Prólogo
La calle es jodidamente inestable, mi auto se tambalea tanto que parece un toro mecánico.
—Argh... Acabo de pulirlo y me piden que conduzca por aquí.
Ya me dolía el trasero de tanto rebotar por este camino de mierda. Que se joda el que hizo esto.
—Pfff... No quiero imaginar el regreso —continué en voz baja—. Espero que tengan el dinero suficiente para cubrir el daño a la suspensión, que no es nada barata.
Sentí que una vena estaba a punto de explotar, pero tenía que calmarme.
<Pfff... ¿Por qué razón me llamarían para venir a medianoche? Espero que se esté acabando el mundo, porque por cualquier otra razón no pienso perdonarlo por obligarme a venir aquí>.
¡Mi auto...! Es un modelo clásico, un Grisly GT 500 con motor de 8 cilindros y 2.8 L. Un modelo casi inexistente y muy, pero muy difícil de conseguir.
Dejando a un lado mis corajes, hace bastante tiempo que no los veo, en especial a él...
—¿Qué habrá pasado para que necesiten mi ayuda? La ayuda de una mujer retirada de este negocio.
Las preguntas me dejan inquieta, así como el costo de las reparaciones.
<Hubiera traído mejor la camioneta>, suspiré derrotada.
El camino siguió por un kilómetro más. No era un camino largo, pero sí confuso, con bifurcaciones en cada esquina y un terreno difícil.
¿Qué quieren ocultar como para vivir aquí?
Todo está rodeado de un denso bosque. La oscuridad es tal que ni la luna puede iluminar un poco siquiera. Da algo de miedo, parece un bosque encantado o algo parecido.
Y el camino no ayuda. Está hecho claramente para que te pierdas si no conoces la ruta, la clave para atravesar este bosque.
Al final del camino vi una pequeña y tenue luz. Al atravesar el límite del bosque, encontré una planicie con un único camino y una única casa de color verde, como el bosque, con un porche en medio de la nada.
Frente a la casa había otro auto estacionado. Uno que se veía costoso y de color negro.
Al acercarme lo suficiente, distinguí una figura de pie en el porche.
Solo sonreí al ver que ahí estaba.
Como no había estacionamiento, simplemente lo coloqué junto al otro auto. Cambié la marcha, puse el freno y apagué el motor, que ronroneaba como un león.
—Descansa —dije mientras acariciaba el tablero.
Bajé del auto cerrando la puerta con cuidado.
Caminé hasta el frente del porche y, desde abajo, solo sonreí con los brazos cruzados.
—Hola. ¿Cuánto tiempo? Je.
A pesar del saludo y la pregunta, no recibí una respuesta.
Él vestía un traje negro visiblemente caro. Estaba de pie, firme en su posición, observándome con unos ojos extrañamente azules, como un oscuro océano.
<Sus ojos se ven diferentes, pero no solo eso, sino también su cabello>.
Me pareció extraño. Lo último que recuerdo es que tenía el cabello castaño oscuro y ojos del mismo color.
—¿Por qué tan callado? —pregunté con una sonrisa temblorosa—. ¿Ahora te tiñes el cabello y usas pupilentes?
Esperé una respuesta, pero solo recibí silencio.
—Oye, esto empieza a desesperarme —dije con un ojo tembloroso.
<Desearía tener mi arma para pegarle un tiro y ver si así reacciona>. Ese pensamiento intrusivo hizo que me dieran ganas de tomar algo del maletero de mi auto.
Pero antes de perder la paciencia, habló con un tono grave.
—Siempre tan desesperada. Pfff... No te preocupes, solo te ponía a prueba. Tenía que estar seguro de que fueras tú, Amanda.
Así que eso era... ¡Una maldita prueba!
—Gracias por ponerme a prueba... Y ahora, ¿qué? ¿Te aplaudo? —cuando lo dije, aplaudí lentamente.
—Pf... Siempre has sido una mujer muy hilarante —lo dijo con una sonrisa, sonrisa que rápidamente desapareció.
—Pero, por desgracia, no hay tiempo para bromas ahora. Ven adentro... Hay algo importante de qué hablar.
<No tengo un buen presentimiento. Este tipo de pláticas serias son bastante incómodas>.
Suspiré.
<Por esa y más razones abandoné este juego. No siento estar hecha para esto. Me pregunto qué quieren de mí>.
Puedo sentirlo y verlo. Algo ha cambiado desde la última vez que nos vimos, hace años. Ahora es un hombre serio con un aura intimidante.
<¿Dónde quedó ese chico rebelde e idealista que conocí una vez?>.
Solo suspiré.
Subí hasta el porche. Él, sosteniendo la puerta, me dio permiso para entrar.
En un sofá la vi, a su esposa. Estaba sentada mirando hacia el pasillo del fondo, con una expresión que describiría como triste o solemne.
Algo que noté fue que ambos vestían igual. Sus ojos y cabello eran idénticos en color.
Cerró la puerta y, al entrar, me señaló que me sentara frente al sofá donde ellos estarían sentados.
Al sentarnos, primero hubo un silencio. Ella volteó a verme a los ojos; sus ojos se veían acuosos, brillantes.
—Necesitamos que cuides de alguien... —señaló con una pausa, respiró profundamente y continuó—. Necesitamos que cuides de nuestra hija.
Era una gran noticia para mí. Al fin tuvieron a su primer hijo, pero... el ambiente no reflejaba felicidad.








