A ÉL...
¿Cómo pedirle una cita al ángel del que llevas enamorado más de 6000 años? ¿Cómo lo hice, siendo que ya no somos seres inmortales, él no me recuerda y solo... Soy yo?
Una pregunta similar cruzó por mi mente la primera vez que lo ví. Si, en el jardín del edén. Con sus blancas alas a juego con su túnica, la preocupación surcaba su rostro angelical. Dios creó al hombre y les encargó a los ángeles que lo criarán. Al menos eso hubiera sido lo más sensato. Lo que ocurrió fue parte de un plan que muchos siglos más tarde acabaría en... Nada.
El guardián de la puerta éste hizo su parte a la perfección: les regaló nada menos que su espada flamígera a los humanos y con ese gesto, despertó mi curiosidad. Osea, vamos. ¿De verdad la regaló? La respuesta fue un gimiente sí de su parte, y habría continuado hostigandolo para que lo repitiera si tan solo su auténtico miedo a caer no me hubiera hecho reír.
Los ángeles son seres hechos de amor, pero más aún son seres hechos a la medida de Dios. Ella los creó como su reflejo, y este ángel entre tantos, quien debía custodiar el paraíso; se quedó a mi lado esperando por un castigo que no llegó de inmediato. Me cubrió de la lluvia, contemplamos juntos el mar.
Lo busqué en otros momentos importantes. Le preocupaban más cosas de las que admitía, aún si su rostro hablase por él. En eso coincidimos. El plan “inefable” como lo nombró ella, corría en nuestra contra. Ese maldito plan sería la destrucción no solo de la humanidad. Ella lo supo desde el inicio.
¿Por qué? Siempre todo se resumía a esa cuestión. Mientras que cada pregunta por el estilo salía de mi boca, el ángel en respuesta se retorcía las manos, desviaba la mirada e intentaba disimular una sonrisa incómoda. La primera vez que sentí verdaderas ganas de tentarlo fue en Roma. La forma para nada normal que tiene de comer me obligó a volver una tradición el invitarlo a cenar a cada nuevo restaurante que abriera. Alrededor del mundo, en la época que fuese. Excepto durante el siglo XIV. No entraré en detalles sobre eso, no es necesario.
Retomando el tema de las comidas, el ángel dominó desde siempre el arte de la apreciación. Cualquiera sea la forma de arte. Las invitaciones, por ende, se extendieron al ámbito de la ópera, la tragedia, la comedia... Bueno lo que sea que estuviera escribiendo Shakespeare en ese entonces. Tentarlos, tanto a el bardo de escribir cosas con mayor intensidad así como al ángel de intercambiar lugares; hizo la experiencia aún más divertida.
Cómo demonio me conformaba con pequeñas acciones, los humanos de por sí ya mostraban cualidades suficientes. Se bastaban a sí mismos para recrearse en la maldad. Una de esas veces, el ángel... Mi ángel quedó atrapado en medio del peligro (por vez mil). Una bomba a punto explotar en miles de pedazos una iglesia con él dentro, unos muy malos seguidores del partido nacional socialista aleman; ¿Y todo para qué? Por unos libros de ocultismo.
El dolor en los pies por entrar en tierra santa me duró casi una semana. Podría haberlo hecho desaparecer con un milagro, pero escucharlo pedir perdón cada vez que mencionaba el hecho; valía la pena.
Libros recuperados y devueltos a su dueño, la extraña manera en que me miró esa noche no pude olvidarla jamás. No pregunté, no importaba.
Las décadas se sucedieron hasta la irremediable noche en que intercambié al anticristo. Di comienzo al Armageddon. Criamos a niños diferentes hasta dar con el correcto. Tuve que someterme voluntariamente a los trucos de magia del ángel — lo había hecho antes, pero con menos pastel de cumpleaños en la ropa y más plomo en forma de arma en mis manos y de bala en su boca. Tan solo por ver la felicidad reflejada en sus ojos esa noche hizo que valiera la pena—.
Creí haberlo perdido tras el incendio en nuestra librería. El creyó que me perdería, lo sé, me lo confirmó en ese segundo de vacilación antes de entregarme el termo con el agua bendita. Regresó a mi en forma de espectro y yo hice lo propio al encontrarnos en la pista de aterrizaje. Derrotamos al mismísimo satanás tomados de la mano, con su espada recuperada y nuestro valiente Adam.
El canto de los ruiseñores fue dulce. Estábamos bien. Juntos nos esperaban cosas maravillosas, lo sé. Y por maravilloso me refiero a cada momento compartido.
No duró.
En su inefable plan jamás estuvo que él y yo acabáramos juntos, en paz. Lejos en alfa centauri o como seres inmortales cuyo lado solo consta de dos. Él y yo. Mi ángel y yo.
La confianza que construimos durante siglos fue puesta a prueba, al menos quise convencerme en ese momento de que dudó. Ahora lo sé, pero en ese momento después de la aparición de Metatrón y su maldita idea de llevarse lejos a mi ángel, quise creer que dudó sobre dejarme. Y quizás lo hizo, pero de todas formas me abandonó. Destrozándome .
Ni siquiera el beso que le dí en ese arrebato de desesperación surtió efecto. Llevaba siglos soñando con besarlo. Desde una caricia en sus nudillos hasta explorar el último recoveco de su boca. Lo que quisiera darme, me conformaba con lo que sea; pero real. No eso.
Por obvias razones no funcionó. Se fué. Dejarlo ir por voluntad propia me es imposible.
Luego regresó y lo odie. O lo que sea que se acerque a ese sentimiento. Desprecio. Duró poco, como todo cuanto tiene que ver con él. Me ayudó a recuperar nuestro auto — llevaba durmiendo la mitad del tiempo en el callejón, la otra mitad en el bentley. Junto a nuestra librería, por supuesto —. Le ganó a un tipo en un juego de crucigramas (con la altura digna de rey ) y luego el ... Aziraphael, el guardián de la puerta del este, el ángel que regaló su espada, mi ángel; hizo la pregunta. La cuestionó a ella, mirándola a los ojos le preguntó por qué había hecho que me conociera, como pudo permitirle amarme para luego arrebatarme de su lado.
Sé que me quería, nadie se alía con su enemigo, comparte la mayoría de su tiempo, se muestra vulnerable, cálido hasta dulce con un demonio; si no confiara en él. En mi. Sus muchas formas de demostrarlo resumidas en esa ternura cálida en forma de sonrisas. Pucheros. Miradas de amor puro tanto tiempo negado. Él no me quería porque debía, lo hacía con gusto. Yo por necesidad, y en algún punto del camino dejamos de etiquetarlo. O solo... Aliento. Diré que él es el aliento de mi existencia. Solo eso.
Tomados de la mano, aceptamos abandonar la existencia inmortal en pos de un mundo donde no exista ni el cielo ni el infierno. Solo nosotros con la humanidad. Me despedí de la única forma de amor que conocí luego de haber caído. Le dije adiós a mi ángel, para siempre.
Y luego nací como humano, y aquí estoy parado enfrente de su librería —por supuesto que tendría una librería, así como yo mismo me dedicaría a la botánica, la astronomía, la escritura de una carta, la única por obvias razones—.
Lo encontré cerca de mis 50 años. Utilicé los 49 anteriores para deleitarme con todo lo que la experiencia ofrecía. Entendí hasta el punto de la locura aquellas mañas de mi ángel, su sentido del deber con los humanos, los aromas agradables, la comida, la bebida. En cada paso hacia nuestro reencuentro, caminaba conmigo. A pesar de la experiencia ganada, como le dicen aquí, la verdad es que los nervios me carcomen por dentro y solo espero verlo salir. Para mirarlo. Ya lo he hecho y no me basta. Nunca lo hará. He pasado más de 6000 años admirandolo. No es tan descabellado pensar que en realidad la mitad de ese tiempo me veía a mí mismo. Porque soy suyo, no puedo ser de otra manera.
Se me ocurre una cena como primera cita. Es obvio, lo sé; pero las viejas formas son las que resultan. Por como lo he visto desvelarse leyendo mientras toma litros industriales de té; la comida será siempre su perdición. Y la mía, extenderle una invitación al pasar, nada comprometido; una salida de futuros amigos, de futuros amantes, de un futuro juntos. Cuando se trata de nosotros, no concibo otra cosa. No importa qué forma tome, de cualquier manera es mío... Suyo. Soy suyo en realidad.
Entonces está decidido. Una cena en el sitio que prefiera y luego un baile. Un baile, el primero de muchos, con música que elijamos los dos: algo entre lo clásico y lo bebop.
Una cena y un baile y el resto de una vida mortal juntos. Por qué algo que tuve que asumir desde el inicio de esta nueva oportunidad fue a que debía vivir porque algún día tendría que morirme. Y esa eternidad en forma de años, de días, de segundos tan valiosos; sólo podría transitarlos a su lado. Amándolo, dejándome amar por él. Perpetuando la sonrisa idiota que me nace de hacerlo reir. Lo fácil que siempre fue, lo absurdo.
Abro la puerta de la librería, la campana suena y él voltea a verme. Es todo. Allí estás, amor mío. Tu mera presencia, un espejo limpio, un oasis dónde reposar.
PD: Espero que donde sea que estés Freddy, me perdones, pero está vez, durante nuestro primer baile, elegiré otra canción.
Si tengo que morir
Querré que estés allí
Sé que tanto amor
Me ayudará a descender al más allá
Entonces diré adiós
Sin miedo y sin dolor
En la soledad
Reviviré los años de felicidad
Para cruzar el umbral
No deseo nada más
Acariciado por tu voz
Morir al lado de mi amor
Me dormiré mirándote
El tiempo que pasó
Jamás nos separó
Él nos unirá
En un rincón profundo de la eternidad
A la hora del final
Solo quiero tu mirar
Con tu perfume alrededor
Morir al lado de mi amor
Me dormiré mirándote
MORIR AL LADO DE MI AMOR- Demmis Russous.








