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Sueño algún día verte

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Summary

En la biblioteca Nebuloso de la ciudad de Foggy, Esteban Andrew Dorsear presencia la explosión de un portal de energía del cual emergen Catalina Blanco y Sara Rubio, dos viajeras idénticas de la Ciudad de los Genios que, tras revelar sus hologramas futuristas y notar que una extraña mujer de cuero les toma una foto, huyen dejando un papel con los números 67-89-91. Tras una misteriosa advertencia de su vecino Daco y de saludar a sus peces espías Arnulfo y Luz, Esteban es sorprendido en su casa gótica por la reaparición de las chicas, quienes le proponen una alianza para unir su tecnología con la poesía y amabilidad de él, creando un proyecto tridimensional para salvar a la juventud de la ansiedad y la depresión.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Coordenadas Equivocadas (Parte 1)

El crepúsculo se cernía sobre la ciudad de Foggy, tiñendo el cielo de un tono violeta plomizo que se filtraba por los altos ventanales de la biblioteca Nebuloso. Esteban Andrew Dorsear estaba sentado en su lugar habitual, un sillón de felpa desgastada pero reconfortante en la zona de juegos del segundo piso. La biblioteca Nebuloso no era un edificio ordinario; era una estructura antigua que desafiaba la gravedad y el tiempo, un refugio para los amantes de las palabras y los misterios, con andenes de cristal templado y relojes antiguos en cada rincón que marcaban el compás de las horas con un tictac rítmico y casi hipnótico.

Esteban ajustó su postura en el sillón, sintiendo la familiar textura de la tela contra su piel. Tenía una hoja en blanco y su bolígrafo listo, buscando desesperadamente la inspiración que parecía haberlo abandonado. Quería escribir un poema, un poema que capturara la esencia de la esperanza, pero su mente estaba en blanco, tan vacía como la página frente a él. Observaba a las demás personas que pululaban por la biblioteca, tratando de adivinar sus historias, sus pasatiempos, sus sueños. Un grupo de estudiantes de física discutía acaloradamente sobre la distancia entre un punto A y un punto B, mientras una anciana de mirada bondadosa leía un libro con avidez, ajena al mundo que la rodeaba.

—¿Dónde estás, musa? —susurró Esteban para sí mismo, soltando un suspiro de frustración—. Necesito tus palabras, ahora más que nunca.

Justo cuando estaba a punto de rendirse, levantó la mirada y presenció algo que lo dejó sin aliento. Dentro de un gran pocillo decorativo en el centro del área de juegos, una chica flotaba en el aire, suspendida en un estado de ingravidez perfecta. Levitaba por completo, con los ojos cerrados y una expresión de serenidad en el rostro. Su cabello castaño, increíblemente largo, caía como una cascada a su alrededor, mientras que sus pestañas infinitas y sus labios oscuros le daban un aire de misterio y belleza.

—Oh, qué genial... —susurró Esteban, con el corazón latiéndole a mil por hora—. Esto es imposible... Esto no puede estar sucediendo.

Se levantó del sillón con cuidado, como si temiera romper el hechizo, y se acercó despacio al pocillo decorativo, impulsado por una curiosidad irrefrenable. Pero antes de que pudiera articular una palabra, una esfera de energía pura y crepitante se formó alrededor de la joven. El aire se tensó, cargado de electricidad, y la bola de luz estalló con un zumbido ensordecedor que hizo vibrar los cimientos de la biblioteca. La onda expansiva empujó a Esteban con una fuerza descomunal, arrojándolo hacia atrás con violencia.

Cayó al suelo con un golpe seco, aturdido y desorientado. El mundo parecía dar vueltas a su alrededor, y un pitido agudo resonaba en sus oídos. Se frotó la cabeza, tratando de aclarar su visión, y fue entonces cuando notó algo aún más increíble: la energía se había dividido, regenerando a dos chicas de rasgos físicos idénticos, aunque con sutiles diferencias. Una de ellas, la que había estado levitando, le sonrió con ternura, se sentó a su lado en el suelo y le preguntó con una voz dulce que calmó su corazón:

—¿Te encuentras bien? ¿Te has hecho daño?

Esteban la miró atónito, en completo shock, sin poder creer lo que estaba viendo. ¿Dos chicas idénticas surgidas de una explosión de energía? Esto desafiaba todas las leyes de la física y la lógica. Mientras tanto, la otra chica, la de gafas, caminó rápidamente hacia el dispensador de agua, llenó un vaso y, sin mediar palabra, le arrojó el agua fría directo a la cara.

—¡Hey! ¡¿Qué haces?! —exclamó Esteban, reaccionando al instante ante la ducha improvisada.

Los rostros de preocupación de las dos jóvenes se transformaron de inmediato en ruidosas carcajadas al ver su reacción. Se reían con ganas, como si fuera la broma más divertida del mundo.

—A ver, tonta —le dijo la chica de gafas a su amiga, tratando de contener la risa—. Se suponía que tendríamos que haber llegado al cumpleaños de mi abuelo, pero pusiste mal las coordenadas. Una vez más. —¿Ah, sí? Miremos nuestros hologramas —replicó la otra, cruzándose de brazos con fingida indignación.

Ambas presionaron unos botones en sus manillas metálicas y de ellas se desplegaron pantallas holográficas que funcionaban como ordenadores flotantes futuristas. Las pantallas brillaban con luz propia, mostrando gráficos complejos, líneas de datos y mapas en constante movimiento. Esteban observaba la escena con una mezcla de asombro y desconfianza. ¿Hologramas? ¿Coordenadas? ¿Viajes en el tiempo? Esto era demasiado para asimilar en un solo día.

—¿Ves? Anotaste mal, muy mal —insistió la de las gafas, señalando con el dedo una línea de código en su pantalla holográfica—. Si hubiéramos seguido tus instrucciones, habríamos acabado en la Edad Media o algo peor. Menos mal que tengo la cabeza sobre los hombros. —Bueno, al menos estamos a salvo —replicó la otra, restándole importancia al asunto—. Y mira, hemos conocido a este simpático chico. ¿Cuál es tu nombre, por cierto? —Esteban. Esteban Andrew Dorsear —respondió él, ganando confianza ante la amabilidad de las jóvenes—. ¿Y las bellas damas de dónde provienen? ¿Y qué son esas pantallas holográficas? —¡De la Ciudad de los Genios! —respondieron las dos al mismo tiempo, con una sincronía perfecta que hizo sonreír a Esteban—. Al otro lado de la montaña. Y esto —señalaron sus hologramas— es solo un pequeño avance de la tecnología que tenemos allí. Algún día te lo enseñaremos, si te portas bien.

Esteban las observó en detalle, fascinado por su belleza y su singularidad. La chica de gafas, cuyo nombre era Sara Rubio, abrazaba con cariño un oso blanco de peluche con ojos morados, nariz roja y una bufanda de diseño único. Pero lo más extraño descansaba sobre su hombro: una criatura pequeña y peluda, una especie de roca viviente y muy esponjosa con alas de águila arpía, patas cortas como garras y ojos sumamente profundos. Esteban notó que se comunicaban de forma telepática; el ser entendía todo lo que él decía y, sin mover los labios, le susurraba respuestas al oído a Sara.

—¿Y tú qué nos cuentas, Esteban? —preguntó la otra chica, Catalina Blanco, inclinándose hacia él con curiosidad—. ¿Qué haces aquí en la biblioteca? ¿Escribiendo poemas de amor? —Estaba intentando escribir un poema, sí —admitió Esteban, sintiendo un leve rubor en sus mejillas—. Pero la inspiración me ha abandonado últimamente. Y no, no son de amor. Son más sobre... la esperanza, el sentido de la vida, esas cosas. —Interesante —murmuró Catalina, con una mirada pensativa—. A nosotros nos vendría bien un poco de inspiración también. Estamos trabajando en un proyecto... bueno, mejor no te cuento nada por ahora. Es un secreto.

Sara, mientras tanto, revisaba su holograma con impaciencia.

—Catalina, tenemos que irnos. Las coordenadas reales para el cumpleaños del abuelo están listas —anunció, levantándose del suelo con energía—. No podemos permitirnos más retrasos. Ya sabes cómo se pone el abuelo cuando llegamos tarde.

Un portal circular se abrió en el aire, brillando con una luz intensa y crepitante. Esteban observó la escena con una mezcla de asombro y tristeza. Las chicas se iban, y él se quedaba solo de nuevo, en la biblioteca Nebuloso, con su hoja en blanco y su bolígrafo sin inspiración. Pero antes de desaparecer por el portal, Catalina se devolvió, le dio un beso de despedida en la mejilla y le arrojó un trozo de papel doblado.

—Aquí te dejamos esto. ¡Nos caíste bien! —exclamó antes de que el portal se cerrara con un chasquido seco.

Esteban recogió el papelito. Tenía anotada una extraña secuencia numérica: 67-89-91, rotulada como “decisiones de interferencia y transiciones”. Fascinado, guardó la nota en su bolsillo derecho, recogió sus cosas y caminó por el largo pasillo al fondo de la biblioteca, donde se encontraba la mesa del libro de levitación magnética. Tomó uno prestado, bajó las escaleras de caracol hechas en piedra con acabados de flores esculpidas, y se despidió de la recepcionista, la señora Arlita Novoa. Al salir, la noche de Foggy lo recibió con su habitual neblina y su aroma a lluvia y misterio. Cruzó la calle custodiada por frondosos sauces llorones y relojes antiguos, y se dirigió a su casa, con el corazón lleno de preguntas y la mente llena de sueños.

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