Chapter 1Capítulo 1: El estruendo del zaguán
El estruendo de las maderas astillándose en la calle principal no era un eco de la tormenta. No, el cielo de Jauja estaba extrañamente limpio esa tarde de mayo, teñido de un azul heridor y nítido que contrastaba de forma grotesca con las columnas de humo negro que empezaban a levantarse desde los tejados de la plaza de armas. Ya estaban aquí. La división del coronel Estanislao del Canto había entrado al valle del Mantaro arrastrando un eco de herraduras y botas pesadas. La orden oficial que bajaba desde el estado mayor era clara y supuestamente administrativa: requisar víveres, confiscar ganado y exigir cupos de dinero en efectivo a las familias notables para el mantenimiento de la tropa chilena. Sin embargo, en las calles empedradas de Jauja, la disciplina militar se desmoronaba a cada minuto con la velocidad de una epidemia.
El desorden de las primeras horas de ocupación y la indolencia de los oficiales, que apenas daban abasto para instalar sus cuarteles, dejaban vía libre a los soldados más indisciplinados. Para la población civil, la requisa se convirtió de inmediato en un infierno de puertas adentro. Los batallones avanzaban cuadra por cuadra, rompiendo los portones coloniales a culatazos, arrastrando a los hombres ancianos por los cabellos sobre las baldosas y vaciando las alacenas, los baúles y los armarios en una búsqueda frenética de monedas de plata o alhajas escondidas. Pero lo peor no era el despojo material. Lo que verdaderamente helaba la sangre eran los gritos desgarradores que rasgaban el aire seco de la sierra; el horror de las mujeres atrapadas en la penumbra de sus patios, arrastradas hacia las habitaciones traseras y ultrajadas por grupos de soldados que se amparaban en el tumulto, la impunidad de la victoria y el olor a pólvora.
Los peores temores, esos que su padre despachaba entre toses secas junto al brasero, atribuyéndolos a simples exageraciones y chismes de las comadres del mercado, se materializaban ahora en el llanto destemplado de las vecinas y en el galope errático de los caballos sobre las piedras. Diana sentía que el suelo de su propia casa temblaba, una vibración sorda que le subía por las plantas de los pies desnudos. ¿Dónde estaba su esposo ahora que la tierra parecía abrirse bajo sus pies? Seguramente se encontraría guarecido en algún risco inaccesible de la Breña, pasando frío bajo el poncho y aferrando un fusil viejo junto a las guerrillas de Cáceres. Qué amarga contradicción. Él se había marchado a la cordillera jurando que lo hacía por ella, por defender su vida y su techo de la crueldad que avanzaba por los pueblos; sin embargo, el resultado de ese sacrificio era este desamparo absoluto. Rodrigo estaba allá arriba, persiguiendo una línea de defensa lejana, totalmente ajeno a que la realidad más brutal estaba asaltando su propio zaguán en ese mismo instante, sin que él pudiera mover un solo dedo para evitarlo.
—¡Escondasé, mi niña, por lo que más quiera! —el susurro quebrado de su madre apenas tenía fuerza, ahogado por un hilo de saliva y pánico. La anciana intentaba con desesperación arrastrar a la hermana pequeña hacia la alacena de adobe del patio trasero, pero las piernas no le respondían; el reumatismo crónico y el terror súbito las habían convertido en dos columnas de piedra inútiles. Su padre, con las pupilas nubladas por las cataratas y los años, tiritaba en su silla de paja, apretando entre sus manos nudosas un bastón de madera de algarrobo que no serviría de nada contra el acero de las bayonetas.
Diana se plantó firmemente en medio del corredor colonial, rodeada por las macetas de geranios que de pronto parecían pertenecer a otra vida. El corazón le golpeaba con la violencia de un animal enjaulado que presiente el matadero. Un olor penetrante a paja quemada, a sudor de caballo y a aguardiente barato precedió el impacto definitivo. La gran puerta de pino de la entrada cedió con un crujido seco, un desgarro de bisagras que volaron por los aires. La cruda luz de la tarde Jaujina inundó el pasadizo, iluminando las siluetas recortadas de tres hombres. Llevaban los uniformes de paño sucios, desabrochados por el cuello, las chaquetas azules cubiertas de una costra de barro seco y polvo del camino, portando una violencia gestual que prescindía de cualquier palabra. Uno de ellos, un tipo de pómulos anchos y barba rala que apestaba a agua ardiente, soltó una risotada ronca y la señaló directamente con el dedo índice, avanzando con paso pesado mientras estiraba una mano mugrienta hacia la manta de lana que Diana llevaba sobre los hombros. ¿Iba a ser este el fin de todo? El deshonor irreversible, la casona familiar reducida a cenizas, sus padres pisoteados en el suelo. Diana cerró los ojos con fuerza, conteniendo las lágrimas, esperando el zarpazo inminente y sintiendo ya en el rostro el aire helado de la impunidad del enemigo.
Pero el golpe no llegó de las manos de aquel agresor, sino de un grito furioso, ronco y autoritario que resonó desde el umbral destrozado, haciendo eco en las paredes de adobe.
—¡Suelten a esa mujer! ¡Fuera de aquí, mierda!
Jorge entró al patio como una exhalación, barriendo el espacio con la mirada. Sin pensarlo dos veces, empujó al soldado de la risotada en pleno pecho con el cañón de su fusil Comblain, obligándolo a tambalearse hacia atrás. El pecho del joven soldado chileno subía y bajaba con una frecuencia violenta, sus ojos estaban inyectados en sangre, pero no por el efecto del vicio, sino por una vergüenza implacable que le carcomía el alma desde que cruzaron los límites de la ciudad. ¿Para esto habían marchado cientos de kilómetros desde el sur, cruzando desiertos y escalando la cordillera? ¿Para sitiar a viejos moribundos, robar mantas y ultrajar a muchachas indefensas en sus propias casas? ¿Esa era la gloria que les habían prometido?
En ese instante de máxima tensión, la imagen de su propia esposa en Valparaíso, despidiéndolo en el muelle con el sol de la mañana y con su pequeño hijo en brazos, se le cruzó por la mente como un latigazo de vergüenza insoportable. No podía ser parte de aquello. No lo permitiría. Jorge se plantó con las piernas abiertas firmemente entre los tres asaltantes y la desamparada familia peruana, encañonando directamente el rostro de sus propios camaradas de armas con una determinación que rayaba en lo suicida. Sabía perfectamente el riesgo que corría; amenazar a un compañero en campaña se pagaba con el calabozo o frente a un pelotón de fusilamiento, pero en ese segundo, el honor, el temor de Dios y el recuerdo de su hogar pesaban muchísimo más que cualquier artículo de la ordenanza militar.
Los tres soldados se quedaron quietos, desconcertados por la inesperada ferocidad del recién llegado. El cañón del Comblain no temblaba un milímetro. El de barba rala escupió al suelo, midiendo al muchacho con la mirada antes de soltar un bufido de desprecio.
—Déjalo, hombre, este huaso se volvió loco. Vámonos, que hay mejores casas al frente.
Tras unos instantes de silencio tenso, decidieron dar un paso atrás, mascullando insultos entre dientes mientras daban la vuelta. No valía la pena jugarse el pellejo por una mujer cuando el pueblo entero estaba a su merced. Salieron al zaguán buscando una presa más fácil y menos defendida en la casa contigua.
Cuando el eco rítmico y amenazante de las botas se alejó por completo de la calle, el silencio regresó al patio, denso, pesado y cargado de una desconfianza que flotaba en el aire como el polvo en suspensión. Jorge bajó lentamente el arma, apoyando la culata en las baldosas, y se volvió hacia ella. El viento de Jauja, helado y seco a pesar del sol, se colaba con total libertad por la puerta destrozada, agitando los cabellos sueltos de la joven. Diana lo miraba fijamente desde su rincón, con la espalda pegada a la pared, la respiración entrecortada y los ojos abiertos de par en par, fijos en el rostro del forastero. ¿Quién era este enemigo que la había salvado de las manos de sus propios hermanos de armas? El uniforme era exactamente el mismo, el odiado paño azul que representaba la ruina de su patria y la ausencia de su esposo, pero la mirada de este soldado no guardaba la menor señal de crueldad; era una mirada limpia, cansada, llena de una profunda melancolía y de una culpa secreta que Diana, por supuesto, aún no tenía forma de comprender.








