Sirviente del deseo real
Cuando le dijeron que sería sirviente de la reina, no se lo creyó en absoluto.
Un felino de ojos verdes y pelaje blanco como la nieve, salpicado de manchas oscuras como el carbón que cubrían su ojo izquierdo, manos y codos, vivía tranquilo en un pueblo cercano a la capital del reino de Baeri. Se dedicaba a cuidar las cosechas y a preparar comida para los lugareños que apenas tenían dinero.
Pero, de repente y sin previo aviso, unos guardias de la capital acudieron a él mientras trabajaba en el campo para informarle de que sería el nuevo sirviente de la reina Lericia.
Dejó caer la regadera por la impresión, completamente desconcertado ante la noticia. No hubo explicaciones: no sabía si se trataba de un castigo o de una simple elección. Solo que debía abandonar su hogar y trasladarse al interior de los muros del blanco castillo.
Para cuando terminó de asimilar su situación, ya vestía de negro con camisa blanca, y realizaba tareas para la mismísima reina. Durante su presentación ante el trono, notó que ella se mostraba de buen humor al verlo, como si su presencia allí fuese algo digno de celebración. Sin embargo, el felino sabía que no era conocida por ser una dirigente seca y severa.
De hecho, era adorada por su genuina amabilidad hacia todos sus habitantes. También era respetada por su increíble fuerza, pues se trataba ni más ni menos que de una osa tan grande como una puerta, poseedora de un cuerpo poderoso y ágil al mismo tiempo.
Vestía un traje azul profundo que caía hasta el suelo, con aberturas laterales que dejaban entrever sus poderosas piernas. Sus musculosos brazos se podían adivinar bajo la tela con facilidad. Poseía un escote muy poco sutil, mostrando fuerza y feminidad al mismo tiempo. Desde su hombro derecho descansaba una hombrera adornada, que sujetaba con gracia la capa ligera y brillante que caía sobre su espalda.
Un cinturón ancho decorativo apretaba su cintura, mientras que las botas altas de cuero completaban el conjunto, combinando majestuosidad con funcionalidad. Sus brazaletes de cuero, decorados con gemas verdes y turquesas, estaban atados a los antebrazos, dejando libres sus manos para moverse con agilidad.
Y sobre la cabeza se posaba su dorada corona, ligera y brillante, combinando perfectamente con su melena de pelaje largo que rodeaba su rostro y hombros, otorgándole una imponente presencia. Pero lo que más atrapaba eran sus ojos ámbar, intensos y cálidos, que reflejaban poder, magnetismo y amabilidad a partes iguales.
El felino, por su parte, se sentía pequeño y fuera de lugar. Su estatura era baja y tenía un cuerpo delgado. Vestía una camisa sencilla de lino y un pantalón rústico, con botas ligeras de cuero y un pequeño delantal de trabajo que recordaba su vida en el pueblo. Todo en él irradiaba sencillez y modestia, un marcado contraste con la majestuosidad y la sensualidad de la reina.
Desde aquella presentación, el corriente felino se dedicó a la cocina, hacer el inventario de la comida, servir los platos, y al cuidado de los jardines reales. Al inicio le resultaba costoso guiarse por los pasillos del castillo, pero el problema se acortó más pronto de lo que imaginaba; la mismísima reina lo llamaba cada vez que lo veía un poco libre para que la atendiera. Pero eran cosas nimias de las que se podía encargar cualquier sirviente: entregar pergaminos de un aposento a otro, acomodar cojines o alfombras, abrir las cortinas, encender velas, o traerle una taza de té. Y siempre mencionaba su nombre con alegría: Keim.
No tardó en sentir que detrás de cada orden había un motivo sutil. Como si la reina pareciera buscar su compañía de manera discreta, asegurándose de verlo pasar, observarlo moverse por los pasillos, mientras él creía que solo cumplía con simples tareas. Pero no le dio gran importancia; no podía imaginar que la mismísima reina estuviera ni mínimamente interesada en un simple plebeyo como él. Se sabía que había llegado al trono sin haberse casado nunca, ya que, según sus propias palabras, nadie le hacía sentir mariposas en el estómago.
Si ese era realmente el caso, ¿cómo podía ser posible que una mujer tan poderosa, amable, y con treinta y cinco años de experiencias sobre un cuerpo imponente fijara su atención en un pequeño felino de pueblo, de apenas veinte años? La idea le parecía completamente ridícula, sacada de un cuento infantil.
Los meses pasaron, y Keim terminó por acostumbrarse a aquella vida dedicada a servir y atender las necesidades de la reina Lericia. Incluso llegó a entablar amistad con algunos sirvientes y vasallos del castillo. Sin embargo, nada parecía cambiar entre él y la gran osa; su relación seguía siendo, en esencia, la misma de siempre.
El felino se negaba a aceptar la posibilidad de que ella estuviera intentando seducirlo, incluso cuando, en más de una ocasión, le pedía ayuda para elegir lencería en la intimidad de sus aposentos reales, recibiéndolo completamente desnuda sin la menor vergüenza.
Para Keim, sencillamente, ella era una mujer mucho más jovial y cariñosa de lo que había imaginado al principio. Ningún pensamiento que no fuera trabajar para servirla debía interferir en su labor como sirviente. Y se esforzaba porque así continuara siendo.
Desafortunadamente para él, Lericia no tenía intención de dejarlo escapar. Deseaba hacerle entender que lo amaba de verdad, que lo había elegido para convertirse en su pareja. Comprendía que él pudiera creer que jamás tendría una oportunidad con una reina, que entre ambos existían barreras sociales imposibles de salvar. Pero esa idea le importaba muy poco: para ella el amor era más fuerte que cualquier jerarquía o tradición.
Transcurría un día cualquiera en el castillo para Keim, ocupado tranquilamente en sus tareas habituales. A media mañana preparó el té favorito de la osa, el momento del día en el que ella siempre pedía uno. Sin embargo, una sorpresa lo aguardaba cuando, tras servirle el té y dejar la taza sobre la mesa del jardín donde solía tomarlo, la reina sacó un pequeño papel de entre su escote.
—Toma, mi querido sirviente —dijo con alegría, entregándoselo en las manos.
—Gracias, su majestad. Pero… ¿qué se supone que es este papel? —lo miró como si estuviera descifrando un jeroglífico.
—Se trata de un pase gratuito para disfrutar durante un día de la sauna que tenemos en la capital. Quiero que lo tengas tú y pases un relajante día de descanso. Te lo mereces por tu gran dedicación.
—Y-ya veo, mi señora. Aunque… no es por ser desagradecido, pero ¿está segura? Muy posiblemente alguien lo merezca más que yo.
—Tonterías. Yo sé mejor que nadie quién lo merece, y estoy convencida de que eres tú. Desde que te has convertido en mi sirviente, has alegrado mucho mi vida en palacio.
—Muchas gracias, majestad. Tan solo me limito a cumplir con mi cometido —respondió con modestia, rascándose la mejilla.
—Qué equivocado estás, Keim.
—¿Mm? —ladeó la cabeza, confundido.
—No es nada —la osa entornó los ojos hacia la taza, observándose en el reflejo del té—. Pronto lo entenderás —añadió, volviendo a mirarlo con una sonrisa—. Desde este preciso momento te concedo un día de descanso. Adelante, sal a divertirte a la capital.
El gato asintió, agradecido—. Entendido. Tiene mi más sincero agradecimiento, majestad.
—No hay de qué, Keim. Que tengas un buen día.
Una hora más tarde, el felino se encontraba caminando por las bulliciosas calles de la capital, vistiendo una camisa de lino clara, un chaleco sencillo y pantalones de tela flexible, acompañados de botines de cuero limpios y un pequeño pañuelo al cuello. Por primera vez se sentía libre en mucho tiempo, listo para disfrutar de su día de descanso.
Recorrió mercados y callejones que ya conocía, se detuvo a curiosear en tiendas de telas y artesanía, y probó alguna que otra golosina que le llamó la atención. Más tarde se sentó en un pequeño café, observando el ir y venir de la gente y dejando que el tiempo pasara lentamente. Aunque la ciudad no era nueva para él, aquel día se sentía diferente: podía moverse a su antojo, sin obligaciones ni tareas del castillo, disfrutando de un momento solo para sí mismo.
Ese momento en la cafetería le permitió detenerse a pensar en la reina. ¿Realmente estaba bien ignorar sus insinuaciones y actuar como si no pasara nada? ¿Lo hacía porque los separaban demasiados escalones sociales, o porque en el fondo no quería defraudar a alguien tan magnífica y hermosa? Él mismo era consciente de que también le atraía, pero no estaba seguro de si eso bastaría para corresponder a los sentimientos de la osa.
Agarró el pase gratuito del bolsillo y lo miró con detenimiento—. Conque una sauna… ¿Acaso me ha dado esto por algún motivo oculto?
Se lo preguntó a sí mismo, imaginándola en aquel lugar, esperándolo, lejos del castillo y de cualquiera que la sirviera. Sería, quizá, la mejor oportunidad hasta el momento para encandilarlo en el calor de la sauna, con la pasión que aquello podría despertar en ambos.
—Si de verdad ocurriera… me estaría lanzando de cabeza a una situación insoportable para los dos. Pero aun así… —su corazón empezó a latir con fuerza—. Ojalá fuera así… —se mordió el labio inferior, frustrado—. Mierda… Esto está mal, lo sé…
Se levantó de la silla y apretó el pase con fuerza, mirándolo con molestia. Finalmente puso rumbo hacia las saunas, preparándose mentalmente para que, si la encontraba allí, algo que consideraba muy probable, encararla con firmeza pese al calor que pudiera despertar en él.
El edificio de las saunas se alzaba al final de la calle más lejana al castillo, construido en piedra clara y madera oscura. Del tejado escapaban finas columnas de vapor que se perdían en el aire frío. El felino se detuvo frente a la puerta, tragando saliva de los nervios.
—Incluso puede que no esté. Debo calmarme —murmuró.
Respiró hondo y empujó la puerta. Una repentina ola de calor suave lo envolvió al instante, junto con el aroma a madera del suelo y hierbas. El vestíbulo era cálido y tranquilo, con toallas ordenadas y escuchándose el murmullo lejano del agua. Comprendió al instante porque se trataba un sitio tan recomendado para descansar. Se acercó al mostrador, sacó el papel y lo mostró con cierta rigidez.
—Muy buenos días, señor. Me gustaría relajarme en la sauna. Vengo de parte de la reina; me ha entregado este pase para entrar gratuitamente.
Los ojos del cocodrilo encargado del mostrador se abrieron con sorpresa, como si hubiera reconocido al gato.
—Por supuesto. ¿Eres uno de sus sirvientes?
—Así es. Hoy me ha concedido el día libre y este pase por mi trabajo en el castillo.
—Ya veo… Muy propio de nuestra amada reina —respondió con una sonrisa.
—Sí, es una persona muy amable y encantadora —añadió Keim, algo distraído al imaginarla en ese mismo instante.
—Sígame pues, buen señor. Le mostraré los vestuarios y la sauna.
—Muchas gracias.
El agradable cocodrilo de mediana edad rodeó el mostrador y comenzó a guiarlo por un pasillo de piedra iluminado por lámparas mágicas. El aire se volvía cada vez más húmedo y caliente a cada paso, y el murmullo del agua resonaba tras las paredes, más cercano.
—Por aquí. Los vestuarios están al fondo —indicó, empujando una puerta de madera—. Puede dejar sus pertenencias dentro. La sauna principal está justo después.
Keim asintió—. Le doy las gracias de nuevo, señor…
—Llámeme Denis, muchacho. Y no hay de qué. Es mi trabajo, después de todo.
—Eso es cierto —se rascó la parte trasera de la cabeza.
—Venga, ahora a disfrutar de la sauna. Que tenga una agradable experiencia —le guiñó un ojo antes de girarse y volver al mostrador.
El felino arqueó una ceja, sospechando que aquel hombre sabía más de lo que aparentaba. Apartó ese pensamiento y entró en el vestuario, que en ese momento estaba vacío, dispuesto a comenzar a desvestirse.
Keim respiró hondo y se quedó quieto por un instante, observando el silencioso vestuario con la mayor calma que su corazón nervioso le permitía.
Se quitó el pañuelo del cuello y luego el chaleco, dejándolos sobre el banco. La camisa aún cubría su torso, pero la ausencia de dicho chaleco le dio una inmediata sensación de ligereza. Bajo la tela se adivinaba su figura extremadamente esbelta, de hombros estrechos y delicados, pecho plano y fino, moviéndose con suavidad con cada respiración.
Comenzó a desabrochar la camisa botón a botón. A medida que se abría sobre el abdomen, el aire cálido del vestuario alcanzó por fin su pelaje blanco, que se erizó con la humedad. Su cintura estrechísima y los costados suaves, y apenas definición muscular, quedaron expuestos poco a poco, y sus pezones pequeños reaccionaron al cambio de temperatura, recordándole el lugar al que estaba a punto de entrar.
Se inclinó para descalzarse, curvando ligeramente su espalda delgada. La tela descendió por sus caderas muy estrechas mientras bajaba los pantalones hasta los pies. Al quedar completamente desnudo, notó cómo reaccionaba su entrepierna: una silueta alargada y con pequeño grosor rompía su delicada figura sensible, despertando con la anticipación de querer encontrarse con la osa. Su cola se movió involuntariamente, rozando sus muslos finos y aumentando la conciencia de su desnudez.
Nunca se había sentido así al desnudarse en un lugar público; antes de servir en el castillo se bañaba en el río de su pueblo, pero el pensamiento de que la reina estuviera realmente allí cambiaba por completo su percepción de su propio cuerpo.
Permaneció en el sitio un momento más, respirando hondo y dejando que cada sensación lo recorriera por completo. Dobló la ropa con cuidado y se colocó una toalla alrededor de su menuda cintura. Alzó la mirada hacia la puerta de la sauna y tragó saliva, notando cómo le temblaban las manos y las piernas.
Finalmente, agarró la manilla de la puerta y tiró de ella. El vapor de la sauna le golpeó de lleno en la cara, obligándolo a pestañear varias veces hasta acostumbrar la vista. Cuando lo logró, distinguió una gran figura femenina sentada en el banco de la derecha, cubierta casi por completo de toallas, como si llevara un disfraz de fantasma.
Keim la reconoció al instante, confirmando sus sospechas. Ninguno de los dos habló. Cerró la puerta con suavidad y se dirigió al banco opuesto, sentándose con sumo cuidado, como si su vida dependiera de ello. El silencio se prolongó durante varios minutos; el felino sudaba más frío que caliente pese a la temperatura del lugar. No la miraba directamente, pero sentía que ella sí lo observaba, aunque su rostro permaneciera oculto bajo las toallas.
De pronto, la figura nada misteriosa dio unas palmaditas sobre el banco, invitándolo a sentarse a su lado. La presión cayó sobre él de inmediato: no quería acercarse, no quería estar tan cerca de ella en una situación como aquella. Sin embargo, su papel como sirviente le obligaba a obedecer. No se sentía capaz de desobedecer una orden. Además, si deseaba dejar claro que aquel amor no podía hacerse realidad, debía afrontarlo de frente.
Se levantó y caminó hasta sentarse a su derecha, dejando apenas unos centímetros de distancia entre ambos. Encogió la espalda, juntó las manos y fijó la mirada en el suelo, con el corazón desbocado. ¿Cómo iba a explicarle nada con formalidad si apenas podía controlar sus propias emociones?
—Keim… —pronunció la voz femenina y grave de la reina.
Cuando se retiró la toalla de la cabeza, el vapor se arremolinó alrededor de su rostro, revelando lentamente sus facciones. Su piel brillaba por el sudor, cubierta de pequeñas gotas que resbalaban por sus mejillas y la línea de su mandíbula.
Los mechones húmedos caían pegados a su frente y sienes, enmarcando sus ojos ámbar, intensos bajo la luz cálida de la sauna. El calor había teñido sus mejillas de un tono rojizo que suavizaba sus rasgos y le daba un aire más cercano.
Sus labios entreabiertos dejaban escapar respiraciones profundas mientras finas perlas de sudor descendían por su cuello, perdiéndose bajo las toallas que cubrían su cuerpo.
—¡Sí! —se recompuso de inmediato, mirándola a la cara. Ella parecía muy animada.
—Sorpresa… Aunque creo que ya te lo habías imaginado, ¿verdad?
—Mis disculpas, majestad…
—No pasa nada, Keim. Eso demuestra lo perspicaz que puedes ser.
—Supongo… Pero ¿qué hace aquí? ¿No debería estar atendiendo el castillo? ¿Saben que está aquí?
—No, solo mi vasalla Marie. Es quien me ayuda a escaquearme del castillo cada vez que me apetece salir sola por la capital.
—Ya veo. Aun así, debería tener más cuidado si va a salir sola.
—¿En serio me estás diciendo eso a mí? —dejó escapar una pequeña risa.
—Ya… tiene razón. Qué tontería —se rascó la cabeza, avergonzado—. Usted necesita de todo menos protección con lo poderosa que es.
—Bueno, tampoco soy inmortal. Podrían pillarme por sorpresa y apuñalarme, dispararme una flecha o envenenarme…
—¡Pero, mi señora! ¿Cómo puede decir eso con tanta tranquilidad? Solo reafirma mi preocupación por que no tenga seguridad a su lado.
—Entonces, ¿qué tal si eres tú mi seguridad cada vez que me escape? —dijo con picardía, mirándolo con los ojos entornados. No lo dijo en serio.
Keim se echó hacia atrás, intimidado, incapaz de ignorar la intención tras sus palabras—. Majestad… lo siento. Sé que ha planeado este escenario para confesarme su amor —finalmente se puso firme, adoptando un tono serio—. Pero necesito ser claro con usted.
—Dime, mi leal sirviente —respondió, expectante.
Se aclaró la garganta antes de hablar—. Es sobre nuestra relación y… sus continuos coqueteos hacia mí. Soy consciente de que le gusto y de que, probablemente por eso, fui elegido de repente como su sirviente sin ninguna explicación lógica. Pero, muy a mi pesar, no puedo aceptar una relación amorosa de ese tipo con usted.
La reina no respondió de inmediato. Su sonrisa se desvaneció lentamente, como si alguien hubiese apagado una vela sin hacer ruido. Lo observó en silencio durante unos segundos que a Keim le parecieron eternos.
—Vaya… —murmuró finalmente.
Bajó la mirada un instante, apoyando los codos sobre las rodillas mientras soltaba una suave exhalación. Sin embargo, no estaba triste ni molesta.
—Duele casi tanto como un roce de hacha —continuó con voz más baja—, pero no esperaba que fueras tan directo.
Volvió a erguirse poco a poco, recuperando su porte majestuoso. Cuando levantó la vista de nuevo, sus ojos mostraban una calma firme y serena; no iba a dejarlo escapar tras preparar ese escenario vaporoso.
—Pero ¿por qué no aceptas mi amor? ¿Es por nuestras posiciones sociales? Si es eso, no te preocupes. Me encargaré de que todo salga bien, te lo prometo —dijo, llevándose una mano al pecho con determinación.
Al felino le dolía verla reaccionar así—. Sí, en parte lo es…
—¿En parte? ¿A qué te refieres, Keim?
—A que yo… —se le hizo un nudo en la garganta y los labios le temblaron—. Yo…
—Dímelo, por favor… —le rogó.
—No sería suficiente para usted —soltó al fin, con rabia contenida—. No podría corresponderla como merece. Míreme: solo soy un hombre sencillo.
—Explícate.
Suspiró, mirando sus manos—. Lo que quiero decir es que no sabría manejar algo así, ni sé cómo corresponder a alguien como usted. Tan… imponente, poderosa. Mientras que yo solo sé comportarme como su responsable sirviente, nada más —se mordió el labio, frustrado—. Y temo arruinarlo todo entre nosotros…
—Keim… —murmuró la reina, con una mezcla de sorpresa y dulzura, viendo su sinceridad.
—Lo siento —continuó él, bajando la mirada—. No quiero herirla, ni decepcionarla… Por eso estoy siendo honesto y quiero mantenerme al margen de una relación romántica.
La expresión de Lericia se suavizó, y en sus ojos ámbar apareció un brillo cálido y sincero.
—¿No serías suficiente para mí? —repitió, ladeando ligeramente la cabeza—. No digas tonterías.
Se inclinó un poco hacia él, sin invadir su espacio, con una calma que contrastaba con la intensidad de la sauna.
—Tu juventud, tu sinceridad… tu manera de ser tan consciente de tus límites y de tu papel… —dijo, con voz suave pero firme—. Todo eso me hace quererte aún más —una pequeña sonrisa asomó en sus labios mientras continuaba—. No necesito que seas perfecto, ni experimentado. Solo que seas tú mismo.
Keim la miró, perplejo. Por primera vez sentía que su vulnerabilidad no era una debilidad frente a ella, sino la chispa que había avivado su interés.
—¿De verdad piensa eso?
Lericia asintió, sin apartar la mirada de la suya—. Sí, Keim. Todo lo que tú consideras defectos, para mí es fascinante. Tu manera de ser sincero, tu prudencia, incluso tus dudas. Me hacen desearte más.
El felino bajó la cabeza, con las orejas ligeramente inclinadas hacia atrás, incapaz de sostener su mirada por la intensidad de sus palabras. Por primera vez, no sentía que debía reprimirse. Sentía calor, vergüenza y un deseo creciente de acercarse, todo al mismo tiempo.
—Yo… yo no sabía… —empezó, con voz temblorosa—. Nunca pensé que alguien como usted pudiera ver algo bueno en alguien como yo.
—Keim —Lericia extendió una mano cerca de la suya, sin tocarla aún—. No hay nadie más que yo prefiera a mi lado. Ni por estatus, ni por fuerza, ni por experiencia. Solo tú.
El felino tragó saliva, sintiendo cómo cada palabra de la reina lo desarmaba lentamente; esa seguridad y sinceridad resultaban imposibles de hacer frente.
Incapaz de contenerse, Keim entrelazó sus dedos con los de ella y se inclinó, dejando que sus labios se unieran con un impulso que lo recorrió entero. Lericia lo recibió con la misma intensidad, envolviéndolo en un beso que era cálido y firme a la vez, como si cada contacto les recordara lo importante que eran el uno para el otro.
El calor de la sauna se mezclaba con el que subía desde sus corazones, pues cada respiración compartida los acercaba aún más mientras los segundos se alargaban, suspendidos en un instante que ambos sabían que no olvidarían jamás.
Cuando finalmente se separaron, permanecieron mirándose fijamente, con las bocas entreabiertas, jadeando y el pulso acelerado, dejando que sus ojos expresaran lo que sentían de verdad.
Keim aún respiraba con cierta dificultad cuando ella habló primero, con una sonrisa satisfecha en los labios.
—Ha sido increíble… Besas muy bien. ¿Lo habías hecho muchas veces antes?
El felino parpadeó, algo sorprendido por la pregunta—. No, en absoluto. ¿Y usted?
—Por favor, llámame por mi nombre, Keim. A solas contigo soy Lericia, nada más —sus ojos brillaron con calidez antes de continuar—. Y respondiendo a tu pregunta, sí: he estado con otras personas, pero ninguna logró enamorarme como tú. ¿Entiendes ahora por qué eres tan especial para mí?
Keim bajó la mirada unos segundos, asimilando sus palabras, antes de volver a alzarla con timidez—. Sí… ahora lo comprendo mejor. Pero hay otra pregunta que no ha dejado de rondarme la cabeza. ¿Cómo supiste de mi existencia? No recuerdo habernos conocido en persona antes de empezar a servirte.
Lericia dejó escapar una pequeña risa—. ¿Así que no te diste cuenta aquel día?
Keim frunció ligeramente el ceño, confundido—. ¿Aquel día? No me digas que fue una de esas veces en las que saliste de incógnito por la ciudad.
Ella asintió lentamente, como si reviviera aquel recuerdo con una dulzura imposible de ocultar.
—Fue una semana antes de nombrarte mi sirviente. Aquella tarde paseaba por las calles de la ciudad, cubierta con una capa negra, tarareando distraídamente mientras observaba la vida que latía a mi alrededor. Me gustaba perderme entre la gente, sentirme una más. Hasta que, de pronto, una muchacha chocó conmigo y salió corriendo sin siquiera mirarme.
Keim recordó rápidamente aquella situación y cómo no se había percatado en absoluto de la identidad de Lericia.
—Así que eras tú… —rió con algo de vergüenza—. No sospeché nada en aquel momento.
—Eso demuestra que mi capucha es un excelente disfraz —respondió ella con orgullo.
—Es lo normal. No todos los días uno piensa que la reina deambula de incógnito por la capital.
Ella le dio un suave toque en la nariz con un dedo.
—Detalles, detalles. Lo importante es que cuando me devolviste la bolsa y me miraste a la cara con esos ojos tan tiernos y esa voz tan amable, sentí que el corazón se me desbocaba. No pude evitar quedarme allí, sonriendo como una tonta. Desde ese instante, me encapriché contigo y supe que necesitaba tenerte cerca, o de lo contrario no lo habría soportado.
—Vaya… De veras que lo siento mucho por haberte evitado hasta ahora. No era mi intención hacerte sufrir así —dijo, haciendo una leve reverencia.
—No te preocupes, mi lindo sirviente. Puedes disculparte conmigo ahora mismo compensándome…
—¿Cómo?
De pronto, posó su mano abierta sobre la entrepierna del joven felino, palpando el miembro viril que escondía bajo la toalla, provocando que él gimiera avergonzado al mismo tiempo que su forma se hinchaba poco a poco entre sus dedos. Se quedó atónito, con el cuerpo tan tenso como un palo, subiéndole el rubor a la cabeza.
—¿Creías que con un beso como ese me quedaría tranquila? —Lericia se relamió los labios mientras aún lo apretaba—. Aprovechemos esta sauna privada para hacerlo sin preocupaciones.
—Por mí no hay problema —gimió—. Pero disculpa si lo estropeo todo.
—Calma, Keim. Haré de ti un follador nato, créeme. Primero me aseguraré de ponerte bien duro…
Con sus manos colocadas sobre su enorme toalla, se levantó y se colocó frente al felino, que la miraba muy expectante. Con un toque picante, agarró ambos lados de la toalla y los fue separando despacio, bien despacio, para ir revelando poco a poco su cuerpo grande y desnudo, propio de una bella obra de arte. No por nada se la retrataba en cuadros donde ella exhibía tal belleza para todos sus plebeyos.
Cuando la toalla cayó por fin a sus pies, quedó expuesta ante él en toda su gloriosa forma ursina, pudiéndose apreciar como el calor había convertido su pelaje en un manto húmedo de sudor.
Sus pechos caían como dos grandes masas de carne blandas y jugosas, tan enormes que apenas sería posible para Keim amasarlas por completo con las palmas de sus manos. Sus rosados pezones erectos, excitados desde mucho antes de su beso, apuntaban al felino, deseosos de ser probados por su pequeña boca.
En su vientre, aunque muy peludo, se adivinaban sus duros y poderosos abdominales de guerrera, gracias al sudor que lo empapaba todo. Lo mismo ocurría con sus brazos y piernas, mostrando lo tonificados que estaban y que habían sido una arma letal durante las arduas batallas de su dueña.
—¿Qué te parece, querido Keim? ¿Me ves más atractiva que de costumbre?
El felino asintió, tragando saliva, incapaz de contener sus nervios. La había visto más de una vez desnuda durante su estancia en el castillo. Cuando lo hacía en vivo y en directo pretendía hacerse el distraído y solo mirar de reojo por respeto hacia su persona. Pero cuando se detenía a observar alguno de sus múltiples cuadros en los que posaba sin tapujos ni telas obstaculizando la vista, no podía sino deleitarse y absorber cada detalle en ellos reflejado. En ese momento todo era diferente; estaban en una sauna a solas, y no tenía escapatoria de sus instintos más primitivos ni de los de ella.
—Sí… Sí que lo está —su voz temblaba.
—Que dejes de hablarme de usted, maldita sea. Y quítate esa toalla.
Escasa de paciencia y con un movimiento rápido de su brazo, agarró su toalla y dejó al descubierto su entrepierna. Su miembro ya estaba bombeando suficiente sangre como para llamarlo un mástil duro y agarrable. Duro y palpitante. Fina pero firme. De piel sedosa y casi sin venas marcadas, contrastaba con la piel adornada con cicatrices y el poder puro de cualquier músculo perteneciente a la osa frente a él. La cabeza se hinchaba redonda y brillante, goteando deseo contenido en un hilo fino que caía hacia sus suaves muslos.
Esa vista encandiló a la osa aún más, agachándose para verlo más de cerca y relamerse, como quien estaba frente a un delicioso manjar tras días sin comer.
—Es hermoso —su mirada estaba iluminada.
—Lo dice en… Quiero decir, ¿lo dices en serio?
—Muy en serio. He visto toda clase de penes, pero el tuyo se me antoja bello y bonito. Ven aquí, anda.
Para sorpresa del felino, ella lo recogió entre sus brazos y se sentó con él encima de su regazo, parecido a si sostuviera a un cachorro.
—¿Estás cómodo?
—Lo que se dice estar cómodo, sí. Aunque me siento raro estando de esta forma… —la vergüenza era notable en él.
—No te pongas así solo porque te tenga en brazos —rió suavemente—. Para mí la vergüenza no existe en el sexo. No lo pienses tanto y déjate llevar. Adelante, prueba.
La osa se agarró el pecho izquierdo, y empujó la cabeza de Keim hacia la calidez de sus generosas curvas. Ahora el delgado felino se encontraba de frente con la cima de ese pecho, tensa y rosada, mirándolo con incertidumbre y duda. No quería meter la pata por nada en el mundo. Pero tampoco podía detenerse ahí sin hacer nada. Si su reina le estaba ofreciendo ese gesto de intimidad era porque realmente confiaba en él y en que la complacería adecuadamente. O ese era su pensamiento.
Abrió la boca dubitativamente y se inclinó. Rozó primero con cautela con la lengua, ofreciéndole una suave lamida con la totalidad de su lengua. No pareció ser suficiente, pues Lericia apenas dejó escapar un gemido casi inaudible. Enseguida comprendió que debía implicarse más, entregarse de verdad. Y, como quien responde al llamado de su reina, se armó de valor, abrió con totalidad la boca e introdujo todo cuanto pudo de la sudorosa carne en ella. Succionó con tesón y mayor firmeza, lamiendo todo cuanto entraba en él con rapidez y lujuria, manteniendo los ojos cerrados para centrarse en su gusto, no en su visión. Su lengua trazaba lentos círculos, deteniéndose a ratos en el centro con una insistencia más marcada.
—Sigue así, Keim. Lo estás haciendo de maravilla —gimió ella, denotando ahora genuino placer.
Motivado por sus palabras, el felino no hizo sino aumentar la intensidad con la que la complacía, generando sonidos húmedos que erizaban la piel de la osa. Pero ella deseaba más. Agarró la mano izquierda de Keim y se la colocó encima de su otro pecho, obligándolo a sentir su volumen con la palma totalmente abierta. El pene del felino se agitó en respuesta y sus lamidas perdieron ligeramente el ritmo, su mano temblando indecisa ante el peso lascivo de su reina.
—¡Sigue, y manoseame sin pudor, lindo…!
No era problema para él seguir también esa orden, apretando como si hundiera su mano en un almohadón relleno de plumas vivas y calor regio, cediendo ante su toque humilde pero que regresaban con la fuerza de un edicto real. De nuevo, sabía que debía superar tal gran obstáculo y hacerlo con verdadera pasión.
Clavó sus dedos en forma de abanico sobre esa carne cubierta de pelo y sudor, y presionó con todas sus fuerzas la palma contra su centro. La movió por toda su enorme anchura como si amasara una enorme masa de pan que temblaba con cada roce sobre el que hacía con su pezón. Entonces los gemidos se volvieron más cargados de gozo, obligándola a arquear la espalda hacia atrás y posar su mano sobre la cabeza de su sirviente.
—¡Lo estás haciendo muy bien…! ¡No pares ahora…!
Escucharla gemir de esa manera lo excitaba profundamente, haciendo que ladease la cola con entusiasmo mientras su miembro se agitaba al mismo ritmo.
La reina, con los gemidos aún vibrando en su garganta, empujó la cabeza del sirviente para atraerlo más profundo contra ella. Su respiración era pesada, y sus pechos estaban hinchados de la excitación que colmaba a su enorme cuerpo.
De pronto sus manos bajaron con decisión, y las deslizó por la espalda del felino hasta posarse en sus peludas frutas pequeñas y maduras, agarrándolas con posesión absoluta. Un gruñido bajo escapó de los labios de ella.
—Necesito saborearte yo también —murmuró, con voz ronca y cargada de pasión—. Me es imposible aguantar las ganas con ese olor que desprendes…
Con un movimiento poderoso y seguro, levantó las caderas de él de su regazo, sosteniéndolo firme,. El sirviente jadeó con sorpresa, no acostumbrado a que tocaran sus nalgas, y ni mucho menos con tal intención, mientras su miembro erecto se exponía ante ella, palpitante y rozando el calor de su aliento.
Lericia lo miró con ojos hambrientos que le hicieron temblar e inclinó la cabeza para envolver la punta con los labios, succionando despacio al principio, explorando cada centímetro como quien saborea un regalo ofrecido por su sirviente. Luego lo tomó más profundo, la lengua girando con deliberación mientras sus manos en las nalgas lo guiaban hacia adelante y atrás, marcando el ritmo con autoridad, todo su miembro invadido por un calor incluso mayor que el de la sauna.
El sirviente se arqueó, las manos temblorosas sobre sus hombros, gimiendo mientras ella lo recorría con la boca: succiones profundas, lamidas largas, y el calor de sus labios envolviéndolo por completo. Cada elevación de sus caderas lo hundía más, y cada apretón firme en sus nalgas le recordaba cuán intensamente lo deseaba su reina.
—¡Debo sincerarme, Lericia…! ¡Tu boca se siente de maravilla…! —ronroneó, avergonzado por sus palabras.
La osa no pudo estar más satisfecha con su sinceridad. Por un instante lo sostuvo con una sola mano por el perineo, mientras con la otra daba amorosas caricias tranquilizadoras a su cabeza, la alegría brillando en su rostro. Cuando lo tomó nuevamente con ambas manos, su determinación se encendió aún más, consciente de cómo palpitaba dentro de su boca y de lo cerca que estaba de llevarlo al límite.
La velocidad e intensidad con la que complacía su miembro viril incrementó de repente: sus succiones y lamidas ya no tenían control alguno. Keim, arqueando la espalda entre múltiples temblores involuntarios, tampoco se quedó atrás al mover sus caderas hacia delante y atrás de forma automática. Su delgado cuerpo de gato estaba desesperado por el placer sin parangón que ella le otorgaba.
Sin pausa, ambos se entregaron por completo, entre largos gemidos y sonidos húmedos, mientras esas dos joyas palpitantes se presionaban contra su barbilla, cada roce intensificando la tensión entre ellos. El continuo y apasionado contacto los acercaba más a la ansiada recompensa que ambos deseaban.
—¡Mi señora…! ¡Necesito hacerlo ya…!
La advirtió entre dientes, y ella simplemente hizo un sonido de asentimiento como respuesta, segundos antes del clímax.
La osa no le dio tregua. Cada embestida de su boca era corta y decidida, cada roce sobre su miembro provocaba un estremecimiento inmediato. Él jadeaba, gimiendo entrecortado, sus manos buscando apoyo donde podía mientras su cuerpo se sacudía por la intensidad. Los testículos palpitaban, estimulados por el incesante y veloz golpeteo al que eran sometidos, vibrando al compás de su desesperación y bombeando con cada vez más intensidad. Cada sacudida lo acercaba más al borde, y aún así ella jugaba con él, reteniéndolo, empujando y tirando con urgencia, convirtiendo cada segundo en un frenesí de placer.
Y con una última entrada en su boca… la esencia del felino empezó a salir de él. De forma lenta y calmada, mientras su miembro palpitaba, bombeando litros y litros de su semilla directamente hacia la garganta de su majestad, sin ninguna preocupación por los instantes que duró su orgasmo.
Lericia tragaba sin contención, como si aquel pegajoso y oloroso fluido blanco fuera la única agua potable en un vasto desierto, viéndose como el dicho líquido se deslizaba por su garganta desde afuera. Como reina, tenía a su disposición catadores que probaban su comida en caso de que estuviera envenenada. Pero en esa ocasión, era ella la que hacía ese trabajo con la semilla de los hombres a los que complacía. Y el sabor de Keim era uno que jamás olvidaría.
Dicho sabor se veía deliciosamente complementado por los gemidos del sobrecogido joven. Atrapado, sobrepasado y aliviado, yacía lánguido en las manos de la reina, no ofreciendo ninguna resistencia y dejando que ella le degustara a voluntad.
Terminada ya su liberación, la reina bajó a Keim y lo recostó de nuevo sobre sus poderosos muslos. Jadearon sonrojados mirándose el uno al otro, tan cubiertos de sudor que sus pelajes estaban fuertemente pegados contra sus pieles.
—¿Así es cómo acababas tras tus batallas…? —le preguntó él con una sonrisa ladina.
—¿Sudada y maloliente…? Un poco, sí… —rió, luchando por recobrar el aliento.
—Pues estás muy bella así también…
—Oh… Keim… No me esperaba que dijeras algo así de directo.
—Ni yo, majestad… Creo que el orgasmo me ha dejado algo trastocado… Perdona mi falta de modales.
—Tonterías. Me ha gustado mucho tu cumplido —lo acarició en la cabeza con ternura, para terminar besándolo en la frente—. Qué precioso eres… ¿Estás listo para seguir?
—¿Seguir dices…? —tartamudeó.
—Por supuesto. ¿Tan cansado estás ya?
—No, no es eso —se incorporó lentamente, volviendo a pisar el suelo—. Es solo que estoy algo mareado —posó una mano sobre la cabeza.
—¿Tanto te ha afectado correrte? Siéntate conmigo un rato hasta que se te pase.
—No es eso, disculpa. Es por el calor de la sauna. No soporto tanta temperatura.
Lericia se sintió mal por no haberlo sabido antes de meterlo en ese lugar, siendo muy desconsiderada por su parte hacerlo sufrir de esa manera. No dudó ni un instante y se levantó. Lo agarró de la mano y se lo llevó al vestuario deprisa, sentándolo en uno de los bancos.
—¿Estás mucho mejor aquí?
—Sí, bastante. Gracias, mi seño… Quiero decir, Lericia.
Se sentó junto a él—. Me alegro —le frotó el hombro—. Un poco más y te desmayas delante de mí, ¿eh?
—Ya te digo. Pero por mi culpa he estropeado el momento que estábamos teniendo juntos. Me disculpo profundamente —hizo una leve reverencia, molesto consigo mismo.
—Para nada, mi querido Keim. Cosas como estas pueden pasar a veces. No tienes nada de lo que preocuparte. Debí tener en cuenta que demasiado calor podría serte perjudicial.
Keim agachó la cabeza, pensativo. Aunque le dijera una y otra vez que ella comprendía la situación, él sabía que por dentro se estaba retorciendo con ganas de continuar para que él la complaciera. Aún no estaba recuperado del todo, pero su lealtad y amor hacia Lericia le impedía quedarse más tiempo quieto sin hacer nada por ella. Después de todo, era su más leal sirviente. Y como tal, no toleraría que ella se quedase inconforme. Ya había sido muy egoísta al rechazar sus encantos y negar su amor hasta entonces.
Tomó la iniciativa y posó su mano sobre la pierna de la osa, mirándola a los ojos con firme decisión.
—Estoy mejor, Lericia. Sigamos haciéndolo, por favor.
La reina, emocionada, esbozó una gran sonrisa al verlo así, esforzándose por ella a pesar de que el calor casi lo dejaba fuera de combate.
—Te entiendo. Pero no creas que voy a dejar de lado tu salud, y poner por encima mi gozo personal —se incorporó—. Descansa y continuaremos en otra ocasión.
Sin embargo, Keim no pensaba aceptar esa resolución. La agarró de la mano, frunciendo el ceño con convicción.
—Lo digo en serio, Lericia. No es únicamente por complacerte. También porque me gustas mucho. Quiero continuar sintiendo tu calidez y tu majestuoso cuerpo de osa todo el tiempo que sea posible. Por lo que te lo ruego: no nos vayamos todavía.
No entendía si era porque estaba enamorada de él o qué otro motivo existía. Pero sus palabras y la forma tan directa con la que se expresó fueron las causas por las que en ese momento se quedó muy cautivada. No había manera de que dejase pasar ese escenario tan emotivo.
Conque asintió, acercó su hocico a la cara del felino, y le dio un profundo beso en la boca, saboreándose el uno al otro una vez más. Keim se esforzó más en dicho beso, moviendo su lengua contra la de ella con pasión y energía. Al separarse, un hilo de saliva los conectaba a ambos, el cual cayó sobre el pecho de cada uno. Desvergonzado, se percató de que se volvía a encontrar erecto y pulsante, apuntando hacia la osa con vigor.
Ella se limpió la boca con la muñeca y, sintiendo un fuerte calor en su entrepierna, observó con deseo intenso al joven.
—¿Y bien, lindo? ¿Me subo encima tuya?
—¿En-encima? No creo que sea buena idea, Lericia…
—¿Por qué no?
—Porque eres muy enorme para mí… —viéndola a ella de pie frente a él, no podía dejar de sentirse que estaba delante de un titán de mujer—. Me destrozarías las caderas en un santiamén.
Lericia le dio un toquecito en la nariz con el dedo índice, riéndose—. Que ya lo sé, bonito. Solo te estaba tomando un poco el pelo.
—Ah… Claro, ya decía yo —se rascó la nuca, aún algo preocupado por esa posibilidad.
—Seguro que sí. De acuerdo, me echaré en el suelo.
—Pero ¿no estarás muy incómoda?
—Para nada. No soy tan tiquismiquis como los demás reyes. Si tengo que dormir sobre el suelo, lo hago y punto.
—Interesante, sin duda.
—¡Gracias! Ahora dime: ¿Me coloco boca abajo o boca arriba?
—Prefiero boca arriba. Así podré ver tu hermosa cara… ¡Maldita sea, qué cursi he sonado! —dijo avergonzado.
—Oh… A mí me ha gustado mucho que pienses eso, cariño. Yo también quiero verte mientras lo hacemos.
La osa se dejó caer suavemente sobre el suelo, doblando las rodillas y apoyando la cabeza sobre sus brazos. Con las piernas abiertas, revelaba la entrada a su reino secreto, húmedo y cálido, esperando a Keim con un anhelo palpable que recorría cada fibra de su cuerpo, y sus grandes pero firmes nalgas aplastadas contra el húmedo suelo.
El felino tragó saliva y se puso de rodillas delante de ella. Acercó sus caderas a las de Lericia, su ardor palpitante erguido como un pilar de fuego sobre su reino secreto, mientras contemplaba cada curva de su cuerpo en una pose tan provocativa.
—¿Seguro que estás cómoda?
—Que sí, Keim. Y estaré mucho mejor cuando empiece a sentirte dentro —dijo en un tono sensual que buscaba disipar esas preocupaciones—. Venga, sin miedo…
Respiró hondo y asintió—. Sí, mi reina. Allá voy.
Se metió un poco más entre sus piernas con tal apegarse a ella y, con medida lentitud, fue penetrando entre sus rosados y bien definidos labios. Se agarró a las poderosas piernas de la osa, y sintió como su virilidad era atrapada por sus paredes reales, como si se trataran de una especie de fuerte abrazo que lo reconfortaba genuinamente. Tal sensación no provocó en él ningún otro deseo más que entrar más hondo, haciéndolo gemir con mayor intensidad que ella. Se detuvo entonces a tomar aire y observarla una vez más de abajo a arriba.
Desde sus piernas firmes como acero hasta sus anchas caderas y su marcado abdomen, cada curva y músculo de Lericia irradiaba poder y control. Su intimidad, cálida y receptiva, lo envolvía con intensidad, guiándolo y reclamando su entrega. Sus brazos voluminosos, sus pechos generosos que podían abrazar por completo al felino, y su rostro sereno y seguro, iluminado por ojos ámbar que lo estudiaban con gentileza, completaban la imagen de una reina guerrera y bella, cuya presencia dominaba todo a su alrededor. Su cabello empapado de sudor caía sobre los hombros, añadiendo un toque de cercanía que la hacía aún más cautivadora.
En contraste con ella, Keim era como un brote frágil a la sombra de un roble majestuoso. Su cuerpo, tres veces más pequeño que el de Lericia, lo hacía verse como un niño de figura esbelta y frágil, que podía caer con tan solo un soplo de la osa. ¿Sería capaz de satisfacer su miembro a alguien tan diferente a él en estatura y tamaño? Parecía la tarea más complicada que le había ordenado su reina hasta el momento.
—¿Estás preparada, Lericia? —le preguntó, aunque realmente su pregunta iba más dirigida a él mismo.
—Claro que sí. Vamos, no te cortes conmigo.
—Está bien —asintió.
Echó hacia atrás sus caderas y comenzó a arremeter contra ella, pero no lograba avanzar más allá de la entrada. Su interior era un poco fuerte y resistente, resultando hasta frustrante. Keim luchaba determinado por penetrarla con enorme esfuerzo, apoyado sobre los abdominales de la reina, abrazándola con dureza para concentrar mejor su fuerza en las caderas. Pero no había manera; no era capaz de superar esa capa defensora y gelatinosa.
—Keim… ¿Estás bien? —Lericia sentía algo de lástima por él.
—Sí, lo estoy… —contestó entre jadeos.
—No mientas. Se te ve a leguas que te está costando penetrarme.
—Yo… —suspiró finalmente, con las orejas agachadas—. Lo siento de veras… Creo que mi cuerpo no es suficiente para ti.
—No digas tonterías, lindo. Tu cuerpo no supone ningún inconveniente.
—Pero si no logro darte el placer que deseas, no tendrá sentido que estemos teniendo sexo.
—Pero Keim —extendió su brazo derecho hasta su cabeza y lo acarició—. No solo es placer lo que busco teniendo sexo, sino el hecho de sentirte a tí y disfrutar juntos. No tienes porqué ser perfecto cuando lo hacemos. Únicamente dejarte llevar por tus genuinas emociones.
—Lericia… —asintió, y agarró la mano de la osa—. Sí, entendido. Me desharé de mi sentido del deber y disfrutaré de este momento. Porque ante todo, te amo.
Lericia dejó salir una pequeña risa, muy complacida—. Eso es, cariño. Por cierto… Si tanto te cuesta entrar en mí, puedo encargarme yo.
—¿A qué te refieres?
—A subirme encima de tí.
—¡¿Qué?! Acabamos de hablar hace un rato de que eso no sería buena idea.
—Lo sé, pero escúchame un momento. Sí, soy muy enorme y pesada para tí. Pero no tiene que pasar nada mientras no caiga ni me apoye encima de tí, ¿no? Será como un entrenamiento de piernas para mí —sonrió despreocupada.
—Bueno… Sí… Aún así…
—Confía en mí, Keim. Jamás permitiría que sufrieses ningún daño, y aún menos por mi culpa —le dijo con voz firme, mirándolo fijamente a los ojos.
Esa mirada inspiró rápidamente confianza en el felino, apaciguando su preocupación—. Una relación amorosa consiste en confiar el uno en el otro después de todo, ¿no es así? Muy bien, hagámoslo.
Keim salió de ella y se recostó en el suelo, para inmediatamente verse cubierto por la sombra de su amada reina y sentir algo de escalofríos. Lericia se colocó de cuclillas y se inclinó hacia él, con ambas manos atrapando la cabeza del felino en una peluda prisión irrompible. Con cuidadosa lentitud, descendió sus grandes caderas hasta rozar la guardiana de su reino íntimo contra la punta radiante del felino, que ansiaba rendirse a su reina, provocando que ambos gimieran levemente.
Ella comenzó a frotar ambas intimidades, estimulándose a sí misma y a él al mismo tiempo. Su hinchada joya escondida se acariciaba contra su tronco ardiente, sus fluidos mezclándose en un intercambio cálido y húmedo que los envolvía por completo. Los sonidos viscosos y aullidos llenaban el vestuario, reflejo de su entrega total a sus deseos primitivos, abandonados a la intensidad de cada roce y cada palpitación.
—¿Te gusta…? —le preguntó ella, sonrojada al igual que él.
—Sí… Mucho… ¿Y a tí?
—Como no lo puedes imaginar… —sonrió—. Ahora voy a meterla dentro, lindo… ¿Preparado?
—Sí, mi amada reina…
Lo besó en el hocico y comenzó a tomarlo entre sus íntimas puertas rosadas con cuidado. Descendió su pesado cuerpo con precaución de no dejarse caer sobre él, pero con gusto hasta envolverlo por completo, arqueando la espalda mientras los gemidos recorrían sus cuerpos. Lericia volvió a apoyarse con ambas manos, reuniendo fuerza, y ahondó el miembro viril en su totalidad hasta la mitad de su cálido interior, sus labios besando la ingle del felino. Su interior, antes un muro implacable, ahora lo acogía con amor y ternura. Keim se sentía tan maravillado como ella, como si ambos hubieran ascendido al paraíso.
—¿Te he hecho daño, Keim?
—Solo un poco al principio, pero nada importante.
—Comprendo —se recogió un poco el pelo con una mano, contenta de verlo tan alegre—. Avísame si algo va mal, ¿entendido?
—Como tú digas, mi reina.
Con las manos apoyadas en el suelo, comenzó a mover sus caderas lentamente, sosteniéndose de cuclillas y resistiendo el placer que amenazaba con derribar su control. Las abundantes nalgas peludas descansaban sobre su cuerpo con la suavidad y peso de espléndidos cojines del más delicado terciopelo, y cada roce húmedo reverberaba a través de sus zonas más íntimas, intensificando la sensación de contacto. Al principio, Keim permanecía quieto, dejándole todo el trabajo a su amante. Pero pronto supo que no podía quedarse así por mucho tiempo, debía tener más iniciativa. Impulsado por su lealtad hacia ella y un deseo primitivo, comenzó a empujar sus caderas, respondiendo a sus descensos con embestidas y a sus ascensos con retiradas.
Lericia gimió con más intensidad al sentirlo moverse con esa pasión.
—Así, así…
Continuaron así por unos minutos, inundando el espacio entre ellos con gemidos calmados y placenteros. Keim, hipnotizado por el vaivén lento de sus generosas colinas como si fueran péndulos, realizó una petición antes siquiera de pensarla..
—Lericia… Agáchate y coloca tus pechos sobre mi cara…
La osa entendió qué pretendía al instante—. Sí, Keim…
Se inclinó, apoyándose ahora sobre sus codos y rodillas, y sus grandes ubres sueltas colgando sobre el rostro del felino de manera tentadora. Las gotas de sudor acumuladas descendían de todas partes de su contorno hasta llegar a sus erectos pezones para luego caer como gotas de rocío sobre la embelesada cara del gato.
Sin pensárselo más, las sujetó entre sus manos como dos sandías gigantes, y las masajeó, al mismo tiempo que los lamía y succionaba dentro de su boca, deslizando su lengua por sus alzadas cimas con gran velocidad. Con ello hizo temblar aún más a la mole de músculos que era la reina.
Las caderas de ella comenzaron a moverse con más fuerza, haciendo que sus nalgas chocaran contra él como martillos rítmicos sobre una campana ardiente, cada golpe acompañado de viscosos sonidos que anunciaban al mundo su unión. El ritmo aumentaba con el tiempo, rápido y desigual, como una marea que no podía contenerse. Keim sentía cómo cada embestida lo consumía, obligándolo a seguir el compás marcado por su reina, pero desobedeciendo en pos de no abandonar el sabor embriagador de sus masivas tetas.
Lericia lo guiaba sin palabras, modulando intensidad y ángulo, disfrutando del poder que emanaba de cada golpe de sus nalgas palpitantes y caderas incansables, llevándolos a ambos al límite de un frenesí que parecía no tener fin. Pero en ese momento nada importaba para ellos; estaban demasiado atrapados en su propio mundo de amor y lujuria.
El miembro de Keim palpitaba dentro de ella, temblando con ansias de liberarse, y Lericia sentía la misma urgencia ardiendo en su interior, como un fuego que tensaba todo su cuerpo. Desesperada, se lanzó sobre él con movimientos veloces y furiosos, cada embestida aumentando el frenesí hasta que ambos fueron consumidos por la sensación de placer que los arrastraba al clímax. Keim dejó de succionarle los pechos y gimió intensamente, concentrado en soportar las ahora continuas descargas de placer que hacían vibrar todo su frágil cuerpo.
Keim estaba a punto de erupcionar dentro de ella. Cada contracción de sus paredes eran como olas que lo retenían y empujaban al mismo tiempo. Lericia volvió a erguirse, masajeandose ella misma sus pechos con dureza, frotando su clítoris sin pudor alguno, y persiguiendo el orgasmo con plena voracidad.
Su boca abierta babeaba sobre ella misma, dotando a sus manos de un lubricante que hacía resbalar las enormes y bamboleantes masas de carne. La respiración de ambos se mezclaba con gemidos entrecortados ante el inminente estallido que ambos sentían acercarse con fuerza.
Y finalmente ocurrió: El felino agitó todo su cuerpo, agarró a su reina con fuerza y propinó una última embestida para derramar su leche en lo más profundo de su cavernoso canal. Chorro tras chorro siendo empujado cada vez más y más adentro, las paredes que le rodeaban contrayéndose y expandiéndose en espasmos que lo exprimían pidiéndole, suplicándole que el orgasmo durara más, que le diera más de su semilla, que llenara todo su interior hasta rebosar.
Con el disfrute de esa masculina carga en su interior, ella lo cubrió con su propio flujo, dejando que resbalara sobre él y descendiera hacia sus testículos y piernas, hasta humedecer el suelo bajo ellos. Todo aquello fue acompañado de grandes gemidos, que fueron ahogados inmediatamente al besarse ambos con enorme pasión. Sus lenguas, de tamaños tan diferentes, catándose la una a la otra a través del cansancio. Al sucumbir al agotamiento y terminar de besarse, se miraron a los ojos jadeando y contentos, sintiendo la respiración del otro, muy satisfechos.
—Me ha encantado, mi dulce sirviente… Yo hoy te quiero en mi cama…
—¿En tu cama, dices…? ¿No nos meteremos en problemas si nos descubren…?
—Eso no me importa… Soy la reina, y soy yo quien decide con quién acostarse, cariño… —le dio un toque en el hocico, sonriente.
—Tienes razón… —dijo entre carcajadas de cansancio.
—Y bueno… —lo acarició en la cara—. ¿Nos tomamos un baño…? No podemos presentarnos así de sucios y sudados…
La osa abrió levemente sus labios vaginales, derramando un poco del cóctel de amor que protegían, para dejar claro que el sudor era el menor de sus problemas.
—Claro que no… Venga, usemos las aguas termales de aquí. Porque tienen, ¿no?
Ella río.
—Qué mono. Sí que tienen —se levantó un poco tambaleante, y le ofreció la mano—. Vamos, ¿a qué esperas?
Keim asintió, muy alegre y aceptó su ofrecimiento, levantándolo de un simple tirón de brazo, acabando en sus brazos y abrazado con enorme cariño y ternura.
—«Conque ella es la mujer que me ha escogido como su primer amor verdadero… Qué cosas tiene la vida: antes me negaba a corresponderle, y mírame ahora. Sin embargo, me alegro de que haya terminado siendo así. Me esforzaré aún más por complacerla durante el resto de mis días. Lo juro como sirviente… y como amante».
Lericia se recostaba de espaldas contra la orilla de las aguas termales, y Keim sobre su cuerpo. Ambos relajados sin escuchar ningún ruido que no fueran sus propias respiraciones. La osa lo rodeaba con sus brazos por la tripa mientras él tenía su cabeza entre sus pechos, como si estuviera sobre una mullida cama entre cojines calientes y húmedos. La calma de ese momento y la sensación casi mágica de esas aguas tras una acalorada sesión de frenético sexo les sentaba de maravilla, como si se hubieran librado de un gran peso.
—Estás cómodo ahí, ¿eh? —dijo ella en un tono pícaro.
—Antes de haber tenido sexo quizás me avergonzaría. Pero sí, estoy muy a gusto aquí contigo. Podría quedarme dormido sobre tí sin darme cuenta —alzó la mirada para verla a los ojos, sonriente.
—Entonces debes saber que la puerta de mis aposentos estará siempre abierta para ti si quieres dormir conmigo por las noches, mi querido sirviente.
—Tentador… Seguramente acepte tu propuesta. Intentaré ser muy sigiloso para que nadie me descubra.
—No te preocupes tanto por eso. Simplemente me interpondré y diré que te necesitaba para traerme una taza de té.
—¿Tomar una taza de té por la noche tarde?
—Cosas más raras me han visto hacer —rió—. Como las veces que me quedo bebiendo hasta las tantas sola en mis aposentos.
—Sí, cierto… —se rascó la mejilla—. Cada vez que haces eso dejas todo hecho un desastre, y a la mañana siguiente te encuentran en el suelo semidesnuda. Menos mal que no se ha filtrado esa información fuera del castillo.
—Ya te digo. Menuda vergüenza me daría si se enterase el pueblo —se agarró los mofletes, sonrojada.
—¿Y qué hay sobre nuestra relación si saliera a la luz?
—Como te dije, haré que las cosas salgan bien como sea. Me dan igual las opiniones que tengan sobre nosotros juntos. Es mi vida amorosa y haré lo que me salga de las narices. Así de claro —dijo con firmeza, impresionando al felino.
—Eres una mujer increíble, Lericia. Creo que jamás me hubiera podido enamorar de alguien que no fueras tú. Cuanto más asimiló este sentimiento de amor, más consciente soy de lo loco que estoy por ti. Así que —volteó para darle un fuerte abrazo—, no nos separemos nunca. Por difíciles que se pongan las cosas, prométeme que estaremos juntos para afrontarlas. Yo como sirviente y tú como reina —le expresó apasionadamente.
—Keim… —una sonrisa se dibujó en el rostro de ella, y lo empezó a acariciar—. Por supuesto, mi lindo sirviente. Te lo prometo como la mismísima reina de Baeri que soy —para finalmente corresponder a su abrazo con todo el cariño del mundo—. Siempre juntos, en lo bueno y en lo malo. Te quiero mucho… Keim.