: los gestos, la forma en que el cuerpo se mueve cuando la boca miente, los chistes que repiten siempre. Mi excusa es que soy trabajador social. La verdad es que me encanta entender qué mueve a las personas por dentro.

¿Cerré la puerta o me lo imaginé? ¿O la abrió mi hermana? Ya no importa.

Me levanto como impulsado por un resorte y busco la revista.

—Espérenme afuera —digo.

Mi cuarto es un espacio demasiado mío; no quiero que entren. Encuentro la revista y salgo con ellos. Esta vez me aseguro de cerrar la puerta.

Y ahí lo noto: hay una irregularidad en el marco que no la deja cerrar del todo. La empujo, parece que queda, y al rato vuelve a abrirse sola.

Como tantas cosas en esta casa. Como yo, capaz.