Capítulo 1
El consultorio del hospital estaba en silencio...
Ellen Whitmore permanecía sentada sobre la camilla mientras uno de los médicos revisaba nuevamente los estudios después de lo que había pasado.
El cuello todavía le ardía, los labios le dolían, y el cuerpo entero seguía temblándole.
Kristal había salido unos minutos para hablar con seguridad y encargarse del desastre que había quedado atrás, así que Ellen estaba completamente sola.
El médico terminó de revisar las imágenes y levantó la mirada hacia ella.
—Señorita Whitmore… físicamente está bien, las lesiones no parecen ponerla en riesgo
Ellen soltó el aire.
—¿De verdad?
—Sí —respondió con calma—. Tiene golpes importantes y algunas contusiones, pero no parece haber daño interno grave… no hay riesgo ni para usted, ni para el bebé.
Ellen frunció lentamente el ceño.
—¿…Cuál bebé?
El médico se quedó quieto y dedujo que ella no lo sabía.
—Señorita Whitmore… usted está embarazada.
El mundo dejó de moverse, Ellen lo miró sin reaccionar.
—¿Qué…?
—La prueba de embarazo salio positiva, será necesario practicarle un ultrasonido en unas semanas para corroborar que todo vaya bien.
Ella negó inmediatamente.
—No… no… eso no puede ser… ¿Está usted seguro?
El médico revisó nuevamente la tableta.
—Probablemente tiene entre cuatro y cinco semanas de embarazo.
Cuatro o cinco semanas, Mojo House, el alcohol...
Una mano subió rápidamente hasta su boca.
—No… —susurró otra vez—. No… eso no puede estar pasando…
El médico preguntó extrañado.
—¿Se encuentra bien?
Ella comenzó a negar más rápido.
—Tiene que haber un error… yo… yo…
Pero incluso mientras lo decía sabía perfectamente que no existía ningún error, porque antes de esa noche no había estado con ningún hombre, nunca.
—Esto no puede ser… —pensó para si misma, pero con los ojos llenos de miedo—. A mi familia… a los Mountbatten… a mí…
Respiró hondo, entonces la idea apareció, rápida, clara y fría.
—Podría terminar con esto… — se decía casi sin emoción—. Sí… eso es… podría desaparecer… como si nunca hubiera pasado…
Continuó en silencio unos segundos.
—Nadie tendría que saberlo… —continuó, empezando a convencerse—. Tengo el dinero… tengo los contactos… podría hacerlo discreto y sin consecuencias…
Ellen sintió ganas de vomitar.
—¿Alguien más lo sabe? —preguntó de golpe.
El médico pareció aún más confundido.
—¿El embarazo?
—Sí… ¿alguien más ha visto los resultados? ¿Se lo ha dicho usted a alguien?
El hombre negó lentamente.
—Solo yo y usted señorita.
Ellen comenzó a temblar.
—Por favor… no se lo diga absolutamente a nadie…
El médico observó las marcas moradas en su cuello y después volvió a mirarla a los ojos, algo en la expresión de Ellen era demasiado desesperado.
—No se preocupe —respondió finalmente—. La información médica es confidencial.
Ella cerró los ojos apenas un segundo.
—Gracias…
El médico asintió suavemente.
—Voy a pedir algo para aliviar el dolor y después podrá retirarse cuando se sienta mejor.
Ellen apenas escuchó la última parte, porque su mente ya estaba hundiéndose en el caos.
—Nadie debe enterarse… —susurró.
Su voz se quebró.
—Ni siquiera él… Su padre
Ellen se recostó de nuevo en la camilla con dificultad
—¿O acaso debería decirle? —preguntó en voz baja, como si alguien pudiera responderle—. ¿Tiene derecho a saber…? ¿O sería el peor error que podría cometer…?
La imagen de aquel hombre apareció en su mente, su mirada fría, su presencia dominante y su forma de hablar sin pedir permiso.
—No es un hombre cualquiera… —murmuró, con tensión en la voz—. Él no… él no sigue reglas… no le importaría el escándalo… ni las consecuencias…
Un escalofrío recorrió su espalda.
—¿Y si se enfurece? —continuó—. ¿Y si decide que esto es un problema que debe desaparecer…?¿O si decide que somos de su propiedad?
Su respiración se aceleró.
—Los hombres como él no negocian… —susurró—. Los hombres como él eliminan obstáculos o simplemente toman aquello que creen suyo.
Se abrazó a sí misma.
—¿Qué hago…? —se preguntó —. ¿Qué se supone que debo hacer ahora…?
El reloj avanzaba.
—Si quiere al hijo… estoy atrapada… —dijo, mirando al vacío—. Y si no lo quiere… también…
Una sonrisa amarga cruzó su rostro.
—Porque al final… —susurró—. Todo recae sobre mí…
Se quedó mirando hacía el techo.
—Claro… siempre sobre la mujer… —añadió, con un tono más duro—. Siempre somos nosotras las que pagamos… las que ocultamos… las que cargamos con todo…
Respiró profundo, más firme, más fría.
—No puedo quedarme así… —dijo, enderezándose con dificultad—. No puedo seguir sentada esperando a que esto me destruya…
Miro a su alrededor como si buscara la respuesta en esas 4 paredes.
—Tengo que decidir… —continuó—. Y tengo que hacerlo antes de que alguien más decida por mí…
Dos caminos.
—Decírselo a él… y no saber si eso me salvará… o me condenará… —añadió, tensando la mandíbula.
—O terminar con todo… y cargar con esto sola… para siempre… con la amenaza que algún día todo salga a la luz...
Se recostó de nuevo colocando sus manos sobre su vientre.
—Ya no hay vuelta atrás… —susurró.
Ellen cerró los ojos y permaneció inmóvil sobre la camilla. Intentó concentrarse en cualquier otra cosa, pero era imposible, cada camino terminaba llevándola al mismo lugar. Alexander, su voz, su mirada, la forma en que había invadido sus pensamientos durante las últimas semanas sin que ella pudiera evitarlo... Maldición, ni siquiera debería estar pensando en él cuando acababa de descubrir algo tan grave.
Se pasó una mano por el rostro y soltó una risa amarga, toda su vida había estado planeada, había seguido cada regla, cada expectativa y cada obligación que su familia había puesto sobre sus hombros, nunca había sido impulsiva o irresponsable; sin embargo, una sola noche había conseguido poner su mundo de cabeza, ahora estaba sola en una habitación de hospital, intentando decidir qué hacer con esa noticia que podía destruir su compromiso, su apellido y el futuro que llevaba años construyendo.
Su mano descendió lentamente hasta su vientre, el gesto fue involuntario, apenas rozó la tela de su ropa cuando un nuevo pensamiento la golpeó con fuerza, si decidía seguir adelante con aquel embarazo, tarde o temprano tendría que hablar con Alexander, la sola idea hizo que su estómago se contrajera, no sabía cómo reaccionaría él, no sabía si se enfadaría, si intentaría alejarse o si, por el contrario, decidiría involucrarse de una forma que ella no pudiera controlar y cualquiera de esas posibilidades le resultaba aterradora.
Cerró los ojos y solo trato de recapitular los últimos meses de su vida, que había hecho tan mal que la había llevado hasta allí.








