CASA
Puede describir con extrema precisión cada milímetro de ese recinto. Desde la longitud de las paredes hasta las fibras de cables que corren en varias direcciones por dentro de las mismas. Conoce las gamas de olores desprenderse y aparecer frente a él: té, cuero, libros, polvo, químicos, muerte, pólvora. Ahora todo está vacío en comparación, desnudo de muebles compartidos, los necesarios para la existencia de una persona, no dos.
En la semipenumbra de su antiguo departamento, Sherlock evoca, todas y cada una de las veces,su presencia. Pero no logra evocarlo a ÉL. Es el propio Sherlock un prisionero de su mente. Allí dentro, comparten un pasado. Ahora, mientras recorre el viejo departamento ausente de si mismo cae en cuenta lo tarde que se ha vuelto para todo.
Siente la pesadez en los ojos y quiere retirarse a su palacio mental, a un día cualquiera mientras permanece sentado o más bien en cuchillas sobre su sofá. A la espera de una llamada. Con la seguridad de que al abrir los ojos devuelta al mundo mundano, se topará con un mar en calma. Tan azul por momentos y tan tormentoso por otros.
Las siluetas de las ventanas en la alfombra desgastada lo sumergen en una melancolía ligera. Llevadera. Tuvo años para analizar ese sentimiento humano del cual creía haberse librado al ser como era. Una sola persona supo enseñarle, con acciones, que era más de lo que decían el resto de personas cuando creían que no las oía. El valor. Su valor. ¿Cuál era?
Sherlock quería reír. ¿Qué patética situación era esta? Él no se tornaba melancólico, él se aburría. Él podía leer en una simple sonrisa el pasado de una persona. Tomar por sorpresa a cualquiera. Aventajarlo. Sherlock podría, pero no quiso seguir. Su trabajo en Medio Oriente había finalizado con éxito. La misión llegó a su fin. La recompensa suficiente era poder recorrer los metros cuadrados de un apartamento que delineaba de memoria, y aún así, no poseía SU olor.
Arrastra con los dedos las motas de polvo sobre la chimenea. Un rostro viene a su mente o más bien su cráneo, pero eso le hace sonreír por dentro. Sabe con certeza que si se voltea, encontrará el lugar exacto de los viejos balazos en el empapelado del otro lado de la pared. Ahora cubierto por uno nuevo y más espantoso. La silueta de un rostro sonriente que ya no existe.
Esta nueva etapa de la espera es aún peor que el infierno.
John
Un presentimiento inestable, pero para Sherlock, se siente adecuado. Mal. Pero adecuado.
El ruido de pasos que vienen de la entrada lo paraliza en su sitio. Nunca antes había dudado de sus convicciones, excepto cuando se lanzó de un edificio. Nunca se lanzó. El salto al que tuvo que enfrentarse fue mucho peor y más profundo. Fue un salto de fe.
Los pasos sobre la escalera ganan celeridad. Hay prisa detrás por llegar, pero cuando se abra esa puerta, Sherlock debera hacer todo lo posible por detener el tiempo a su alrededor. Ya no por dos años. Ni siquiera unos minutos. El suficiente para no derrumbarse.
Primero ingresa su viejo baston y luego el resto de él. Voltea hasta que la puerta esta cerrada, aguarda.
Sherlock nunca supo cómo era capaz de abarcar tantos detalles en milisegundos. Verlo nunca sería suficiente. Ahora lo comprendía.
John alzó la vista y miró al otro lado de la habitación. Clavó la vista sin ver nada. Parpadeaba a destiempo, ya sea muy rápido o muy lento.
—John— pronunciarlo duele. Raspa a la altura de la garganta. Quema.
—No— sentencia en voz alta.— no eres real.
Un espectro podía ser ahuyentado si se le negaba su presencia en el lugar donde quisiera habitar. La firmeza en la voz de John pretendía exorcizar todo Baker Street de quien supo ser el detective consultor.
—John.— Sus últimas palabras fueron eliminadas de su mente. Guardadas en un rincón de su palacio de la memoria, junto a sus historias de piratas y la palabra con B.
Tener la libertad de mencionarlo de nuevo, de reclamar ese derecho una vez más.
—No, no Sherlock, te fuiste — John apenas inclina la cabeza y el contacto visual se pierde en ese momento. Sus nudillos se vuelven blancos alrededor del mango del bastón.
—Ciertamente — responde Sherlock. No ha podido mover un solo músculo más que su propio corazón y quizás algo de su cerebro para intentar responder como nunca antes, con el grado de coherencia que merece la única persona que ha estado anhelando durante más tiempo del que puede recordar.
—Dos malditos años han pasado desde que te fuiste. Estás muerto. — golpea el bastón contra el suelo con fuerza, haciendo que Sherlock tiemble.
La temperatura era cálida al otro lado de las ventanas del 221B.
—No es verdad. — Sherlock entiende a lo que se refiere John, pero está tan perdido como él. Es consciente de su respiración, de los pasos que los separan. Puede medir la humedad en el ambiente. En cuanto a la afirmación, no puede decir más sin delatarse.
—¿Y cuál es la verdad?, a ver. ¿Por qué no me dijiste nada?.
No era necesario estar frente a John para notar cómo sus ojos comenzaron a tornarse rojos y ya no tan azules como al principio. Le costaba mantener el contacto visual y sus hombros se hundían por el miedo. La incertidumbre.
Sherlock lo dejaría ser el más vulnerable de la habitación por ahora.
—Te hubieran matado. — Sherlock desvió la mirada por un momento. Nunca deseó tanto regresar a ese día y desafiar las posibilidades, a pesar de saber que nunca expondría a John a ningún peligro. El plan fue perfecto y así resultó. No cabría el dichoso romance.
—¿Que importancia tiene ahora?
—¿A qué te refieres?
—¿Qué importancia tiene tu presencia ahora, aquí? —lanzaba las preguntas casi con desgana. Comenzó a caminar hacia el centro de la habitación y luego se detuvo para regresar. — No sé... no... vete.
—¿John? — un débil atisbo de su fragancia flotó hasta Sherlock. Lo respiró hasta que llenó sus pulmones y quiso intentar sostener la respiración para no tener que volver a reclamarlo jamás.
—Sherlock vete. Ahora. — fue una orden.
Solta el bastón y cojeando llega a la pared con los huecos de las balas. Apoya la espalda y la cabeza, ocultando ambas manos tras la espalda en pose de contención. Se abandona a sí mismo al cerrar los ojos. El silencio inicial desapareció al regresar John. Con su presencia y olor, existe un nuevo tipo de silencio por descubrir. Sherlock repasa la sombra de John en la pared.
La electricidad baticina una lucha que desearía con cada gramo de su ser dar por perdida.
—No puedo dejarte.
—Ya lo hiciste. — ataca John de forma robótica, casi ensayada. Unos labios que habían pronunciado esas palabras muchas veces antes, Sherlock sospechaba que en pesadillas.
—Podemos arreglarlo— también respondió lo primero que se le vino a la mente. No existían guiones correctos para enfrentar a alguien como John Watson.
—¿Como regresar de la muerte puede bastar para borrar 2 años de mentiras?— preguntó con una frialdad palpable. Su cabeza cayó un poco hacia adelante pero aun se resistia a abrir los ojos y mirarlo.
Sherlock no podia hacer otra cosa.
—Necesitaba verte.
Un suspiro entrecortado seguido por ambas manos llevadas ahora hacia el frente para esconder su rostro. La respuesta de John era casi temeraria para Sherlock, le asustaba perder el ritmo antes de la retirada absoluta e implacable.
Sherlock era conciente de sus labios temblorosos y hasta del puño hundiendose profundamente a la altura del pecho.
—Yo necesitaba verte, sentirte... que siguieramos juntos como... compañeros.— le tembló la voz pero fue su cuerpo quien recibio el golpe.
Luego de esas palabras John se derrumbó. Resbaló desde la pared hasta el suelo y se quedó alli. Dejo que Sherlock viera sus lagrimas, abrió los ojos a la realidad cruda y distante, ya no le importaba. Su mirada estaba perdida en un punto fijo mas alla de si mismo.
—No puedo hacer eso. — nadie en su sano juicio podria abandonar a John Watson de cualquier forma existente. Pero Sherlock tampoco podia seguir negando la verdad.Su verdad.
—Claro que no puedes. Vete, Sherlock, no sigas o tendré que matarte de nuevo. — el tono neutral teñía nuevamente la voz de John.
Su memoria perfecta le devolvió un segundo del dolor sufrido durante las infinitas torturas. Cerró los ojos y se vio desde todos los ángulos posibles sin reconocerse. Demasiado perdido en el dolor. Lo tenía todo en su palacio, excepto lo que más importaba.
—¿Puedo... tocarte?
La mueca de incredulidad en el rostro de John era casi tan dolorosa como su indiferencia.
—¿Qué?
- Pasé los últimos dos años viviendo solamente de tu recuerdo y la verdad es que ya no lo soporto. — declaró Sherlock finalmente, sin necesidad de elevar el tono de voz. Nada que pueda importar tanto debería decirse en un tono más alla del perceptible.
John alzó apenas las cejas y continuó sentado en el piso. Apoyaba uno de sus brazos sobre su rodilla mientras mantenía la otra pierna extendida.
—Estamos a mano.—respondió luego de un rato.
Más destellos de latigazos, golpeándolo desde adentro hacia afuera.
—¿Qué deseas?— preguntó Sherlock. Nadie gana en las guerras , pero si puede negociarse una mísera tregua al menos.
Su mirada se encontró con la de Sherlock y la sostuvo sin piedad.
—¿De ti? De ti, Sherlock, solo tu ausencia nuevamente. Ya comenzaba a acostumbrarme.— se puso de pie tan rápido como lo haría durante un entrenamiento militar, pero no se alejó de la pared. Relajó apenas los hombros—¿Sabes? Estoy aburrido de este jueguito de decirnos las cosas. Basta. Vete por favor. Hazlo de una buena vez. Continúa con tus casos y olvidemos lo que ha ocurrido.
—Regresé de la muerte por ti John, dudo mucho que pueda olvidarte de alguna forma. — dijo Sherlock con una tranquilidad mal disimulada. Redoblar la apuesta era la única manera de poseer su atención.
—Nunca habías expresado tantas cosas hasta esta noche.
—Nunca sentí la necesidad.
La postura estoicamente orgullosa del capitan Watson se hizo añicos en cuestion de segundos. La ira se apoderó de él. John comenzó a acortar la distancia hasta estar solo a unos pasos de distancia de Sherlock.
—¿Se trata de eso? ¿Esta reunión es una forma de expiar culpas al estilo Holmes de la que no tengo conocimiento?
—No, John. Esta reunión es la única forma que encontré para poder decirte directamente y a los ojos que he sobrevivido dos años en el mismísimo infierno por una simple razón, y es que John Hamish Watson continuara respirando en este mundo. Conmigo a su lado. Y que te amo.
A Sherlock lo primero que le sobrevino fue la sonrisa, seguida de cerca por una congoja agonizante. Estaba tan cerca del terror absoluto como de una libertad posible luego de pronunciar esas palabras. Atesoraría la primera emoción.
—No puedes amar a nadie, Sherlock, eres un sociópata.
Sherlock necesitó enfocar la vista en algo más antes de seguir. La media sonrisa apenas se dibujó en su rostro.
—Y uno de alto rendimiento, sí. Pero a pesar de todo, te amo, John, al menos como ser humano.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, sin ninguna interferencia. Flotaban en el tiempo, pero al menos ya eran libres. Las venas del cuello de John se marcaban más a medida que apretaba la mandíbula.
—Quiero matarte ahora mismo.
—Hazlo.
—¿Todo es un juego para ti, verdad?
—Es mi naturaleza. Me escabullo entre juegos de palabras complejas y verborrajea sin sentido. Pero es entonces cuando mi mejor amigo y el único amor de mi vida me devuelve a la realidad con sus órdenes.
—Detente. Deja de hablar, ahora. — ordenó John con voz severa. Apretaba el puño de su mano derecha sobre sus labios. Realizaba sin sentido una cuenta regresiva en su mente.
—¿Dónde estuviste?
—Medio oriente.
Sherlock inclina la cabeza para poder captar mejor el tono de esos ojos. No podía volver a permitirse perder esto de nuevo.
—¿Torturas? — hay un peso extra en la forma en que John pronuncia las palabras.
Fue como si un botón dentro de él hubiera sido apretado con fuerza. Cuando se dio cuenta, ya estaba cruzando la habitación dejando a John atrás.
—Sherlock, ¿te torturaron de alguna forma? — Otra vez el silencio intentaba mediar entre los dos.
>>Déjame verte...<<
—NO.
—Dijiste que querías tocarme, ahora yo quiero hacerlo. Y no estoy pidiendo permiso. — Los pasos apresurados de John detrás suyo erizaron a Sherlock por completo.
—John, no...
—Si no me dejas revisarte, me iré para siempre y no volverás a verme. — Se detuvo a solo dos pasos de distancia.
Sherlock cerró los ojos y asintió una vez. Sus sentidos se activaron simultáneamente, llevándolo al borde de un ataque de pánico o un shock de drogas. John aún no lo había tocado, pero sabía que lo haría pronto. Nada detendría su curiosidad, y Sherlock quería huir a cualquier lugar que no fuera el antiguo departamento donde se enamoró para siempre de su compañero de piso.
Lo primero fue el largo abrigo característico de ese joven detective que ya no sentía que era. Las demás prendas cayeron hasta que más que el frío de la habitación lo tocó de cerca. Al primer toque de John, Sherlock sintió su piel retraerse. Los siguientes toques dolían con la mezcla entre lo conocido y lo desconocido. John jamás lo había tocado más allá de su amistad.
—Oh por Dios, Sherlock, que...— le tembló un poco la voz en medio de la pregunta.
—No es nada.
—¿Qué dices? La mayoría están mal curadas y quedarán cicatrices permanentes.
—No importa.
—¿Eres demasiado idiota para entenderlo?
Sherlock tuvo que dar un paso hacia adelante para sentir que se alejaba de alguna forma. Al abrir los ojos, el diseño intrincado del empapelado se tornaba verde a causa de las luces de la calle.
Siempre había sido excelente para observar con detalle tantas cosas, pero nunca reparó en el origen de las importantes. Los detalles que conforman un conjunto, como forma parte de toda una persona. Los espejos reflejan la luz, tan solo una mínima parte de la misma. John era su guardián de la luz, el único ser humano que estaba conformado por pocos y pequeños detalles, al menos a simple vista. Y la verdad era que no pudo entenderlo hasta ese momento.
—John, basta. — se dio media vuelta e imploró con fuerza—Mírame. Solo detente.
Acto seguido, estiró los brazos hacia su compañero y lo apretó con fuerza. La diferencia de altura lo dejaba a Sherlock con la ventaja de esconder su rostro entre esos cabellos ya blanquecinos para empaparse del olor de John hasta el hartazgo. No estaba siendo abrazado de vuelta, pero notó cómo John se relajaba lo suficiente para también abandonarse y finalmente poder llorar.
Sherlock se sentía perdido entre el olor desuJohn. Se ahogaba y, sin embargo, buscaba penetrar aún más en ese olor.
—¿Sherlock? ¿Estás bien? ¿Qué ocurre?
—Necesitaba volver a respirarte.








