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Cortesía del Gimnasio

Summary

Solo lee. Puro sexo.

Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1

El ambiente dentro del gimnasio de alto rendimiento *Apex Iron* estaba cargado con la inconfundible sinfonía del esfuerzo físico: el choque metálico de los discos de hierro fundido, el zumbido constante de las cintas de correr y la respiración pesada de quienes buscaban superar sus propios límites.

En medio de este escenario, dos presencias femeninas acaparaban, de forma casi inevitable, las miradas furtivas de los presentes.

Por un lado, Liza Troyan. La joven castaña se encontraba de pie, con los brazos cruzados bajo el pecho, proyectando un aura de absoluta confianza y serenidad fría. Vestía una camiseta negra, intencionalmente holgada, que contrastaba de manera dramática con unos pantalones cortos grises sumamente ceñidos. Aquella prenda inferior no hacía más que enmarcar el trabajo de años de disciplina: unos cuádriceps masivos, esculpidos con una definición anatómica que parecía desafiar la genética, terminando en unas impecables zapatillas blancas de suela gruesa. Su cabello liso caía sobre sus hombros, enmarcando un rostro de facciones finas, casi angelicales, que chocaba de frente con la dureza de su mirada.

A escasos metros de ella, el polo opuesto y a la vez su igual: Bakhar Nabieva. La mujer irradiaba una energía salvaje, exótica y abrumadoramente dominante. Llevaba una camiseta negra idéntica a la de Liza, con el logo de su patrocinador en el pecho, pero la suya revelaba mucho más de su personalidad. Su cuello, parte de su pecho y sus brazos estaban cubiertos por una red de tatuajes oscuros e intrincados que parecían contar historias de batallas ganadas. Su cabello, de un negro azabache profundo, estaba firmemente recogido en una coleta alta. Bakhar vestía unos minúsculos pantalones cortos con un patrón geométrico de colores vibrantes que abrazaban sus muslos —aquellos músculos legendarios que le habían valido el apodo de "Miss Iron Bum"— con una tensión que parecía a punto de rasgar la tela. Llevaba calcetines negros subidos hasta la mitad del gemelo y zapatillas oscuras con detalles rosados.
No era la primera vez que se veían. Sus nombres resonaban en la misma industria, pero hoy, la tensión en el aire no tenía nada que ver con el fitness.

Había un entendimiento de parte de ambas. Un objetivo común que acababa de cruzar por las puertas de cristal del gimnasio.

A través de los grandes espejos del recinto, ambas lo habían visto entrar.

Siegfried.

El hombre era una anomalía en cualquier lugar al que entrara. Con una estatura que fácilmente superaba los dos metros y medio, Siegfried tenía que agachar levemente la cabeza para no rozar el dintel de las puertas. A pesar de su tamaño titánico y la anchura hercúlea de sus hombros, no vestía ropa de entrenamiento. Llevaba unos pantalones oscuros de tela resistente y una camisa de botones de un tono verde pálido que se ceñía peligrosamente a sus músculos pectorales y sus fornidos brazos. Su cabello, de un inusual tono claro, casi menta pálida, caía largo y liso por su espalda, atado en una coleta baja que le daba un aire de guerrero antiguo.

Pero lo que más llamaba la atención de Siegfried no era su inmenso tamaño, sino los contrastes de su ser. Su rostro, apuesto y de mandíbula cuadrada. Sin embargo, su expresión era la antítesis de la intimidación. Siegfried poseía una mirada melancólica, profunda y extraordinariamente gentil. Caminaba con una ligereza impropia de su masa muscular, pidiendo disculpas con una sonrisa amable a un joven que casi choca con él, irradiando una caballerosidad jovial y serena. Había acudido al gimnasio no para levantar acero, sino sosteniendo una carpeta de cuero bajo el brazo, buscando al gerente para revisar unos contratos de arrendamiento del local.

Liza soltó la mano de Bakhar. La castaña ladeó la cabeza, sus ojos fijos en el gigante de cabello claro.

—Así que... es cierto. Está en la ciudad —murmuró Liza, su voz baja y controlada.

Bakhar esbozó una sonrisa de medio lado, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de nostalgia y anticipación.

—Sigue siendo igual de despistado y educado. Míralo, disculpándose con las pesas si por accidente las pisa. —Bakhar soltó una pequeña risa nasal—. Ha pasado tiempo.

Liza y Bakhar compartían un secreto que el resto del mundo ignoraba. En diferentes momentos de sus vidas, ambas habían sido dueñas del corazón de aquel gigante. Ambas habían conocido la intensidad de su abrazo, la calidez de su voz profunda susurrando en la oscuridad, y la devoción absoluta con la que Siegfried trataba a las mujeres que amaba. Las relaciones habían terminado en buenos términos —Siegfried era incapaz de generar un final amargo—, pero en el interior de ambas mujeres, campeonas y competidoras por naturaleza, siempre había quedado una duda punzante, una espina de rivalidad no resuelta.

—¿Estás pensando lo mismo que yo? —preguntó Liza, ajustando la postura de sus hombros.

—Que es el momento perfecto para resolver una duda. Sin peleas, sin dramas. Solo... la verdad pura y dura —respondió Bakhar, tronándose los nudillos con lentitud—. Vamos a acorralar al hombre.

Siegfried se encontraba cerca del pasillo que conducía a las oficinas administrativas, revisando un papel de su carpeta. Su ceño estaba levemente fruncido en un gesto de concentración, sus gruesos dedos trazando las líneas del texto. El lugar estaba relativamente aislado; los pesados sacos de boxeo colgaban inertes a su izquierda, y la zona de estiramientos a su derecha estaba completamente vacía en ese momento.

De pronto, el gigante sintió un cambio en la presión del aire. El instinto que le había servido en innumerables ocasiones le advirtió de presencias acercándose por sus flancos. Levantó la vista, apartando un mechón de cabello claro que había caído sobre su rostro.

A su izquierda, Liza. A su derecha, Bakhar.

El rostro de Siegfried pasó de la sorpresa inicial a una expresión de genuina y cálida alegría. Una sonrisa amplia y luminosa se dibujó en sus labios.

—¡Liza! ¡Bakhar! —Su voz resonó profunda y aterciopelada, como el eco en una vasta caverna—. Por todos los cielos, qué maravillosa coincidencia. No esperaba encontrar a dos de las mujeres más formidables que conozco en el mismo lugar. ¿Cómo han estado?

Siegfried hizo un amago de acercarse para ofrecerles un abrazo a ambas, con esa naturaleza afectuosa y jovial que lo caracterizaba, pero notó que las dos mujeres no le devolvían la sonrisa con la misma candidez. Sus rostros eran máscaras de determinación pura. En lugar de recibir su saludo, Liza y Bakhar dieron un paso simultáneo hacia adelante, obligando al gigante a retroceder instintivamente un paso hasta que su ancha espalda topó suavemente con la pared de concreto del pasillo.

Estaba acorralado.

Una mujer normal se habría sentido intimidada al estar tan cerca de un hombre de sus proporciones monstruosas, pero ni Liza ni Bakhar eran mujeres normales. Se plantaron frente a él, bloqueando cualquier ruta de escape, sus cuerpos musculosos en tensión, emanando una autoridad innegable.

—Hola, Siegfried —saludó Liza, su tono clínico y directo—. Nos alegra verte. Pero no hemos venido a hablar del clima ni de cómo nos va en la vida.

Bakhar apoyó una mano en la pared, justo al lado de la cabeza de Siegfried, inclinándose ligeramente hacia él. La cercanía hizo que el aroma a vainilla y sudor limpio de la mujer tatuada invadiera el espacio del gigante.

—Tenemos una cuenta pendiente, fortachón —ronroneó Bakhar, su voz impregnada de un magnetismo peligroso—. Y tú eres el único que puede saldarla. Las dos hemos estado hablando. Compartiendo... anécdotas.

Siegfried, sintiéndose repentinamente como un pequeño ratón frente a dos leonas, parpadeó con rapidez. A pesar de su poder inmensurable y su valentía legendaria frente a cualquier adversidad del mundo, siempre había sido sumamente vulnerable y respetuoso ante la intensidad femenina. Un levísimo rubor coloreó sus mejillas. Apretó la carpeta de cuero contra su ancho pecho.

—Oh... ya veo. Bueno, siempre he creído que la comunicación es vital —respondió él, riendo nerviosamente, su tono jovial perdiendo un poco de seguridad—. Pero, eh, ¿por qué siento que estoy a punto de ser interrogado en un juicio donde no tengo abogado?

Liza se cruzó de brazos nuevamente, su mirada descendiendo momentáneamente por la figura del gigante antes de volver a sus ojos.

—Porque esto es un juicio, Siegfried. Y queremos que seas honesto. Nada de evasivas, nada de tu habitual cortesía exagerada para no herir sentimientos. Queremos la verdad —sentenció la castaña.

—Exacto —secundó Bakhar—. Las dos fuimos importantes para ti. Las dos compartimos nuestra vida, nuestro tiempo y, sobre todo, nuestra cama contigo. Y ambas sabemos que somos excepcionales. Pero las competiciones exigen un ganador.

Siegfried tragó saliva de forma audible. Su nuez de Adán subió y bajó. Entendía perfectamente hacia dónde se dirigía la conversación y, para un hombre cuyo honor y caballerosidad eran la brújula de su existencia, aquella situación era más aterradora que enfrentar el mismísimo fin del mundo.

—Chicas... —empezó Siegfried, usando su tono más suave y apaciguador, bajando la cabeza para mirarlas a los ojos—. Ambas saben el profundo respeto y el cariño inmenso que les tengo. Mi tiempo con cada una de ustedes fue un regalo que atesoro.

—Basta de poesía —le interrumpió Liza, dando un paso más, sus zapatillas blancas rozando los zapatos de vestir de Siegfried—. La pregunta es simple, y vas a responderla ahora mismo. De nosotras dos... ¿quién fue la mejor novia?

—Y lo más importante —añadió Bakhar, bajando la voz hasta convertirla en un susurro grave que hizo vibrar el aire—, ¿quién de las dos te dejó más satisfecho en la cama? ¿Quién te hizo perder el control de verdad?

El silencio que siguió a la pregunta fue espeso. A lo lejos se escuchaba el sonido metálico de una barra cayendo al suelo, pero en aquel pasillo apartado, el tiempo parecía haberse detenido.

Siegfried cerró los ojos por un instante y dejó escapar un largo suspiro que removió el aire a su alrededor. Cuando volvió a abrirlos, su mirada melancólica y serena estaba fija en ellas. Aunque estaba acorralado por dos mujeres extraordinariamente imponentes, su naturaleza no le permitía ser otra cosa que él mismo: un caballero en toda su extensión.

—Liza, Bakhar... —comenzó, su voz profunda tomando un matiz de solemnidad—. Lo que me piden es algo que mi honor y mi corazón no pueden hacer. No por cobardía, se los aseguro, sino porque sería cometer una injusticia contra la verdad misma.

El gigante movió sus enormes manos, gesticulando con suavidad mientras hablaba.

—Liza, tú eres el fuego disciplinado. Contigo, cada día era una obra maestra de orden y pasión estructurada. Tu dedicación, la forma en la que me cuidabas y la intensidad implacable con la que te entregabas en la intimidad... era como ser abrazado por la perfección. Me enseñaste lo que significa el poder del control.

Liza no cambió su expresión fría, pero un músculo en su mandíbula se tensó levemente.

Siegfried giró entonces su rostro hacia la mujer de los tatuajes.

—Y tú, Bakhar. Eres la tormenta indomable. Tu energía es salvaje, abrumadora. A tu lado descubrí una pasión cruda, sin filtros, instintiva. En nuestra intimidad, me hacías olvidar mi propio nombre, arrastrándome a un torbellino donde solo existía el deseo puro. Me enseñaste lo que significa la libertad absoluta.

El gigante sonrió, una sonrisa genuina, cálida y desprovista de cualquier malicia.

—Compararlas sería como intentar decidir si es más hermoso el sol del amanecer o la luna de medianoche. Ambas son reinas. Ambas dominaron mi mundo de maneras completamente distintas, y a ambas las considero incomparables. Fui el hombre más afortunado al tenerlas, y ninguna es superior a la otra, porque ambas alcanzaron la cima de mi devoción. Esa, mis queridas amigas, es mi única y absoluta verdad.

Siegfried las miró con una expresión de triunfo humilde, creyendo genuinamente que su honestidad y sus palabras, salidas desde el fondo de su corazón noble, serían suficientes para aplacar la competitividad de las dos titanes frente a él. Esperaba ver sonrisas, o tal vez un suspiro de rendición pacífica.

Pero se equivocaba.

Liza y Bakhar se miraron de reojo. Ninguna de las dos sonreía. De hecho, la respuesta había logrado el efecto contrario. Para ellas, competidoras natas, dueñas de físicos forjados en el dolor y la superación de límites, el empate no existía. La diplomacia era, en su mundo, una forma educada de negarse a dar un veredicto.

—Es demasiado bueno, ¿verdad? —dijo Liza, rompiendo el silencio, su voz goteando una mezcla de irritación y diversión.

—Demasiado perfecto. Demasiado... Siegfried —concordó Bakhar, negando lentamente con la cabeza, haciendo que su coleta oscura oscilara—. Nos ha dado un discurso hermoso para no mojarse las manos.

Siegfried parpadeó, su sonrisa vacilando.

—Eh... yo solo fui honesto, se los prometo... —intentó defenderse el gigante, su voz perdiendo parte de su aplomo.

Liza dio un paso definitivo hacia él, cerrando por completo la distancia. Su rostro quedó a la altura del pecho del gigante. Levantó las manos y, con una firmeza que no admitía réplica, tomó la gigantesca y callosa mano derecha de Siegfried.

Al mismo tiempo, Bakhar hizo exactamente lo mismo del otro lado, apresando la mano izquierda de su expareja.

—Si las palabras no te sirven para decidir, Siegfried —susurró Liza, sus ojos clavándose en los del gigante con una intensidad que lo hizo contener la respiración—, entonces tendrás que usar otros sentidos. Tu memoria táctil, tal vez.

—La cortesía está muy bien para los cuentos de hadas, grandulón —añadió Bakhar, tirando de la mano izquierda de él hacia abajo, guiándola con fuerza—. Pero aquí estamos en el mundo real. Y en el mundo real, necesitamos hechos tangibles.

Antes de que Siegfried pudiera articular una sola palabra de protesta, o siquiera comprender del todo lo que estaba ocurriendo, ambas mujeres ejecutaron su movimiento.

Liza, sin apartar la mirada de los ojos asombrados del gigante, guió la inmensa mano derecha de este y la plantó con firmeza sobre su propia nalga, sobre la tensa y cálida tela de su corto pantalón gris. La musculatura bajo su mano era densa, dura como el acero, pero a la vez cálida y viva.

En perfecta sincronía, Bakhar tiró de la mano izquierda de Siegfried, llevándola hacia atrás y obligándolo a posar su enorme palma sobre la nalga de la mujer tatuada, cubriendo el colorido patrón geométrico de sus shorts. La textura bajo esa mano era igualmente imponente, una masa muscular legendaria que latía con fuerza contenida.

Las manos de Siegfried, que habían empuñado armas y enfrentado horrores indecibles en su pasado, temblaron ligeramente al sentir el calor y la firmeza abrumadora de ambas mujeres al mismo tiempo. Sus ojos se abrieron de par en par, el rubor de sus mejillas extendiéndose ahora hasta sus orejas.

Liza y Bakhar, se mantenían peligrosamente cerca, presionando sutilmente las palmas del gigante contra sus cuerpos, lo miraron con una exigencia implacable.

—Ahora, caballero —dijo Liza, su voz baja, ronca y cargada de un desafío absoluto—. Cierra los ojos. Siente bien. Y danos una respuesta de verdad.

El ambiente en aquel rincón apartado del gimnasio se volvió casi irrespirable. La calidez del contacto físico contrastaba con la frialdad metálica de la maquinaria circundante. Siegfried sintió que su pulso se disparaba de una manera que ninguna batalla le había provocado jamás. Sus grandes manos, habituadas a empuñar el acero pesado, ahora reposaban sobre la carne firme y trabajada de dos mujeres que, en algún momento, habían sido el centro de su existencia.

Liza y Bakhar no se movieron. Esperaban. Sus respiraciones, pausadas y controladas, creaban un ritmo que obligaba a Siegfried a buscar su propia armonía.

El gigante, superado por la intensidad del momento y por la naturaleza instintiva de su propia nobleza que, tras años de autocontrol, empezaba a flaquear ante la provocación deliberada de sus antiguas amantes, cerró los ojos por un segundo. Al abrirlos, la mirada melancólica había sido reemplazada por una chispa de deseo genuino. Ya no era el caballero que intentaba ser educado; ahora, estaba siendo arrastrado a la contienda.

Con un gruñido bajo que apenas escapó de su garganta, Siegfried tomó una decisión. Sus dedos, largos y poderosos, comenzaron a trabajar sobre las nalgas que tenían bajo sus palmas. No fue un contacto tímido. Siegfried era un hombre de gran envergadura y fuerza, y cuando sus manos se pusieron en movimiento, lo hicieron con la autoridad de quien conoce perfectamente cada músculo que está explorando.

Apretó con fuerza, amasando la densidad de Liza, sintiendo la fibra muscular contraerse bajo la presión de sus dedos, antes de pasar a Bakhar, cuyos tatuajes bajo su tacto parecían cobrar vida. Siegfried comenzó a deslizar sus palmas con un movimiento rítmico, un masaje que buscaba tanto la exploración como la dominación. Sus pulgares trazaban surcos de presión sobre la curva de sus caderas, forzando a ambas mujeres a arquear la espalda ante el estímulo repentino.

—Eso es... —murmuró Bakhar, soltando un suspiro que terminó en un jadeo, mientras sus ojos oscuros se entrecerraban y su cuerpo se tensaba, buscando más del contacto del gigante.

Liza no se quedó atrás. Con un movimiento felino, cerró la distancia que quedaba entre ella y el pecho de Siegfried, presionando su abdomen contra el torso musculoso del hombre. Siegfried, entendiendo el lenguaje que hablaban, no se contuvo: rodeó la cintura de ambas con sus brazos, atrayéndolas hacia él con una fuerza que las dejó literalmente pegadas a su cuerpo. La presión fue total. El roce de sus cuerpos sudorosos, incluso a través de las finas telas de sus shorts, generaba una fricción que encendía la piel.

Sin previo aviso, Liza se puso de puntillas, acortando el abismo de altura entre ambos, y sujetó a Siegfried por las solapas de su camisa, tirando de él hacia abajo. Casi al mismo tiempo, Bakhar se lanzó hacia su cuello.

Sus labios chocaron contra los de Siegfried con una ferocidad que rozaba la violencia. No era un beso de reencuentro, era un acto de reclamación. Sus bocas, hambrientas y decididas, comenzaron a "devorarlo". Liza exploraba su boca con una técnica depurada, mientras que Bakhar, más impulsiva, buscaba con su lengua y sus labios marcar cada centímetro del rostro de Siegfried, dejando una estela de calor que erizaba la piel del gigante.

Siegfried, rodeado por el aroma a feromonas, esfuerzo físico y la determinación absoluta de dos mujeres que lo reclamaban como su premio, dejó caer su armadura de caballero. Sus labios respondieron con la misma intensidad. El beso se volvió caótico, un intercambio de alientos y deseos reprimidos. Las manos de Siegfried ya no solo masajeaban; recorrían la espalda de Liza y los brazos tatuados de Bakhar con una necesidad urgente, apretándolas contra sí con tal fuerza que sus caderas quedaban incrustadas contra su propia pelvis.

La intensidad del momento requería un nuevo escenario, uno donde el gigante ya no pudiera mantenerse erguido. Fue un movimiento coordinado: Bakhar y Liza, todavía unidas a sus labios, empujaron con firmeza contra los hombros de Siegfried, obligándolo a descender. Siegfried, sin oponer resistencia, se dejó caer, doblando sus enormes rodillas hasta quedar completamente de rodillas sobre el suelo de caucho negro del gimnasio.

Aún así, su estatura era imponente, pero la posición lo ponía a la merced de ellas.

—Más cerca —susurró Liza contra sus labios, antes de separarse un centímetro.

Con una sincronía que parecía ensayada, ambas mujeres se posicionaron frente al rostro de Siegfried. Bakhar, con una sonrisa salvaje, dio un paso adelante, posicionando sus nalgas directamente frente a los ojos y la boca del gigante. Liza hizo lo mismo, colocándose a escasos milímetros, creando un sándwich de curvas perfectas que presionaban contra su cara.

Lo que siguió fue un ritual de pura obsesión. Siegfried, sintiendo el calor abrasador de la piel de ambas contra sus mejillas y sus labios, comenzó a frotar su rostro una y otra vez contra ellas. Era un gesto que alternaba entre la reverencia y la posesión. Primero presionaba su nariz contra el suave relieve de las nalgas de Liza, inspirando su aroma, para luego girar su cabeza y enterrar sus labios en la piel tensa de Bakhar.

Las mujeres se movían al compás del rostro de Siegfried, contoneándose, presionando con fuerza contra su boca, obligándolo a seguirlas en un baile donde él era el esclavo y ellas las dueñas del castigo. Cada fricción, cada roce contra la piel suave, arrancaba gemidos de placer que se perdían en el ruido constante del gimnasio.

Siegfried cerró los ojos, perdido en la sensación, perdiendo el control de cualquier pensamiento racional que no fuera el deseo de seguir sintiendo aquel calor, de seguir frotándose contra la perfección física que lo había acorralado.

Chapters
1. Capitulo 1
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