El refugio de cristal
La puerta de cristal esmerilado dividía la casa en dos partes. De mi lado, el cuarto donde estábamos; del otro lado, unas siluetas borrosas y pesadas avanzaban despacio por el pasillo. Llevaban trajes inflados, cascos enormes que les tapaban toda la cara y mangueras colgando. Parecían astronautas caminando en un lugar extraño.
Sentí un frío espantoso en la espalda. El aire se me empezó a terminar y me dio una certidumbre horrible en el pecho: *Vienen por mí. Ya están aquí. Ayuda, por favor, ayuda*.
A mi lado, mi sobrino me jaló de la playera con los ojos bien abiertos, emocionadísimo.
—¡Sí, tía, de veras! —me susurró, aguantándose la risa—. ¡Ya vienen los alienígenas! ¡Vámonos a esconder!
Para él, todo era un juego y yo era su cómplice. No se daba cuenta del miedo real que me estaba congelando las manos; él solo pensaba que era la mejor aventura de la tarde. Nos metimos corriendo detrás del ropero. El niño temblaba pero de pura risa, mientras yo intentaba respirar lo más bajito posible para que no nos escucharan.
En eso, se oyó el azotón de la puerta principal. Llegaron los papás de su reunión, con unas caras serias y pesadas, hablando entre ellos. Al entrar al cuarto, se nos quedaron viendo sin entender nada.
Mi sobrino salió de atrás del ropero dando un brinco y con las manos arriba.
—¡Ya nos encontraron! —gritó feliz de la vida—. Ay, no saben, estuvo bien divertido este juego, ¿verdad, tía Meli? ¿Verdad que sí?
Me levanté despacio, con las manos empapadas de sudor y limpiándomelas en el pantalón. Detrás de ellos, a través del vidrio que todavía se veía empañado, alcancé a ver a los hombres de los trajes recogiendo sus botes y sus cosas. No era gente mala; eran los de la fumigación que estaban echando líquido en esa área, y nos habían dejado encerrados en ese cuarto para que no nos contamináramos con el químico.
—Sí —les dije, alcanzando a inventar una sonrisa que ni me salió—. Estuvo bien divertido el juego.
Nadie en la sala se dio cuenta de la crisis tan fuerte que me acababa de dar en absoluto silencio, ni de cómo se me encogió el corazón mientras el peligro pasaba del otro lado de la puerta.








